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El capítulo del aniversario, el que hacía el número 5000, emitido el 30 de marzo a las siete y media de la tarde, fue el primer episodio con Charlotte Auerbach y no supuso ningún aumento notable en los índices de audiencia. En el segmento de población al que principalmente iba dirigida la publicidad, entre los catorce años y los cuarenta y nueve, la cuota de conexión pasó del ocho al nueve por ciento solamente. Los estudios de mercado se habían equivocado. Para Tina y para todo el equipo de producción, aquel resultado constituyó una catástrofe.

Aquella misma noche, la oficina central en Berlín telefoneó a Tina para darle las cifras. Y era evidente que no pasaría mucho tiempo antes de que los jefazos empezaran a contar los días de Tina como productora.

El tercer día, los índices se deslizaron por debajo del ocho por ciento en vez de —como se esperaba y se necesitaba con urgencia— trepar por encima del diez por ciento para aproximarse en algún momento al quince. Tina redactó un memorándum que envió a todos los colaboradores de AELV. En él se leía lo siguiente: «Estamos en el buen camino. Si mantenemos el alto nivel de nuestra manera de contar las historias, esto repercutirá positivamente en las simpatías de los espectadores».

Yo estaba sentado en uno de los sillones blancos del despacho de Tina con el texto, impreso en papel rosa, en la mano, y traduje: estamos en un atolladero y no sé cómo vamos a salir de él.

Pero, por supuesto, no lo dije.

El ayudante de Tina sirvió café con galletas y comprimidos.

Tina bebió un sorbo de agua y echó la cabeza hacia atrás.

—No quiero ni pensar en lo que han costado los nuevos decorados que hemos construido para Charlotte —dijo—. ¡Sólo el gasto de la escalera; y ahora además la remodelación con la fancy gallery!

También me callé que mi madre había encontrado «desconcertante» aquella escalera. «Nunca ha habido ahí una escalera», me había dicho por teléfono.

—¿Recuerdas, Tommy, cuando me dijiste, en febrero, que tenía que hacer borrón y cuenta nueva? Pues el borrón ya lo eché, pero ¿dónde está la cuenta nueva?

El café era muy bueno.

—Oh, vamos —exclamé—, ya se arreglará.

Para el viernes había programado un glossing para Charlotte, una sesión reparadora conmigo en la peluquería tras concluir la grabación. El procedimiento, de acuerdo con su peinado, consiste en aplicar obligatoriamente cada día laca y plancha alisadora. De vez en cuando, el pelo debe descansar de la fatiga; es preciso masajearlo con lavanda y proteínas de maíz y relajarlo. Así impedimos que se vuelva poroso y que se abran las puntas.

A Charlotte le tocaba tarde. Estaba echada en el sillón con los ojos cerrados; Bea le daba un suave masaje en la cabeza con el champú.

Yo estaba poniendo orden. En recepción reinaba el caos. Había que dejarlo todo en su sitio antes del cierre. Los garabatos y tachones en mil letras distintas me mostraron que durante el día aquello era un desbarajuste. En compensación, Florentine había conseguido algunos clientes nuevos.

Y mientras, en la zona de lavabos, Charlotte suspiraba como si fuera a exhalar su último aliento, yo pensaba: tan tranquila y gratamente templada como el agua que sale susurrando del grifo, así transcurre ahora mi vida: cada mañana, a peinar a Unterföhring, luego un café con Tina en su despacho, más tarde el trabajo con los clientes escogidos en el salón. Y para una buena atmósfera tenía a Alioscha arriba en casa, en calcetines; a veces en la calle con las bolsas de la compra, de cuando en cuando de charla en la peluquería. Nunca habíamos estado tanto tiempo juntos. Antes no me lo hubiera podido ni imaginar. Lo que fuera a durar aquel sueño dependía de cuánto tiempo, en Moscú, se las pudiera arreglar Bábuchka, la abuela de Alioscha, con los caprichos de su hermana de Siberia.

Alioscha estaba tranquilo en cuanto a esto. También en lo referente a su futuro: «Estoy dándole vueltas», me había informado. A mí me parecía bien. Aunque tuviese que darle vueltas y tomarse mucho tiempo para hacerlo, después de tantos años con aquella negrera rusa de la galería.

Más me preocupaba la cuestión de cómo resistir otras seis semanas sin Kitty. No había contado con que su rehabilitación tuviera que prolongarse.

En aquel momento cesó el ruido del agua.

—El problema —oí decir a Charlotte— no es aprenderse los textos. Me los aprendo poco antes de dormirme y listo. El problema es quitárselos luego de encima.

Bea envolvió la cabeza de Charlotte en una toalla como un turbante.

—¡No es nada fácil! —exclamó Charlotte en voz alta, pues quería que todas y cada una de sus palabras llegasen hasta mí—. Muchas veces, los textos de las distintas escenas apenas se diferencian unos de otros. Es siempre la misma salsa.

Bea vino con ella a la parte de delante para el glossing.

Charlotte se sentó.

—Y hoy mismo me ha sucedido que, en una escena con Jan-Joachim y Viktoria, de repente he dicho el texto de la semana pasada. He tenido un patinazo: el mismo decorado, el mismo reparto, el mismo tema y ningún progreso. Al principio ni siquiera me di cuenta.

Bea friccionó suavemente el cabello de Charlotte con la felpa. Le serví una infusión y pensé: el mismo decorado, el mismo reparto, los mismos textos: los actores de telenovelas y los peluqueros tienen algo en común.

—Sólo cuando Jan-Joachim se me quedó mirando como quien mira un coche averiado porque no le daba el pie para su entrada, supe lo que ocurría. Y mi compañero, en vez de improvisar, me dejó en la estacada.

Bea le pasó el peine.

—Y allí nos quedamos otros treinta minutos, más las horas, no sé cuántas, que ya se habían acumulado en los últimos días.

Y eso cuando todo el mundo estaba deseando irse de fin de semana. Okay, dijo el director, dejamos para el lunes la complicada escena del suicidio de Viktoria con toda la sangre en la bañera; aunque todo estaba ya preparado. Además, el lunes hay que ensayar las escenas para los nuevos capítulos, y el director tendría que haber empezado hace tiempo con el montaje. En estos momentos va todo cuesta abajo. No os podéis imaginar cómo estaba el ambiente. Pero es que ha sido tirar toda la semana a la basura. ¿Os lo ha contado Tommy? Los índices parece que están clavados.

Bea aplica siempre el tratamiento de la raíz a las puntas, sin que entre en contacto con el cuero cabelludo.

—Y encima viene ese Zacharias, que nunca tiene nada mejor que hacer que espiar con el canal estudio, pone cara de idiota y de desesperado y dice: «Charlotte, así no marcha. Si dices algo distinto de lo que te escribo, tendremos que pensárnoslo».

Charlotte miró en mi dirección.

—¿Y entonces? —pregunté obedientemente.

—Dije a Zacharias: «¿Pensártelo? Ya te diré yo lo que te tienes que pensar. Un percance como el de mi lío con el texto pasa porque tú, con tu tropa de guionistas sin sangre en las venas, no escribes más que esas aburridas historias». Nos peleamos como verduleras y luego le dije: «¿Ves? ¡Justo estas escenas son lo que nos hace falta!».

—Estupendo —terció Bea.

Charlotte hizo un gesto afirmativo y tomó un sorbo de la infusión.

—Pero no acabó ahí. Luego había un cambio de vestuario. Así que me voy corriendo al camerino y me tropiezo con Tina. Entre nosotros: de verdad que tiene mal aspecto esa chica. Le conté que Zacharias me había amenazado. Que así no puedo trabajar. Pero ¡y lo que vino después! —Charlotte citó a Tina cambiando la voz—: «Baby, en estos momentos tengo otras preocupaciones».

La indignación de Charlotte no encontraba palabras.

Eché una rápida mirada a Bea, que seguía concentrada en el tratamiento. La reacción de Tina no me pareció tan mal. En la producción estaban todos con los nervios de punta.

Con voz estentórea, como si no estuviera en mi peluquería con una emulsión en el pelo sino en un gran escenario interpretando un papel dramático, Charlotte declamó:

—¿Y yo qué tengo que ver con el desastre de los índices de audiencia? Ahora por lo menos es oficial: quieren quitarme de en medio. No hay problema. Puedo volver a Los Ángeles en cualquier momento.

—Tonterías —dije—. Mira, Charlotte, tu pelo tiene ya muchísimo mejor aspecto.

—Yo no me dejo presionar por un guionista jefe. Y de una productora espero que me respalde y, si llega el caso, que saque las consecuencias necesarias.

—¿Qué consecuencias?

Mirando hacia delante, Charlotte informó a su imagen reflejada en el espejo:

—Muy sencillo: o Zacharias Rosendráger o yo. Uno de los dos tiene que marcharse.

Bea se inclinó hacia ella y le preguntó:

—¿No serás Leo con ascendente Virgo?

Si de mí hubiera dependido, habría pospuesto el tema de Charlotte, Tina y la producción de Así es la vida durante el fin de semana. Pero no pudo ser.

El sábado, cuando me levanté —eran las once más o menos y hacía un tiempo espléndido—, vi que Tina había llamado varias veces y Charlotte una. Las dos sin dejar ningún mensaje. Y mientras Alioscha inundaba el cuarto de baño y yo buscaba mi camisa blanca con la corbata ancha, sonó de nuevo el teléfono.

Era Bea. Me preguntó:

—¿Tú cómo lo haces, decapitas el huevo del desayuno o lo pelas con los dedos?

Resultó que la cita que tenía para desayunar había sido un fiasco.

Después quité el sonido al aparato y pensé: Tina y Charlotte… ya se tranquilizarán.

Bea era de otra opinión. Mientras paseábamos a la orilla del Isar me dijo:

—Charlotte quiere que le presten atención y la admiren. Los Leo son así. Y lo que está ocurriendo en estos instantes es justo lo contrario. La critican, y se ha sentido herida. Y ahora pasa al ataque.

—Una pelea de gatas, quieres decir.

Alioscha se detuvo y guiñó los ojos al darle el sol. De pronto se me ocurrió que podía echar una mano en la recepción de la peluquería mientras duraban sus cavilaciones sobre el futuro y Kitty se ocupaba de su salud. Pero puede que el trabajo fuera demasiado aburrido para él. Y además era modesto en comparación con el que había hecho hasta entonces. Visitas a los estudios, ferias de arte, asistir a inauguraciones. Por supuesto, él no lo diría nunca. Y yo no quería de ninguna manera arriesgarme a que se sintiera obligado.

—¡Oye! —le di un pequeño empujón—. Tú también eres Leo.

—Pero con ascendente Libra.

—No debéis subestimar a Charlotte. La época del compromiso amistoso para ella ya ha pasado. Ahora, para ella, es cuestión de supervivencia —Bea volvió la cabeza para mirarme—. Sin embargo, creo que deberías tratar de mediar.

Cogí una piedra y la lancé al agua. No dije una palabra. Conocía los análisis de Bea; si le daba cuerda no acabaría nunca.

Pero, aun con todo, el tema me perseguía. Yendo solo hacia la calle Maximilian —quería dar una sorpresa a Alioscha y comprarle unas gafas de sol nuevas mientras él hacía sus largos en el Müllersches Volksbad—, Charlotte salió a mi encuentro en todas las paradas de autobús, en todos los postes publicitarios. En la plaza Gártner me pareció como si, con su sonrisa fija, siempre igual, ejerciera una vigilancia sobre todas las personas que estaban allí sentadas al sol, tan morenas ya como el café que tenían delante.

En el mercado la perdí de vista durante un rato, entre los tenderetes con toldos listados. Pero cuando entré en el Literatur Café, en la plaza del Salvador, y eché un vistazo a los periódicos, hubiera podido leer en la edición de fin de semana del Süddeutschen una extensa entrevista con ella. Sobre América.

Los demás de Así es la vida sólo podían soñar con tanta publicidad.

Viktoria Peichl, por ejemplo. Cómo había vuelto a poner el grito en el cielo porque ahora hasta el maquillaje obraba en su contra.

—Fíjate —había exclamado, volviéndose hacia mí.

—¿Qué? —inquirí.

—El perfilador de ojos. ¡Queda de lo más soso!

No me costaba nada decirle la verdad:

—Nada de eso. Estás fenomenal.

—¿De verdad?

—Te lo digo con toda sinceridad.

Reflexioné si no debería hacer un viaje corto con Alioscha. Largarme y se acabó.

De repente vi con claridad lo que pasaba en el equipo. Tina había roto un principio que ella misma había proclamado con orgullo el primer día de rodaje de Charlotte: «La estrella es la serie». Eso ya no era así. Charlotte era la estrella y todos los demás eran los parientes pobres.

Y ahora Charlotte debía sufrir las consecuencias de ese quebrantamiento: como la emisión del capítulo del aniversario no tuvo resonancia alguna en los espectadores, el estado de ánimo del equipo se hundió y la frustración por el éxito malogrado se había dirigido solamente contra ella. Yo mismo lo pude percibir como apéndice de Charlotte. Por ejemplo, con la chica de recepción. Antes quería pasarse horas cada día debatiendo conmigo su color de pelo, ahora ni siquiera se sentía competente para llamarme un taxi. O con el actor Jan-Joachim. Antes siempre quería ir a «tomar una cerveza» conmigo, y ahora había estado a punto de tener un ataque de rabia porque yo, con toda inocencia, había cogido las últimas rodajas de pepino para un sándwich en la cafetería. ¿Cómo me había dicho, además? «En resumidas cuentas, ¿qué has venido a hacer aquí?».

Nimiedades nada más.

Lukas, el extra, estaba absorto en las escenas de relleno en las que actuaba como uno más del numeroso personal mudo. Era tal vez el único para quien comportarse con discreción en aquel tinglado era importante.

Pobre Charlotte. Degradada a chivo expiatorio por todo el desastre de las audiencias. Declarada única culpable en el caso de que Así es la vida fuera excluida de la programación y suprimida de allí a fin de año. Y por el momento así parecía que iba a suceder.

Atravesé la plaza del Odeón para acariciar la nariz a los leones de bronce. Dicen que trae buena suerte.

En el Hofgarten había niños jugando a corre que te pillo entre chillidos, hombres jugando a los bolos y haciendo lacónicos comentarios y mujeres jóvenes que tomaban refrescos de cereza y, con las piernas cruzadas, dejaban bambolearse una sandalia de tiras finas en la punta del pie y exhibían, por primera vez en la temporada, las uñas recién esmaltadas.

Vi a Alioscha ya de lejos. Aún tenía mojado el pelo, que le brillaba al sol. Y pensé: si Charlotte lo manda todo al diablo, yo seré el último en quejarme por ello.