15
Alioscha estudiaba el mapa de carreteras de la Alta Baviera. Cuanto más tiempo estuviera mirando el laberinto de vías, mejor orientación espacial tendría. En lo que yo había estado haciendo los últimos días y semanas sucedía al revés, por desgracia.
Yo estaba cada vez más metido en los enredos de la gente de AELV, y lo estaba sin remedio. Había hecho una salida en falso, me había lanzado a todo gas sin darme cuenta de que el viaje iba justo en la dirección opuesta. A cambio, ahora lo sabía todo sobre la aparición de una escena del guión que nunca se emitió y que sólo había servido para que yo hiciera recaer sospechas de asesinato sobre Lukas.
Alioscha dobló el mapa y le dio la vuelta.
Y al mismo tiempo había perdido el que era quizá mi mayor privilegio: la invisibilidad. Antes, nadie prestaba mucha atención al peluquero, pero, tras mi salida del armario como investigador secreto, se acabó. Nadie se iría de la lengua confiadamente en mi presencia. Lukas era el mejor ejemplo de ello. El extra había contado al peluquero dónde se hallaba la noche del domingo a la hora del crimen. Pero a un peluquero investigador no le hacía ninguna falta saberlo.
Debía dejar el trabajo a la policía y concentrarme en lo que conocía: el pelo.
—Por otra parte, no estuvo mal la llamada que hiciste a la policía —dijo Alioscha.
—¿Por qué?
—Por cómo presionaste a ese Torsten con la mayor naturalidad y le sacaste toda la información como si fuera un asunto de tu incumbencia. Haces simplemente como si tuvieras derecho a ello. Buena táctica.
Sólo que no había sido ninguna táctica, sino mi genuina convicción. Naturalmente, la policía me debía una respuesta a la última pregunta, todavía sin aclarar, acerca de la coartada de Lukas Schmidt-Denninger. De forma muy cordial, yo había indicado a Torsten que era cuestión de cortesía que me informara del estado de la investigación sin que yo tuviera que estar persiguiéndolo por teléfono. Al fin y al cabo, en otras ocasiones mis pesquisas habían contribuido decisivamente a la investigación y ayudado a la policía en su tarea. Y luego ni una llamada, ni las gracias. Ni una palabra sobre lo que se había descubierto en aquel asunto.
Me costó bastante tiempo persuadir a Torsten, hasta que al final suspiró.
—Es muy delicado —dijo—. Por favor, guárdate información: el domingo por la noche, Lukas Schmidt-Denninger estaba con Charlotte Auerbach.
Sin embargo, aunque el figurante y la estrella tuvieran un lío, no veía yo que el amor estuviera prohibido o pudiera tener alguna relación con el asesinato.
—Schlaipfering —dijo Alioscha.
—¿Cómo?
—Si vamos al Chiemsee pasaremos por Schlaipfering. ¿No has visto lo que decía sobre Viktoria Peichl ese reportaje en la revista de fans de AELV? Sería una oportunidad: ir a echar un vistazo de manera completamente privada y enterarnos de cómo vive esa Viktoria.
Mi amigo Konstantin cuenta siempre que ha tenido dos pasiones en su vida: se enamoró de Berlín y del Peugeot que nos prestó para aquel fin de semana, y esos dos amores se han complementado admirablemente durante muchos años. Así y todo, yo me preguntaba cómo había recorrido trechos tan largos y durante tanto tiempo con aquel coche. En cualquier caso, seguro que con poco equipaje. Luego encontré debajo del asiento del conductor una correa con la que pude atar la maleta metálica atrás, encima de la aleta. Había un asidero, una barra plateada, previsto para ese fin.
Puse la cesta de picnic en el asiento trasero y metí el mapa de carreteras de la Alta y la Baja Baviera en la guantera. Colgué nuestras gafas de sol del volante y dejé en el tablero las gorras de visera para protegernos del viento.
Liberé la manivela de la capota y la empujé hacia atrás. Un mecanismo extremadamente sencillo. Abroché el plástico plegado, me apoyé en el coche e hice un esfuerzo para pensar que no era obligatorio atenerse a mi horario. La verdad es que Chiemsee está a un tiro de piedra.
La imagen que reflejábamos el Peugeot 504 y yo en el escaparate de la peluquería quedaba muy bien, aunque los dos nos habíamos oxidado un poco aquí o allá en los últimos treinta y cuarenta años, respectivamente; él sobre todo en la parte baja de las portezuelas y en las molduras cromadas. Pero si la línea general está bien —los faros trapeciales, los larguísimos intermitentes y el pliegue descendente en la capota del maletero—, con los pequeños desperfectos en la pintura y el cuero gastado pasa como con las pequeñas arrugas y las patas de gallo: algunas muestras de desgaste no hacen sino realzar la belleza y el carácter como es debido.
Cuando toqué a rebato, Alioscha bajó la escalera.
—¿Llevamos todo? —preguntó.
Dejamos la autopista de Passau ya en Feldkirchen. El chasquido del intermitente, por lo que me pareció, iba al ritmo correcto. Eché un poco hacia atrás mi asiento, el del copiloto, y puse a un lado el mapa de carreteras. Hasta Ebersberg, la dirección estaba clara.
Mientras yo aplicaba crema solar a las narices de ambos, Alioscha me contó que había hablado por teléfono con su abuela. Su hermana de Siberia estaba de visita en Moscú y se había permitido ir al mercado en zapatillas, al lado de la estación del metro. Argumento: en su casa lo hacía. A Bábuchka le parecía imposible. ¡Es que Moscú no es la provincia siberiana!
La idea de ir a la compra en zapatillas en la urbanización moscovita de Bábuchka no me resultó tan extravagante como la de hacer lo mismo en Siberia. No conozco Siberia, pero defendí a la hermana sólo porque Alioscha siempre se pone del lado de Bábuchka. Sin embargo, hay una cosa que es un enigma para mí: esa disputa entre Moscú y Siberia, capital y provincia. ¿Por qué las dos ancianas no se dedican a disfrutar de la vida el tiempo que les quede hasta la partida, la separación, la muerte?
Alioscha sonrió con indulgencia.
—En realidad, las dos disfrutan de la pelea, y de cada segundo de ella. Tú no te lo puedes imaginar, siendo suizo, formado en Munich, con tu delirio por la belleza y la armonía —y con el acostumbrado dramatismo agregó—: Pero la pelea es una expresión de vitalidad.
Repartí el chocolate.
No nos cuidábamos de los grandes coches con cristales ahumados que pasaban muy deprisa. ¡Cristales ahumados! El verde de los árboles era tan tierno como las sombras que proyectaban sobre nosotros a intervalos. La velocidad, apenas setenta kilómetros por hora, era perfecta. Dejé que mi brazo se balanceara y la manga subida aleteara al viento.
—¿Qué pasará cuando la hermana se largue otra vez para Siberia? —pregunté.
—Irán las dos a la estación de Kurks y llorarán a moco tendido.
En Ebersberg nos desorientamos con la intrincada señalización. Cuando después de unos pocos kilómetros apareció la indicación de Tuntenhausen, y Alioscha casi se sale de la carretera, tuve claro que íbamos hacia el sur. Pero yo quería pasar por Wasserburg y hacer una excursión a Talsperre. En el siguiente camino dimos la vuelta, retrocedimos un buen trecho y torcimos hacia Ramersberg.
Tenía igualmente claro que el agua estaría demasiado fría. Había metido nuestros bañadores en el equipaje pensando en las piscinas de exterior caldeadas, aunque a mí me interesaba más el hammam y a continuación el procedimiento del hielo picado. Pero eso era el programa para el día siguiente, domingo.
El murmullo del Inn era la música de fondo perfecta para mi picnic y para algunas preguntas fundamentales que quería hacer a Alioscha. Pero antes saqué las cosas: pechugas de pollo y ensalada Waldorf, tartar de salmón y tomates cherry, parmesano y uvas. Y una botella de rosado suave. Alioscha tenía la boca llena, de modo que no pudo contestarme cuando le pregunté:
—¿Sabes ya lo que quieres hacer cuando vuelvas a Moscú?
Cuando lo engullimos todo, puse la cabeza en su regazo y contemplé su barbilla desde abajo y las nubes en lo alto.
—Puede que la hermana ya no vuelva nunca —me dijo—. Puede que se quede en Moscú —aquello sonó como dicho de pasada—. Entonces podría quedarme en Munich.
Bajó la mirada hacia mí.
—¡Estupendo! —exclamé.
—¡A mí también me lo parece!
—Queda la cuestión de qué quieres hacer aquí.
Dobló el mapa de carreteras y extendió la mano para coger sus cigarrillos.
—¿Conduces tú?
El motor gemía cuando cambiaba de marcha demasiado pronto en las curvas. Alioscha sacó el frasco de agua de violetas, echó el asiento hacia atrás y puso los pies en el tablero.
Al llegar a la indicación «Schlaipfering, 2 kilómetros», dormía con la cabeza encima del brazo y el brazo encima de la portezuela.
Puse el intermitente y torcí.
El pueblo estaba formado por un cerro y una depresión del terreno. En lo alto del cerro había tres granjas y en la depresión dos. Por en medio pasaba un camino, al que llamarían carretera sólo porque estaba asfaltado, aunque era tan estrecho que no podían cruzarse ni siquiera un Peugeot 504 y un triciclo de niño. Me aparté hacia la franja de césped y desembragué.
—Hola —dije—. Oye…
Me eché hacia atrás las gafas de sol.
Qué manera de mirar la del niño. O se echaba a reír o se ponía a gritar.
—¿Sabes dónde viven los Peichl? Viktoria Peichl, ¿la conoces?
El niño se levantó del sillín, giró el manillar en la dirección de la que había venido y se fue pedaleando.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó Alioscha.
—A Schlaipfering. Para Chiemsee faltan aún treinta kilómetros.
—Creo que me he quemado con el sol.
El triciclo torció metiéndose por un camino de hierba. Aparqué en el césped y apagué el motor. Alioscha se apeó.
La casa era enorme; la planta baja estaba enlucida de blanco y el resto revestido de madera oscura. Debajo de la galería que la rodeaba había leños apilados. Las pequeñas ventanas cuadradas de guillotina estaban flanqueadas por contraventanas verdes. Y donde ahora florecían las prímulas pronto penderían geranios. El niño había desaparecido. Di la vuelta a la casa.
Una mujer con pantalones vaqueros estaba quitando la colada del tendedero. Como de ninguna manera quería asustarla, ya desde lejos grité:
—¡Buenos días! —se puso una mano sobre los ojos a modo de visera—. Busco a Viktoria Peichl. ¿Es aquí? Me llamo Tomas Prinz.
—¡Vicky! ¡Preguntan por ti!
Tal vez no éramos los primeros extraños que rondaban por allí.
Cuando Alioscha volvía la esquina, Viktoria salió de la casa. Desde luego, no era lo mismo conocer a Viktoria sólo por la televisión que tenerla delante de pronto en carne y hueso, descalza, en vaqueros y camiseta y con el pelo recogido con uno de esos pasadores de plástico. Pero de repente me dio la impresión de que Alioscha, allí, en las colinas de la Alta Baviera, se esperaba cualquier cosa menos a aquella persona que él conocía como personaje difícil de una serie vespertina.
—¡Disculpa! —exclamé.
—¡Tommy!
—Siento que te hayamos invadido así. Íbamos a Chiemsee y he visto la indicación a Schlaipfering. Quisimos parar un momento a saludarte.
—Hola —dijo entonces Alioscha.
—Es mi amigo Alioscha —expliqué—. Es un gran fan tuyo.
Viktoria se puso las manos delante de la boca, como si tuviera que reprimir un grito.
—¡Pero qué amables habéis sido! ¿Queréis tomar algo? ¡Mamá! Podemos sentarnos aquí.
La señora Peichl llevaba la cesta de la colada en la cadera.
—Mamá, es Tomas Prinz, el peluquero estrella.
—¿Y lleva un coche tan viejo?
El que me sintiera un poco intimidado cuando me deslicé en el banco al lado de Alioscha se debía sobre todo al panorama que se veía desde allí. ¿Cómo describirlo? Una postal con el paisaje de la Alta Baviera, pero todo retocado con fotoshop. Más tarde le diría a Alioscha: «¿No es anormal? Algo que es completamente natural —las praderas verdes, la colada en el tendedero, los cristalinos torrentes de las montañas y demás— me parece un anuncio publicitario barato. Y lo que no es natural —las terrazas de los cafés, las cacas de perro en la calle, la cocaína— me resulta completamente cotidiano. ¿No es enfermizo?».
Y en ese entorno, ¿cómo encontrar un rodeo para regresar a la ciudad, a AELV, a los lugares de la producción y al asesinato del guionista jefe?
Intenté atraer al gato y acariciarlo, pero se volvió y se fue hacia Alioscha. La señora Peichl puso bizcochos borrachos en la mesa.
Viktoria comentó:
—Charlotte ha dicho que yo tenía vis cómica. ¿Qué opináis vosotros?
Lo mismo que del bizcocho borracho, automáticamente eché mano de aquello.
—¿Hace ella de preparadora de actores contigo? ¿Como antes Zacharias?
—Charlotte es un regalo. La adoro. Es increíble lo que aprendo de ella. No os podéis imaginar la ilusión que me hacen los nuevos futures y todas las historias que vamos a interpretar juntas. Va a ser fantástico. Sobre todo si hago ese número psicológico con Max, que es como jugar al escondite; va a ser escalofriante, el colmo.
—¿Viste a Zacharias aquella noche?
Noté que Alioscha me daba con la pierna, pero no hice caso.
—¿Quieres decir la noche en que lo asesinaron? —Viktoria me miró a los ojos—. ¿Es que no lo sabías? ¡Yo soy la última persona que lo vio con vida! Aparte del asesino, naturalmente. ¿No es de locos que me pasen siempre esas cosas? Pero siempre ha sido así, lo dicen todos. De pequeña jugábamos a la orilla del Schnaitsee: ¿quién se cae al agua y casi se ahoga? ¡Yo! Menudo espectáculo fue aquello.
Luego, en el colegio: ¿quién hace el papel de Molly en La ratonera, aunque hay bofetadas por conseguirlo? ¡Yo! Mamá, ¿te acuerdas? Y en aquel baile de fin de curso, ¿quién es la única que iba con la espalda al aire? ¿Eh?
—¡Tú! —contestó Alioscha, y los dos rieron.
Si aquéllas eran las vivencias decisivas en la vida de Yiktoria Peichl, yo podía entender lo que debió de sentir cuando birlaron el jersey del osito.
Estaba a punto de preguntarle qué le había enseñado Zacharias aquella última noche en el plato, poco antes de su muerte, cuando Viktoria nos presentó.
—¡Matthias, mi novio!
El individuo de las marcas de acné.
Nos estrechó la mano. Con el pantalón de algodón, la camisa abierta y la cadenita, en aquel ambiente iba un poco demasiado puesto. Incluso llevaba gel en el pelo.
Viktoria le dio en el costado.
—¿Qué te parece, les preguntamos a estos dos si se vienen? —Matthias sonrió—. En Pfáffing tienen la mejor pizza. ¿Os apetece? Luego podemos ir al P I.
Ya era demasiado para mí. Alioscha jugando con el gato, el nudoso peral en el huerto, pizza en Pfáffing, el tendedero con la colada, el aire puro y el sol, que se aprestaba a desaparecer pintorescamente detrás del cerro. Como Matthias no despegaba los labios, Viktoria le dio otro empujoncito.
—Venga, vamos a hacer una excepción.
—¿Una excepción? —inquirí.
—En realidad, vosotros dos no formáis parte de AELV en absoluto. Tú sólo estás allí medio día y tu amigo nunca —Viktoria le frotó a Matthias la punta de la nariz con el dedo índice como para quitarle una mancha—. Es que tenemos un convenio —explicó—. AELV es asunto mío. Matthias se mantiene al margen de todo lo que tiene que ver con la serie, aunque le encanta mi trabajo y encuentra fantástica a Trixi. ¿No es así?
Matthias asintió.
Mientras Viktoria aclaraba a su desconcertado novio cuál era la única tarea de mi «empleo a tiempo parcial», a mí me sorprendió lo inteligentemente que llevaban los dos su relación. Matthias sólo veía AELV por la ventana y en la pantalla de la televisión, y, como en ambos casos estaba fuera, no había ningún conflicto.
Sería como si Alioscha no pusiera los pies en mi peluquería y no conociese a Bea. Entonces tampoco me ayudaría en recepción. Claro, nos habríamos ahorrado algunas peleas. Pero la peluquería, todo lo relativo al cabello, formaba parte de mi vida. Y la pelea es una expresión de vitalidad.
—¿Lleváis mucho tiempo juntos? —pregunté.
—Matthias me salvó entonces —dijo Viktoria; como no lo pillé, agregó—: En el Schnaitsee.
Sin duda, aquello significaba: Y desde entonces somos pareja.
—Tomas, tenemos que irnos —terció Alioscha.
—Matthias está haciendo un curso a distancia —prosiguió Viktoria—. Técnico medioambiental e ingeniería de procesos.
Pregunté directamente a Matthias:
—¿Vives aquí también?
Señaló una casa en el cerro. También había leña apilada debajo de la galería.
En el retrovisor los vi a los dos de pie en la hierba. Ocupaban justo el sitio en el que yo había aparcado. Poco antes de que emprendiéramos la subida al cerro y desaparecieran del espejo, Matthias rodeó a Viktoria con el brazo.
El héroe del Schnaitsee y la mujer de la vis cómica. Tal vez Viktoria empezara realmente una carrera con la que hasta entonces no se hubiera atrevido a soñar. Tal vez ese mundo de bizcochos borrachos, prímulas y ropa recién lavada no era sólo hermoso y fragante, sino perfectamente estable y el mejor apoyo que podía desear en su oficio. Y era pura arrogancia por mi parte querer probar siempre lo contrario. Se podía prever cómo iba a suceder todo: Charlotte buscaría piso cerca de la casa de su padre y se instalaría de forma permanente en Munich. Tina, con la antigua tropa y un nuevo guionista jefe, inventaría magníficas historias y una tarde tras otra conseguiría tener a millones de personas delante de la televisión. ¿Y Jan-Joachim? Ya no tendría que ir a parar a la silla de ruedas.
La niebla se elevaba de las praderas y, con el sol poniente, se teñía de un rosa pálido. Fueron solamente unos segundos, en los que surgió aquel recuerdo. El rostro muerto del guionista jefe. La camisa adherida al cuerpo, como si todos los tejidos se hubieran empapado de un color rosa pálido. Sólo en el cabello centelleaba un anaranjado metálico.
Junto con el sol, se desvanecieron los colores. Hacía fresco. Enseguida tuve que parar otra vez y cerrar la capota.