XXXIX

Teniente Albertson —exclamó el juez, como si en vez de estar a tres pasos de él, se encontrara en la otra punta de la colonia.

—Señor.

Xander se puso en pie, marcando ridículamente el paso atravesó la sala y tomó asiento.

—Tiene la palabra la acusación.

El capitán fiscal revisó sus escuetas anotaciones. ¿Qué buscaría en ellas? Aquel proceso se sustanciaría en apenas una hora, con un testigo y un informe. De hecho, la mayoría de los juicios de la Corte Marcial no necesitaban más tiempo ni más complicaciones.

—Teniente —habló el acusador—, desearía que manifestase ante el tribunal que conoce el alcance de la acusación y la pena a la que se expone.

Xander, tragándose el miedo, fingió un aplomo que no sentía.

—Conozco los hechos pero no soy letrado.

Molesto, el segundo juez tomó la palabra al tiempo que sostenía un libro.

—«El que intencionadamente o sin una excusa razonable permita escapar a un prisionero que se encuentre bajo su cargo o sobre el que tenga deber de custodiar, será condenado por Corte Marcial y sufrirá reclusión en los términos establecidos en esta Ley».

—Una vez leído el delito que se le imputa —prosiguió el acusador—, he de preguntarle en primer lugar: ¿por qué motivo se encontraba usted en la estación de ferrocarril de Kimberley la mañana del 4 de abril de 1900?

Xander esperaba la pregunta.

—Para despedir a una persona que iba a tomar el tren.

—¿A quién exactamente?

El acusado tomó aire.

—Eso es irrelevante, capitán —interrumpió el presidente de la sala—. Vayamos a los hechos.

Sin inmutarse, el fiscal prosiguió.

—Al parecer, su regimiento había recibido orden de movilización. Todos sus compañeros preparaban la marcha, sin embargo usted no estaba en su puesto. Señor presidente, por eso formulé la pregunta anterior. ¿Está seguro de que su presencia en la estación no obedecía a ningún otro motivo?

—No. Aquella mañana había salido de guardia y tenía licencia para abandonar el cuartel hasta la llamada de la tarde. Si no consta en los autos puede solicitar la ampliación del informe.

Con la respuesta anotada, siguió el interrogatorio.

—De acuerdo. No creo que sea necesario hacerlo y prolongar este juicio dos meses más.

—Que conste en acta —ordenó el juez al secretario—. Se considera justificada la presencia del acusado en el lugar de los hechos. Continúe.

El capitán garabateó unas palabras en su bloc y se dirigió de nuevo a Xander.

—Teniente, explíquenos qué ocurrió hasta el momento en que el soldado Lonborough salió en busca de la patrulla. Sea lo más detallado posible.

Organizó mentalmente el breve discurso y habló de forma pausada, tal como había ensayado con su amigo.

—Desde el lugar en que me encontraba vi un movimiento extraño al otro lado de la estación y acudí a ver de qué se trataba, todo estaba confuso por la tormenta. Tomé al caballo por la rienda y me aproximé. Solo cuando estuve cerca advertí que se trataba de prisioneros en espera de subir al tren.

—Eran muchos. Varios cientos. ¿Por qué se fijó en el prisionero que dejó escapar?

—Me llamó la atención verlo junto a una mujer. Tal como ha declarado el soldado, llevaba un vestido claro, muy llamativo.

—¿Qué vio después?

—El hombre se echó a tierra y la mujer hizo gestos de llamar al centinela. El ruido de la tempestad no dejaba oír lo que decían. El soldado se acercó y en ese instante el prisionero lo derribó, atrapándolo por el cuello. Saqué la pistola y corrí hacia allí para evitar que lo matase.

—¿Y qué hizo la mujer?

—¿La mujer? —repitió Xander.

—No creo que sea una pregunta muy complicada. ¿Le ayudó a usted a reducir al prisionero? ¿Pidió ayuda? ¿Quizá pudo estar de acuerdo con el fugado?

Se dispuso a desmentirlo con toda su energía. O´Clery temía que una respuesta muy acalorada hiciese sospechar que conocía a la mujer, pero Xander se dio cuenta.

—No lo recuerdo. Yo estaba pendiente del soldado y de quien trataba de matarlo. No me fijé en la actitud de la mujer, pero sí puedo asegurar que no hizo nada por detenerme ni por auxiliar al prisionero. No tengo motivos para pensar que estuvieran de acuerdo.

—Bien, bien…

Se hizo un breve silencio.

—Desde el momento en que el soldado salió en busca de ayuda y hasta la llegada de la patrulla, solo usted puede decir qué ocurrió, pero lo que no puede negarnos es que guardó el arma, ya que cuando acudió el sargento la tenía dentro de la funda. Díganos exactamente qué sucedió.

—No pronunciamos ni una palabra. Sostuve la pistola hasta que oí acercarse a los soldados unos minutos después. Al escuchar que llegaban la guardé. El caballo se encabritó por el vendaval y me costaba sujetarlo con una sola mano. Sin embargo, la patrulla no apareció inmediatamente, quizá el polvo los desorientó. El prisionero aprovechó que yo guardaba el arma para atrapar a la enfermera, rodeó su cuello con el brazo y empezó a ahogarla. Entonces me señaló el caballo.

—¿Pero no la amenazó expresamente?

—No, no la amenazó, solo la estaba matando.

El juez reprimió una carcajada que encolerizó al acusador.

—Bien, bien. Entendido. Y ¿qué ocurrió a continuación? ¿Por qué no intentó emplear su arma?

—El prisionero estaba a punto de acabar con la enfermera, apenas respiraba ya. Si quería evitarlo, no podía hacer otra cosa que dejarlo marchar. Con un mínimo gesto, en un segundo, le hubiese aplastado la garganta.

—Una historia bien hilvanada, no cabe duda. Muy oportuno el que hubiese guardado el arma antes de tiempo.

—Lamento discrepar, mi capitán. No fue oportuno, fue un error. Escuché la patrulla cuando el caballo se encabritaba. Lamentablemente los soldados no llegaron en ese momento. De haberlo hecho, el prisionero no se hubiera escapado.

—Se trataba de un sarcasmo, teniente.

—Oh, disculpe.

De nuevo el juez se mordía los labios conteniendo la risa.

—Así pues, reconoce que fue usted un imprudente al no asegurarse de que los soldados estaban allí.

O´Clery intervino de inmediato.

—Señor —se dirigió al presidente—, no se puede exigir al acusado que asuma su culpabilidad. Eso habrán de acreditarlo las pruebas.

—Es cierto. Si hubo o no imprudencia debemos decidirlo nosotros, no el acusado.

Rojo de ira, el fiscal solo pudo añadir una pregunta, mirando directamente a los ojos de Xander.

—Está usted bajo palabra, recuérdelo. Piense bien antes de contestar —hizo una pausa teatral—. ¿Conocía usted al prisionero?

Xander sostuvo la mirada al capitán.

—Por mi honor, juro que nunca había visto a aquel hombre en mi vida.

—¿Está seguro?

—Por completo.

Desde su asiento, O´Clery rezaba por que no repitiese la misma pregunta referida a la mujer. Xander perdería su aplomo y seguramente reconociese la verdad. Por suerte, el fiscal tomó sus notas sin añadir manda más

—Es el turno de la defensa.

De los cuchicheos y las miradas severas de los tres jueces no podía esperarse nada bueno. O´Clery sabía que la justificación que Xander alegaba no se sostenía en ninguna prueba. Era solo su palabra contra un hecho incontestable: el prisionero huyó mientras el teniente, con el arma enfundada, impedía a los soldados salir tras él. Su amigo se había mostrado convincente pero no tenía el más mínimo apoyo, mientras que los hechos eran rotundos. Él solo podía insistir en la versión de Xander sin aportar nada que diera peso a sus argumentos. Solo un testimonio podía salvarlo y convencer a los jueces. Realmente, solo ofreciéndoles una cabeza se olvidarían de la de Xander, y si esa cabeza no era inglesa, mucho mejor. En aquel momento, Claudia estaría presentándose ante los centinelas del fuerte, así lo había decidido. O´Clery no había encontrado argumentos para impedírselo y en todo caso, la inculpación de la joven significaría la libertad de su amigo. ¿Era justo? Ella fue la causante de todo, por ella Xander había perdido su honor, su libertad, toda su carrera, su futuro y quizá también su vida, porque el destierro a una colonia penitenciaria no haría más que aplazar su muerte algunos años hasta verse consumido por las fiebres y el hambre. Él era inocente y ella culpable. Sí, era justo, terriblemente justo. No debía impedir el sacrificio de Claudia.

Xander miró a su amigo, pálido y tembloroso. No comprendía cómo, después de haber intervenido con energía y acierto a lo largo de la vista, ahora que tenía la última palabra y sin posibilidad de réplica, tartamudeaba como un adolescente.

—Defensor. Es su turno —insistió el juez.

Carraspeó y tomó la palabra.

—Ha quedado probado que gracias a su intervención, el procesado salvó la vida de un soldado británico. Del mismo modo, impidió que la patrulla disparase contra una persona inocente, seguramente salvando también su vida. Resulta doloroso que se ponga en entredicho la honorabilidad de un oficial con semejante comportamiento.

—¡Defensor! —El juez dio una fuerte palmada en la mesa—. No tergiverse los hechos. Al teniente Albertson se le juzga por haber dejado escapar a un prisionero que se encontraba bajo su custodia.

Contrariado, necesitó unos segundos para proseguir.

—Es cierto, señor.

El teniente miraba alternativamente al juez, a su amigo y a la puerta de la sala, esperando que el soldado hiciera algún movimiento.

—Todo lo que se juzga en esta sala son los hechos ocurridos en apenas unos minutos, desde que el soldado a quien usted salvo la vida —el juez gruñó de nuevo—, salió en busca de refuerzos y el instante en que regresó, momento en el que se interpuso no para evitar la captura del fugado sino la muerte de su rehén. En la declaración del testigo ha quedado acreditado que, en efecto, el prisionero llevaba a la enfermera contra su voluntad y que los soldados apuntaron sus armas hacia ambos.

—En eso no hay duda —habló el presidente—, pero la fuga ya estaba consumada. Lo que no tenemos claro es cómo se produjo. Cuando el centinela se fue, dejó al prisionero bajo la custodia del teniente que le apuntaba con un arma. Cuando regresó, estaba libre y montado sobre un caballo del ejército mientras el procesado tenía la pistola en su funda. Esos son los hechos, señor defensor, no otros, aténgase a ellos y aporte pruebas si es que las tiene. El prisionero era un sujeto peligroso y montó a caballo con una mujer de la que nada sabemos, hasta aquí lo que se ha demostrado. El resto, si escuchó o no a la patrulla, si hubo o no forcejeo, me temo que es algo que sigue sin apoyarse en el más mínimo indicio. Siendo generosos, la imprudencia por guardar el arma sin haber asegurado al prisionero parece clarísima, y no le oculto que me asaltan bastantes dudas sobre la sinceridad del procesado.

O´Clery empezó a sudar copiosamente. ¿Por dónde seguir? Estaba cada vez más nervioso.

El juez mojó la pluma e intercambió unas frases en voz baja con los otros hombres a ambos lados de la mesa. En ese instante se escucharon pasos tras la puerta de la sala, se abrió chirriando y un soldado caminó hasta el secretario. Solo O´Clery imaginaba lo que decían.

Unos segundos después, el juez miraba sorprendido al defensor.

—¿Qué es esto, teniente? —preguntó con una sequedad escalofriante

—Con la venia. —El teniente se acercó al juez, que llamó con la mirada al acusador.

—Parece que la defensa presenta un nuevo testigo —comentó a media voz.

—Eso es improcedente, señor —protestó el fiscal.

—Aún no se ha dictado sentencia ni se ha cerrado la vista. En beneficio del reo debe admitirse.

—Creo que tiene razón —asintió el secretario hojeando un libro.

—Quisiera, no obstante —intervino O´Clery—, que la declaración se realizase sin la presencia del procesado.

—¿Cómo dice?

—Yo soy su letrado, de modo que no hay indefensión.

—Tiene derecho, pero no lo entiendo. No veo la razón.

Xander presenciaba extrañado aquel revuelo y no comprendía por qué su amigo se mostraba reservado, hablando en voz baja con la intención de que él no lo escuchase.

Finalmente el juez tomó la palabra.

—Se admite el nuevo testimonio presentado por la defensa. Se ordena que el procesado abandone la sala, si el acusador no tiene objeción.

¿Nuevo testimonio? ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué debía salir? ¿Y por qué O´Clery bajaba la mirada evitando cruzarla con la suya? ¿Le había traicionado? No era posible.

—¡No! —Se puso en pie—. ¡Me niego a abandonar la sala!

—Xander, por favor —se acercó su amigo intentando serenarlo.

De un empellón, Xander le apartó el brazo.

—No me esperaba esto de ti, Patrick —le habló desde lo más hondo del alma—. ¡Rechazo la defensa de este hombre! A partir de este momento ya no me representa. Exijo otro letrado.

El juez se llevó las manos a la cabeza. Aquello era una locura.

—¡Silencio! —gritó el juez lo más alto que pudo—. Si no se serenan, los mando detener a todos. ¿Así respetan a la Corte Marcial? Vamos, que entre el maldito testigo y acabemos con esto de una vez.

O´Clery se sentó ante su mesa con la cabeza hundida entre las manos. Hubiera deseado suplicar a Xander que saliera, aclararle que allí venía su salvación, pero no se atrevió a mirarlo siquiera.

De nuevo se abrió la puerta. Los pasos retumbaron sobre el entarimado. Nadie dijo una palabra durante unos instantes de desconcierto.

—Bien —dijo finalmente el juez—. Se presenta usted como testigo de la defensa. Por favor, diga su nombre.

—Paulus Van Zyl.

Todos los presentes miraron asombrados a aquel hombre de porte marcial, ojos claros y larga barba.

—¿Fue usted testigo de los hechos por los que se enjuicia al teniente Albertson? ¿Los conoce? ¿Necesita que leamos el acta?

—Los conozco —respondió con aplomo, en un inglés perfecto—. Yo soy el prisionero por cuya fuga se le está juzgando.

El centinela montó el arma y le apuntó, tembloroso.

—¿Perdón? —Se hizo un silencio tenso.

—He dicho que soy el comandante Paulus Van Zyl, del Segundo Regimiento de Caballería del Estado Libre de Orange.

—Esto es… inaudito.

El hombre extrajo del bolsillo un documento que acreditaba su identidad.

La mente de Xander se negaba a creer lo que le mostraban sus ojos. Era él, el padre de Claudia. ¿Cómo era posible?

—Te prometo que esto no estaba previsto —le susurró O´Clery al oído, sin apartar la vista del recién llegado.

El juez inspeccionó el papel y se dirigió al secretario.

—En efecto, tome nota. Se trata de Paulus Van Zyl. ¿Es usted, entonces, el prisionero fugado?

—Sí.

—¿Cómo podemos estar seguros?

—Eso no lo sé. Allá ustedes si me creen o no.

El juez se dirigió a Xander:

—Teniente: ¿lo reconoce?

—Sí, lo reconozco —afirmó con la voz entrecortada.

—Hagan llamar al soldado Lonborough.

Mientras un guardia corría pasillo adentro, todos en la sala permanecieron inmóviles, como si se hubiera detenido el tiempo. O´Clery estaba totalmente desconcertado. ¿Cómo había sucedido aquello? ¿Dónde estaba Claudia? Y sobre todo ¿qué intenciones traía aquel hombre? ¿Declararía la verdad, que él era el padre de la enfermera y que Xander los dejó huir porque la amaba? ¿Acaso inventaría otra mentira incompatible con su versión de lo sucedido y entrarían en contradicciones?

Xander tenía sus ojos clavados en el rostro de Paulus. Estaba allí, era el padre de Claudia, él podría decirle qué había sido de ella, si los disparos de los soldados llegaron a herirla, si seguía hablando de él, si la prueba de su amor había sido suficiente… hubiera querido correr hacia él y preguntárselo todo. Pero se contuvo.

Paulus seguía orgulloso, con la vista alta, pero en una ocasión se cruzó con la mirada de Xander y una ligera sonrisa que solo ellos percibieron infundió confianza en el espíritu del joven.

Al entrar en la sala, el soldado estuvo a punto de caer desmayado al toparse frente a frente con la mirada del bóer.

—Soldado —le interpeló el juez—, este hombre afirma ser el prisionero que intentó matarle. El procesado lo confirma. ¿Lo reconoce usted?

Lo miró como si fuera un resucitado. Si el juez no hubiera repetido la pregunta habría tocado su barba como Santo Tomás las heridas de Cristo.

—Sí, señor. Es él, no hay duda.

—Usted solo lo vio unos instantes. ¿Cómo puede estar seguro?

—Creí que esos ojos sería lo último que vería en mi vida. No los olvidaré jamás.

—De acuerdo. Que conste en acta. Puede retirarse, soldado.

La vista tardó unos minutos en reanudarse. Nadie sabía cómo proseguir después de aquella inesperada aparición.

Por fin el presidente de la sala miró a Paulus.

—Señor Van Zyl, no usaré el empleo de comandante porque no nos consta. Comprenderá que su presencia en esta sala es insólita. ¿Ha acudido usted voluntariamente?

—Por supuesto.

—Si es un prisionero fugado, desde este momento queda bajo arresto.

—Lo sé. Soy un prisionero de guerra y exijo que se me trate como tal.

—Pero no comprendo…

—Es sencillo, aunque quizá sea algo que solo quepa aquí, en una dura cabeza bóer, sobre una barba bóer y en un corazón bóer. —Miró desafiante a los miembros del tribunal—. A lo largo de esta guerra he visto cómo los soldados británicos mataban a familias enteras, con mujeres, ancianos y niños, han quemado sus granjas, han robado su ganado…

—¡Testigo, modere sus expresiones! ¡Esos son actos de guerra!

—No lo son, pero prefiero no alargarme. De entre toda esta barbarie, sin embargo, también he presenciado actos de nobleza y ninguno como el de este teniente. Cuando supe que iba a ser juzgado por su acción, no lo dudé. Me alegro de haber llegado a tiempo y poder testificar.

Nadie movió un solo músculo, aunque O´Clery temblaba por dentro.

—Es un testigo de la defensa —señaló el juez—, así que le corresponde a usted, teniente, interrogarlo en primer lugar. La última palabra la tendrá el acusador.

Al menos tenía una posibilidad para orientar la respuesta haciendo una buena pregunta.

—Comandante… perdón —miró al juez—, señor Van Zyl. En primer lugar, su presencia hace que este juicio carezca ya de sentido, el delito por el que se juzga al teniente Albertson era el de permitir su fuga. Ahora está usted nuevamente detenido.

—Teniente —le interrumpió el juez—, los cargos por haber permitido su huida, voluntariamente o por imprudencia, siguen siendo los mismos. Prosiga.

Fingió mirar sus notas para tomarse unos segundos de reflexión.

—Bien. Solo usted puede corroborar la versión del procesado sobre lo que ocurrió desde que el centinela al que intentó arrebatar el arma le dejó a usted a cargo del teniente Albertson y la llegada de los refuerzos, momento en el que el acusado impidió que disparasen contra la rehén con la que escapaba.

El acusador saltó de su asiento.

—¿Trata de manipular la contestación? Es intolerable.

—Tiene razón —exclamó el juez—. Limítese a preguntar lo que ocurrió, no a darle ya su versión de los hechos.

—No era mi intención —se excusó O´Clery, creyendo haber conseguido su propósito.

En efecto, Paulus comprendió las reglas del juego.

—Le repito la pregunta. ¿Qué ocurrió?

Se tomó su tiempo en responder.

—Las cosas no fueron exactamente así aunque supongo que el teniente las vio de aquel modo. Sí, yo derribé al centinela con la intención de huir. Era mi deber como prisionero, eso no se me puede reprochar, íbamos a embarcar en los vagones sin saber hacia dónde. Cuando llegó la enfermera supe que era mi oportunidad y, sencillamente, la aproveché. Me fingí enfermo, ella llamó al guardia y me abalancé sobre él. Intenté desarmarlo pero no pude, tan fuerte como él se aferraba al fusil yo lo hacía con su cuello. Si no lo desarmaba me hubiera disparado. Él o yo.

—Entonces apareció el teniente —intervino O´Clery.

—Sí, salió de la nada. Solté al centinela y corrió a buscar ayuda.

El juez se dirigió a Paulus.

—Hasta aquí no había controversia, pero a partir de este momento, lo que sucedió solo lo saben usted, la enfermera y el teniente. Le pido que sea preciso en su respuesta. ¿De qué hablaron usted y el acusado en ese tiempo?

El testigo miró de reojo a O´Clery.

—No recuerdo que hablásemos de nada. Solo pensaba en la forma de escapar. Quizá intercambiamos alguna frase, no estoy seguro.

De aquel modo no contradecía la posible versión de Xander. Ahora llegaba el momento más delicado.

—¿Y después…?

—Fue sencillo. Solo me vigilaba un hombre y tenía a mi alcance a la enfermera. Ella era mi única opción de escapar. La tomé como rehén y exigí el caballo. Desde luego, jamás le hubiera hecho ningún daño. Al centinela podría haberlo matado sin pestañear, era un enemigo armado, pero la enfermera era poco más que una niña. El teniente no podía saberlo, claro.

—¿Fue entonces cuando el acusado guardó la pistola? —intervino el fiscal, aunque no era su turno de pregunta.

Paulus entendió que aquella cuestión tenía importancia, con seguridad era algo sobre lo que ya se había hablado en el juicio, de modo que fue prudente y evitó comprometerse.

—No lo sé. Yo solo estaba atento a la enfermera y al ruido de los soldados.

—Pero sí afirma —salió O´Clery en su ayuda— que tomó a la enfermera contra su voluntad.

—Eso es verdad. —Tampoco quiso añadir más detalles.

O´Clery vio cómo Xander miraba al testigo lleno de ansiedad. Pensó entonces en qué estaría ocurriendo en el corazón de su amigo.

—Una última pregunta. Se ha declarado que los soldados llegaron a disparar. ¿Sufrió usted o la mujer alguna herida?

—No. Con aquel vendaval era imposible hacer puntería sobre un caballo al galope.

—La mujer ¿qué hizo con ella?

Xander apretó el borde de la mesa hasta que se enrojecieron sus manos.

—La dejé marchar un poco más adelante. Gracias a ella yo había podido escapar pero ya no la necesitaba. La pobre estaba muerta de miedo. Recuerdo que la miré y le dije: «Perdóname. Seguro que hay un hombre que te espera, ve con él y sé feliz». Y se perdió en la tormenta.

Xander no pudo reprimir las lágrimas pero todos en la sala estaban pendientes de las palabras del testigo.

—Con esta declaración, señor, queda ratificado que el teniente actuó de forma plenamente justificada. Su actuación al interponerse ante los soldados impidió la muerte de la rehén, y en cuanto a la huida del prisionero, no hay duda de que la mujer era retenida contra su voluntad, el teniente no podía saber hasta dónde pensaba llegar el agresor, lo que es cierto es que la tenía en su poder y amenazó con matarla. El momento en el que guardó la pistola parece ya irrelevante.

El secretario tomó nota de la declaración y se la pasó al juez. La leyó por encima y miró alternativamente a Paulus y al acusador.

—Capitán, ¿algo más que preguntar? —Por su tono, claramente le advertía que ya no tenía sentido perder más tiempo. El resultado del proceso era el mejor que podía esperarse, un oficial británico vuelve a su regimiento mientras un peligroso enemigo acaba de nuevo entre rejas.

—No hay preguntas, señor —aceptó sumiso.

—Bien. Siendo así… y salvo que el señor defensor traiga un nuevo testigo… —le preguntó con la mirada.

—No, señor. No hay más testigos.

—En tal caso, queda visto para sentencia. Retírense.

Todos se pusieron en pie al mismo tiempo. Por orden jerárquico salieron los jueces y el capitán fiscal.

El soldado que lo custodiaba se dirigió a Paulus

—Vamos, sígame.

—Aguarde —pidió O´Clery tras comprobar que todos caminaban ya pasillo adelante—. Ha sido mi testigo, tenemos que hablar con él antes de que se lo lleve.

Poco convencido, el vigilante dio un paso atrás y se apostó en la puerta sin bajar el arma.

Xander se le acercó, se miraron fijamente y permanecieron unos segundos en silencio.

—¿Por qué ha hecho usted esto? —le preguntó.

—Lo sabes. Yo te lo quité todo, ahora te lo devuelvo.

—¿Dónde está ella?

—Muy cerca. Si miras por la ventana podrás verla, lleva esperándote en el mismo lugar desde que te encerraron. Yo saldré pronto, la guerra está acabada y ya se está negociando la amnistía para todos los prisioneros. Hazla feliz, porque cuando regrese iré a comprobarlo. No me defraudes, Albertson.

El soldado, desde la puerta, no entendía nada de todo aquello.

—Vamos, tenemos que irnos —dijo, inquieto.

—Es verdad —concluyó el bóer como una sentencia—. Que cada uno siga su camino.

Xander estrechó con fuerza la mano de Paulus, este se dio media vuelta y salió escoltado.

Apenas unas horas después, O´Clery entró dando palmadas en la celda de Xander.

—¡Estás libre! Vamos, recoge tus cosas. Ya has estado demasiado tiempo de permiso. ¿O acaso pensabas seguir aquí toda la guerra? Yo pago el primer whisky, pero los siete que me tomaré después son cosa tuya, esos van a ser mis honorarios de abogado. He telegrafiado al Regimiento, solo dos palabras pero a más de uno se le va a atragantar la comida: «Albertson absuelto». El telegrama a tu familia te lo dejo a ti. Sacúdete el bolsillo y escribe alguna palabra más ¿de acuerdo? Ya me imagino a tu hermanita pequeña dando saltos y recuperando de golpe toda su alegría.

Xander empaquetó sus pocas pertenencias y miró la celda en la que había permanecido los últimos meses, donde había roto y recompuesto mil veces sus esperanzas. Al final del corredor, al otro lado de la puerta de la fortaleza, le esperaba Claudia.

Bajó las escaleras con el corazón desbocado. Los pasillos se le hacían infinitos mientras O´Clery trataba de seguirlo a duras penas.

Finalmente vio el recuadro de luz enmarcado por los dos guardias. Saludó y ellos se cuadraron.

—A la orden, mi teniente.

Respiró su primera bocanada de aire en libertad y recorrió la plaza con la vista.

Allí, junto al kiosco, donde la había querido entrever desde la ventana del locutorio, Claudia le miraba. Dieron un paso, luego otro y como si ambos hubieran oído la misma voz, corrieron uno en busca del otro.

—¡Xander!

Él no pudo responder. Se abrazaron con esa fuerza que no infunden los músculos sino que brota directamente del corazón. Cerraron los ojos, temiendo que al abrirlos de nuevo hubieran despertado de aquel sueño que ponía fin a una pesadilla espantosa.

—Claudia. Estás aquí…

—¿Dónde podía estar si no? A tu lado. Lo más cerca que he podido.

—Ya no nos separaremos —afirmó Xander con una seguridad que nunca antes había sentido.

Se miraron fijamente.

—¿Entonces… me has perdonado?

—¿Perdonarte? ¿Por haber dado luz a mi vida? Soy yo el que te ha hecho daño al no haber sabido ver cuánto sufrías, por no haber gritado a los cuatro vientos que te amaba, que te he amado desde que por primera vez me vi reflejado en tus ojos.

—No digas eso…

—Claudia, a partir de ahora ya no hay culpas ni reproches. No te alejes nunca de mí, por favor, no lo soportaría un minuto más.

Una mujer, a lo lejos, se enjugaba las lágrimas. Cuando su hija se encaminaba hacia la puerta del fuerte vio cómo un hombre la detenía poniendo la mano sobre su hombro. A pesar de la distancia y los años lo reconoció. Un padre se sacrificaba a cambio de la felicidad de su hija. Vio a Claudia junto a Xander y encontró en sus rostros la misma pasión con la que ella había llenado su juventud.

Allí, en aquel abrazo, terminaban las historias de Xander y de Claudia para transformarse en una sola historia, bajo el sol de África y acariciados por la brisa del océano.