II
Claudia llegó temprano. Quizá hubiera sido más correcto ser escrupulosamente puntual tirando de la campanilla al mismo tiempo que sonaban los relojes de la casa, pero no pudo contenerse. Un par de criados que arreglaban el jardín la observaron con curiosidad mientras se acercaba.
Un hombre de edad indefinida la recibió mirándola de arriba abajo como si en vez de un ser humano fuera un traje colgado de una percha.
—Usted es….
—La señorita Confalonieri. La institutriz.
—Cierto. Llega usted antes de la hora.
—Si lo desea puedo regresar dentro de… cuatro minutos.
El mayordomo no captó la ironía, o si lo hizo no se tradujo en ningún movimiento de su rostro.
—No es necesario. Acompáñeme, por favor.
La pareja caminó corredor adelante por la zona de la servidumbre hasta llegar a un cuarto espacioso. El ama de llaves se dirigió hacia ella con el primer gesto amable que recordaba en mucho tiempo, quizá porque sus rasgos se parecían a los de la muchacha.
—¡Qué joven eres! Vamos, siéntate que vendrás helada. Hoy viene un aire muy desagradable de poniente. Bienvenida a esta casa. Ahora te llevaré con la señora pero entretanto, tómate un té. ¿O prefieres café?
Claudia se estremeció. Su primer impulso hubiera sido pedir una taza de aquel delicioso café negro, humeante y denso que hervía en el fogón, pero una buena inglesa jamás lo hubiera preferido a una taza de té, un líquido insulso, poco más que agua caliente con hierbajos. El café era la bebida de los boers igual que el Cape Smoke se reservaba a los nativos, el whisky para los escoceses, y los irlandeses su cerveza. Ella debía representar su papel desde el primer momento. Pidió té.
El ama hablaba por los codos, del tiempo, de la carestía de la comida, de la desvergüenza de los jardineros y de mil nimiedades que no importaban a Claudia, a la que no dejaba añadir una sola palabra.
Media hora después sonó un timbre en algún lugar remoto de la casa.
—¿Has traído las referencias? —preguntó.
—Sí, claro, aquí están…
—No, hija —rio—, a mí no me las tienes que enseñar. Pero llévalas preparadas. Vamos, ven conmigo.
Subieron la escalera con reverencia, como si fueran las gradas de un altar. La mujer llamó a la puerta y aguardó unos segundos a que se escuchase la voz de la señora de la casa.
—Entra.
Claudia se dispuso a seguirla, pero la criada la detuvo con un gesto.
Durante algunos minutos escuchó atentamente una conversación sobre temas domésticos, compras y encargos, hasta que finalmente añadió:
—Ha llegado la nueva institutriz. Nos la envía la agencia con buenas referencias. Está fuera. ¿Desea que entre?
Los pasos de la criada iban encogiendo el corazón de Claudia, que casi saltó al abrirse la puerta.
—Vamos —susurró la criada con una sonrisa.
Se situó en el centro de una estancia decorada con láminas de la campiña, los consabidos perros acosando al zorro y jinetes con casaca.
—Así que usted es… —le dijo, repitiendo la mirada de tratante de ganado.
—La señorita Confalonieri.
—¡Qué apellido más difícil!
—Italiano. Lombardo, es decir, del norte, cerca de Suiza —se apresuró a aclarar. Si hubiera añadido «napolitano» o «calabrés» podía darse por despedida. De aquel modo justificaba su apariencia centroeuropea.
—Tendrá usted un nombre.
—Claudia —añadió, tratando de remediar una omisión tan imperdonable.
—Más sencillo, sí. Claudia. ¿Me permite sus referencias?
Sacó un papel de su bolso y lo extendió hacia la señora, pero de inmediato la criada lo tomó de sus manos y se lo entregó, cubriendo así el metro escaso que las separaba.
—Excelentes informes. Conozco a varias de estas familias, todas son de absoluta confianza. Está bien. Ya sabe que la primera semana está usted a prueba, sin sueldo.
Claudia reprimió un gesto de decepción y trató de sonreír.
—Por supuesto.
—Si no tiene nada que añadir, por favor, Ann, llévala al cuarto de Wendy.
Una vez que se cerró la puerta, el ama le estrechó la mano con fuerza.
—¡Enhorabuena! Ya verás, la niña es un ángel. No hagas caso de su madre, no es tan antipática como parece, son una familia encantadora. Luego te presento al resto del servicio.
—Gracias —contestó Claudia, aturdida.
—Realmente esta casa tan grande es de la Compañía, pero el sueldo no da para mantener a mucha servidumbre, solo somos tres. Bueno, también has visto a Áticus y Máximo, pero a los negros no les dejan entrar en el edificio si no es con el martillo para hacer alguna reparación y siempre que no estén los señores.
Más animada, marchó hacia el cuarto de la niña. Entre aquellas paredes pasaría muchas horas y de allí saldría el sustento para ella y su madre. Adoptó su expresión más seria y entró, pero en cuanto puso sus ojos sobre la pequeña que jugaba con una muñeca, se evaporó aquella máscara de frialdad.
—Hola —le dijo con su vocecita de cristal—. ¿Tú eres la nueva institutriz?
—Sí. Me llamo Claudia. ¿Y tú?
—Yo soy Wendy y esta es Chispa. —Señaló a la muñeca.
—Encantada de conoceros, Chispa y Wendy. —Y fingió equivocar los nombres.
—Nooo. Wendy soy yo. Chispa es ella. —Comenzó a reír con carcajadas estrepitosas.
—Oh, perdón, perdón.
—¿Te sientas con nosotras? —preguntó ya sin ninguna timidez—. Chispa quiere conocerte.
Claudia miró de reojo a la mujer, que le devolvió un gesto de aprobación. Sin esperar, la joven se apartó el vestido y se arrodilló como pudo. La pequeña sonreía al comprobar que la nueva niñera no empezaba guardando las distancias. Así permaneció durante un buen rato, observando a la niña mientras jugaba con ella, hasta que finalmente se puso en pie:
—Ahora, Wendy ¿puedo ver cómo escribes?
—Oh no —dijo aterrada—. ¿Tú también me vas a regañar? Yo no quiero escribir nunca más. No quiero ser una señorita educada.
Reprimiendo un gesto de horror intentó contestar con dulzura.
—¿Regañarte? No. ¿Por qué iba a hacerlo? Pero si no lees ni escribes ¿cómo podrás meter mensajes en una botella o usar palomas mensajeras como en los cuentos?
La pequeña pareció reflexionar, temiendo que se tratara de un engaño para obligarla a sentarse en su escritorio.
—Yo no tengo cuentos —repuso con desconfianza—. Solo una Biblia, una Historia del Imperio y un libro de plantas y minerales.
—No te preocupes. Los cuentos los escribiremos nosotras, pero también para eso debes aprender ¿no te parece?
—¿De verdad? ¿Si aprendo a leer y escribir tendré cuentos? —Levantó las cejas ilusionada.
—Claro. Los que quieras. Te doy mi palabra.
—¿Con estampas? —Apretó los labios.
—Con muchas estampas, las más bonitas, con conejos, magos y príncipes.
La propia niña tomó a su institutriz de la mano y la llevó a la mesa, obligándola a sentarse y tomar la pluma.
—Yo sé las vocales y también puedo escribir mi nombre. Mira. W-e-n-d-y.
—Muy bien. Tienes una letra preciosa.
En aquel instante, Claudia oyó un ruido desde la puerta. Una chica poco mayor que ella la miraba con los ojos muy abiertos. Por su apariencia no se trataba de otra criada. Se puso en pie.
—Es mi hermana —aclaró la niña—, se llama Charlotte.
—Es un placer, señorita —dijo Claudia.
—Bienvenida a nuestra casa —respondió con cierta frialdad—. Me asombra que Wendy se haya querido sentar en el escritorio sin amenazas ni castigos, creo que es la primera vez. Le deseo mucha suerte con ella, es rebelde pero tiene un corazón muy grande, es la alegría de nuestra casa.
De aquel modo, con la niña garabateando letras, Claudia sintió que el sol iluminaba su futuro.
Su jornada a partir de aquel día comenzaba despertando a la pequeña Wendy y concluía cuando cerraba los ojos por la noche. Su ropa, su juego, su educación y su comida quedaron bajo su responsabilidad. Durante la primera semana que pasó junto a ella se fueron estableciendo unos lazos de cariño que prometían ir estrechándose ante la buena disposición de la niña. Deseaba aprender, respondía a los estímulos y se mostraba jovial delante de todos, pero sin llamar la atención en ningún momento. Claudia tenía exquisito cuidado en adquirir su autoridad a base de rectitud pero no de aspereza. En su inocencia, Wendy aceptó de buen grado a su nueva maestra y amiga, considerando casi como un juego de teatro su actitud ante los mayores, fingiéndose seria y callada para luego, en su cuarto, reírse de aquel absurdo protocolo.
Una mañana, Claudia inventaba un nuevo cuento.
—El caballo —decía, sujetando uno de cartón— estaba asustado dentro de aquel barco. Se movía arriba y abajo en medio de una horrible tempestad.
La niña abrazaba a Chispa mordiéndose los nudillos.
—¡El barco se hunde! —exclamó engolando la voz y poniendo acento de marinero.
——¡No! ¡No! —gritó la pequeña—. Que no se hunda, por favor.
Claudia advirtió que la niña se asustaba realmente.
—No, claro que no. Era solo una pequeña tormenta, pero al instante salió el sol y se calmó el mar. El caballo relinchó feliz y se comió un saco entero de avena.
—¡Qué miedo he pasado! Creía que era el barco de Xander.
—¿Xander?
—Claro, mi hermano.
—¿Tu hermano?
—Sí, míralo.
La niña se inclinó sobre el baúl de los juguetes. Después de algunos minutos de revolución en su interior, apareció con un soldado de madera vestido con el uniforme de los Ingenieros Reales.
—Este es mi hermano. Me envió el muñeco desde Inglaterra el año pasado. La verdad es que él no tiene este bigote tan feo, es mucho más guapo. El la alcoba de mis padres hay una fotografía. Nunca juego con Xander por si se rompe, pero cuando esté con nosotros saldrá del baúl y se casará con Chispa.
—Me alegro mucho de que tengas un hermano, también yo espero que sea más guapo que este.
—Ahora estará en el barco. Dice Charlotte que la próxima Navidad la celebraremos por fin todos juntos y que cuando llegue haremos una gran fiesta de despedida.
—Será una fiesta de «bienvenida» —corrigió.
—¿Por qué? Cuando él llegue nos iremos todos. ¿No vas a venir? ¿Tú también me dejarás sola? —preguntó temerosa.
Aquella tarde, en cuanto la niña se durmió, Claudia buscó al ama de llaves.
—¿Cómo va la pequeña? La vemos más contenta que nunca —se adelantó.
—Es un ángel. Pero hoy me ha dicho una cosa muy extraña.
—¿Extraña?
—Sí. Que un hermano está a punto de venir y se mudará la familia.
—¿No lo sabías? —La mujer dejó sobre una mesa la ropa que llevaba y la guio hasta el cuarto del servicio.
—¿Pero no te han dicho nada en la agencia de colocación?
—¿Decirme? ¿Qué?
—Siento darte yo las malas noticias. ¿Por qué crees que se han ido todas las niñeras que han pasado por aquí?
—No lo sé. Y lo cierto es que no me he atrevido a preguntarlo.
La mujer vertió una taza de café. Esta vez no había lugar para disimulos.
—En cuanto llegue el señor Alexander, el hijo mayor, se marcharán todos al interior. El padre es ingeniero de minas y la Compañía lo ha decidido así. Ellos están de paso.
Claudia creyó que se le detenía el pulso. La criada no imaginaba lo que suponían esas palabras para ella, algo mucho más terrible que para cualquier otra niñera que viera en peligro su trabajo.
—¿Al interior? ¿A dónde?
—A Kimberley, a la «Ciudad Diamante».
Llegó a su casa como un fantasma, sin apenas fuerza para llamar a la puerta. Su madre dejó la costura esperando encontrar el rostro de su hija teñido de felicidad, como en los últimos días en que todo se ponía a su favor.
—¡Claudia! ¿Qué te ocurre? ¿Estás enferma?
Sin mediar una palabra, la hija se echó en brazos de su madre y rompió a llorar. Ya habría tiempo para las explicaciones.
Finalmente pudo secarse las lágrimas con el dorso de la mano.
—Mamá, no puedo seguir en esa casa. Otra vez sin trabajo.
—¿Por qué? ¿Te han maltratado? ¿Has hecho algo que…?
—No. Son muy amables, Wendy aprende más cada día y me quiere como a una hermana mayor. No, no es eso.
—Habla, por Dios.
—Me han dicho que pronto dejarán Ciudad del Cabo para irse al interior.
—¿Al interior? —gimió la madre.
—Sí. A Kimberley.
Pasaron unos minutos bajo un silencio de cementerio. Los recuerdos, los miedos, el destino.
La madre se puso en pie.
—Pues no se hable más. Prepara tu equipaje.
—¿Qué dices? ¿Dejarte?
—Por mí no temas, yo sola puedo valerme. Eres tú la que debe labrarse un porvenir.
—Pero ¿allí? ¿Tan lejos?
Claudia formuló la última pregunta sintiendo que sus palabras no eran sinceras.
—¿Qué quieres decir realmente? ¿Tan lejos o tan cerca?
—Ya lo sabes mamá… tan lejos de ti…
—Y tan cerca de tu padre. ¿No es eso?
Al día siguiente marchó dispuesta a despedirse de Wendy y su familia. No podía imaginar siquiera cómo sería la vida en el interior del país, aquel lugar del que huyeron su madre y ella mientras el pasado se quedaba sobre el andén de una estación.
Claudia había nacido en el Transvaal, en territorio de los boers, colonos africanos descendientes de holandeses. Allí creció en una granja cuyos límites se perdían detrás del horizonte polvoriento. Su madre siempre quiso regresar a la ciudad, a cualquier ciudad. Ella era una emigrante europea que lo dejó todo por el amor de un hombre. Él fue honesto, respetuoso, un caballero como solo podía encontrarse ya en aquel apartado rincón del planeta que se llenaba de humo y fábricas. Lo intentaron. Cuando Claudia aún era una niña decidieron trasladarse a la ciudad, pero aquello se convirtió en un infierno. Él no soportaba verse rodeado de casas y muros. Empezó a beber, a degradarse, a alejarse de su esposa como haría un animal enjaulado que solo ve a través de los barrotes. Un día metió todo su dinero en una cartera, la dejó sobre la mesa y se fue de nuevo al campo, al veld. Ellas tomaron el ferrocarril y se instalaron muy lejos, en Ciudad del Cabo. La madre salió adelante cosiendo y trabajando en casas de tenderos y funcionarios mientras educaba a su hija como a una inglesa, deseando que olvidara su infancia y domesticar su espíritu criado en libertad.
Claudia se resistía a oír los ruegos de su madre. Kimberley se levantaba en la misma frontera con el Estado Libre de Orange, la otra república bóer, y muy cerca del Transvaal. Aunque allí le resultasen familiares los paisajes, el aire y los aromas, era un lugar en el que nada ni nadie le impedirían seguir adelante. Podía comenzar una nueva vida, seguir con aquella familia, ver crecer a Wendy, conocer a un hombre y envejecer tranquila el resto de sus días. Enviaría dinero a su madre y gracias al ferrocarril podría visitarla cada año. El viaje era largo y costoso pero ¿para qué ahorrar? Incluso podría traerla cuando fuera anciana y cuidarla como se merecía, después de tantos trabajos y desvelos. Pero, por más que trataba de aceptar la idea de su marcha, algo se rebelaba dentro de ella. Era el miedo al recuerdo, a los fantasmas de un pasado que para ella fue feliz pero que veía reflejado en el rostro de su madre en forma de sufrimiento. No, no se marcharía. En Ciudad del Cabo saldrían más oportunidades.
Sin embargo, la mirada cariñosa de Wendy la forzó a retrasar su decisión. Al menos —se decía— mientras no pongan fecha a la partida, seguiré con ella. Y así permaneció durante las siguientes semanas. Cada vez que oía hablar del futuro de la casa guardaba silencio, reafirmando en su interior la decisión de quedarse.
Por fin, una mañana escuchó cómo el padre hablaba a su familia agitando en el aire un pequeño pedazo de papel.
—Telegrama de Xander. Llega en el Bonaventure el día diecinueve.
—Entonces esta Navidad…
—Sí, hija, estaremos todos juntos.
Pocas alegrías pueden ser tan intensas y sinceras como la de una familia que se reencuentra. Todos saltaban y se abrazaban, incluso la pequeña Wendy no sabía si llorar o reír, viendo la explosión de júbilo de aquellas personas que siempre se mostraban serias y distantes.
—¡Xander! ¡Por fin llega Xander! —exclamaba la madre tomándola en brazos y cubriéndola de besos.
Sin embargo, lo que para ellos significaba una nueva etapa de sus vidas, para Claudia suponía una ruptura, el salto de un presente luminoso hacia un futuro nuevamente oscuro. Intentó disimular su abatimiento y fingir que también ella compartía la emoción de la familia. Felicitó a los padres e intercambió alguna frase amistosa con Charlotte, que por primera vez la recibió con una sonrisa.
La casa se puso en pie de guerra. Toda la ropa salió de los baúles, el polvo desapareció de las molduras y hasta los ratones abandonaron sus escondrijos.
La fecha se fue aproximando como una bendición que cae del cielo —así lo veían los Albertson— o como la ejecución de una sentencia en el ánimo de Claudia.
El buque llegó de madrugada, casi al alba. El padre y la madre habían aguardado en el puerto para verlo llegar con sus propios ojos. Aún pasarían varias horas hasta que desembarcara el pasaje, pero saber que su hijo estaba a solo unos metros de distancia era suficiente para hacerlos olvidar el olor del agua estancada y los empujones de la muchedumbre.
Entretanto, Claudia vistió a la pequeña con sus mejores galas, parecía imposible ordenar tanta ropa sobre un cuerpo pequeño e inquieto que se retorcía como una lagartija. El criado las condujo al puerto, atestado de público, de descargadores negros y de ociosos de todos los colores. Quizá el semblante de Claudia era el único verdaderamente sombrío entre todo aquel gentío ruidoso.
Al cabo de un tiempo interminable, bajo el tórrido sol del verano, se tendió por fin la pasarela. La tripulación del Bonaventure se afanaba por ultimar todos los detalles mientras los pasajeros se iban aproximando a la puerta de desembarque. El muelle se tiñó de blanco con una repentina nevada de pañuelos. Todos alzaban el cuello deseando ser los primeros en reconocer al hijo, al amigo o al esposo.
Sonaron las sirenas, que fueron respondidas por las de otros buques fondeados en el puerto. Al instante, la banda de música de un regimiento entonó las notas de Rule Britannia, que fueron coreadas por todos a pleno pulmón como si descendiese del barco el mismísimo príncipe de Gales.
En cubierta destacaban los militares con su salacot y sus correajes que reverberaban al sol, aunque el nuevo color caqui de los uniformes era menos vistoso que el escarlata y les hacía perder algo de prestancia.
—¡Xander! —exclamó Charlotte al reconocer a su hermano.
Una de aquellas figuras que aguardaban su turno frente a la pasarela dirigió la mirada y saludó con un leve gesto, como si el hecho de permanecer sobre un navío de Su Majestad lo tuviera sometido a la ley marcial.
Los padres empezaron también a gritar frenéticamente, olvidando la compostura que se suponía en una familia de su clase. La pequeña Wendy, sin embargo, se escondió tras las faldas de Claudia, que trataba de tranquilizarla. A una niña cuyos gritos y risas siempre se reprimían con severidad, aquella excitación le parecía algo disparatado y fuera de toda medida.
Al poner el pie en el muelle, el joven Alexander recibió el abrazo envolvente de su madre. Durante un largo rato nadie se atrevió a separarlos para compartir su cariño.
—Charlotte. ¡Qué guapa estás! Eras una niña cuando me fui.
—Anda, calla. Tú sí que estás guapo con ese uniforme.
—Bah. No digas tonterías, todos lo llevamos igual. ¿Dónde está Wendy?
—Ahí, mírala.
—Vamos, pequeña —intervino Claudia obligándola a salir.
—¿Tú eres mi hermanita? Pero si dormías en la cuna cuando me fui y ahora eres una señorita.
El chico tomó a la pequeña y la apretó contra su pecho. Claudia pudo escuchar cómo le decía al oído:
—Te he traído una muñeca y un libro de cuentos.
—¿Con estampas?
—Con muchísimas estampas. ¿Ya sabes leer?
—Sí, un poco. Me está enseñando Claudia.
Con su pequeña manita señaló a la niñera, que permanecía un paso atrás. Alexander le dirigió una mirada y una sonrisa.
A partir de aquella tarde, todo fue distinto en la casa. Reinaba la alegría, el optimismo e incluso se relajaron las costumbres en la mesa o en el paseo. Había llegado Xander y parecía haber traído en su equipaje toda la felicidad que se había ido escatimando desde que partiera.
Cuando embarcó camino de la lejana Inglaterra era apenas un mozalbete que se aferraba al cuello de su madre, muerto de miedo. Ahora, después de tanto tiempo en la Academia de Chatham, regresaba convertido en teniente de los Ingenieros Reales. A su padre le aguardaba un despacho en la famosa mina De Beers, donde se habían extraído los mejores diamantes de la historia, pero había retrasado su incorporación hasta que su hijo obtuviera un destino compatible con el suyo y así poder desplazarse todos juntos hasta el interior de la colonia.
Ningún militar hubiera elegido voluntariamente el regimiento de Kimberley, un lugar apartado en medio de la nada, sin ningún atractivo y en la frontera de los estados bóer. De hecho, se consideraba el destino natural de los últimos de la promoción, los que debían optar entre aquel destacamento o algún islote perdido. Cuando Alexander, uno de los mejores, solicitó la vacante muchos saltaron de alegría al ver cómo se borraba de la lista aquel lugar maldito. Había sacrificado sus propias ilusiones a los deseos de su familia.
Xander no era solo un joven apuesto, de buena estatura y bellas facciones, además se mostraba abierto, sin afectación y hasta un poco rudo en ocasiones. La vida de cuartel —aunque se tratara de la selecta academia de oficiales— se le había pegado a la piel y en ella se notaban las noches al raso y las marchas con la mochila a la espalda. Se había hecho hombre lejos del calor de un hogar y una madre pero, a cambio del dolor de la separación, permaneció libre de remilgos y convenciones, sustituidos por la sobriedad castrense. El hueco que dejaba la familia se fue llenando con la camaradería de los compañeros, y de ese modo, el joven que había desembarcado en Ciudad del Cabo era una persona totalmente distinta de la que hubiera crecido en una familia de las colonias.