XII

El señor Albertson leía el diario con desinterés. La mayor parte de las noticias eran simples rumores, incluso burdas mentiras con el único fin de mantener la moral de una población que sufría cada vez más las privaciones de un asedio. Al pie de las páginas todavía se insertaban anuncios de hoteles que habían quedado al otro lado de las líneas.

El ingeniero y todos los directivos de la mina De Beers aparentaban normalidad, incluso exagerada con cierto ajetreo. El dueño de la mina y casi de media África, Cecil Rhodes, había llegado a Kimberley pocos días antes de la declaración de guerra y su presencia entre sus empleados les generaba un extraño desasosiego. Por un lado les infundía seguridad, su enorme fortuna se podía considerar como un escudo contra los proyectiles de los holandeses, que nunca apuntaron los cañones contra su lujosa residencia; por otro lado, también se sentían como un ratón encerrado con el gato dentro de la misma trampa. Sea como fuere, debían respetar escrupulosamente sus horarios y cumplir con unas obligaciones que, en aquellas circunstancias, carecían por completo de sentido.

—«Los extranjeros se niegan a evacuar Kimberley y rechazan la oferta de los boers» —leyó en voz baja—. Hasta los holandeses que tienen aquí sus negocios y sus familias parece que han decidido quedarse. Ese gesto les honra aunque quizá lleguen a arrepentirse. El tiempo lo dirá.

Miró alternativamente el reloj de mesa y el que colgaba de una cadena en su bolsillo. Satisfecho al comprobar su sincronía, se puso en pie y salió del despacho.

La ciudad respiraba tristeza. Las patrullas de la milicia caminaban con marcialidad de opereta, aunque el buen orden de la ciudad recayó sobre sus hombros mientras los soldados permanecían en las trincheras.

El coche de alquiler había perdido uno de los caballos, requisado por las autoridades militares, de modo que marchaba lento y con aire de derrota. No imaginaba que en cuestión de muy poco tiempo tendría que desplazarse a pie, mientras que el pobre animal que se esforzaba tirando regresaría finalmente a casa pero mezclado con los últimos restos de ternera que se vendían en el mercado.

Por fin llegó a la verja, miró apenado las ventanas cerradas y el jardín cada vez más seco debido a las restricciones de agua, pero las voces de su familia le devolvieron la alegría en cuanto traspuso el umbral.

Wendy dormía la siesta en aquel bochornoso día de verano, dejando a Claudia un breve descanso en mitad de su jornada. Por ese motivo fue ella la que vio entrar al señor Albertson tratando de no hacer ruido.

Necesitaba ver a Xander, volver a oír su voz y escuchar su risa, pero debía conseguir el permiso del señor para acudir al hospital. Quizá no llegase a verlo pero si alguna vez se encontraban, estarían lejos de su casa, de las miradas de Charlotte y de sus padres, de los juegos de la pequeña Wendy… Seguramente la madre se lo hubiera negado, su patriotismo estaba un escalón por debajo de su conciencia de clase y difícilmente habría aceptado renunciar a unas horas del servicio que prestaba Claudia. Por otro lado, Charlotte quedaría en evidencia si la niñera bóer se ofrecía como voluntaria para atender a los heridos mientras la señorita de la casa se quedaba en ella sin hacer nada de provecho. Pero si obtenía el consentimiento del señor Albertson nadie se atrevería a poner ningún reparo.

—Señor. Bienvenido.

—Hola, Claudia. ¿Qué tal la pequeña?

—Cada día más contenta. Quizá sea la única en esta ciudad que no se da cuenta de lo que ocurre y lo considera todo como un juego.

—Ojalá pase pronto y nunca llegue a entenderlo.

Antes de que se perdiera en dirección al salón, Claudia tomó la palabra de nuevo.

—Señor Albertson, si no es mucha molestia y ahora que Wendy está dormida, quisiera hablarle de un asunto.

El ingeniero la miró con desconfianza pero finalmente suspiró resignado y la invitó a pasar a su despacho.

Claudia permanecía en pie al tiempo que el hombre se hundía en la butaca.

—Siéntate, por favor, espero que no sea nada tan grave como para no poder hacerlo. —Trató de sonreír.

—Gracias, señor Albertson. La verdad es que no sé por dónde empezar.

—No te molestes. Te entiendo, hija. —La trató con una familiaridad que nunca antes había usado con ella—. Lo he leído en el Advertiser. Los boers han permitido salir a todos los holandeses y al resto de la colonia extranjera. Creo que no podemos pedirte que te quedes compartiendo nuestra suerte, es demasiado.

Una ola de indignación subió al rostro de Claudia, pero desapareció casi al mismo tiempo.

—Señor —replicó con firmeza—, en primer lugar quisiera recordarle que yo soy británica. Podría obtener un salvoconducto del consulado italiano, creo que no son muy escrupulosos con tal de permitir que salga de la ciudad quien lo desee, pero yo no pretendo huir, mi sitio es este, junto a Wendy —«Y junto a Xander», pensó—.

El ingeniero miró a Claudia entre perplejo y satisfecho.

—Te escucho, entonces.

—Gracias. Como sabe, en el hospital hay cada vez más heridos. Dicen que incluso se ha declarado el tifus, Dios no lo quiera. Me parece que cuidar solo a una niña pudiendo hacerlo con más hombres que lo necesitan es faltar a mi deber. Le pido que me autorice a ayudar en el hospital dos días por semana, aunque sea unas pocas horas. Si no puedo dejar a Wendy en ese tiempo lo haré antes de que amanezca o incluso de madrugada, y si me permite ir de día, las horas que esté ausente se descontarán de mi salario, por supuesto.

La guerra parecía haberse quedado a las puertas de la casa donde todos intentaban aparentar normalidad, pero no podía quedarse allí por mucho tiempo. Claudia, la niñera bóer, la que salvó a su pequeña de morir entre las fauces de una bestia era, precisamente, la que mostraba mayor compromiso con la patria y con sus semejantes.

—Descuida, Claudia. Elige el día y las horas que más te convengan siempre que no alteren las clases de Wendy, está aprendiendo muy deprisa. Pero debo prohibirte tajantemente —la miró a los ojos— que te acerques al pabellón de infecciosos. En cuanto a tu salario, cuenta con él sin que te falte un penique. Al menos que eso corra de nuestra cuenta, ya que estamos haciendo tan poco en medio de este horror.

Cuando salió del despacho, un sentimiento de culpabilidad invadió el corazón de Claudia. Había mentido, había manipulado al señor Albertson con un falso pretexto. Deseaba encontrarse con Xander por encima de todas las cosas y para conseguirlo había apelado a lo más noble y sagrado que albergaba el alma de aquel buen hombre. Entró en el cuarto en el que Wendy dormía, se sentó a los pies de su camita y rompió a llorar en silencio.

—Falsa, hipócrita —se decía en un susurro—, ¿cómo voy a ser capaz de volver a mirar a los ojos a este hombre… y a su hijo, a Xander? Él está arriesgando su vida y yo, para correr a su lado, he manchado todo aquello por lo que lucha. No, qué atrocidad.

Nada, ni un beso de Xander, ni la esperanza de toda una vida a su lado, podrían compensar aquel gesto de villanía y doblez. ¿Bajaría de nuevo al despacho para confesar la verdad? ¿Evitaría, quizá, encontrarse con Xander? Se miró a sí misma como si acabara de salir de un lodazal, indigna incluso de permanecer sobre la sábana limpia de Wendy. Pero poco a poco fue recuperando la calma y tomó una determinación. Tenía permiso para asistir como voluntaria en el hospital, un lugar en el que eran necesarias todas las manos para curar y todas las sonrisas para consolar a los heridos. Así lo haría, así debía hacerlo. Si encontraba a Xander en medio de aquel infierno de dolor y muerte se sentiría la mujer más feliz de la tierra, pero no dejaría de limpiar una herida ni de atender a un enfermo por pasar un segundo con el hombre que amaba. Si Xander había llegado hasta ella no había sido por su frivolidad sino por su integridad y su valor. Rechazar un beso por curar a un herido no haría sino aumentar su amor, aunque ella notase en los labios el dolor de una amputación por el beso perdido.

Aquella misma noche, después de la cena, el señor Albertson comunicó la decisión de Claudia al resto de la familia.

—¿Has dado permiso a la niñera para dejar el trabajo? —exclamó la esposa, roja de ira.

—No —repuso el ingeniero con un tono de seguridad que la desconcertó—. Le he permitido cumplir con su deber, ir al hospital a atender a los heridos.

—Su deber es estar con Wendy —intervino Charlotte secamente.

—No es cierto. Estamos en guerra, sitiados y en estas circunstancias cada uno debe encontrar su lugar. Wendy estará perfectamente atendida aunque la niñera falte un par de horas, incluso se ha ofrecido a cumplir el servicio de madrugada si es necesario. En todo caso, no hará falta recordar que si Wendy está ahora durmiendo en su cama es gracias al valor de esa muchacha.

La madre y la hija se mordían los labios de indignación. Aquel gesto de autoridad era algo que sucedía en muy raras ocasiones y nunca para cuestiones domésticas.

—También te recuerdo yo —añadió la madre—, que Claudia es tan bóer como los que disparan los cañones. ¿Quién sabe si con la excusa del hospital está tratando de ponerse en contacto con ellos?

—O en todo caso —intervino la hija— de lavar su apellido. Cuando esto acabe le vendrá bien demostrar su adhesión a la reina, presentarse como voluntaria es la única baza que puede jugar.

El señor Albertson se puso en pie tratando de disimular el dolor que le producían aquellas palabras.

—Charlotte, ya podías aprender de ella. Xander arriesgando su vida es para mí el mayor orgullo, en cambio tú… No sé qué motivos tendrá Claudia para haber tomado esa decisión, pero en vez de criticarla podrías pensar en seguir su ejemplo.

Sin esperar respuesta, abandonó el comedor dando un portazo.

Al día siguiente, Claudia salió poco antes de amanecer. Miró el reloj al pasar frente a la iglesia, Wendy aún dormiría dos o tres horas.

A lo lejos brillaban los grandes reflectores que enfocaban a la ciudad, una presa que los boers se limitaban a observar desde la distancia.

Llegó al hospital. Sus pasos crujían sobre la hierba seca, no hacía mucho tiempo aquel lugar era un fresco jardín por el que paseaban los convalecientes. Frente a la puerta permanecía sentado un guardia con una escopeta de caza.

—Señora —se dirigió a ella—, no es hora de visita. Vuelva más tarde.

—Quisiera presentarme al médico, al responsable. Sé algo de enfermería —mintió—, y quizá pueda ser útil aquí.

El vigilante la miró de arriba abajo con desconfianza. Bajo la luz del alba pudo ver su apariencia y sus rasgos.

—Aguarde— dijo entre dientes mientras se perdía por la puerta principal.

Miró con inquietud aquel edificio rojizo, con tejado de zinc y vigas decoradas como una casita de cuento. Del interior tan solo se apreciaba una tenue claridad sobre la que se recortaban sombras confusas.

¿Qué estaba haciendo allí? La esperanza de encontrarse con Xander había quedado relegada al fondo de su memoria, sepultada bajo las palabras del ingeniero y del gesto torcido de Charlotte cuando se cruzaron por el corredor antes de acostarse.

Precedido de unos pasos sonoros, apareció un hombre corpulento. El contraluz impidió a Claudia ver su rostro con claridad pero sí observó su larga barba. ¿Otro holandés?

—Entre usted, no se quede aquí. Si se enfría, en vez de venir a ayudar se puede quedar ingresada. La enfermera enferma. —Y con una ruidosa carcajada se rio de su propio chiste.

En el vestíbulo del sanatorio el médico inspeccionó a Claudia con sus pequeños ojos acostumbrados a diagnosticar al primer vistazo.

—¿Es cierto que sabe usted algo de enfermería? ¿Dónde ha trabajado?

Decidida a no mentir de nuevo, respondió con seguridad.

—Solo sé cuidar niños, bajarles la fiebre y curarles las magulladuras, nada más, pero cuando era niña ayudaba a parir a las vacas.

—Muy útil en las presentes circunstancias. Verdaderamente… —Y repitió la carcajada, desconcertando a Claudia

La joven imaginaba que después de aquella confesión no tardaría en regresar cabizbaja a casa de los Albertson, pero la respuesta del doctor fue bien distinta.

—Bienvenida, entonces, al gran hospital de la Ciudad Diamante, donde apenas queda éter para las operaciones y donde la metralla que extraemos de los heridos se vende al peso a los chatarreros. ¿De qué tiempo dispone usted, señorita…?

—Confalonieri, Claudia. Puedo estar aquí el tiempo que haga falta.

—Entendido, pero con unas horas será bastante. Cuando terminemos, hable con la enfermera jefe para que la anote en el estadillo. Ahora venga conmigo.

Sin más preámbulo, abrió la puerta de un almacén e introdujo en él solo medio cuerpo para sacar una bata larga.

—Me temo que le quedará como un kimono, pero no hay otra mejor. Le corresponde a usted traerla limpia cada día. Lamentablemente la lavandería se ha quedado al otro lado de las líneas y eso nos complica un poco las cosas, ya me entiende. —Y una vez más su risa atronadora llenó el corredor.

Penetraron en una nave alargada en la que se alineaban dos hileras de camas, algunas vacías, la mayoría con cuerpos inmóviles que solo emitían el susurro de la respiración. Claudia recordó la prohibición de acercarse a los enfermos de tifus y temió haber incumplido su compromiso. Como si el doctor pudiera leerle el pensamiento le aclaró, en voz baja:

—Estos hombres son heridos, la mayoría de metralla. Ahora duermen, camine en silencio.

—¿Soldados? —Se atrevió a preguntar trayendo a la mente la imagen de Xander.

—Algunos. Pocos. Las bombas no saben de uniformes y donde caen hacen su trabajo. Sígame.

La segunda sala era algo más pequeña, albergaba a los heridos graves, mutilados, ciegos… Allí se escuchaban los gemidos de dolor y se veía el rostro de la guerra con toda su crudeza. Mujeres y hombres, incluso niños, se estremecían entre las sábanas sin acabar de comprender por qué yacían en aquel lugar en vez de dormir plácidamente en sus alcobas.

—Nos detenemos aquí. En el ala opuesta están los contagiosos. Hay que impedir que los voluntarios se vayan a casa repartiendo el tifus por la ciudad, bastante tenemos con lo que cae del cielo ¿no le parece? Dentro de un momento vendrá la enfermera y le indicará sus tareas. Si tiene escrúpulos de limpiar heridas infectadas, lavar vendas, vaciar orinales o sujetar a un hombre mientras le cortamos un brazo, le ruego que no nos haga perder el tiempo. De lo contrario, bienvenida.

Y con un saludo teatral, el médico retrocedió por el pasillo mirando uno a uno a los heridos.

Poco después, una mujer con las manos enrojecidas de sangre le dio unas breves indicaciones, confiando en la intuición de la muchacha para resolver sus propias dudas. No había tiempo para nada más.

Finalmente fueron otras voluntarias las que señalaron a Claudia sus quehaceres: recoger las camas vacías y dejarlas preparadas para recibir la remesa diaria de enfermos y heridos. Lo hizo con meticulosidad, sin distraerse ni pensar en nada que no fuese su obligación hasta la hora de regresar.

—¿Qué tal tu primer día? —preguntó una joven mientras rellenaba las lámparas de petróleo.

—Cansada. Y eso que mi jornada empieza ahora. Cuido a una niña que estará a punto de despertar y no puedes imaginarte la energía que tiene. Es un verdadero torbellino.

La mujer amortiguó su risa con la palma la mano.

—Te entiendo. Yo trabajo en una tienda de ropa, pero ahora nadie sale de casa ni tiene dinero para gastar así que puedo pasarme la mañana bostezando en el almacén. ¿Cuándo vendrás? Debo incluirte en la lista, así tenemos todos los turnos cubiertos. Cada vez funcionamos más como los soldados, con sus horarios y sus guardias.

Aquellas palabras trajeron de nuevo a Claudia el recuerdo de Xander. Qué lejos había quedado con solo pasar unas horas entre los heridos de la guerra, pero con la misma facilidad que lo había ocultado, renacía su imagen llenando por completo su corazón.

—¿Los militares vienen siempre el mismo día?

—Los de caballería envían un oficial distinto cada semana y acuden cuando pueden pero los de Infantería Ligera siempre llegan a las ocho. Son tan puntuales que el carillón les da cuatro campanadas fuera y cuatro dentro.

—¿Y los Ingenieros? —preguntó con una ansiedad que no pudo comprender la otra voluntaria.

—Oh, cierto. Vienen los martes y los viernes pero no siempre a la misma hora.

Claudia se mordió el labio y, con una sonrisa que no supo ocultar, respondió:

—Entonces, por favor, anota martes y viernes, pero… no siempre a la misma hora.

Después de unos segundos de duda, la mujer volvió a reír en silencio mientras escribía el nombre de Claudia en un tablero lleno de números y tachaduras.

—Te he marcado esos días al amanecer. Es fácil que te cruces con los Ingenieros, descuida. Que tengas suerte. Ya nos veremos.