I

—Señorita Confer… Confa…. Usted, por favor.

—Confalonieri. Claudia María Confalonieri. —Se puso en pie ocultando la irritación que le causaba oír su apellido pronunciado con aquel desprecio.

La mujer sostenía una hoja de papel, aunque por su expresión parecía hacerlo con un pescado maloliente o un jirón de ropa sucia.

—Sígame, por favor.

Claudia salió de la fila de jóvenes que aguardaban su turno con resignación, pidiendo a Dios, desde lo más hondo, que al fin le sonriera la suerte y encontrase un buen empleo.

Pasó un tiempo de silencio tenso sin saber dónde posar los ojos en aquel despacho que parecía dispuesto para incomodar al recién llegado.

—Siéntese. —Se dirigió a ella sin alzar la mirada.

Encogida en la silla, se concentró en la expresión de la mujer, que repasaba una carta escrita con letra elegante.

—¿Es usted italiana? —Levantó la vista con desdén.

—Mis padres. De Milán. Pero yo nací aquí, soy británica.

Sin hacer ningún comentario, pero dejando traslucir su disgusto, siguió leyendo. Finalmente depositó el papel boca abajo y se dirigió a la muchacha.

—Tenemos un trabajo para usted. Nos ha llegado una solicitud de una familia de buena posición, los Albertson. No olvide llevar las referencias de su anterior empleo y sobre todo recuerde que va en nuestro nombre, su comportamiento afecta a la reputación de esta agencia.

Aquella inglesa estirada, de pelo, vestido y piel grises como la ceniza, imaginaba que su sangre mediterránea convertía a la joven en una persona desordenada y díscola, un riesgo para el buen nombre de la empresa de colocación. No obstante, su apariencia resultaba desconcertante. Claudia tenía el pelo anaranjado, las mejillas salpicadas de pecas y unos ojos profundamente azules.

La mujer escribió las señas en una tarjeta, se la extendió y comenzó a rellenar un impreso. Daba por terminada la entrevista, pero Claudia no sabía si levantarse o aguardar su permiso.

—Es todo. Puede irse.

—Buenos días. Muchas gracias.

La mujer no le devolvió la cortesía más que con un lejano asentimiento.

Salió de la oficina apretando los labios. Contuvo su alegría delante de las otras mujeres, que la miraban con curiosidad, pero hubiera deseado reír, gritar, cantar y correr. ¡Al fin un buen trabajo!

Atravesó Adderley Street sin prestar atención a los escaparates de las tiendas ni a los viandantes de traje, bombín y corbata, camino de los bancos o las grandes empresas. Todos parecían ricos y felices, pero en el fondo no había nadie más dichoso que ella, la joven que aceleraba el paso con la mirada perdida entre sus fantasías.

Llegó a su casa, una pequeña buhardilla cerca del puerto. En cuanto la oyó subir los últimos peldaños, su madre abrió la puerta con la ansiedad pintada en el rostro, pero la expresión de su hija respondió sin una palabra a todas sus preguntas.

—Mamá, he encontrado trabajo. Pagan muy bien y tengo libre un día a la semana. ¡Es un sueño! No sé cómo me han escogido. Había muchas niñeras en la agencia, pero esta vez la suerte nos ha tocado a nosotras.

La luz entraba en aquel hogar después de meses de estrecheces y angustia, de trabajos precarios con aguja e hilo, de noches en vela y de cajones revueltos en busca del último penique.

Claudia había servido como institutriz en varias casas de la ciudad pero siempre terminaba desplazada por otras chicas con menos pretensiones en cuanto a sueldo y, sobre todo, de pura sangre inglesa. Ni su aspecto ni su apellido agradaban a la buena sociedad de aquella colonia, en el extremo de África.

Pero ahora todo cambiaba. Estaba dispuesta a reprimir cualquier expresión de espontaneidad o de alegría, sería la más agria de las niñeras, la más estirada, la más británica de las británicas, más aún que la propia reina Victoria si eso era lo que buscaban.