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El avión de Juan se interna en unas nubes desflecadas, se vuelve un punto en el espacio y luego desaparece. En el centro de la pista, Miguel y Julia hacen giros de vals mientras sus amigos los circundan y aplauden. Un joven pálido y de rostro afilado se aproxima a ellos y comienza a trazar círculos a su alrededor. Chasquea los dedos al ritmo de la música, frunciendo la boca en forma de trompa. Con una expresión desesperada ciñe a la pareja con ambos brazos y deja caer la cabeza sobre el hombro de Julia. Miguel abre los codos intentando zafarse, pero el chico, con los puños cerrados, pareciera estrecharlos con más energía aún. Entre los dos hombres, Julia levanta la cabeza buscando aire. La fuerza ciega de la salva de aplausos continúa en torno a ellos. Un estruendo de voces femeninas repite: “¡El beso, el beso!”. De pronto un hombre se les acerca, toma al chico de los brazos y lo separa de la pareja. Por un segundo pienso que es mi imaginación. No es primera vez que diviso a Leo en otra persona. El joven lanza un grito y se aleja dando vaivenes con un puño en alto. Leo lo sigue. Tiene la misma forma de moverse de antaño: meciendo los hombros levemente a lado y lado, con esa flexibilidad donde se conjugan de forma curiosa el aplomo y la vacilación. Viste un terno oscuro, holgado. Ambos se detienen frente al bar. Leo habla al tiempo que se lleva las manos a la cabeza; se diría que la comunicación entre él y su interlocutor no marcha del todo. A la distancia no parece haber cambiado mucho. Conserva su constitución delgada, su pelo corto y ensortijado. Lo que no consigo advertir es si guarda todavía ese gesto de desdén en los labios, ese rostro atezado y adusto, los ojos grisáceos y los caracoles negros dibujados en el fondo de sus pupilas. Leo y el chico desaparecen de mi campo visual. Miro hacia la playa. Una luminosidad plateada emerge de las rocas cercanas, como si un reflector interno traspasara su superficie.

Los recuerdos se agolpan en mi memoria. Todo lo que ocurrió después de la última vez que estuvimos juntos. El fin abrupto de mi adolescencia.

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Hasta los dieciséis años mi percepción del mundo era la de una casa deshabitada llena de agua. Una construcción de dos plantas que se erguía en medio de un erial con sus persianas cerradas y un aire melancólico. En alguno de sus cuartos, oculto a la luz y a las miradas, habitaba un pez. Ese pez era yo.

Vivía en ese entonces con mi madre en un departamento minúsculo y venido a menos, en una calle del centro. Papá había emprendido su primera excursión al sur en busca de un lugar donde mudarnos, y con Maná —el nombre que un gurú le dio a mi madre— nos las arreglábamos como podíamos. Nuestros escuálidos ingresos provenían de las clases de meditación que Maná daba a señoras ricas, y de lo que yo obtenía los fines de semana como empaquetadora en un supermercado. Eso no impedía que cada tarde Maná llegara con nuevos amigos a nuestro departamento y que se quedara con ellos hasta altas horas de la noche tocando guitarra, escuchando música y fumando porros. Yo cerraba la puerta de mi cuarto, entraba en mi casa de agua y me quedaba dormida. No me resultaba difícil. Allí dentro no me llegaban el humo ni los amantes de Maná. Tan sumergida estaba a veces en sus habitaciones, que cuando alguien me hablaba no entendía sus palabras.

En el colegio las cosas no eran muy diferentes. Veía cómo mis compañeras se miraban en los espejos, en las ventanas de las salas y de los pasillos, cómo sus faldas se iban haciendo cada vez más cortas, sus bocas más rojas, sus ojos más profundos. No me costaba entender a qué respondían sus miradas cargadas de designios, las había visto mil veces en los ojos de mi madre. Pero yo vivía en una casa de agua y mi piel era inmune a esos nuevos efluvios que corrían por sus cuerpos.

Fue una compañera de curso quien me invitó a la fiesta. A cambio me comprometí a hacer sus deberes durante dos semanas. Cuando llegamos, la fiesta estaba en su apogeo y la chica desapareció de mi vista rápidamente. El acuerdo no contemplaba que ella se hiciera cargo de mí. Era una casa moderna, que se extendía a lo largo de un corredor de vidrio. En cada habitación había chicos conversando en voz baja, sentados en butacas y fumando como personas mayores. En la sala principal las parejas bailaban muy juntas. Decidí quedarme en el cuarto donde había una biblioteca. La conversación era animada y nadie notaría mi presencia. Encontré un libro sobre mariposas y me instalé en un rincón a hojearlo. Leo estaba sentado en un sillón de terciopelo granate con un vaso de Coca-Cola en la mano. Tenía un semblante de aire romántico, los ojos retraídos, un tanto irónicos, y a pesar de su baja estatura, saltaba a la vista que era mayor que el resto. Los tipos a su alrededor hablaban con ímpetu, pero él no parecía escucharlos. De tanto en tanto hacía algún gesto de asentimiento. En alguno de esos suaves descensos a la realidad debió verme. Yo tenía los ojos fijos en él. Cuando nuestras miradas se cruzaron, yo sonreí, intuyendo que su distancia con el mundo era similar a la mía. Puedo ver su leve tardanza, sus ojos que continuaron perdidos por una fracción de segundo, y luego la fabulosa sonrisa. Se llevó las manos al cuello y simuló apretarlo, al tiempo que una mueca emergía de su rostro aún sonriente. Me largué a reír y las miradas de los demás se volvieron hacia mí con desconcierto. De un salto Leo se levantó de su sillón.

—¿Te gustan las mariposas? —me preguntó, señalando el libro que yo sostenía en las manos.

—La verdad es que sí.

—Yo las detesto —admitió riendo.

Nuevamente su sonrisa, que tenía la aptitud de transformar su expresión taciturna, cansada incluso, en un semblante vivaz, lleno de energía. En el mismo rostro parecían convivir un hombre adulto y un niño. Ese paso repentino entre uno y otro era desconcertante, pero a la vez atractivo, al punto de que resultaba difícil no mirarlo.

—Éste, por ejemplo, me gusta mucho —declaró, sacando un libro del estante que estaba sobre mi cabeza. Era un ejemplar de El amante de Lady Chatterley.

—¡A mi madre le encanta! —exclamé con pueril entusiasmo. Después de pronunciar estas palabras, enrojecida, desvié los ojos—. A mí también en realidad —añadí sin levantar la mirada. Movida por un instinto enuncié algunas líneas—: “Nuestra época es esencialmente trágica, por eso nos negamos a tomarla trágicamente”.

Dio vuelta las páginas de un modo grave y cuidadoso.

—Sí que lo has leído —observó, alzando las cejas—. Por eso me llamaste la atención.

—¿Soy tan evidente?

—Bueno, no es usual que una niña linda como tú esté en un rincón con un aburrido libro de mariposas, cuando podría bailar con quien quisiera.

Volví a reír.

—¿Cómo te llamas?

—Alma.

—No lo puedo creer. Es un designio.

Era el tipo de reacción que solía desatar mi nombre. Volteé la cara.

—No me tomes a mal, por favor, lo digo en serio —afirmó. Me cogió del rostro e hizo que lo mirara—. ¿Ves? Estoy hablando en serio. No todos los días me encuentro con alguien que se llama Alma y se sabe de memoria El amante de Lady Chatterley. Te lo ruego, no me tomes a mal.

El contacto de sus dedos hizo que las mejillas empezaran a arderme. Deslizó su mano, apresó mi brazo, y su pulgar rozó el costado de mi pecho a través de la blusa. Sentí una fuerte presión en el bajo vientre. Tenía ganas de moverme. Un hormigueo recorría mi espina dorsal. Era tan apremiante que apenas podía respirar.

—No estás tomando nada, ¿quieres algo? —me preguntó, esbozando una sonrisa.

Caminamos juntos hacia la cocina. Sacó para mí una cerveza y rellenó su vaso de Coca-Cola. Le ofrecí un sorbo de mi lata.

—Yo no puedo tomar alcohol. Estuve en una clínica de rehabilitación.

Sus palabras me impresionaron, dejaban al descubierto sus infortunios y nos hermanaban; afuera estaban los otros con sus vidas felices. Permanecimos unos minutos en la cocina escuchando los parloteos e intercambiando miradas de complicidad. Nuestras sonrisas, cargadas de sarcasmo, reconocían de forma implícita que éramos los únicos allí presentes capaces de advertir la estupidez humana.

Al cabo de un rato salimos al jardín y nos sentamos en el pasto para alejarnos de la agitación en la terraza. Leo encendió un cigarrillo. No había la menor brisa y el humo ascendía en línea recta, desvaneciéndose en la oscuridad. Me habló de la clínica de rehabilitación, de su pieza con una imagen de El Bosco, de un amigo que murió intoxicado. Me contó del hoyo que cavó en el fondo del jardín. Cada tarde cavaba un poco más hondo, hasta que el agujero fue lo bastante ancho y profundo como para sentarse dentro. Volvió allí todas las tardes, pero un día encontró el agujero cubierto de tierra.

—¿Por qué lo hiciste?

—Para tener un lugar que fuera mío —declaró con absoluta seriedad. Se notaba en su voz el ahogo, la sed que lo había llevado hasta allí.

Me pareció evidente, al punto de lamentar haberle formulado la pregunta. Me miró de soslayo, con un dejo de timidez, y pensé que sus palabras eran el atisbo de un sentimiento más extenso. Le dio una calada a su cigarrillo, lo arrojó al césped y lo aplastó con su zapato. Después me pidió que le hablara sobre mí. Le conté que mi padre buscaba una tierra en el sur donde pudiéramos vivir tranquilos.

—Tranquilos. No sé qué quiere decir él con eso. Suena como a enterrarse vivo —señalé con un tono liviano que, no obstante, dejaba traslucir la ansiedad que me producía el precario estado de nuestra vida familiar.

Leo rió. Costaba imaginar que un chico con esa risa pudiera amanecer borracho. Seguimos charlando. Él más que yo. Bajo el influjo de su voz, todo parecía más simple, más radiante, incluso las cosas que carecían de forma, como el miedo. Pero aun así no me era fácil salir de mi casa de agua. Poco a poco, sin embargo, el entusiasmo hizo presa en mí. De pronto, ambos hablábamos animadamente, opinábamos, nos hacíamos preguntas, descubriendo acaso que las palabras eran el único instrumento que teníamos para sacar nuestro ímpetu de su guarida.

—Tengo que irme —me advirtió—. Llegar antes de la una de la mañana es parte del acuerdo con mis padres.

—Un dejo de insolencia se asomaba en su expresión.

Ofreció llevarme de vuelta a casa, pero yo le dije que no era necesario. El lugar donde vivíamos con mi madre me avergonzaba. Nos despedimos con un abrazo.

Cuando estuve segura de que Leo ya había partido, salí a la calle. Caminé durante horas; mi sentido de orientación y mi instinto me ayudaron a encontrar el camino a casa. No sentí temor, la emoción que me embargaba era más poderosa que el miedo. Cuando llegué, Maná dormía con la puerta abierta. Un hombre roncaba a su lado. Cerré la puerta con cautela y entré en mi casa de agua.