4. 
A través de la ventanilla, las cabezas van haciéndose cada vez más pequeñas. Sé que es imposible, pero de todas formas busco la cabellera roja de Alma. No era mi intención pelear con ella. Mi partida no fue premeditada, simplemente es así como se dieron las cosas. Desde lo alto todo se vuelve insignificante: las rencillas con Alma, el comportamiento tan particular de Tommy, mi padre con sus rabietas, mis hermanos y sus preocupaciones. La altura —como el tiempo— destaca lo que nos es más grato. Pienso en la lucha que sostuvimos con Tommy. Nunca antes lo había visto desplegar el arrojo propio de los niños de su edad. Por fin está creciendo.
No puedo pensar sino que algo especial me vincula a Cristóbal Waisbluth. Él y Tommy nacieron con la misma anomalía: un tipo raro de enfermedad cardíaca llamada corazón izquierdo hipoplásico. La diferencia es que el corazón de Cristóbal no reaccionó a las tres operaciones del procedimiento Norwood de la misma forma que el de mi hijo.
Emma, su madre, me recuerda a Soledad. No es su apariencia física. Soledad era una mujer de cuerpo casi infantil; la madre de Cristóbal, en cambio, es una mujer que sin ser gruesa tiene una contextura grande, de aquellas que parecen hechas para sortear la adversidad. Ambas se vieron enfrentadas al nacimiento de un niño cuyo ventrículo izquierdo, al ser de un tamaño menor al normal, era incapaz de mantener la circulación necesaria para abarcar todo su cuerpo. Un niño que podía morir en cualquier minuto.
Ni Soledad ni yo estábamos preparados para lo que nos tocó vivir. Pero, a diferencia de Soledad, yo tenía una vía de escape. Fue cuando descubrimos la enfermedad de Tommy que decidí especializarme en cirugía cardíaca. Siempre había un dilema que resolver, un procedimiento que ejecutar, una información que obtener. De alguna manera, mi actividad y mi carácter práctico me eximían de hurgar en mis emociones. Soledad sí que vivió esos momentos, y fue tal vez entonces cuando descubrió cuán estériles eran sus esfuerzos por sobreponerse a ellos. Durante los primeros meses de vida de Tommy, Soledad pasó la mayor parte del tiempo junto a su cuna en el hospital. En una ocasión alcanzó a estar tres días y sus noches sin moverse de su lado, sin siquiera ducharse. Fue su madre quien acudió a la clínica y le exigió que se cuidara. “¿Quieres morirte tú también?”, la encaró gritando. “Mi hijo no va a morir, mamá, quiero que te lo metas bien adentro de la cabeza. No mientras yo esté viva”. Los destellos feroces de sus ojos nos atemorizaron. Parecía capaz de arrancarle lo que fuese a quien fuera para salvaguardar la vida de su hijo. Ojalá hubiésemos sabido en ese momento cuánta oscuridad ocultaban sus palabras.
La intervención está prevista para una hora más. Comienzo a sentirme inquieto. Un estado donde se conjugan impresiones tan dispares como el dominio de mí mismo y la incertidumbre. No puedo obviar el hecho de que en cualquier minuto la situación puede tomar un giro impredecible, ese elemento que los creyentes llamamos fuerza divina; los fatalistas, destino, y otras personas, azar.
Me aproximo a la capital. Las primeras luces de las calles dibujan líneas rectas y curvas sobre la superficie oscurecida de la tierra. Santiago, cuya apariencia diurna es más bien caótica, en el atardecer adquiere la pulcritud de un dibujo. Y entre esas líneas regulares, en algún lugar de esta ciudad, hace menos de dos horas se estrelló la joven que donó su corazón.