13. 
Cuando pegué los planetas fosforescentes en el techo del cuarto de Lola pensé que al apagar la luz, ella tendría siempre un camino por donde entrar en los sueños. Nunca imaginé que sería yo quien buscaría perderme en su destello. Estrecho el cuerpo de Lola y acerco mi rostro a su pelo para sentir su olor ácido de niña dormida. Un murmullo emerge de su garganta. Se da vuelta, estira un brazo y lo cruza sobre mi pecho. Por un momento la angustia cede. Cierro los ojos y me doy cuenta de que no podré dormir.
Un muro se alza entre Juan y yo, a través del cual podemos vernos, pero que ningún contacto puede atravesar. Aún ahora, en la oscuridad, veo su rostro contraído, sus gestos enérgicos e irritados. El silencio tiene tantos matices como el habla y presiento que los de Juan son el fragmento de una rabia cuya profundidad y origen no estoy segura de conocer. Tal vez, como yo, está cansado de tanta repetición, de mirar hacia delante y vislumbrar un camino trazado de antemano; tal vez, como yo, echa de menos los tiempos en que todo podía ocurrir, en que el futuro era aún impredecible. Quizá lo que en un principio Juan apreció de mí, hoy le resulta irritante. La forma que tengo de moverme, de expresarme, de acariciar a mis hijos, de beber, de comerme las uñas. Y esto se asoma en mi conciencia cada vez con más tenacidad porque es lo que yo he empezado a sentir por él. La apatía, las palabras poco amables, los gestos desapasionados, se han vuelto parte de nuestros días, al punto que una noche, después de una de nuestras riñas, sentí repulsión por su cuerpo.
Desprovista de nuestra comunión, mi vida, el resto de las personas, me parecen distantes, como si los observara a través de una bruma. Lo que antes tenía significado se vuelve banal. No es un sentimiento dramático, de hundimiento o de desesperanza. Por el contrario, es tan leve que se asemeja al vacío. Esa mirada de indiferencia ante las cosas está siempre latente, lista para arremeter, y es el afecto y el deseo —o la ilusión de ellos— los que la desbaratan. A veces llego incluso a pensar que todo es producto de mi mente: la afinidad, las certezas... Quizá veo lo que necesito ver, con el fin de darle consistencia y sentido a una vida que de otro modo sería vana; y ha ocurrido de una forma tan paulatina, que he acabado creyendo el cuento que me he contado.
Lola se da una vuelta en la cama, abre los ojos y sonríe.
—Sabía que estabas aquí —dice con el aliento que dejan los sueños.
Se arrima a mí, y a los pocos minutos se duerme nuevamente. Apoyo mi cabeza en su espalda.
Lo único que podría devolvernos nuestra plácida existencia sería dejar que la trama siga su curso, sin entorpecerla, sin plantear dudas ni desafiarla. Levantarse por la mañana y no pedir más que este universo que compartimos con Lola y Tommy. Tendría que desechar —como imagino hace el resto de las parejas cuando la pasión languidece— mi añoranza por ese deseo perentorio de acariciarnos, de acercarnos porque sí, y que antes solía poner el sexo en marcha. Posiblemente bastaría con eso. Y entonces recuperaría la felicidad cauta que experimentaba no hace mucho tiempo. Sin embargo, no quiero hacerlo. Y es esto lo que más me perturba: esa mujer impávida que observa desde un lugar lejano destruirse lo que pensó sería el resto de su vida.