24. 
Cuando vuelvo del colegio entro al blog de Mr. Thomas Bridge. Hasta ahora ha logrado impedir que los invasores desembarquen en la isla. En su blog se encuentran los recortes de prensa aparecidos en diarios y revistas del mundo. Los expertos analizan el caso: un místico canadiense reclama que la familia alacalufe es patrimonio de la humanidad y que el estudio de su forma de vida nos hará aprender más sobre nosotros mismos. Mr. Bridge está junto a una etnóloga inglesa. Ambos sostienen que cualquiera sea el fin, una intervención destruiría para siempre una forma de vida que tiene seis mil años. Envían un mensaje a las autoridades chilenas y a la ONU para que evacuen las embarcaciones y helicópteros que rodean el área. Muestra las imágenes que filmó esta mañana de la familia. Los dos niños y los adultos están sentados en la playa mirando hacia el mar. Mr. Thomas Bridge dice que llevan tres días sin salir a pescar. La presencia de los barcos los atemoriza y desconcierta. De seguir así morirán de hambre, recalca. Cuando vuelva escribiré nuevamente a Mr. Bridge. Pero ahora tengo que preparar la mochila para mi excursión.
Hoy iré a casa de tío Rodrigo y tía Corina. Ella fue la mejor amiga de mamá. “Nunca tendré una amiga como Soledad”, suele decir con una expresión de tragedia mundial.
Recuerdo que Alma me dio el número de teléfono del Bebé Hipopótamo Malvado. Sólo tengo que marcarlo. Lo difícil es armarme de valor. Me doy varias vueltas. Yerfa me pregunta si entreno para alguna maratón.
—Hola, soy Tomás, tu vecino.
—Hola. ¿Quieres venir a ver mis caracoles?
—No. Te quería pedir algo. Si alguien te pregunta por mí, ¿le puedes decir que estoy contigo?
—¿Por qué?
—Es un secreto.
—Bueno, si te llaman puedo decir que estás en el baño —afirma.
—Gracias.
—Para eso están los amigos —concluye.
Hice un descubrimiento que no tiene relación con mamá, pero que me parece importante. Grabo:
Descubrimiento apéndice. Con los amigos se comparten mentiras.
Explico a Yerfa que pasaré la tarde con mi vecino. Ella se sorprende, pero a la vez se alegra, porque también le preocupa que yo esté siempre solo.
La casa de tía Corina no está lejos. Una vez fuimos con Yerfa. Tomamos un bus y nos bajamos en un paradero frente a un centro comercial. Recuerdo bien el recorrido y repito exactamente lo que hicimos en esa ocasión.
Cuando por fin estoy frente a la verja de tía Corina, me cuesta creer que lo he logrado. Es una pena que Lola no pueda verme, ni mis compañeros del colegio, ni papá. Toco el timbre, pero nadie sale a la puerta. Espero un momento antes de insistir. Tía Corina no sale de su casa, es lo que dice Yerfa. También dice que no hace nada y que por eso está siempre de mal humor. Toco una vez más. Me siento en la vereda a esperar. Un niño pasa en bicicleta, me mira y sigue de largo. Hubiera sido emocionante que chocara con un poste. Al cabo de un rato oigo unos cuchicheos. Me levanto y camino bordeando la verja de la casa. De repente tropiezo con alguien. Escondidos entre las plantas, dos chicos en cuclillas me miran con una expresión poco amable.
—¿Qué haces aquí, pendejo? —me regaña uno de ellos.
Su rostro está sudado y mientras habla se sube los pantalones. A través de un agujero del cerco se ve la piscina y una colchoneta de goma donde flota tía Corina. Lleva un bikini que deja al descubierto una buena porción de sus tetas, que por lo demás, según Yerfa, no son suyas. No imagino a quién pudo habérselas robado.
—Sé qué están haciendo. —Imagino que estoy dentro de una película y no siento miedo.
—¿Ah, sí, y qué chucha crees que estamos haciendo?
—Se están masturbando.
—¿Y qué?
—Y nada. Ahora voy a entrar a ver a tía Corina porque tengo que hablar con ella.
Una bola de buen sabor sube por mi garganta mientras digo esto. El agujero en la cerca es lo suficientemente estrecho para que ellos no puedan atravesarlo, pero lo bastante grande para que yo sí lo haga. Me abro paso y entro al inmenso y soleado jardín de tía Corina.
Cuando aparezco al otro lado, la tía levanta el cuello, como hacen los gansos cuando van en busca de comida. Me doy vuelta y descubro que uno de los chicos asoma su cabeza por el boquete. Tía Corina sonríe y me saluda, como si llegar solo a su jardín, por una abertura de la reja, fuera el asunto más natural del mundo.
—Hola, tía Corina. —Me acomodo en el borde de la piscina y enciendo en mi bolsillo el Mp3.
—Hola, mi amor.
—Entré por ahí porque nadie me abría la puerta.
—No te preocupes. La Anita jamás escucha nada. Está un poco sorda. —Tía Corina cierra los ojos y estira los brazos.
—Le traje un regalo.
Saco de mi mochila un dibujo que le hice. Es un hombre con cuerpo de estrellas.

Se lo muestro desde la orilla. Lo mira, me da las gracias y dice que es muy bonito. Por su sonrisa parece que de verdad le ha gustado. Le explico que los seres vivos estamos hechos de estrellas. Ella piensa que bromeo.
—Es verdad. Casi todos los elementos pesados que componen nuestro cuerpo, como el hierro, el calcio y el carbono, se crearon en medio del calor que produjo la explosión de alguna estrella —le explico.
Tía Corina me dice que no tenía idea y que le parece magnífico que así sea. Cuando hemos terminado con el tema de las estrellas, digo:
—Quisiera que me hablara de mamá.
—Ayyy, Soledad. Nunca tendré una amiga como ella. —Es lo que dice siempre.
—Eso ya lo sé, tía. Pero quisiera saber más.
—Tomás, querido, ¿me lo llenarías? —me pide, extendiéndome un vaso—. La botella está bajo mi toalla, sé buenito.
Es una botella pequeña de tapa plateada. Huele muy fuerte.
—Llénalo hasta la mitad.
Hago lo que me dice y le entrego el vaso. Cuando acerca su colchoneta a la orilla veo uno de sus pezones oscuros y puntiagudos. La tía Corina da un largo sorbo y luego dice: “Ahhhhh”.
—Tía, quisiera que me contara de mamá —repito.
Tarda un buen rato en hablar. Primero sonríe, luego se pone seria, después toma otro trago de su vaso y a continuación tose. Mientras aguardo, el jardín emite un curioso rumor. Yo diría que el silencio, cuando ha esperado mucho tiempo a que alguien lo rompa, se pone a crujir.
—Yo no sé lo que veía tu madre en mí. Ella era muchísimo más inteligente que yo. Me pasaba a buscar en su auto y salíamos por ahí. No a los lugares que iban las otras mujeres como nosotras. Íbamos al barrio universitario, en Macul, porque ella estudió historia del arte. Soledad era muy culta. Nos sentábamos en un boliche que se llamaba Las Terrazas y tomábamos café y fumábamos, y tomábamos más café y fumábamos más. Eso era todo. Pero nos hacía tan felices.
Cierra los ojos y vuelve a tomar un sorbo de su vaso.
El cartel en su cara está vacío. Probablemente lo que dice es lo que siente. La veo secarse los ojos. Me saco las zapatillas y meto los pies en el agua.
—Los muy cabrones... —dice de pronto.
—¿Quiénes, tía?
Espero. Muevo los pies en el agua. Miro hacia el fondo de la piscina e imagino que es la boca del planeta y que en cualquier segundo se tragará a tía Corina.
—¿Quiénes? —repito después de un rato. Pero ella no me responde.
Pienso en los cabrones del colegio y sus mensajes. El sol empieza a ponerse. Los seres que habitan el jardín aguardan en sus escondites a que yo me marche. No quisiera dejar a tía Corina a su merced. Yo creo que ella se quedó dormida, como suele ocurrirle al abuelo.
—Debería salirse de la piscina, se puede resfriar. ¿Quiere que llame a la Anita?
—No, no, estoy bien aquí. Adiós, amor —se despide sin abrir los ojos mientras levanta una mano en el aire, como las actrices de cine.
—Adiós, tía —digo, y me marcho por donde entré.
Ya sentado en el bus saco la fotografía de mamá de la mochila. Al mirarla con más detención descubro que tiene una mancha en el lado izquierdo de su cara. Trato de encontrar a mi mamá en la imagen de esta mujer y no la encuentro. Así como inventé el episodio de su muerte, es probable que también la inventara a ella. Porque un niño no puede vivir sin una mamá, y si no la tiene se la inventa. La que yo inventé detesta los deportes, subirse a los ascensores y a los aviones. Le gusta espiar a las personas por las ventanas, aprender sobre la vida de las avestruces, calcular con un reloj de alta precisión el tiempo que tarda una mota de polvo en caer al suelo; cosas así.
Me arrimo a la ventana y respiro hondo. Unas estúpidas lágrimas comienzan a caer por mis mejillas. Apenas me enjugo una cuando viene la siguiente. Y mientras miro hacia la calle, todo me parece triste. Los hombres que esperan en los paraderos con sus bolsos de trabajo, tía Corina flotando en la boca de la tierra, Alma hablando por su móvil con un hombre, la familia alacalufe sola en el universo, Mr. Thomas Bridge... La mancha que mamá tiene en la cara alcanzó mi cuerpo y luego cubrió la calle y el mundo entero. Cuando llego a mi destino, el microbús está casi vacío.
Lola y yo cenamos con Yerfa en la cocina viendo una teleserie. Papá y Alma volverán tarde a casa. Dentro del bolsillo de Yerfa suena su móvil. Contesta y entra a su pieza. Lola me dice que vio a B.H.M. jugando con unos caracoles en la calle y que yo no estaba con él.
—¿Dónde estabas, carajote? —pregunta.
—Y tú, ¿de dónde sacaste esa palabra tan fea?
—No cambies de tema.
Lola me mira esperando mi respuesta, pero yo permanezco callado, con los ojos fijos en la pantalla de la televisión.
—¿Y?
Me gustaría contarle que fui solo a casa de tía Corina, que ella me habló como a un adulto y que la vi llorar.
—Le voy a decir a papá que saliste sin permiso.
—Dile lo que quieras, carajota. Me da lo mismo —contraataco sin mirarla.
Frente a mi indiferencia, Lola se pone a jugar con el puré de papas. La miro de reojo. Ensarta en el tenedor los pedacitos de carne y uno por uno los arroja al tarro de basura. Me observa desafiante.
—Estamos empatados.
—Yo no tengo nada que ocultar. —Me impresiona mi sangre fría.
—Tengo otras pruebas, carajote, así que más vale que te quedes bien calladito.
Prefiero no averiguar cuáles son sus evidencias y aprovecho de botar mi comida al tarro de basura. No tengo hambre. Cuando Yerfa vuelve a la cocina, ambos miramos con expresión angelical la televisión. Yerfa está apurada por acostarnos, su móvil no ha dejado de hacer piiiiii en su bolsillo.
Ya en mi cuarto y en pijama entro en mi correo. Espero la respuesta de Mr. Thomas Bridge. Encuentro lo de siempre:
Weon de ierda andt a la xuxa weon inbesil xupa pico ni eso pq es muxo pa ti... jajaa a de mas nadie dejaria q se lo xupi jajaaa...
Imagino que una tormenta huracanada de Marte pasa frente a la cancha de fútbol del colegio. Sus piernas y brazos desmembrados vuelan por el aire, luego mueren calcinados por un fragmento de materia solar que cae sobre lo que resta de sus cuerpos.
Entro al blog de Mr. Bridge. Habla frente a su cámara. Dice que la familia se internó en el bosque del islote y no ha vuelto a aparecer. Huyen de los helicópteros que los han sobrevolado. Mr. Bridge afirma que en el bosque no sobrevivirán. Cuenta que los alacalufes fueron exterminados por los misioneros ingleses. Ellos no sólo trajeron enfermedades para las cuales los indígenas no tenían defensas, también trataron de adaptarlos a sus costumbres. Les dieron ropa e instrumentos, como cuchillos y arpones, destruyendo así su forma de vida. Ya no necesitaban navegar horas en el mar buscando su alimento, con hundir el arpón podían obtener suficiente carne de pescado para varias jornadas. Poco a poco fueron abandonando las actividades que le daban sentido a sus días, se hicieron sedentarios y comenzaron a morirse. La existencia de esta familia es inexplicable.
Apago el computador y me meto a la cama. La oscuridad se desploma sobre mi cabeza y aparecen las estrellas fosforescentes que Alma pegó en mi techo. Cada vez que pienso en Alma, que son muchas, la recuerdo llegando a casa con ese hombre. Por eso trato de recordarla lo menos posible. Es hora de partir hasta el fondo de mi cama, donde me aguarda Kájef. Su embarcación es arrastrada a un lado y a otro por las aguas. En el centro, sobre un lecho de arena húmeda, hay un fuego en brasas. Lleva los remos empuñados. La tormenta se acrecienta, la barcaza remonta olas gigantes, para luego caer sobre otras que vuelven a levantarla. Pero Kájef no ceja. Oigo su voz a la distancia. Me dice que va en busca de los alacalufes al interior del bosque y que los guiará a otra isla, donde no puedan encontrarlos.
—Tommy —escucho la voz de Lola al otro lado de la puerta—. Ábreme.
—¿Para qué?
—Por favor.
—¿Y qué me das a cambio?
—Lo que quieras. Yerfa no está. Fui a su pieza, la busqué en todas partes.
Abro la puerta. Su pijama de osos y la foca de peluche que trae en sus brazos revelan lo que realmente es: una niña insignificante. Llegó por fin el momento perfecto para la revancha.
—Entra.
Aquí estoy, echando por la borda la mejor oportunidad que he tenido en mucho tiempo de vengarme de Lola. Soy un verdadero idiota. Ella se sienta en el borde de mi cama con su foca. Vuelvo a acostarme y apago mi lámpara. Lola se balancea hacia delante y hacia atrás.
—¿Quién es la mujer de la foto? —pregunta en la oscuridad.
¡Mierda! Olvidé esconder la foto de mamá. Lola debió verla antes de que yo apagara la luz. No le respondo.
—Es linda —señala—. Tiene una herida en la cara.
¿Qué le pasó?
¡Cómo pude ser tan estúpido! Lo que yo consideré una mancha es en realidad una herida.
—Es tu mamá, ¿verdad? —Yo no respondo—. Tengo frío.
—Puedes meterte en mi cama, si quieres —señalo.
—¿Estás seguro de que no te importa?
—Me importa, pero igual puedes hacerlo. Permanece en su sitio sin moverse.
—¿Por qué Yerfa nos habrá dejado solos? ¿Tú crees que es por su novio?
—Seguro.
—Echo de menos a mamá.
—Yo también —confieso.
Cuando pienso que Alma quizás está con ese hombre, me dan ganas de gritar.
—Salen mucho, ¿verdad?
—Mucho.
Nunca habíamos estado de acuerdo en tantos temas en una sola conversación. Ella también parece notarlo, porque decide meterse a mi cama. Se acurruca con su foca en el otro extremo. Por suerte, mi cama es bastante ancha.
—Sí, es mi mamá. Se suicidó.
Al decir esa palabra en voz alta me doy cuenta de que resulta difícil pronunciarla, como si no estuviera hecha para ser nombrada.
—¿Qué quiere decir eso?
—Significa que ella misma se mató. Que decidió dejarme solo, que no le importó lo que pasara conmigo. Eso significa.
Permanecemos mudos, cada uno hecho un ovillo en su rincón de la cama. De pronto noto algo entre mis brazos. Es la foca de Lola, y es ella quien la acomodó allí. Me fastidia pensar que por la mañana mi opinión sobre Lola necesitará algunos ajustes.