2. 
En la pista, los chicos más jóvenes han empezado a bailar. Me saco las sandalias de tacón y me interno en el jardín por el camino de gravilla. Cuando alcanzo el bosque de peumos, me echo en el pasto. Es una tarde cálida, y las olas se desploman con prudencia en la barrera de algas. Más allá de la casa, sobre la extensa superficie verde del Club de Golf, se divisan las siluetas de un grupo de jugadores. Recuerdo la primera vez que pisé este lugar, la casa veraniega de la familia Montes. Ahora, después de siete años, la sensación de embeleso y temor que me produjo ha desaparecido.
Puedo ver nítidamente al padre de Juan sentado en un sillón Luis XV, su frente alta y su nariz delgada de aristócrata mordaz, su forma indolente de levantar la cabeza y mirarme. Tenía una expresión que, sin dejar de ser afable, contenía la distancia de quien jamás termina de reconocer a las personas que lo rodean. El bebé de escasos meses que yo traía en un coche, y que a todas luces no era el fruto de la unión reciente con su hijo, debió impactarlo. Sin embargo, su talante no cambió ni un ápice. Esa actitud, a la vez casual y fría, era la perfecta pantomima para el telón de fondo de la casa y su mobiliario. Me fue difícil imaginar un rincón de este sitio, congelado en el tiempo, donde pudiera sentirme a gusto; aun así, lo único que ansié desde el primer instante fue encontrarlo.
Después de la comida paseamos por el parque. Juan tomó el coche de Lola, y junto a su padre recorrimos los senderos con sus setos de boj y sus piletas que reflejaban los colores volubles del cielo. De tanto en tanto, Juan me sonreía, sopesando mis reacciones con su mirada. Eran infinitos los aspectos que nos separaban, que nos hacían diferentes, pero en ese entonces yo no estaba dispuesta a pensar en ellos.
Cuando retornamos a la casa, don Fernando quiso mostrarme su biblioteca. Juan debía hacer un par de llamadas y se excusó de acompañarnos. Seguí a don Fernando a lo largo del amplio corredor de cerámicas hasta alcanzar —en el otro extremo— la biblioteca: una habitación de techo alto, gruesas vigas y paredes de piedra. Después de mostrarme su colección de pipas, don Fernando se subió a una escalerilla, y de una repisa en lo alto extrajo un álbum de fotos. Al entregármelo, su tono de voz sonó hueco y perentorio.
—Ábrelo.
Me encontré con decenas de fotografías de Juan, desde sus años de adolescencia hasta entrada la madurez. Sus viajes, sus amigos, los deportes que había practicado, su metamorfosis. Pero lo que quedaría grabado en mi memoria no serían las imágenes, sino los espacios en blanco entre ellas, las decenas de fotografías que habían sido arrancadas de sus páginas.
—Son las fotos de Soledad —señaló don Fernando—. Se conocieron de niños.
La precisión con que Juan había extirpado las imágenes de su mujer me estremeció. Recorrí una a una las hojas del álbum bajo la mirada atenta de don Fernando. Esa tarde me planteé una pregunta que habría de volver: ¿qué yacía bajo su apariencia de hombre justo y sosegado? Así como había removido las fotografías de su mujer muerta, debía haber otros aspectos de su vida que yo jamás conocería: deseos ocultos, miedos, obsesiones. Quizá yo misma llegaría a ser un espacio en blanco en un álbum de fotografías.
La única pregunta que don Fernando me hizo esa tarde, y que llamó mi atención, fue si yo tenía ascendencia judía. Le respondí que no. Con una sonrisa, él señaló que le parecía muy bien. Entonces yo añadí que si escarbaba hacia atrás, tal vez me encontrara con un ancestro judío, como tantas otras familias. Don Fernando hizo girar el bastón con su caña de plata en el aire, y señaló que la Tierra era redonda antes de Colón, pero que hasta ese entonces los hombres habían vivido perfectamente pensando que era cuadrada. Su imagen me resultó confusa. Tal vez se refería al hecho de que si tenía alguna ascendencia judía, mientras yo no lo supiera podía seguir viviendo como si no lo fuese.
Más tarde, cuando nos reunimos con Juan, no le comenté que había visto su álbum. Jamás lo he hecho. Tal vez por temor a descubrir algo que me hiera o que nos separe. Años después, sin embargo, a raíz de un incidente que no recuerdo, le conté sobre la extraña pregunta de don Fernando. Con un tono cortante, él me respondió que su padre estaba viejo y que lo hacía para llamar la atención. Sus palabras no me parecieron convincentes, pero preferí no darle más vueltas al asunto. En cuanto a Soledad, la única fotografía que he visto de ella es la que Juan guarda celosamente en uno de los cajones de su escritorio.
Antes de regresar a Santiago, don Fernando abrió una botella de champaña y brindó por nosotros. Nuestra relación no habría sido posible sin su consentimiento. Se lo comenté alguna vez a Juan, y él fue categórico al señalar que nada habría cambiado, el parecer de su padre estaba lejos de afectarle, y lo único valedero era el sentimiento que albergábamos el uno por el otro. No obstante, con el tiempo me he dado cuenta de cuán determinantes son para él las opiniones de su familia. También llegué a entender que la cordialidad de don Fernando hacia mí, y por consiguiente la del resto de su grupo familiar, no fue casual. Mi apariencia eslava y los tintes de cultura que adquirí en Europa jugaron a mi favor. De haber sido morena, bajita y provinciana, les habría resultado más difícil aceptarme. También influyó la época. Hoy, hacer caso omiso de las diferencias es, para quienes se consideran cultos, una forma elevada de actuar. Aun cuando en privado éstas les resulten deplorables. Don Fernando debió ver el beneficio de nuestro lazo. Acogerme era aparecer frente a sus coetáneos como un hombre moderno, sin correr grandes riesgos. Desde el primer momento demostré ser una mujer lo suficientemente dócil como para adaptarme a sus costumbres y a su vida.
En la terraza principal las parejas maduras se pasean y se saludan con un gesto de la cabeza. Exhalando risotadas, los hombres se palmotean la espalda, recordando acaso que han crecido juntos, que han asistido a los mismos colegios y se han adentrado a la vida adulta por el mismo camino. Algunas mesas siguen ocupadas por personas que toman bajativos y comen pastelillos con el rostro sudoroso y un aire de querer pasar un buen rato a toda costa. Juan, sentado a una mesa con tres de sus hermanos, se desliza en la silla unos centímetros para estirar las piernas. De pronto saca el móvil de su bolsillo y se lo lleva al oído. Se levanta y se aleja un par de metros. Asiente varias veces. Al cabo de unos minutos se aproxima al sendero que se adentra en el jardín y mira a lado y lado; creo que me está buscando. Lo observo aún un tiempo antes de hacerme ver. Si me avista, es que la conexión persiste. Con Tommy solemos jugar a buscarnos por telepatía. Él no sabe que tiene un olor inconfundible, a niño, como el de Lola, pero más intenso. Juan no me ha descubierto. No voy a ayudarlo. Se aproxima a su padre. Sentado en solitario, y atento a los movimientos erráticos de los invitados, don Fernando sostiene recto su bastón, mientras vigila la decencia ajena con un rigor ante el cual es imposible no sentirse intimidado. Juan apoya una mano en su hombro y le da un beso en la mejilla. ¿Acaso se despide de él? Eso es imposible. Acordamos que pasaríamos esta noche en Los Peumos. Necesitamos estar a solas. Sobre todo cambiar —aunque sea ínfimamente— el orden establecido de las cosas, crear una ranura por donde vuelva a entrar el deseo. Cada día, ese gesto que pone en marcha el mecanismo de la pasión se hace más difícil. He puesto mis esperanzas en esta noche, pero si fracasamos, ya no podremos culpar a los niños, a las preocupaciones del día, al cansancio. Juan se lleva otra vez el móvil al oído. Se pasea gesticulando. Me levanto para ir a su encuentro y diviso la figura menuda de Tommy al otro extremo del jardín. Está solo, como siempre, y bate una rama en el aire. Desciendo la pequeña loma y tomo el sendero de grava en dirección a la terraza. Cuando lo alcanzo, Juan se despide de uno de sus hermanos con una expresión preocupada.
—¿Qué pasa? —inquiero, mientras me calzo las sandalias.
—Tienen un corazón para el niño. Ya va en camino —señala, mirando la hora.
—Pero Juan, me dijiste que si esto pasaba dejarías que Sergio se hiciera cargo.
—Lo siento, Alma.
Busco en su expresión severa un sentimiento auténtico de pesar y no lo encuentro.
—¿Tú crees que con decir “lo siento” basta? —recalco con sorna—. Me lo prometiste. Llevamos semanas planeando esto.
—Tengo que ir, de veras. Es mi obligación —aduce.
—Sergio lleva dos años esperando que por una vez tú le des la oportunidad.
—No ésta.
—Nunca lo vas a hacer. Es lo que más gozas, ¿verdad? Abrir las puertas del quirófano y ver esas caras que te observan como si fueras Dios. —Comprimo los labios para sofocar la rabia—. Perdóname, no quise decir eso.
—Da igual —zanja con mesura y frialdad.
Se pasa la mano por el pelo y deja al descubierto su frente amplia. Un mechón rebelde cae sobre sus cejas. Respira hondo y, en un tono de agitación contenida, declara:
—Es un chico de doce años, como Tommy.
—No me digas eso. Sergio es tan capaz como tú de hacer esa operación; si no, no te lo pediría. Quiero que te quedes porque es importante para nosotros. —Hablo en susurros, como a él le gusta cuando estamos frente a otras personas. Juan mira hacia arriba con una expresión de impaciencia.
—Alma, te lo ruego, no me presiones. Me haces las cosas más difíciles. —Una mueca de inquietud y rabia aparece en su rostro.
—Es lo que quiero, ¿no te das cuenta? Hacerte las cosas difíciles. Al menos provoco algún efecto en ti.
—Tengo que irme. ¿Has visto a Tommy? —lo escucho decir.
—Está allá —indico con un gesto de la mano—. Anda a decirle que te vas.
—Le pedí a mi hermano Rodrigo que los llevara de vuelta a Santiago. ¿Está bien?
—De acuerdo.
Me da un beso y pasa su mano por mi mejilla, como el hombre sensato y bondadoso que es. Mientras lo veo alejarse, diviso la silueta raquítica de Tommy en la pradera, luchando como siempre contra un enemigo imaginario.