46. 
Es Yerfa al teléfono. El bus que trae de vuelta a Tommy del colegio debió llegar hace una hora.
—Llamé al chofer a su móvil y me dijo que Tommy no estaba en la puerta cuando los niños salieron de clases —añade Yerfa.
—¿Pero cómo es posible, si esta mañana se fue en ese bus?
—Lo mismito le dije yo. Pero él me dijo que lo esperó un buen rato y que después tuvo que irse nomás.
Llamo al colegio. Me dan con inspectoría. Después de un momento, el inspector me informa que ha revisado el libro de clases y que Tommy figura ausente. Alego que es imposible. Tommy partió esta mañana al colegio, como todos los días.
—Su profesora ya se fue, pero trataré de ubicarla para averiguar más detalles —me explica.
Vuelvo a hablar con Yerfa y le pido que busque la lista de teléfonos de sus compañeros de curso. Tommy debió ir a casa de uno de ellos —tal vez a hacer un trabajo— y olvidó avisarnos.
En tanto atiendo a un paciente. Cuando termino llamo al colegio. El inspector me ha dejado un número de celular con el guardia. Le hablo. Me indica que conversó con la profesora y que efectivamente Tommy no asistió hoy a clases.
—¿Me está diciendo que se les perdió en el camino de la casa al colegio? Porque, que se fue esta mañana en el bus escolar, “su” bus —recalco con sorna—, se lo puedo asegurar. Esto es muy grave. ¿Se da cuenta? Muy grave.
—Me doy cuenta. Me comunicaré de inmediato con el director. Mientras tanto, le sugiero que llame a la profesora. Ella podrá darle más información sobre Tommy. Nunca se sabe, tal vez hizo la cimarra...
—Me cuesta imaginar eso de Tommy —afirmo con ganas de gritarle un par de garabatos.
Guardo la calma, es inútil escarmentar al inspector. Me da el número de teléfono de la profesora. Son las siete de la tarde. Si Tommy no llegó esta mañana al colegio, hace once horas que está desaparecido. Es mucho tiempo para un niño de doce años. Llamo a Maná. Lola se queda estos días en su casa. Le pregunto si ha sabido de Tommy.
—Después de hablar contigo ayer en la noche, Lola lo llamó por teléfono y conversaron unos momentos.
—¿No te comentó algo?
—No, la verdad es que ni siquiera le pregunté. ¿Por qué?
—No, por nada.
—¿Estás seguro?
—Claro, no te preocupes —miento, para no alarmarla—. Ahora tengo que cortarte. Me espera un paciente. Dale un beso a Lola y dile que mañana la llamo sin falta.
Marco el número de Alma. No contesta. Empiezo a sentir una inquietud que apenas puedo soportar. Llamo a mi primo Pedro Ortúzar a su móvil. No somos amigos cercanos, pero él conoce bien al ministro del Interior. Una alerta suya, y la maquinaria de búsqueda se pondrá en marcha. Responde el contestador automático. Le pido que me llame con urgencia. Al pronunciar la palabra “urgencia” experimento una premura asfixiante.
Le digo a Carola, mi secretaria, que llame a todos los hospitales y postas de Santiago. Espero y procuro pensar. Al cabo de un rato, Carola me informa que llamó a todas partes y que no hay rastro de Tommy. Me anuncia que aún le faltan algunos servicios médicos de la periferia. Llamo a la oficina de Pedro en el Parlamento. Su secretaria me indica que está en sesión. Le pido que, por favor, intente sacarlo de la sala, que se trata de un asunto grave. Espero con los codos apoyados sobre mi escritorio. Escucho las voces que provienen del pasillo. Todo lo que ocurre al otro lado de la puerta me parece insignificante. Suena mi teléfono, es Pedro. Le explico. Pedro se alarma, tiene un hijo de la misma edad que Tommy.
—Voy a llamar de inmediato al general de Carabineros. Creo que es lo mejor.
—Gracias, Pedro.
Me advierte que un teniente irá a mi casa para reunir más antecedentes.
—Descuida. Te llamo de vuelta apenas sepa algo. Quédate tranquilo, lo encontraremos, ya verás...
Intento decir algo, pero se me hace un nudo en la garganta y no puedo articular palabra. Ya verás... ya verás... Su voz permanece resonando en mi interior. Antes de partir le pido a Carola que no comente lo sucedido con personas de la clínica. Lo más probable es que se trate de una equivocación. Al expresar esto añoro que así sea.
Camino a casa marco otra vez el número de Alma. No responde. Quizás el lugar donde se encuentra no tiene buena señal. Si Tommy no asistió a clases por voluntad propia, como sugirió el inspector, debió tener una razón, ¿pero cuál? Tal vez ha tenido problemas con sus amigos, ¿pero quiénes son sus amigos?, ¿acaso conozco algún amigo suyo? Debe tenerlos, yo no estoy al tanto, eso es todo.
Es el final del día, cuando las sombras de la última hora de la tarde se transmutan en noche. No puedo evitar sobresaltarme. ¿Dónde está mi hijo? ¿Y si alguien lo raptó por dinero? Estaciono el auto en la calle en caso de que precise salir. Observo el jardín. Su visión me calma. Los setos, entre manchones de flores, marcan un sendero que converge en la puerta principal. Tommy debe estar en alguna parte en la cual aún no he pensado.
Yerfa me aguarda en la puerta. Tiene los ojos enrojecidos. Nos sentamos a la mesa de la cocina. Le pregunto si notó alguna actitud inusual en Tommy. Me cuenta que ha estado inapetente y decaído, que hace un par de semanas salió en bicicleta y llegó cuando había oscurecido. Ella no lo advirtió porque Tommy le dijo que estaría en casa del vecino. Me guardo de preguntarle por qué no me lo había contado antes. No es el minuto de regañar a Yerfa.
—¿Y le contó adónde había ido? —Hablo con voz pausada.
Es improbable que Tommy llegara muy lejos. Las veces que hemos salido juntos en bicicleta, su capacidad vascular se ve afectada muy pronto.
—No quiso decirme.
Me encierro en mi escritorio. El silencio hace la ausencia de Tommy dolorosamente real. Llamo a Cristián, el niño que vive en la casa vecina. Le pregunto si ha visto a Tommy, si le comentó algo en particular. Me responde que hace días no sabe de él. Yerfa toca mi puerta.
—Son los carabineros, don Juan —me anuncia con voz de alarma, como si fuéramos un par de delincuentes a quienes vienen a aprehender. Le pido que los haga pasar.
Dos hombres con sus gorras de servicio en la mano entran en la habitación. Uno de ellos, a todas luces de más alto rango, me extiende la mano y se presenta como el teniente Sergio Ríos. Es un hombre moreno, de piernas arqueadas y nariz aguileña. Ostenta un aire altivo. El otro, en cambio, tiene la cintura ancha y blanda y la mirada compasiva de un padre de familia. Los invito a sentarse. El teniente pregunta, yo contesto, el subalterno anota. Tras sus modales secos y precisos puedo intuir el mundo de donde proviene. Un mundo de riñas, bravuconerías y amenazas físicas. De tanto en tanto, el subalterno levanta la vista de su libreta, y sin abandonar su posición de escucha, pareciera disculparse por la falta de cortesía de su superior.
—Vamos a necesitar una foto del niño —me solicita el teniente—. También será necesario ver su pieza.
Ha hablado todo el tiempo de “el niño”. En el pasillo me detengo frente a uno de los dibujos de Tommy: El laberinto del Minotauro. Tommy ha hecho decenas de dibujos representando la historia de Teseo, pero éste es el que Alma más aprecia, porque llamó al hilo de Ariadna “El hilo que saca el amor”.
—Lo hizo mi hijo —les enseño, sabiendo que les importa un carajo lo que les estoy mostrando.
El teniente carraspea y proseguimos nuestro camino. Entramos al cuarto de Tommy. Enciendo la luz. Los hombres se pasean en los cinco metros cuadrados, observando. La presencia de estos dos extraños en el cuarto de mi hijo me produce una insoslayable sensación de desgracia. Abren su clóset, husmean en sus cajones, en sus cuadernos, toman sus juguetes con una mezcla de desdén y falsa curiosidad.
—¿Echa en falta algo? —indaga el subalterno. Miro a mi alrededor.
—Nada.
Quiere saber cómo iba vestido.
—Con el uniforme escolar. La última vez que lo vimos, esta mañana, iba al colegio.
—Necesito una descripción detallada del uniforme.
—Puedo darle una foto suya que tomamos este año en un acto del colegio.
Antes de descender las escaleras paso por mi pieza y saco una foto de Tommy que tengo sobre mi velador. Al momento de irse, el teniente Ríos especifica:
—Esto viene de arriba. Con esta foto todas nuestras unidades se pondrán en alerta para buscar a su hijo. Buenas noches.
El subalterno se despide de mí con un apretón de manos y una sonrisa derrotada. Ninguno de los dos hombres me formula una palabra de aliento. Seguramente la experiencia les ha enseñado a evitarlas.
Llamo otra vez a mi primo Pedro. Le digo que los carabineros ya han estado aquí.
—Mira, hombre, tú quédate tranquilo, ¿me oíste? Seguro que aparece en cualquier minuto. De todas maneras, están averiguando en los hospitales y postas si ha habido un accidente. Por si acaso. El mayor con quien hablé me dijo que está sucediendo con frecuencia. Los chicos se van por ahí porque tienen algún problema, pero vuelven rapidito. Es una forma de llamar la atención.
Le doy las gracias y corto. Me hubiera gustado hablar con él por más tiempo. Su voz me da confianza, también la ilusión de que no estoy solo en esto. Llamo a Alma, oigo sonar su teléfono en mi oído. Cuánto me gustaría que ella estuviera aquí.
Debería avisar a mi padre o a alguno de mis hermanos, pero, aparte de darse vueltas como yo, es poco lo que ellos pueden hacer para ayudarme. Además, no sabría qué decirles. ¿Que Tommy se escapó? ¿Adónde podría ir si nunca ha salido solo fuera de casa? ¿Que un psicópata lo raptó y que está en un sótano donde si no lo encontramos va a pasar los próximos veinte años de su vida? Me levanto de mi escritorio respirando aceleradamente. Afuera, la brisa hace crujir las frondosas ramas del roble. Me vuelvo a sentar y miro la lista que me ha dado Yerfa. Son las ocho cuarenta y cinco. Todavía puedo hablar con alguno de sus compañeros. Antes llamo a su profesora. Le pregunto si Tommy ha tenido algún problema en el colegio.
—Bueno, aparte de sus inasistencias, lo he visto bien, normal, siempre un poco retraído, usted sabe, pero no más que de costumbre.
—¿Inasistencias? —sondeo.
—En el último tiempo ha faltado bastante. Eso sí, que siempre ha traído un justificativo firmado por su madre.
Quizá Tommy ha estado resfriado, suele estarlo, y Alma no ha querido preocuparme. Es usual que yo salga antes que Tommy. Quiero saber si frecuenta a algún amigo en particular. Me dice que no tiene amigos. Sus palabras no me sorprenden, pero aun así me entristecen. Me ruega que la mantenga al tanto.
Yerfa me espera en el pasillo. Le pregunto por las ausencias de Tommy. Me dice que hace meses no falta al colegio. Le cuento lo que me informó su profesora. Yerfa insiste que Tommy ha asistido con regularidad a clases. Advierto su nerviosismo, el temor ancestral a ser acusada. Sé que dice la verdad.
—Trate de dormir, Yerfa. Ya veremos mañana.
Subo las escaleras mientras llamo a Alma. Vuelvo a intentarlo, una y otra vez. Marcar su número me acerca a ella.
Apago las luces. Mis pasos resuenan en el pasillo donde suelen revolotear Lola y Tommy. Cuando cierro la puerta de mi pieza, el silencio se deja caer, implacable. Un silencio que absorbe todo lo que me rodea, todo lo que yo imaginé inmutable.
Son las nueve y media de la noche. Me siento en el borde de la cama. Sobre mi velador el teléfono se cubre de un velo de mutismo, como si intuyera la ansiedad que me produce el solo hecho de mirarlo en la penumbra. Esta inmovilidad me mata. Si alguien hubiese raptado a Tommy, y quisiera una recompensa, ya se habría puesto en contacto conmigo. Enciendo la televisión con el control remoto. Veo las noticias del día. No resisto las voces ni el mundo que irrumpe por la pantalla. Bajo el volumen a cero. En la superficie fría de vidrio, las imágenes se mueven calladas. Un hombre ciego recorre las calles de la ciudad junto a un perro policial. Hago esfuerzos por pensar en algún asunto concreto, pero mi cerebro no funciona bien. Me levanto y me asomo a la ventana. En mi jardín, cuidadosamente iluminado por las paisajistas, explota la primavera. Lo odio, odio su calculada exuberancia y la ilusión de felicidad que provoca.
No duermo, respiro con dificultad, me agito a un lado y a otro de la cama. Las imágenes se suceden en mi cabeza sin orden, me laceran el cerebro, me sacuden. Seco mis manos sudorosas, luego la frente. Tengo la impresión de estar sumergido en un pozo de alquitrán.
Recuerdo cuando por enésima vez encontré a Tommy escondido, grabando nuestras conversaciones. Le grité un par de garabatos, lo tomé de una oreja y lo encerré en su cuarto. Lo oí llorar al otro lado de la puerta, pero resistí la tentación de consolarlo. Al día siguiente, con más calma, entré a su pieza. Echado sobre la cama, Tommy hacía volar el avión rojo sobre su cabeza. Desde fuera, con un alborozo estival, llegaban voces de niños jugando en el jardín vecino. Hubiera querido que Tommy estuviese ahí, con ellos, e imaginé que él deseaba lo mismo. Le pregunté por qué grababa las conversaciones ajenas. Me miró con desconfianza sin responderme. Esperé su respuesta. Después de un rato me dijo que lo hacía para encontrar el orden invisible de las cosas.
—No sólo grabo lo que dicen los demás —señaló—, también grabo mi propia voz, ideas y esas cosas. Cuando las digo en voz alta las hago existir.
Sus palabras me impresionaron. Sin embargo, no cedí. Debía impedir que Tommy continuara inmiscuyéndose en las conversaciones de los adultos. Celebrar su lucidez era darle mi beneplácito. Mientras recurría una vez más a mi discurso sobre el valor de la privacidad, no tuve el coraje de mirarlo a los ojos. Seguí hablando con dureza mientras me paseaba con las manos cruzadas tras la espalda. Pensé más tarde que habría podido ser más conciliador. Por eso, en nuestra conversación de ayer hice esfuerzos por ser honesto. Le expresé el dolor que me provoca su comportamiento. Me mostré vulnerable. Creí que estábamos de acuerdo, que habíamos alcanzado un grado más de intimidad, que mostrarle mis sentimientos tendría más poder de convicción sobre él que los argumentos éticos e intelectuales. Tal vez cometí un error, ¿pero cuál?
Si Alma estuviera aquí, ella me ayudaría a entender. Alma. Hace tiempo que no la necesitaba de esta forma. Tengo la impresión de haber hecho un viaje junto a ella, pero sin ella. En cada lugar donde estuvimos nos fuimos dejando más solos, más abandonados. Esta larga noche se burla de mis esfuerzos por fingir que todo anda bien, que Alma no se aleja, que Tommy no huyó de casa, que somos una familia feliz. Tratas de dominar el dolor y terminas hiriendo a alguien más, porque nada es estático, porque la famosa Virtud es una gran mentira, en cuyo nombre nos volvemos intransigentes e inhumanos. Entonces, le pido a Soledad, dondequiera que esté, que lo ayude a volver.
Despierto confundido, sudado. Noto un vacío, como si un ladrón hubiera entrado en mi cuerpo y me hubiese robado algo esencial. En mi oído suena un teléfono inexistente. Mi ropa está mojada, mis músculos agarrotados; tengo la impresión de haber dormido dentro de un agujero. Por un momento siento alivio de estar en mi cama, pero al segundo el recuerdo de Tommy me asalta. Me levanto de golpe y camino hacia su pieza. En mi estado de embobamiento imagino que lo encontraré dormido. Me recuesto en su cama.
Desde la distancia veo a un individuo tumbado, con las manos cubriendo su rostro, mientras un tubérculo se hincha dentro de su estómago. Es evidente que pude hacer las cosas de otro modo. Todos podemos. Pero no se trata de una cuestión de culpa, sino de supervivencia. Me hundía junto a Soledad. Y la única forma que encontré de evitarlo fue ocultándome en mi madriguera. Es ahí donde he estado todos estos años; como los sobrevivientes de las guerras que, ignorando el arribo de la paz, permanecen escondidos en sus refugios subterráneos. Dejé que pasaran el tiempo, Alma y la vida. Recuerdo la mano de Alma tomando la mía en la obra de teatro de los niños. Me estaba dando la oportunidad de salir de mi escondrijo, de protestar por sus continuas ausencias, de expresarle la falta que me hace; en suma, de retenerla a mi lado.
Contemplo el orden obsesivo de Tommy, sus juguetes alineados en las repisas, sus aviones, sus soldados galácticos, las motos en miniatura, los lápices dispuestos sobre la mesa, su computador. Tommy suele pasar horas frente a él. Lo enciendo. La pantalla se ilumina, pero necesito una contraseña para continuar. Intento con su nombre, con su fecha de nacimiento, trato de recordar el nombre de su amigo imaginario, Kofa, Kafa, pruebo otras alternativas, pero es inútil. No logro entrar.
Suena el teléfono. Corro a mi habitación a responderlo, en el camino resbalo y me golpeo un codo. Es mi primo Pedro. Me pregunta si he sabido de Tommy. Su voz denota preocupación. Me dice que habló con el general de Carabineros y que no hay señales de él. Al menos no está muerto, pienso.
—¿Dormiste? —Su inflexión se hace más suave e íntima.
—Un poco.
—Juan, ¿llamaste a tu padre?
—¿Cómo sabes que no lo he hecho?
—Me lo imaginaba. Lo más probable es que Tommy esté en algún lugar sano y salvo, pero de todas maneras la familia debe enterarse.
—Tienes razón.
Segundos después de haber colgado suena mi móvil. Veo el nombre de Alma en la pantalla. Oigo su voz:
—¡Juan! Tengo veintidós llamadas tuyas. Dejé ayer el teléfono en el auto y no me di cuenta hasta ahora. ¿Pasa algo? —Escucho su entonación a un tiempo sedosa y aniñada.
—Sí. —Me resulta difícil hablarle ahora que por fin la escucho tan cerca. Mi piel está vuelta hacia fuera, con sus terminaciones nerviosas expuestas.
—¿Qué pasó? —me exhorta impaciente.
Su timbre acude desde lejos corriendo hacia mí. Sin darme cuenta cierro los ojos y absorbo el calor que me provoca.
—Háblame, me estás asustando.
—Tommy desapareció.
Tengo la impresión de no ser yo quien dice estas palabras que han retumbado en mis oídos persistentemente las últimas horas.
—¿Pero cómo puede haber desaparecido? —me interroga casi gritando.
Le explico paso a paso lo sucedido, desde que Yerfa me llamó a la clínica. A pesar de mis esfuerzos por guardar la calma, mi tono de voz es desesperado. De tanto en tanto, ella me interrumpe y me pregunta por algún detalle. Por instantes calla, pareciera no estar ahí, imagino que cubre el teléfono para que no la oiga llorar. Poco a poco la presión que oprime mi pecho empieza a ceder. Al nombrar los últimos acontecimientos para Alma, éstos se hacen más reales y a la vez menos perentorios. Sé que para ella la desaparición de Tommy es tan violenta como para mí, que nadie más siente lo que ambos sentimos por él. Y esta certeza me une a ella como nunca antes.
—Parto ahora mismo. Tardaré un par de horas.
—Te espero —digo con la voz quebrada.
Siento alivio. Como si alguien me hubiera tenido agarrado del cuello y de pronto lo hubiese soltado.
Segundos después de colgar vuelvo a llamarla. Le pregunto por las inasistencias de Tommy. Cualquier información puede sernos valiosa.
—Yo no he firmado ningún justificativo en al menos cinco meses, Juan.
—Entonces, él las falsificó.
—No se me ocurre otra posibilidad.
—Esto cambia la situación —afirmo.
—Espérame, ya juntos veremos...
—Alma, sé que el último tiempo he hecho mal las cosas...
—No digas eso ahora. Por lo demás, es un asunto de los dos.
—Tenemos tanto que hablar.
—Nos vemos en un rato.
—Te quiero. —Alma, sin alcanzar a oír mis últimas palabras, cuelga. Me prometo repetírselas cuando la estreche en mis brazos.