30. v04.png

El rabino canta salmos en hebreo mientras los hombres van echando tres paladas cada uno sobre el pequeño féretro de Cristóbal. Un arco de hierro forjado, de donde pende una sobria estrella de David, corona su sepultura. Emma, erguida frente a ellos, los observa. El padre de Cristóbal no ha perdido su expresión nublada y febril. La sombra de un toldo blanco resguarda al grupo de familiares y amigos que lo despide. Algunos tienen los ojos cerrados y susurran, muy juntos, formando un muro infranqueable. Un anciano, cuya cabellera blanca recuerda a un león, ha comenzado a orar.

Es en este cementerio donde debería estar enterrada Soledad. Tommy tenía dos años cuando una prima argentina se puso en contacto con ella y le anunció que sus abuelos eran judíos. Su abuelo había llegado de Ucrania a Buenos Aires, y se había convertido al catolicismo con el fin de fundar un colegio para señoritas. Las generaciones venideras fueron educadas en esa religión. Enterarse de su origen judío produjo en Soledad un vuelco. Algo intangible, que nunca supo explicarme, pero que se transformó en una fuente de infinitas preguntas y en una búsqueda extenuante. Yo iniciaba en ese entonces mi práctica como cirujano, y me fue difícil seguirla en su periplo. Una noche, meses antes del primer síntoma de alarma, tumbados uno al lado del otro esperando el sueño, declaró:

—Hoy circuncidé a Tommy.

Fui incapaz de controlarme. Gritando, le dije que no tenía derecho, que debía haberlo consultado antes conmigo.

—Quiero que Tommy sea judío, como yo —respondió con la calma de quien ha ensayado sus palabras mil veces.

—Pero... si ya lo es —argumenté.

—Quiero que él conozca siempre sus orígenes, que lo lleve en el cuerpo, y no le pase lo que a mí.

Movido por la rabia repliqué con sorna:

—Tú vas a estar aquí para recordárselo.

Soledad percibió mi ironía. Mis palabras, de cierta forma, confirmaban sus temores.

—También puedo morir —zanjó con emoción y seriedad.

La abracé avergonzado y le dije que no me importaba que hubiera circuncidado a Tommy, pero que me hubiese gustado hacerlo juntos.

—No puedo estar sola, necesito a alguien de nuestro círculo familiar que sea parte de esto.

Aun cuando lograba entender la significación que tenía para ella, sentí rabia de que hubiese marcado a mi hijo con una señal indeleble. La misma rabia que experimenté cuando me dejó solo con Tommy. Resentí su inconsciencia, la intensidad enfermiza con que vivía, que terminaron matándola. Maldije su falta de entereza. La vida de Tommy y la mía quedarían oscurecidas por su sombra.

Por eso le oculté a Tommy la verdad: la muerte de su madre y esa fracción de sangre judía que posee. Por eso también no la enterré en este cementerio. Fue mi venganza por lo que nos hizo. El rencor tiene una energía y una claridad que el desconsuelo carece, por eso persistí en él. ¿Venganza, rencor? Me siento abrumado por una tristeza tan profunda que me largaría a llorar. Debo creer, no pensar, me digo una y otra vez. Pero es inútil. Nunca antes me había parecido Dios tan inhumano. Su grandeza radica en que nada de lo verdaderamente humano se alcanza, en que estamos condenados a vivir en el dolor y en el pecado.

Emma arroja una flor sobre el ataúd de su hijo, ya cubierto de tierra. Nuestras miradas se cruzan. Baja los párpados y luego los sube, como si agitara una mano de despedida. Es hora de volver a casa. Quiero ver a Alma, a Tommy, a Lola. Tengo la impresión de haber estado fuera durante demasiado tiempo.