23. 
Mientras procuro explicar a Emma los últimos procedimientos, la luz de la ventana cae sobre su atractivo perfil. Me siento desnudo ante su mirada. Sé que sopesa en mis gestos y expresiones la veracidad de mis palabras.
Pienso en Alma. Hace un tiempo, no muy lejano, veía en sus ojos una imagen de mí mismo que me complacía, una imagen luminosa que ya no existe.
Emma me pregunta si su hijo siente dolor. Le digo que no. Está sedado. Se aproxima a él. Con una toalla blanca le seca la frente. Conectado al respirador, Cristóbal inhala con dificultad. Sus rasgos de niño se contraen. Observarlo en ese estado de inconsciencia oprime el corazón de su madre, y también el mío. Emma me cuenta que Isaac pasó la noche en la clínica. Quiere hacerme saber, supongo, que no está sola en esto. Al llegar vi a su madre y a su hermana susurrando como de costumbre en la sala de espera. Cristóbal tose. Emma lo mira. En su rostro se trasluce el torbellino de emociones por las cuales atraviesa.
—¿Dormiste? —la interrogo, por romper el silencio. Niega con la cabeza. La fatiga hace que sus ojos se vuelvan mansos. En la palidez de su rostro resaltan su frente y sus labios rojizos.
—Descansa. Cristóbal te va a necesitar cuando lo saquemos del respirador.
—Tú no crees lo que estás diciendo, ¿verdad? Tiene razón, no lo creo.
—En las próximas horas sabremos cómo reacciona, pero por ahora te conviene descansar, de veras...
Pongo mi mano sobre su hombro. Ella la toma.
—Gracias por preocuparte de mí —señala, y luego me abraza con fuerza.
Su cuerpo se une al mío, escucho su respiración en mi oído, siento sus brazos que me estrechan. Al cabo de unos segundos se desprende, se cubre el rostro con ambas manos y se vuelve hacia la ventana.
—No ha pasado nada, Emma —declaro.
Ella continúa de espaldas, encogida, cubriéndose la cara. Por un segundo no sé qué hacer. Puedo irme, como si nada hubiera sucedido, correr un velo sobre un instante que, al fin y al cabo, no tiene la más mínima importancia en relación con el resto de los sucesos. Pero no lo hago. Me acerco a ella, la doy vuelta hasta que estamos de frente y la abrazo con toda la delicadeza que soy capaz de reunir. Y mientras advierto su cuerpo estremecerse, mi pecho se descomprime; se ha abierto una válvula y siento alivio, no sé de qué exactamente. Quizá yo necesitaba ese abrazo tanto como ella. Cuando nos apartamos, Emma sonríe. Es una sonrisa tímida, donde no se ha borrado la tristeza, pero sí la vergüenza. Mi gesto ha redimido el suyo, y el de ambos ha pacificado a Cristóbal. Al mirarlo constatamos que su respiración es ahora más pausada.
Por la tarde hago la ronda de visitas a mis pacientes de la UCI. Cristóbal, dormido bajo el efecto de los sedantes, inhala y exhala en el respirador. Sus signos vitales están estables. Emma, sentada frente a su cama, tiene los ojos cerrados; es probable que esté dormida. Me retiro sin averiguarlo. Ella reaviva en mí el sentimiento de angustia que creía olvidado. Es un retorno fugaz, como una lluvia intempestiva de granizos que hiere el cuerpo y luego desaparece.
Una vez en mi consulta termino de responder el último de una serie de e-mails. La tarde avanza. Me he esforzado por cumplir con mis obligaciones, procurando mantener esa distancia saludable y forzosa de mi profesión. Sin embargo, no puedo sacarme de la cabeza la imagen de Emma escondiendo el rostro entre sus manos. Su intuición no la engaña, la klebsiella le ha dado a Cristóbal un arañazo certero y brutal. Es probable que su cuerpo no responda al tratamiento. Mientras acudo a todos los recursos que están a mi alcance para salvarlo, una parte de mí observa impotente cómo su vida se desvanece. La misma impotencia que sentía cuando estrechaba el cuerpo de Soledad para impedir que continuara hundiéndose en sus días sombríos, que su mente huyera del mundo real.
Falta poco para la puesta de sol, el poniente se tiñe de rojo, los recuerdos se abren paso hasta asentarse en una de esas tardes veraniegas, cuando recién empezaba a atisbar la desgracia. Atrincherado en mi escritorio oía a Soledad ir y venir en el jardín. La recuerdo descalza, de pantalones y camiseta blanca, con las tijeras de podar en las manos. Veo su cuerpo menudo moverse con gracia. La veo alzar la mano, saludarme sonriente, y luego ponerse las tijeras abiertas sobre la cabeza, como dos orejas. Quería creer que no importaba lo que pasara por la mente de Soledad si ella era capaz de sonreírme con esa frescura y entrega. Recuerdo haber pensado que mientras las apariencias permanecieran intactas, nuestra vida seguiría su curso de normalidad.
Esa noche desperté sobresaltado. Soledad no estaba en la cama. La imagen de lo que sucedió a continuación aún me duele. Bajé al primer piso y descubrí los postigos de la sala abiertos. Salí al jardín y la llamé, despacio al principio, con más fuerza después de un momento. Caminé por el sendero sinuoso que llevaba a la piscina y seguí avanzando hacia el fondo del jardín. La noche era nítida. Junto a un seto vi una mancha espesa. Era Soledad, acurrucada sobre las ramas que había cortado por la tarde. Me aproximé a ella y vi que su piel estaba cubierta de gotas de agua, una humedad propia de los rincones sombríos. Despejé su rostro. Al despertar, sus ojos se hundieron en mí. Tenía los labios torcidos, la mirada perpleja y a la vez desorientada. Empezó a temblar. Entonces, el reconocimiento de lo que yo sabía de antemano se clavó en mi mente. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, me miró con ojos apagados y me pidió perdón. Sus palabras me lastimaron más que si se hubiera levantado y, sin hablarme, hubiese entrado a la casa; más que si me hubiera reñido por despertarla de tan dulce sueño. Los árboles se agitaron con movimientos lánguidos. Acostumbrada la vista a la oscuridad, el jardín adquirió una imperturbable belleza que en ese minuto me pareció difícil de soportar.