28. 
En lugar de estar escondida en un sitio oscuro y solitario, la casa de agua de mi infancia se ha vuelto transparente y flota en la ciudad. Otra noche robada. Observo a Leo mientras duerme. Sus rasgos en descanso le dan una apariencia más pueril, más cándida. Los surcos de su frente desaparecen, también los ojos perspicaces, los gestos enérgicos y el escepticismo. A pesar de su mirada desconfiada sobre el mundo, a pesar de su pasado de adicciones, Leo desprende un aire de saciedad, como si hubiera pasado la vida recolectando placeres. A veces pienso que es eso lo que me atrae de él con más fuerza. Abre los ojos, parpadea varias veces antes de lograr enfocarme. Sonríe. La luz destaca su espléndido rostro anguloso. Bajo las sábanas me atrae más hacia él.
—¿Puedo preguntarte algo? —inquiero.
—Depende.
—Cuando te conocí venías saliendo de una cura y dos semanas después estabas jalando. ¿Por qué?
—¿De qué hablas?
—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?
Apoyo mi cabeza en su hombro. Leo asiente.
—En esa fiesta tomabas Coca-Cola, partiste temprano a tu casa, estabas decidido a curarte. Cuando fuimos al cerro llevabas coca. ¿Qué pasó entretanto?
—¿Por qué quieres saber eso ahora? —Sus músculos se tensan—. Sucedió hace tanto tiempo, Alma. No era la primera vez que me caía, ni la última.
—Cuéntame, por favor. —Leo se acomoda y yo me adapto a su nueva posición.
—Mis recuerdos de esa época son tan confusos. Fue un milagro que me pillaras limpio en esa fiesta.
—En el cerro me dijiste que estabas con otra mujer y que por eso no querías involucrarte conmigo —comento y me llevo su mano a mi mejilla.
—Es increíble cómo recuerdas los detalles. Una mujer... Debió tratarse de una profesora de yoga o de meditación, con quien estuve un tiempo. Sí, era ella. Tenía un pelo increíble, así como el tuyo, y un cascabeleo de pulseras cuando se movía.
—Era bonita, entonces.
—Tú eres infinitamente mejor.
—No estoy buscando halagos.
—Te lo digo por si acaso. Tenía varios años más que yo. Creo que la invité a salir el mismo día que la conocí. Era un desvergonzado.
—Lo sigues siendo —asevero.
La luna destella entre los perfiles oscuros de los edificios del fondo. El cielo vibra y un polvillo blanco se desliza por las copas de los árboles.
—¿Ella sabía que venías saliendo de una cura?
—¿Por qué te interesa tanto todo esto?
—Curiosidad.
—No tenía idea, yo nunca se lo mencioné. Creo que fue con ella que empecé otra vez a tomar y a fumar porros. No duró mucho. Un día me echó de su casa y no la vi más.
—Esa mujer era mi madre.
—¡¿Qué?! —Leo se reincorpora y me mira a los ojos. Mientras hablo con la tranquilidad de quien cuenta un sueño remoto, observo la luna, insomne, flotar ante nuestra ventana.
—Yo te vi esa mañana, dormías, estabas desnudo. Me quedé mirándolos un buen rato. A mi madre y a ti.
—No puedo creerlo... —Me oprime con fuerza entre sus brazos—. No puedo creerlo.
—Su piel y la tuya tenían el mismo color oliva, tan sólo que la tuya era más recia, más joven.
—Esa mujer era tu madre —comenta para sí.
—¿Te importó que te echara de su casa, te dolió que te borrara de su vida así como así?
Sé cuán morbosa resulta mi pregunta, y por eso la formulo. Porque todo esto es morboso pero imprescindible. Leo calla un instante y luego dice:
—Lo siento, Alma, de veras.
—Pero si tú no tenías idea. De hecho, ella tampoco sabía que nos conocíamos. Hasta el día de hoy no lo sabe.
—Alma... de todas formas es terrible y yo quiero que tú me perdones. —Me abraza, ahora con más intensidad.
—¿De qué?
—Por no haberte visto, por ser entonces un pendejo borracho y drogadicto y no haberte visto.
—¿Por haberte tirado a mi madre?
—Por haberme tirado a tu madre —repite con seriedad, y yo me largo a reír.
—¿De qué te ríes?
—Logré que hablaras en serio, logré sacarte tu máscara de sarcasmo, logré que me sintieras.
—Pero si yo te siento todo el tiempo...
—Nunca tanto como ahora —declaro.
—Nunca tanto como ahora —reconoce.