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Blue se colocaba la corbatina mirándose al espejo y James le susurró por detrás abrazándolo.
—¿Aún enojado?
—No. Ya se me pasó.
James lo besó en la mejilla y luego lo giró para ser él quien la acomodara.
—Lo siento, seré más cuidadoso —sus dedos recorrieron la marca aún visible.
—No te creo.

—No. Me conoces demasiado bien. Pero… —lo miró a los ojos— intentaré no volverte a poner en esa situación. ¿Me perdonarás?

Blue afirmó y le sonrió.
—¿Estás contento con que el casino vuelva a funcionar?
—Mucho. Hoy armaré una mesa de juego. ¿Estarás cerca?
—¿Quieres que lo esté?
—Sí, sería la primera vez que siento que alguien está ahí solo para mí.
—Ahí estaré.
—Te amo solcito.
—Más te vale. Ahora que sé defenderme…

Blue hizo un amague de un cross a la mandíbula y James lanzó una fuerte carcajada y lo besó. Pensó que sería un beso rápido y lo soltaría. Pero no fue así, Fue largo, intenso, profundo. Cuando lo soltó James le sonrió.

—Cuídate amor —le dijo y giró para salir de su dormitorio.

El salón estaba absolutamente colmado. Cada cuarto y sitio libre había sido ocupado. La música seguía sonando en la terraza pero el número de músicos se había convertido en un cuarteto de cuerdas y un piano.

Todo parecía en orden. James ingresó a la sala de juego y con un simple cabeceo saludó al encargado quien disimuladamente le indicó que todo estaba bien. A medida que avanzaba hacia la mesa que siempre ocupaba iba saludando a los clientes nuevos y viejos. Le llevó casi media hora recorrer unos cincuenta metros y se sentó. Uno de los mozos le acercó su bebida preferida: limonada con un toque de vodka. Cuando levantó la cabeza vio ingresar a quien menos esperaba. No había visto su nombre en la lista. ¿Cómo habría subido? El hombre alto, rubio y con una cuidada barba y bigote oscuro se detuvo a preguntar al mozo. Al parecer lo estaba buscando porque ambos miraron hacia él.

—¡Demonios! —farfulló. No le hacía mucha gracia ver a Scott Green. No tenía los mejores recuerdos de su breve relación.
—James Colt, quién diría que volvería a verte.
—Scott.
—¿Sólo Scott? No me digas que aún sigues enojado.
—¿Por qué debería estar enojado? ¿Porque me traicionaste en Wichita?

Scott Green se sentó frente a él y sonrió. Una dentadura pareja y perfecta. Todo en Scott Green era perfecto, excepto su carácter. Tenía un gran defecto: no era muy afecto a la palabra lealtad. Para todo el mundo Scott Green podría ser un hombre hermoso, educado, distinguido, un caballero en la total extensión de la palabra, pero él lo conocía bien, íntimamente y sabía que no era nade de eso. Podía ver que los años habían dejado su marca en él, le llevaba doce años y se notaban. Las ojeras bajo sus ojos, fruto de noches bebiendo y jugando, las hebras plateadas que se confundían con el dorado de su cabellera y antes no estaban ahí, su boca algo relajada hacia un costado, alguna vez pensó que era un rictus adorable, ahora sabía que solo manifestaba su debilidad de carácter.

Se habían conocido diez años atrás, fue su primer amante y el último. Le había enseñado todo lo que sabía sobre juegos de cartas y cuando comprendió que el alumno había superado al maestro, simplemente le tendió una trampa y se llevó todo su dinero. —¿Qué haces en el Mississippi? —preguntó James haciéndose hacia atrás en la silla. Durante algún tiempo había imaginado que encontrarse frente a frente con Scott Green sería muy malo. Ahora estaba frente a él y no sentía absolutamente nada. Ni ira, ni enojo, ni emoción… nada. La más absoluta indiferencia.

—Ya sabes, lo mismo de siempre. Me enteré que el Amo es tuyo.
—Así es. Ya sabes, un golpe de suerte.
—Sí eso dicen.
—No vi tu nombre en la lista de espera.
—Bueno, he dejado atrás el nombre de Scott Green. Ahora soy Scott Anderson.
James simplemente afirmó. Así que de esa manera había logrado entrar.
—Y estás en mi mesa de juego.
—Sí. ¿No te emociona?
—No. ¿Debería?
Scott lanzó una fuerte carcajada.
—No has cambiado nada James Colt.
—¿Eso crees?
—Bueno lo averiguaremos. Saludo a unos amigos, y estaré puntual para el inicio del juego.
James levantó su vaso en señal de brindis y lo vio dirigirse hacia una mesa del otro lado del salón.

Una hora después los cinco jugadores iniciaban la partida. Las reglas del juego son muy claras y más si eres un viejo jugador de póquer. Estaba comenzando cuando Blue entró casi a las corridas. James sonrió a verlo y le hizo una casi imperceptible seña con la cabeza. Blue afirmó y se sentó en una silla muy cerca de la barra. El barman le ofreció un jugo de naranjas y bananas, su preferido.

La señal fue claramente percibida por Scott. Miró al muchachito. Joven, muy lindo, seguro de sí. Encantador.
Todo un bocadito delicioso.
Y si tenía algo que ver con James ese bocadito era más que delicioso.

Los cinco jugadores eran verdaderos profesionales. Con dos de ellos James ya se había cruzado, Scott le había enseñado todo lo que sabía y los otros dos eran nuevos en su mesa pero conocidos en el medio.

El pozo ya se había formado, cada uno de los jugadores sabía que la primera apuesta, la inicial era obligatoria y a ciegas. Se hicieron como correspondía antes del reparto inicial de cartas. Scott era el primer jugador por estar sentado a izquierda del crupier. Su apuesta fue fuerte, lo que indicó a los presentes que la mesa manejaría sumas muy grandes. Cada uno de ellos fue conformando el pozo, James y los otros tres jugadores igualaron la apuesta.

Las cartas estaban servidas.