***

No. Sí, tenía muchas, pero no correspondía que las hiciera. El hombre no dejaba de sorprenderlo. Desde que se enteró que Bogart había perdido el Amo todo había salido completamente diferente a lo que había ido esperando. Creyó que venderían el barco, sin embargo el nuevo amo decidió quedarse con él y encima reformarlo; pensó que se desligaría de todos los empleados y los había confirmado en el cargo, pensó que se reiría de sus listas y había aceptado la que había escrito pensando en ella como un sueño inalcanzable. Habían comido por primera vez en años, riendo felices por el cambio y todos tenían algo nuevo que ponerse. Nunca en su corta vida había conocido a alguien como él. Alto, elegante, culto, se notaba que era un caballero. James Colt tenía los ojos de un raro color verde, un verde mezclado con amarillo que daban un extraño marco a una cara de rasgos afilados, con una marcada cicatriz en su mejilla que las largas patillas castañas intentaban ocultar; usaba el pelo bastante largo para la moda de la época, casi sobrepasaba sus amplísimos hombros. No vestía a la última moda, pero lucía buenas botas de cuero, ajustados pantalones de cuero y camisas de seda blanca. El chaleco y la chaqueta manifestaban su gusto por el gris perla. Y esa manía por dibujar… ahora tenía sentido. El hombre no solo era un jugador, era un artista. El nuevo amo del Mississippi era un hombre diferente a todos los que había conocido alguna vez.

Había organizado las compras alquilando dos carretas para que trasladaran las cosas hasta el Amo. La emoción de poder elegir y comprar había subido su adrenalina. De pronto se quedó mirando la pequeña estatua que estaba ubicada en una repisa, eran dos manos entrelazadas en tono blanco mármol. Se quedó congelado mirándolas. Nunca había visto nada más hermoso. No solo la delicadeza de lo que se veía sino la belleza de lo que transmitía.

Había nacido esclavo, su madre había fallecido apenas meses después de parirlo. Su padre había sido el dueño de la plantación, le habían dicho, pero jamás lo había visto, ni lo vería. Apenas su madre murió lo entregó a otra esclava para que lo criara. Omara tenía cuatro hijos más y mucho no podía ocuparse de un callado niño que parecía ser demasiado blanco para estar entre negros, y era demasiado negro para quedarse con blancos. Ni de un lado ni de otro. Hasta que fue vendido a los ocho años a Alfred Bogart. Cuando llegó al Amo, Rosie y Jonas se ocuparon de él, se convirtieron en los padres que nunca tuvo. Lo amaron y lo cuidaron de la ira de Bogart en sus malas rachas de juego. Esas manos entrelazadas reflejaban exactamente lo que entendía se llamaba amor. Había visto más de una vez a Jonas y Rosie con sus dedos enlazados. Sonrió embelesado ante la imagen, la acarició y la dejó donde estaba.