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Ocupado con la despedida de los invitados Blue se había olvidado por completo de los hombres que lo habían atacado, salía de la cocina y pudo observar a algunos miembros de la policía de Minneapolis con sus característicos uniformes caquis llevarse a los dos atacantes. Caminó hacia la rampla y se paró detrás de James.

—¿Hablaste con ellos?
James giró y lo miró y le sonrió.
—Sí, lo hice.
—¿Te dijeron algo?

—Claro que no. Todo ha sido un lamentable error. Pensaron en darte un susto nada más. No estaba en sus planes tirarte al río, ni nada por el estilo.

Mientras le contestaba James había comenzado a caminar hacia su oficina. Blue lo seguía.
—Pero no esperaba otra cosa. ¿Se fueron todos los invitados?
—Sí, ya no queda nadie.
James se detuvo abruptamente giró y lo enfrentó. Lo besó de improviso. Un leve toque de labios y una sonrisa.
—¡Por fin retornamos a la normalidad!
Volvió a girar e ingresó a su oficina. Pasó directo a su escritorio se sentó y tomó unos papeles que estaban sobre él.
—¿Necesitas algo?
Blue ingresó detrás de él y se sentó enfrente.
—¿Hablaste con tu… con ese hombre?
—No. No hizo falta.
—¿Tenías que sentarme en la mesa del vicepresidente y… y…
—¿Y…?
—Tratarme… así.
—¿Te gustó?
—¡Jim!
—¿Qué? Creo que a Tadeus le quedó muy claro que me importa nada su opinión. Te amo.
—Lo sé y me preocupa mucho.
—¿Qué cosa Blue?
—Qué pierdas lo que tienes por mi culpa. No puedes exponerte así. No por mí.
—¿No por ti? ¿Y si no lo hago por el hombre que amo, por quién debería hacerlo?
—No te enojes. Me preocupa.
—No. No debes preocuparte. Hay cosas de las voy a ocuparme yo. Solo. Ahora dime que te ofreció Tadeus.
—¿Cómo sabes qué me ofreció algo? Sí, lo hizo.
—Phil me dijo que te llamó a su camarote.
—¿Phil? Supongo que debo darle las gracias por salvar mi vida.

James sonrió. Más le valía, Phil cobraba un sobre sueldo tan solo por cuidar a Blue cuando él no lo tenía bajo su vista. Si algo le pasaba la primera cabeza que rodaría sería la suya.
—No cambies de tema, ¿qué te dijo?

—Me ofreció un cheque si te dejaba.
—¿De cuánto?
—125.000 dólares.
—¿Y le dijiste que no?
—¡Jim!

—¡Ven aquí! —ordenó y movió su sillón hacia atrás. Blue se levantó y avanzó y James lo colocó en su regazo para besarlo— Serías un hombre…

—Rico. Lo sé todo el mundo me lo dice últimamente.

Blue rodeó su cuello y lo volvió a besar. Esta vez el beso no fue suave ni dulce, fue hambriento, demandante. De pronto toda la angustia de los últimos días se convirtió en un fuego que ardió en sus pieles. Blue comenzó a quitarle la chaqueta, mientras James intentó lo mismo y de pronto la frustración de ambos los hizo lanzar una carcajada.

—¡Desnúdate! —ordenó James mientras intentaba quitarlo de su regazo para hacer lo mismo.
—No —Blue lo volvió a empujar hacia el fondo del sillón y se deslizó hacia el suelo ubicándose entre sus piernas.
James sonrió. Abrió más sus piernas y la dio todo el espacio que necesitaba.
Blue lamió sus labios en un acto de flagrante demostración de deseo segundos antes de ocuparse de lo que realmente deseaba.

13

Todos juegan en su turno
Las reglas del juego

James estaba sentado en su escritorio. Desde donde estaba podía ver perfectamente a Blue sobre su cama. Dormía plácidamente. Afuera la luna iluminaba el río dándole un tono plateado brillando entre la oscuridad que otorgaba la exuberante vegetación de sus riberas. Estaban ya de regreso hacia Winona. Sería el primer puerto donde subirían clientes del casino después de la semana que permaneció cerrado. Tenía en sus manos la lista de espera. Según los pedidos llegados por telégrafo superaba ampliamente la cantidad de vacantes. Blue había tenido razón, el evento del aniversario del vicepresidente había corrido de boca en boca. El Amo se había puesto de moda. Se había dado el gusto de elegir a los clientes. Conocía a muchos de ellos de sus tiempos de recorridas de casino. Quizás todos pensaban que había obtenido su dinero en mesas de juego, incluido su padre pero la realidad es que era un buen jugador pero en mesas muy diferentes: la bolsa y los bienes raíces. El día en que le dijo a Blue que jamás sería pobre no había exagerado ni un ápice. Hacía mucho tiempo que había tenido que contratar a un estudio de abogados de Nueva York para que llevaran sus negocios. Tenía olfato, sentido de la oportunidad y una condenada suerte.

Blue se movió en la cama y se dio vuelta. Sonrió cuando vio que movía su mano buscándolo. Sí que tenía suerte. Jamás pensó que encontraría a alguien a quien amar y con quién compartir su vida. Blue se había ido metiendo en su sangre, en su cabeza y en su corazón lentamente. Desde el instante en que lo vio, algo hizo sonar su corazón. Jamás imaginó que alguien con un temperamento tan meticuloso y calculador, frío, pudiera enamorarse a primera vista. Y así había sido. Blue se robó su corazón con esos inmensos ojos azules y una espalda hecha jirones. Si de él hubiera dependido, esa noche de la cena habría golpeado a su padre hasta desfigurarlo por poner en riesgo su vida. Pero Blue tenía razón. Había logrado mucho silenciando el escándalo. La lista de pedidos desde Winona a New Orleans superaba la capacidad del barco que había sido reservada casi por los próximos seis meses. Pero no iba a dejar las cosas así. Tadeus no solo pagaría haber amenazado a lo que más quería en este mundo, lo haría también por el daño que había causado con una actitud intolerante a su propia familia.

Completó la carta que enviaba a sus abogados, y la tiró sobre la correspondencia que se enviaría en cuanto arribaran a puerto, se acercó a la cama a despertar a Blue.

En la última semana las pesadillas habían desaparecido. Había temido que el incidente con los dos hombres las pudieran regresar pero no había sido así.

—¡Arriba bello durmiente! La campana de Rosie sonó hace rato.

Blue saltó como un elástico. Sin decir una sola palabra comenzó a vestirse como poseso. James sonrió y salió del cuarto. Con Rosie no se jugaba o llegabas a tiempo o no comías.

Estaban todos sentados desayunando cuando Blue ingresó casi corriendo y atropellando a Cora en el camino.
—¡Hey, chico, un poco más de calma! —le gritó y apenas lo dijo se cruzó con la mirada risueña de James y cerró su boca.
Blue se sentó y a su lado Dermont tuvo que correrse un poco.

—¿Qué le pasó a tu cuello? —preguntó sorprendido atrayendo la atención de todos hacia Blue. El dedo acusador de Dermont había apuntado la mirada de todos a su cuello donde una mordida era claramente visible. Como si hubieran ensayado todos comprendieron al mismo momento lo que esa mordida significaba y quién era el responsable de la misma. De pronto todos dirigieron su mirada hacia James quien siguió desayunando como si no nada extraño ocurriera solo levantó sus ojos hacia Blue y este estaba profundamente colorado. Amagó un brindis con su taza de café y dijo:

—¿Cora, me das más pan?

Como un solo cuerpo todos giraron hacia sus propias tazas, de pronto las toses, carraspeos y movimientos frenéticos parecieron contagiarse. Blue subió su camisa intentando lo imposible: tapar la marca. Miró a James y movió su cabeza negativamente.

James arqueó sus cejas como preguntando… ¿qué?
Y recibió dos rayos azules.

James sonrió y siguió desayunando sin problemas. El que iba terminando levantaba su taza y eso hizo Blue, había sido el último en sentarse y el primero en terminar, casi al mismo tiempo James también lo hizo y se encaminó detrás de él. Blue giró y le dijo:

—¡No te me acerques!
—¿Qué?
Blue salió enojado del salón.
Rosie había presenciado todo y miró enojado a James.
—¿Qué? —le preguntó a Rosie.
Rosie lo ignoró y se dio media vuelta. James sonrió. Se sentía feliz. Acababa de comprobar que tenía una familia.