11

No había terminado la tormenta y ya había llegado un auto a buscarlos. Deanna se dejó guiar mansamente. Su cabeza no dejaba de hacerse preguntas. El auto los dejó en un lugar casi desolado, por la presencia de tres avionetas supo que era algún aeropuerto local. Lo siguió hasta un Cessna 310 de color blanco en cuyo lomo podía leerse Gallia y un extraño dibujo en blanco y negro que mostraba tres figuras animales: supo de inmediato qué representaban.

Deanna miró la rampa de subida de 5 escalones. Dereck no la ayudó a subirlos, él esperó a que ella tomara la iniciativa y eso hizo. La siguió desde atrás. La nave era pequeña y lujosa. Al lado de una de las butacas observó una valija de viaje de cuatro rueditas. No preguntó nada, no fue necesario Dereck le respondió como si leyera su mente.

—Hice que te prepararan algo de ropa. No conozco tus gustos pero si quieres que modifique algo, solo pídemelo.

Por la cabeza de Deanna pasó el cambio de una cortina en un abrigo. El mismo que aún lucía.

—El lugar hacia donde nos dirigimos está muy cerca de San Antonio.

—¿En Texas? —preguntó mirando la valija en tonos grises.

—Sí. Puedes cambiarte si quieres… atrás, pero después de que despeguemos.

Pasos de una rápida subida llamaron su atención.

—Su ruta de viaje señor Lenoir —dijo un hombre joven entregándole hojas apoyadas una sobre otra.

—Gracias.

—Señora... —saludó amablemente el hombre y bajó de la nave.

—Toma asiento —pidió Dereck y le señaló los sillones que formaban como una especie de oficina. Una mesa y cómodas butacas de viaje a su alrededor.

Deanna tomó asiento y Dereck se acercó decididamente hacia ella. Instintivamente ella se hizo hacia atrás.

Dereck se dio cuenta y solo agregó:

—Solo voy a ajustar el cinturón.

Deanna se obligó a calmarse. Ese hombre se acercaba demasiado.

Cuando Dereck concluyó la tarea de manera impersonal y fría. Acomodó la maleta de viaje. Y se encaminó hacia la parte delantera de la pequeña nave, el pequeño Cessna tenía elegantes butacas de cuero y todo el aspecto de ser una oficina en el aire. Desde donde estaba Deanna lo vio sentarse para comandar el avión y colocarse los auriculares para dialogar con la operadora de la aerostación. Ese hombre jamás dejaba de sorprenderla.

Hicieron el viaje en silencio. Dereck al mando de los controles y ella sentada detrás.

—Ya puedes cambiarte —le dijo sin siquiera mirarla.

Ella soltó el cinturón de seguridad y tomó la maleta. Miró hacia atrás y vio una puerta. Era una especie de dormitorio. Pequeño. Pero cómodo. Colocó la maleta sobre la cama y la abrió. Pantalones vaqueros, camisas de la misma tela, medias gruesas y zapatillas reforzadas. Dereck había elegido para ella lo que él usaría. Eso puso un esbozo de sonrisa en su rostro. Pero se borró de inmediato cuando encontró envuelto en papel de seda ropa interior que la puso roja. Una serie de cinco juegos combinados en tonos pasteles de encaje tan seductores como pequeños. Jamás se había comprado algo así. Era poco afecta a darle importancia a la ropa interior, su fascinación iba de la mano de camisolas de estilo hippie que ya ni se usaban pero que amaba. Bragas pequeñas y cavadas, sostenes de encaje que no dejarían nada a la imaginación. Buscó la etiqueta y más calor a su rostro le dio el comprobar que eran de su medida. Sus pechos no eran pequeños, pero tampoco demasiado grandes y había dado con la medida exacta.

¿Cómo?

Ni siquiera se lo preguntaría. Jamás lo sabría. Cuando terminó de vestirse, pasó las manos por su pecho y las bajó hacia sus caderas, se sintió otra persona. Nunca usaba ropa en ese estilo. Lamentó no tener un espejo. La ropa se ajustaba a su cuerpo dándole una sensación de seguridad que nunca hubiera imaginado. Metió dentro de la maleta su nuevo abrigo. Antes de cerrarla lo volvió a sacar. Lo tomó en sus manos y lo pasó por su mejilla.

Solo… cambié la estructura, resonó en sus oídos. Lo había visto y aún dudaba que así hubiera sido; lo recordó sentándose en el asiento del piloto y movió su cabeza de un lado al otro.

—Señor Lenoir —susurró—, eres un hombre de múltiples talentos.

Metió el abrigo en la maleta y la cerró. Salió del cuarto y volvió a su asiento. Reclinó la butaca y se quedó dormida.

Ante el silencio de su pasajera puso el piloto automático y fue en su búsqueda. Ella dormía reclinada. No podía recordar haber visto alguna vez a una mujer más hermosa. Su piel dorada, estaba iluminada por pecas que parecían darle a su piel un tono nacarado, un rostro de dama renacentista y un cuerpo

¿Le habrá gustado su nueva ropa?

Sus uñas surgieron al mismo tiempo que sus caninos. Ni siquiera podía pensar en ella sin excitarse. Los días que vendrían serían muy… interesantes.

Buscó una manta y la arropó con extremo cuidado. Ella le temía, si lo viera ahora, sería capaz de pedir bajarse del avión en vuelo. Debió aceptar el ofrecimiento de Michael. Tal vez debería llamar a André o Gabriel, quizás uno de los dos podría ocuparse de ella.

No… no… no…

Regresó a la silla del piloto, se puso los auriculares y regresó a su conversación con Oliver.

—¿Dom?

—Sí capitán.

—Dereck, solo Dereck, te lo he dicho un millón de veces. Necesito hablar con Oliver pero… solo.

—Pondré los altavoces capitán. No hay nadie en casa más que nosotros.

Dereck esperó unos largos segundos.

—Listo capitán, el señor North lo está escuchando.

—Oliver, lo que voy a decirte no va a gustarte nada. Primero, tu esposa está bien, y a resguardo.

La voz mecánica se escuchó claramente.

—¿Qué pasó?

—Alguien puso bombas en tu casa.

—¿Bombas? ¿Hablas de explosivos?

—Hablo de explosivos. Por lo que escuché al menos cuatro.

—¿Hay daños?

—¿Daños? Tu casa ha sido volada. Espero que esté asegurada.

—¿Hubo heridos?

—Nadie. Las únicas personas que había en la casa éramos tu esposa y yo.

—¿Ella está bien?

—Asustada, pero bien.

—¿Puedo hablar con ella?

—Me temo que no. No está aquí.

—¿Dónde está?

—En un lugar seguro.

—….

—Dereck, ¿crees que alguien está escuchando esta llamada?

—No lo sé. Pero sí sé que quien puso los explosivos no iba por ti.

—¿Crees que los atentados han sido dirigidos a Deanna?

—Sí.

—Imposible. Ella solo me tiene a mí.

—Bueno, lo voy a averiguar. Necesito que permitas entrar a algunos expertos a tu casa, quiero saber qué han usado para volarla.

—Dominic se ocupará de inmediato. ¿Traerás a Deanna?

—No. La llevaré a mi casa. Ahí estará segura. Ella va a estar bien.

—Sé que estará bien contigo, no me preocupo. ¿Necesitas algo más?

—No, tendré la mejor ayuda del mundo. Volveré a llamarte mañana.

—Cuídate Dereck.

Había pedido Oliver y la comunicación se cortó. Ahí había tomado la decisión de llevarse a Deanna hasta Gallia. En ese lugar estaría segura mientras averiguaba quién quería matarla y por qué.

—¡Deanna! Deanna… —susurró.

Ella abrió los ojos para encontrar la oscura mirada de Dereck. Como una extensión de su sueño Deanna estiró su mano y acarició con el dorso de sus dedos su afilada mejilla. Como un acto reflejo, el rostro de Dereck cambio mostrando una barba espesa. Deanna no quitó su mano, la mantuvo ahí un segundo para dejarla correr hasta sus labios. Su dedo índice recorrió su contorno, un toque suave y perezoso… hasta que su lengua salió y lo atrapó para llevarlo dentro y chuparlo. La respuesta fue violenta, su estómago se cerró como si un rayo la hubiera tocado y atravesado hasta chocar con violencia contra su vagina, golpeando su centro, haciéndolo patente. Pudo sentir el chorro que desprendió ante el toque húmedo y descarado de su dedo siendo chupado por Dereck.

Las fosas nasales de Dereck se dilataron y Deanna supo con total certeza que él sabía lo que acababa de pasarle, quitó su mano y giró su cuerpo ocultando su rostro hacia el lado de la ventanilla del Cessna, profundamente avergonzada.

No fue la única que tuvo su epifanía. Dereck comprendió como si lo hubiera deletreado que ella lo deseaba con la misma fuerza con que él lo hacía.

Se puso de pie y le dijo:

—En unos diez minutos llegaremos.

Había puesto el piloto automático para despertarla. La quería con él cuando aterrizara. Quería mostrarle el paisaje. Tenía su casa casi metida en el Parque Nacional Brazoria, una reserva natural con la que contribuían y a la que cuidaban. Un refugio de animales salvajes: lobos, águilas, yacarés, víboras, garzas… el lugar perfecto para correr. Cuando ella lo acarició fue como hacer realidad su propio deseo. Porque de solo verla dormida se había quedado congelado, no. Congelado no. Ardía... ardía cuando ella lo miró… ardía cuando ella lo tocó… tuvo que sujetar con firmeza al lobo que afloró al instante. Enterró sus uñas en sus palmas… ardía en deseos de tocarla, de besar las doradas pecas de su nariz, de saborearla… y antes de siquiera pensar qué estaba haciendo ya había pasado la barrera invisible que los separaba haciéndola pedazos. Ella lo deseaba, su olor llenó sus pulmones. Ella lo deseaba y maldita sea la hora en que tomó la decisión de llevarla con él.

Esta sería la semana más larga de su vida.