6
El almuerzo fue tenso, y no entendía el por qué. Jules parecía comportarse de manera muy… extraña… no encontraba la palabra. Parecía que molesto era lo que más concordaba y eso se notaba en el tenso interrogatorio al que estaba sometiendo al señor Lenoir. Pero, ¿molesto por qué razón?
En cuanto Dereck se hizo presente en el comedor la tensión se instaló en un tira y afloje que no había mermado un ápice.
—¿Comerá con nosotros, señor Lenoir? —había preguntado con seriedad Jules apenas vio entrar a Dereck a la sala.
Su respuesta debió haberle advertido de lo que sería el almuerzo.
—Así parece —le había respondido con cortesía Dereck.
—Los guardias comen en la cocina.
—¡Jules! El señor Lenoir es un viejo amigo de Oliver.
—¿Sí?
—Nunca lo vi antes.
—Ha… hace mucho que no venía. Yo… Tomen asiento. —dijo Deanna.
Jules dio por sentado que su silla era la puesta en el frente y se dirigió directo hacia la ella. Deanna se sorprendió al verlo, pero no dijo nada. Había ocupado el lugar de Oliver y esa fue la primera sorpresa del almuerzo. Ella se dirigió hacia el mismo lugar que ocupaba para comer desde que había llegado a esa casa; a la izquierda de Oliver. Dereck se le acercó y retiró su silla para ella. Cuando se sentó la empujó hacia la mesa. Luego giró y ocupó el lugar frente a ella justo a la derecha de Jules. Deanna miró a la nueva ubicación de Jules, las veces, una o dos, que Jules y ella habían comido a solas, siempre se sentaban frente a frente. Levantó los ojos y se encontró la oscura mirada del hombre sobre ella.
La mueca de disgusto de Jules pasó desapercibido para ellos. No había pensado que terminarían ubicados frente a frente. Cuando los observó notó que Deanna no parecía sentirse cómoda con el hombre. No lo miraba directamente y estaba algo monosilábica. Eso lo hizo esbozar una sonrisa. Mucho mejor de lo pensado.
Estúpida.
Estaba realmente enojado. Había pensado que dentro de la casa no habría ningún guardia. Su contacto se lo había confirmado. North había enviado a todos los agentes de regreso a la capital. El hombre destilaba un aire que parecía gritar “hombre peligroso”
—Se siente rara la casa tan vacía —afirmó Jules.
Deanna solo sonrió.
—¿Solo tienes al señor Lenoir como guardaespalda?
Deanna volvió a afirmar con la cabeza.
—¿No cree —dijo mirando esta vez a Dereck y en un tono poco amistoso— que es demasiado el pensar que si en la casa habían diez agentes del servicio secreto protegiendo a Deanna, dejar un solo hombre no es…? ¿Cómo lo digo? ¿Estúpido?
Deanna abrió enorme sus ojos.
—¡Jules!
—Es cierto Deanna, piénsalo. ¿Qué puede hacer un solo hombre en esta enorme casa?
Deanna desvió la vista hacia sus manos entrelazadas sobre su regazo. Si Jules supiera… ¿Un solo hombre? Si supieras… un tigre, un lobo… no un hombre. El corazón de Deanna comenzó a palpitar con fuerza.
Dereck frente a ella podía oírlo latir. Ella se negaba a mirarlo. Y hacía bien. Bastante esfuerzo le costaba mantenerse en forma humana.
Estaba nerviosa. ¿Por él o el imbécil que no paraba de hablar?
Deanna levantó brevemente su vista hacia el hombre sentado frente a ella.
Dereck Lenoir había sido el último en sentarse a la mesa. No había contestado la pulla de Jules. Se había mantenido callado logrando que Jules se pusiera colorado. El embarazoso silencio fue cortado por la entrada de Perdita con el almuerzo.
Maldito imbécil, pensó Jules apretando sus dedos. Era evidente el desdén con el que lo trataba. Desde el momento en que lo vio junto a Deanna supo que entre ellos había algo más. La atmósfera que los rodeaba era muy intensa. Si hubiera sabido que estaba con alguien hubiera sido más discreto al entrar a la casa.
—Esto huele muy bueno, Perdita —agregó Jules saludando a la mujer. Luego dirigió su vista hacia Deanna y le preguntó—: Deanna, ¿Maggie sigue cocinando?
—Como siempre.
—La mejor cocinera del país, ¿verdad Perdita?
—Claro que sí, señorito Jules. La mejor de todas.
—¿Deanna, cuánto hace que Maggie trabaja en esta casa?
—Creo que más de treinta.
—Treinta y siete —aportó Perdita.
—No recuerdo alguna vez que haya comido algo que ella no hizo. ¿Recuerdas esas vacaciones que pasamos en Irlanda? Enfermamos todos.
Deanna solo afirmó. Cómo había hecho ahora, se había auto invitado con la excusa de que estaban muy cerca de Oxford. En ese momento le pareció lógico y muy acorde a Jules.
—Sí, terminé en el hospital ese año.
—¿Cuándo fue? —intervino por primera vez Dereck.
—Hace como cinco años… —respondió Jules.
—Cuatro —respondió Deanna.
—¿Qué pasó? —preguntó Dereck.
—Mi auto se quedó sin frenos.
—¿Sin frenos? Creí que había sido la comida.
—No. Jules exagera, la comida no era tan mala. Solo me quedé sin frenos mientras recorría la campiña.
—Recuerdo ese día. Si no hubiera sido por ese rebaño… —agregó Jules.
La mirada de Dereck obligó a Deanna a ampliar la información.
—Un rebaño se cruzó en mi camino, no pude evitar colisionar con ellos, pero eso salvó mi vida.
—¿Has tenido muchos de esos accid…? —preguntó Dereck.
—Deanna, ¿qué tal la escuela? ¿Sigues trabajando en ella? —interrumpió Jules.
—¿Qué? Sí, claro. Ahora está cerrada. Hay cuatro semanas de receso.
Dereck no volvió a preguntar nada, pero se prometió a sí mismo averiguarlo. La duda se instaló en él. ¿Y si era realmente a Deanna a quién querían y no a Oliver? Una bomba en su auto, la falta de frenos… ¿podría ser solo una simple coincidencia? Lo había sospechado antes y estaba confirmando la idea.
—No entiendo por qué trabajas.
—Me gusta la docencia Jules. Tú deberías entenderlo mejor que nadie.
—Creo que si tuviera tu dinero, querida Deanna, lo que menos haría sería trabajar.
—¿Dónde trabaja? —preguntó Dereck.
—Doy clases de Escritura creativa en Oxford. ¿La conoce?
—Sí.
—¿Estudió ahí?
—No —Dereck dejó de prestarle atención a Jules mientras Perdita colocaba una montaña de comida sobre su plato—. Gracias Perdita, veo que aún recuerdas cómo alimentarme.
Deanna vio la gigantesca porción de comida que Perdita había puesto en su plato. La mujer respondió con una gran sonrisa.
—Claro que sí, aún sigo preguntándome dónde mete tanta comida siendo tan delgado.
Deanna recordó al gigantesco gato negro. Ella sabía dónde iba toda esa comida. Tomó su copa y bebió casi toda el agua del mismo.
La tensión en el ambiente era realmente fuerte. Y Deanna no sabía por qué se sentía tan violenta. Si por el extraño hombre animal que la miraba como traspasándola o por la intrusa invasión de Jules. No era la primera vez que se presentaba sin invitación a su casa, pero siempre habían estado Oliver y Dominic y nunca había prestado demasiada atención a su persona. Dereck tenía razón, Jules la hacía sentir incómoda… sí, pero no tanto como el hombre silencioso que comenzó a comer una vez que Perdita les sirvió a todos. Jules solía mirarla de una manera… que le provocaba repulsa. La mirada de Dereck Lenoir la hacía sentir… viva.
De pronto la cena se convirtió en un monólogo de Jules y en pequeñas cabeceadas de Deanna. Dereck no se molestó en hablar ni una sola palabra más.
—Deanna —llamó Perdita.
—¿Sí?
—La llama el señor Oliver.
—¿Me disculpan?—preguntó a los hombres mientras se ponía de pie.
Jules y Dereck se pusieron de pie hasta que salió del comedor. Sin una palabra Dereck salió tras ella.
Jules miró a Perdita y dijo:
—Educado el hombre ¿no?
La empleada solo atinó a esbozar una sonrisa.
—¿Le traigo el postre?
—Esperaré a Deanna —respondió.
Dereck siguió a Deanna hasta su escritorio y esperó afuera. Ella no cerró la puerta por lo que pudo escuchar lo que decía.
—¡Hola Dom, cómo está todo?
—…
—Dile que todo está bien. Cayó Jules de visita pero se va mañana.
—…
—Dijo que bien valía la pena el cansancio del viaje. Para comprobar que Oliver estaba bien.
—…
—Sí. No se preocupen, estoy perfectamente bien… sí. Estoy bien y dile que no se preocupe el señor Lenoir está aquí.
—…
—Se lo diré. Qué todo salga bien… sí, gracias Dom.
Deanna mantuvo el tubo del teléfono en la mano. ¿Qué podría haberle dicho? Le había rogado que no lo llamara y Dereck Lenoir estaba ahí.
Giró deseando no volver a la mesa, Dereck también la ponía muy nerviosa. Pero de una manera muy diferente a como lo hacía Jules. Él… la confundía. Y no sabía si era por la certeza de saber que era un hombre completamente diferente a cualquier otro que hubiera conocido, un lobo… un tigre… o por lo que sentía al verlo. Ese hombre provocaba en ella sensaciones… angustiantes. Fuertes. Desconocidas. Avergonzantes. Jamás era tan consciente de su condición femenina como cuando la miraba. Las miradas de Jules le daban asco, con él… sus pechos dolían, se… humedecía. La hacía temblar y desear… desearlo. Nunca pensó que era una mujer con apetitos sexuales… descubrirlo había sido aplastante, siendo que nunca lo había hecho antes.
Cuando cruzó el umbral de la biblioteca él estaba esperándola. La sorpresa la congeló. Dereck que estaba afirmado en un mueble del pasillo que tenía arriba un carísimo jarrón chino, avanzó hacia ella y metió la mano en el bolsillo de su camisa vaquera. Sacó una cadena con un colgante y se lo pasó. Deanna sin saber entender qué le estaba dando, estiró la mano y lo recibió poniendo una gran pregunta en su cara al mirar el pequeño objeto. Lo miró interrogante y Dereck solo le ordenó:
—Póngaselo.
Deanna bajó la vista hasta el objeto: un pequeño silbato hecho en oro.
—¿Un silbato?
Dereck afirmó.
—Cualquier cosa que necesite y no estoy cerca, solo sóplelo. Seré el único que la escuche.
—¿El único?
—El sistema auditivo de los lobos, como los perros está mucho más desarrollado y podemos captar sonidos de una frecuencia superior a la percibida por las personas. Si está en peligro, o cree estarlo, debe hacerlo sonar. ¿Está claro?
Deanna afirmó. Tomó la cadena, también de oro y la puso por sobre su cabeza, su largo cabello estaba atado en una trenza, la levantó y el silbato anidó en el centro de sus pechos. Ambos llevaron la vista a ellos. Deanna lo notó y su traicionero cuerpo respondió sin siquiera pensarlo. Sus pezones se convirtieron en dos pequeños brotes muy visibles debajo de su elegante camisa de seda. Se sonrojó. Cuando levantó la vista hacia Dereck ver su rostro la hizo alejarse hacia atrás.
Dereck maldijo y giró dejándola sola. Las manos de Deanna se dirigieron hacia el silbato y lo apretó sobre sus doloridos pechos. Fue plenamente consciente del tamaño de sus pezones. Le dolían. Corrió sus manos e intentó aplastarlos. No pudo evitar un gemido mientras mordía sus labios.
¿Qué pasa contigo Dee?
Había marcado el número después de haberse duchado. Esa mañana cuando casi se había convertido delante de Deanna había huido de la casa ya como lobo y corrido por el espeso bosque hacia las no muy altas colinas hasta perder el aliento. Y caer agotado no había servido de nada. La intensidad del deseo por Deanna tampoco había menguado. Ya no podía controlar sus weres. Estaban tan a flor de piel que ni siquiera podía mantenerlos ocultos. El rostro de horror de Deanna al verlo lo había golpeado con más fuerza que una bala.
—Michael.
—Soy Dereck.
—Amigo, ¿tú? ¿Qué pasa?
—Quiero… hacerte… necesito saber…
—¿Qué?... Dime, ¿qué sucede?
—Es… Deanna…
—North.
—Sí, ella.
—Entiendo… ¿qué quieres saber? Creo haberte contado todo.
—Hoy casi cambié delante de ella… sin siquiera…
—…pensarlo.
—Sí, así es. Sin siquiera pensarlo.
—Te lo dije hace años Dereck, ella es tu compañera.
—Sabes perfectamente quien es ella.
—Sí, lo sé. La esposa del hombre que quedó parapléjico intentando protegerte.
—Necesito controlarlo.
—Lo sé. Pero no sé qué se pueda.
—Tiene que haber alguna forma.
—¿Quieres que le pida a Reno que te reemplace?
—No. Tampoco podría irme. Estoy empezando a pensar que no es Oliver el objetivo, sino ella.
—Entonces amigo, vas a pasarla muy mal. Ninguno de nosotros, Garreth… Blue… o Shaun, hemos tenido que vivir algo así. No puedo ni siquiera imaginar el alejarme de Joy. No puedo ayudarte.
—Debe haber algún modo, he vivido sin ella toda mi vida…
—Dereck, ninguno de nosotros puede ayudarte con esto. Ni siquiera sabemos cómo es posible que solo en algunos weremindful el Nehann se haga presente. El Nehann había desaparecido de nuestra especie hace más de dos generaciones, y no entendemos por qué en nosotros sí está.
—Lo sé.
—Cuando quieras hablar, llámame. Es lo único que puedo hacer por ti en estas circunstancias.
—Sí… no. Hay algo más que necesito. Jules North. Apareció diciendo que venía a visitar a Oliver pero sabía que no estaba. Hay algo en él… y maldita sea si no son celos.
—Ya tomé nota.
—Gracias.
—Dereck…
—Sí.
—Tendrás que tomar decisiones.
—No la que piensas.
—Lo sé. Si necesitas que te suplanten…
—Sí, te llamo.