Donde el pelaire vende la primera partida de paños de lino
EN EL MOLINO
P
ep, el carnicero, no había vuelto a ser el mismo desde que se le había negado toda opción a las mesas de despachar que la pavordía había hecho levantar en la plaza, sin la menor explicación ni justificación, fuera, como le decían los amigos, de su devoción por san Feliu y del beneficio que en mala hora se le ocurrió establecer en la parroquia. A pesar de su talante decidido y de su apariencia corpulenta, era un hombre sin malicia, confiado y creyente. Que los intereses terrenales del párroco y del pavorde, ambos hombres de Dios, y las cuestiones espirituales y las devociones anduvieran tan enredados unos con otros que no se los pudiera distinguir le escandalizaba, porque era piadoso de verdad.
—¿No nos han predicado siempre en los sermones que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al rey lo que es del rey? ¿Acaso la parroquia de la villa no es la iglesia de Sant Feliu? ¿Quién se ha creído que es el pavorde para castigarme por establecer un beneficio que nada tiene que ver ni con el mercado, ni con el oficio, ni con él? ¿Adónde vamos a ir a parar si ni los que se llaman y se consideran hombres de Dios distinguen entre los asuntos de Dios y los negocios de este mundo?
Aquello le amargó. Se pasaba el día renegando de los curas y contando a quien quisiera escucharlo que por las rencillas y los celos que había entre el pavorde y el párroco, que tenían dividida y enfrentada a la feligresía entre los partidarios de la iglesia de Sant Salvador y la de Sant Feliu, en lo alto de la sierra, él había perdido una buena oportunidad de trabajo.
—¡Dios debe de tirarse de las barbas viendo la mezquindad de sus representantes en este mundo podrido! —se quejaba a menudo.
Perdió el gusto por su trabajo y aquella alegría con la que despachaba a las mujeres. Decidió que ya era viejo, así que puso a Iu al frente del negocio y a Petronela a despachar en el mismo matadero.
—No necesitamos para nada tener uno de sus malditos puestos en la plaza, ¿verdad, almogávar? —rezongaba Pep si le volvía a la mente el agravio sufrido.
—¡Que les aprovechen sus mesas! —solía responderle Iu, tan fanfarrón como cuando era un jovenzuelo que iba a comerse el mundo.
Entonces Petronela se embobaba mirándolo y le parecía que el pecho se le rajaría en cualquier momento, de tan y tan orgullosa que estaba de aquel hombre suyo. Los ojos le hacían chiribitas en cuanto lo veía entrar por la puerta, porque, aunque no volvió a hablar de ser almogávar desde la colleja que le soltó su padre, sí que contaba las cosas, cualquier nimiedad que hiciera, como si fuera una gran hazaña, y cuando regresaba del matadero parecía que volviera de matar sarracenos, si aún quedaran sarracenos por los aledaños de la villa. Y Petronela embobada. Siempre pegada a su Iu. Lo adoraba. Era su héroe. Iu cumplía el pacto con el carnicero: Petronela era feliz.
Arraona, después de mucho tiempo de no serlo, también.
No hacía mucho que, por orden de las Cortes de Cervera, se había llevado a cabo en todo el territorio de Cataluña la fogueación, el recuento de fuegos que permitiría saber al rey cuántos hogares había en cada una de las villas en las que reinaba y hacerse una idea del número de súbditos que tenía. Un fuego por cada casa. Una familia por cada fuego. Entre la villa y el castillo de Arraona, ciento sesenta y dos fuegos. En todo el Vallés solo los sobrepasaban los de Tarrasa —cosa que picó a más de uno— y Sant Cugat, de donde aún se recordaba con espanto el asesinato del abad de Biure a manos del hereu Saltells, aquel crimen en el que, para vergüenza de la villa, había participado el notario Rosseta, desaparecido desde entonces, sin que nadie supiera por dónde andaba.
Durante aquellos días de la fogueación, la Coja había mirado a Arraona, un día que estaban solas en el molino, y le había soltado, socarrona:
—Veo que has hecho lo que te dije.
—¿A qué te refieres? —se sorprendió Arraona, que tendía la ropa.
—¡Que ya te has buscado quien te preñe! —Y ante la cara pasmada de la moza, se echó a reír con grandes carcajadas—. A mí tanto me da de quién sea, pero tú, niña, estás preñada.
—Ay, no sé de qué me hablas. —Arraona fingió no darse por enterada.
—No me seas necia, ahora tú, mujer. ¿No ves que yo me dedico a esto? Me basta con mirar a una mujer para saberlo. Los pechos, las caderas... —entonces le cogió la barbilla con la mano— y este resplandor en los ojos que te está poniendo tan y tan rebonita.
—No me gusta que hagas burla de esto. Si tienes razón y espero una criatura, es de mi hombre —replicó Arraona apartando la cara y haciéndose la ofendida.
—Pues claro que sí, mujer. Hablaba por hablar. —Pero aún añadió—: A mí, ya te lo he dicho, tanto me da. No es algo que me incumba y por mí nadie ha de saberlo ni lo sabrá. ¡La de secretos que me llevaré al otro mundo!
El pelaire se alegró más que su hijo cuando, a la hora de cenar, la Coja dijo:
—Hala, pelaire, ya puedes estar contento, que antes de que vuelvas a plantar el lino serás abuelo.
Entonces el pelaire había hecho traer a Ramón de los Papeles una jarra de vino de la bota de debajo de la escalera y habían bebido, para celebrarlo. Pero, después de dar un trago, había mirado a Arraona y se había quedado medio mustio.
—Lo contenta que se habría puesto Felipa...
Luego había chasqueado la lengua y había salido al fresco, como hacía a veces, cuando estaba preocupado o quería estar solo, a sentarse cerca de la esclusa del molino, donde solamente se oía el estrépito del agua.
Fue un niño. Con una constelación de lunares muy oscuros, bajo la paletillita derecha, calcada a la que tenía su padre, el hijo del molinero.
La Coja no dijo nada. Miró un momento a Arraona, mientras la criatura aún estaba saliendo, y esbozó una sonrisa comprensiva.
El domingo subieron a la parroquia a bautizar al niño. Le pusieron Rafel, como su abuelo, el pelaire, que fue el padrino. La madrina fue Elisendis.
—¡Déjame ser la madrina de tus hijos, Arraona! —le había pedido durante todo el embarazo.
El pelaire no se había opuesto cuando Arraona le había hablado de ello en el molino.
—Me parece bien. ¿Verdad, muchacho? —había dicho, dirigiéndose a su hijo, que nunca abría la boca ni parecía tener una opinión propia en nada, siempre a la sombra de su padre—. No porque nos sea menester, como si fuéramos unos muertos de hambre y necesitáramos la protección de algún señor, que un día u otro el mundo será de la gente que trabajamos y no de los que viven de rentas —había querido dejar claro—, pero la señora Mir es amiga de tu mujer desde que las dos eran unas mocosas y, si las cosas se nos torcieran, que no se nos torcerán, o si la desgracia nos cayera encima, que tampoco tiene por qué, es bueno saber que se ocupará de tu chico como si fuera suyo, que de eso se trata.
No, no eran unos muertos de hambre, pero el pelaire se había jugado todo cuanto tenía en aquel proyecto del lino y todo el mundo en la villa —y en el molino no digamos— sabía que, si aquello que los unos calificaban de disparate y los otros seguían con el corazón en un puño acababa siendo un fracaso, el desastre para la familia estaba servido y les costaría años recuperarse.
—Este año, Arraona, es nuestro año —dijo el pelaire cuando las flores del lino empezaron a marchitarse—. El pequeño va a traernos suerte a la fuerza, aunque la suerte debamos forjárnosla cada uno.
La cosecha estaba a punto. Rafel había echado sus cálculos y había aprendido —tras muchas pruebas y ensayando diferentes modos de tratar los tallos del lino— a cardarlo, a hilarlo y a tejer paños con él. Aquel año era el bueno, decía. Aquel año quería obtener una buena partida de paños. Trabajaría al por mayor. Quería dar la campanada para la feria de verano, si no podía ser en invierno, para el Retorn de la Fira, que quizás era demasiado pronto.
—Si todo va bien —decía el pelaire, que aquellos días ya no podía hablar de otra cosa que no fuera el lino, mientras miraba cada día cómo se iban formando las semillas—, tú, Coja, esta vez te quedarás sin una sola habita de estas para preparar tus potingues. En abril las plantaremos todas. Ya le he echado el ojo al campo de al lado.
Tan pronto como las semillas estuvieron en sazón, Rafel apalabró jornaleros para la cosecha. El lino no se segaba, había que arrancarlo. Los jornaleros tiraban de las plantas con las manos y sacudían la tierra de las raíces. Las mujeres, detrás de ellos, las ataban en gavillas que habría que dejar secar de pie, hasta que cayeran las semillas.
Trabajaban de sol a sol, con el calor del verano. Cantaban para marcar el ritmo, como cantaban las mujeres cuando se reunían para hilar la lana. Arraona les guisaba el almuerzo, como había hecho la abuela de las Vinas para los jornaleros, durante el tiempo de la vendimia; les llenaba los cántaros de agua fresca, y al atardecer contemplaba todo aquel ajetreo con el niño en brazos.
Al cabo de los días, cuando los jornaleros ya se habían marchado allá donde quisieran darles trabajo, cuando las gavillas se hubieron secado y hubieron recogido las semillas del suelo, metieron los tallos en remojo, atados como estaban, con unos cuantos pedruscos encima, para que no flotaran, sus buenos ocho días. Y luego de nuevo al sol.
Entonces el pelaire mandó llamar una vez más a una cuadrilla de hombres que, con un mazo de madera, machucaban los tallos, mientras las mujeres, a cubierto, iban separando la paja de la estopa.
Las veces anteriores, mientras tan solo realizaban pruebas y aprendían, todas aquellas tareas las habían hecho ellos, el pelaire y su hijo, con Ramón de los Papeles, que les echaba una mano, y Arraona y la Coja, porque había dicho el pelaire que de aquello se beneficiarían todos. Pero aquel año, que la cosecha era grande y la cosa iba ya en serio, el pelaire había solicitado otro crédito en los puestos del Mercadal en los que se compraban y vendían dineros.
Después, con el rastrillo, se cardaba el lino para separar las diferentes calidades. El que daría paños más ordinarios, la parte más basta de lo que quedaba de los tallos; la estopa y las fibras más finas, que se utilizarían para tejer los paños con los que podrían cortarse paños y camisas. Y ya solo era cuestión de hilar el lino cardado, como si fuera lana. En eso Arraona se daba más maña que nadie y colaboraba, trabajando como había hecho siempre, desde que era pequeña, bajo la atenta vigilancia del pelaire, que había convencido a un puñado de mujeres para que le hilaran lino en lugar de lana y le liaran madejas que pudiera entregar a los tejedores.
El hermano del carnicero, que era uno de los mejores tejedores de la villa, se contaba entre los pocos que se habían ido entusiasmando con aquella osada ocurrencia del pelaire y, desde el principio, mientras el pelaire sacaba muestras y realizaba pruebas, había tejido para él aquel hilo nuevo, diferente de la lana. Las telas de lino eran fuertes, lisas y frescas, y se secaban al sol con mayor rapidez que los paños de lana. Así que, cuando el pelaire le contó que aquel año la cosa ya iba de veras, quiso asociarse con él, sí o sí.
—Ya te buscaré los mejores tejedores y los pagaré de mi bolsa —le había dicho. Y el pelaire se había mostrado de acuerdo.
El tejedor y el pelaire habían acudido al notario Rosseta para que pusiera por escrito los tratos que habían pactado en el hostal y diera fe también de los créditos que tanto el uno como el otro habían solicitado.
Y justo es decir que transcurrido un año, cuando para la feria de verano el pelaire vendió todas las partidas de paños tejidos con lino, desde los más toscos hasta los más finos, de ser el hazmerreír del sector pasó a ser, durante un tiempo, porque estas cosas nunca duran, el más admirado y envidiado. Y también el más temido, sobre todo por aquellos que más se habían burlado de él.