Donde se habla del privilegio del vino
EN EL HOSTAL
E
n el hostal había luz. Felipa, la hija del hostelero, se había puesto de parto a medianoche. Ya desde la tarde se lo veía venir, con aquellos aguijonazos en la riñonada, pero aun así no había dejado de servir mesas. Si tenía que fiarse de su padre o de Genís, su hermano, estaba bien apañada. La escudella se le pegaría y los clientes no cenarían. Sí que había mandado al chico de las mulas a la viña que cultivaban sus suegros, allá de la muralla, para hacérselo saber a su hombre. No es que él hubiera salido corriendo —tampoco hacía ninguna falta—, pero al volver a casa al anochecer, como solía, lo acompañaban sus padres, el abuelo y la abuela de las Viñas, como los llamaba Iscle, el hijo mayor de Felipa.
La abuela de las Viñas la había obligado a quitarse el delantal y se la había llevado al dormitorio.
—Hombre, Salvador —le había soltado al hostelero, mientras le cogía a Felipa el cucharón de la mano—, ¿es que no te das cuenta de que la chica está de parto? Levanta el culo de la silla y no pierdas más el tiempo. Y manda avisar a la Coja —añadió por encima del hombro antes de abandonar la sala del hostal para acompañar adentro a Felipa, que se había detenido en el marco de la puerta, mordiéndose el labio inferior y respirando hondo.
—Demonio de mujer —había refunfuñado el hostelero, mientras el abuelo de las Viñas y todo el hostal se sonreían, porque ya venía de lejos aquella tendencia que tenía el hostelero a zafarse de sus quehaceres, pero se levantó de un salto y se puso a hacer todo lo que su consuegra María le había mandado—. No sé cómo puedes vivir con esta mujer, Roc.
El abuelo de las Viñas se había encogido de hombros, con una mueca satisfecha.
—No la cambiaría por ninguna otra —se había limitado a decir, y había iniciado otra conversación—. Te he traído un vino para que lo cates. Uno joven. ¡Ojo, de balde! ¿Eh, Salvador? Para dar un trago cuando nazca la criatura, y si te gusta, ya hablaremos.
Entre Genís y el hostelero —más Genís que Salvador— acabaron de servir las cenas. Entraron aún un par o tres más de arrieros que querían tomar un bocado y mojarlo con una jarra de vino.
—¿Dónde está la moza? —preguntaban todos—. Y Felipa, ¿está mala?
Y cuando se enteraban de que la joven estaba de parto, todos bebían un trago para que tuviera una hora corta.
Felipa era el alma del hostal. Desde bien chica, después de que su madre muriera, se deslomaba trabajando. Si sería pequeña que tenía que encaramarse a un cajón de madera para llegar al mostrador. A medida que se había ido haciendo mayor, había cogido las riendas del negocio, como si fuera suyo o hubiera de serlo algún día, a pesar de que nunca lo sería, que eso ella bien lo sabía.
El hostal estaba cerca del Portal de Caldes, a un tiro de piedra de la muralla. No era, desde luego, el único hostal de la villa. Con la de gente que iba de acá para allá, sobre todo cuando había mercado o para las ferias de ganado, la hostelería daba para que viviera de ella más de una familia. De hecho, había quien decía que el nombre de la villa se debía a un hostal que había habido en aquel lugar antes de que hubiera ni casas ni nada, aunque entonces tampoco se entendía qué sentido tenía abrir una hostería allí en medio. Decían que era de uno que había venido de la población de Collsabadell. Vete a saber. No, el hostal que regentaba la familia de Salvador no era en modo alguno tan antiguo como aquel, que de tanto que lo era ya nadie sabía dónde se encontraba exactamente, pero sí era uno de los que hacía más tiempo que existía y estaba bien situado.
Felipa sabía guisar y tratar con la gente. Era limpia y la sala de dormir no apestaba. Parecía arisca y mandona, pero cuando se la conocía saltaba a la vista que, si fuera de otra manera, entre Genís y Salvador quizás habrían hundido el negocio. A Salvador le gustaba estar de palique y, por una jarra que servía, dejaba de servir dos; no llegaba a sentarse con la parroquia, pero se entretenía con unos y con otros mientras Felipa se desgañitaba regañándolo para que espabilara. Genís, al que a veces llamaban el Gemelo, porque había salido del vientre de su madre agarrado a los talones de Felipa —dos criaturas de una sola tanda—, era lo más opuesto a su padre y a su hermana. No tenía demasiado arrojo. Sí que era trabajador, pero alguien tenía que irle diciendo lo que tenía que hacer. Iba a remolque de Felipa, trabajaba mucho, que eso ya le gustaba, y apenas hablaba.
Entre los tres sacaban adelante el negocio.
Era un hecho que los hombres, cansados de los caminos, disfrutaban de lo lindo charlando con Salvador, y él no tenía la menor duda de que si el hostal marchaba era porque en eso de dar conversación se daba tan buena maña. Genís puede que creyera —aunque de lo que pensaba Genís nunca nadie sabía nada— que si no fuera por él, que era tan esforzado, no podrían dar abasto. Y Felipa estaba convencida, porque lo había dicho más de una vez y de dos, que menos mal que estaba ella, que sabía bien de qué pie cojeaba cada uno, y les andaba detrás todo el día. Así pues, los tres contentos de cómo dependía todo de cada uno de ellos.
Los hombres habían ido tirando para casa o a echarse en la sala dormitorio. Genís había enjuagado los vasos y las jarras, y había dejado la olla grande con un culo de agua, para que se ablandara la costra de guiso del fondo. Ya se entretendría a la mañana siguiente con el estropajo. Salvador, después de haber pasado un trapo por las mesas, se había sentado con su consuegro, delante de una jarra llena de aquel vino nuevo que había traído el abuelo Roc. Dio un trago y chasqueó la lengua contra los dientes de un lado mientras meneaba la cabeza en un gesto de aprobación.
—Sí que es bueno, este vino. Hasta se podría aguar...
—Qué rata llegas a ser, Salvador —le soltó Roc, el abuelo de las Viñas, en un tono que no dejaba entrever si lo decía en broma o molesto de verdad—. ¿A la buena gente de tu parroquia quieres engañar?
—Lo digo con la mejor intención, para que no se me marchen borrachos del hostal o me armen un alboroto y hayan de acudir los hombres del banter.
—Sí, sí, con la mejor intención —replicó el abuelo de las Viñas—. Y la cebada que vendes a los arrieros, ¿también se la cortas con grano de poco precio? ¿O les llenas el fondo del saco de arena?
—¡No, hombre, no! —protestó, escandalizado, el hostelero—. No fastidies, Roc, ¡que soy un hombre honrado!
—Sí, y el almotazaf pasa a menudo... —añadió el abuelo de las Viñas.
Corría el siglo XIV para aquellos pueblos que contaban el tiempo a partir del nacimiento del niño Jesús en Belén. La villa pertenecía entonces al alodio de los Tres Señores: a Roger Bernat, conde de Foix y vizconde de Castellbó, casado con Margarida de Monteada, que era el señor principal, y a sus dos feudatarios. Aunque no toda, porque muchas de las tierras donde se había ido erigiendo la ciudad, en torno al Mercadal, eran de la pavordía. Los señores del alodio nombraban bailes que los representaban, y también tenían uno los señores del castillo de Arraona; pero, de hecho, quien regía la villa era el baile del señor principal. El pavorde, que administraba los bienes de las tierras y de las propiedades que entonces pertenecían al monasterio de l’Estany, también podía nombrar un baile, pero no solía hacerlo y de todos los asuntos de su competencia se ocupaba personalmente. Aparte del baile, que se hacía asesorar en las tareas de gobierno por un consejo de prohombres que él escogía, había también un puñado de otros cargos oficiales, responsables de que todo fuera como quería el señor. El almotazaf era uno de ellos y debía velar para que nadie, en una villa como aquella, que vivía del comercio, engañara a ningún comprador con las medidas.
Los hombres iban por el segundo pote de vino cuando entró Nasi, el hijo de Roc y de María, marido de Felipa y padre de Iscle y de la criatura que iba a nacer. Había ido a buscar a la Coja al molino que tenía arrendado Rafel, el pelaire, donde la mujer vivía recogida con su hermano, al que llamaban Ramón de los Papeles, más por la generosidad del pelaire que por nada.
—Buenas noches —saludó la Coja, levantando la barbilla hacia los hombres, sin detenerse, mientras se desataba el pañuelo grande que le cubría los hombros.
Los hombres mayores le respondieron, mientras que Genís se limitó a hacerlo con un movimiento de cabeza.
—¿Está en el cuarto, la chica? —preguntó la Coja, dejando el pañuelo encima de un taburete y acercándose al fuego para avivar las brasas.
Nadie dijo nada. A ver dónde iba a estar Felipa si no. Eran ganas de gastar saliva. La Coja tampoco había esperado ninguna respuesta. Incluso le habría chocado que le contestaran. Iba a lo suyo, y a menudo hablaba sola. O eso decían. Se puso a trastear, fregando el fondo de la olla con un manojo de esparto y tirando los restos grasientos al patio. Luego puso a calentar agua de la tina grande y echó dentro, para que hirvieran, unas hierbas que sacó del zurrón de tela que llevaba cruzado, mientras rezongaba oraciones o encantamientos, que nunca nadie lo había sabido con certeza ni había querido averiguarlo. Nasi encendió una luz y se sentó con los hombres de la familia. Su padre, Roc, le llenó un pote.
—Toma, bebe.
Pero, quitando eso, nadie dijo nada hasta que la Coja hubo salido de la sala para ir al cuarto donde estaban Felipa pariendo y María haciéndole compañía.
—Ya se veía que este vino sería bueno, padre, teníais toda la razón —dijo entonces Nasi.
—Mal iríamos si después de toda una vida no tuviera buen ojo —se rió Roc.
—¡Toda una vida dice este ahora! —saltó Salvador—. ¿Ya no te acuerdas de cuando cultivabas coles?
—Viñas siempre he tenido, aunque no como ahora, que entonces solo hacía vino para los de casa.
—¡Ya tienen buenas ocurrencias, ya, los señores!
—Por eso ellos son señores y nosotros no, mira tú.
—Hombre, de entrada, todo el mundo se alarmó cuando el vizconde otorgó aquel privilegio que llamaron del vino, porque más que un privilegio parecía una amenaza —refunfuñó Roc.
—Si es que los payeses sois desconfiados por naturaleza... Ya se veía que aquello estaba muy bien pensado —le replicó Salvador, dándole unas palmadas en la espalda con afecto.
—Yo no sé si se veía o no se veía, pero vos, suegro —metió baza entonces también Nasi—, siempre encontráis la manera, una vez han pasado las cosas, de decir que ya lo sabíais, que ya lo habíais dicho o que ya os lo esperabais. A mí no me parece recordar que nadie, en su momento, a excepción del señor, lo viera claro, y vos también os llenasteis la boca de reniegos, tanto como quisisteis.
—Tú eras muy joven, muchacho.
—No tanto, no tanto, que ya hablabais de casarnos a Felipa y a mí.
—Y si protestaba —siguió el otro sin querer parar mientes en la interrupción de su yerno— era porque la prohibición de vender y de tomar otro vino que no hubiera sido cultivado y producido en el término era de locos, que entonces, fuera de las viñas del pavorde, que tampoco eran gran cosa, de cuatro piezas de tierra que daban uvas y de cuatro payeses como tu padre que hacían vino para bebérselo ellos, aquí viñedos no había, así que tampoco estaba tan claro que pudiera hacerse vino suficiente. Y yo tengo un negocio, muchacho. Un negocio que pide vino a todas horas para enjuagar tanto la escudella como la polvareda de los caminos, para matar las penas o festejar lo que sea: un buen trato en el Mercadal o haber colocado bien a la hija. Pues no tardaron poco todos en plantar vides. ¡Mira a tu padre! Ni una sola acelga más sembró, ni legumbres, ni nada de nada. Le cogió la fiebre del vino y yo me tuve que buscar a otro que me trajera las hortalizas para la olla.
—Como otros hicieron, hice yo.
—Como otros, sí, ya lo dices bien. Pero nadie del término del castillo, que los señores, por señores que sean, también saben un rato, y el vizconde, que es un vivo, excluyó del privilegio a las campiñas y a las casas de labranza de allá del agua, para fastidiar al castellano.
—¿Creéis que era para fastidiar al señor de Arraona, padre? Más bien debía de ser porque él no tiene ninguna jurisdicción sobre las tierras del castillo... ¡Cómo iba a otorgarles privilegios a los que no pertenecían a su feudo!
—Déjate de jurisdicciones, muchacho. Qué sabrás tú de lo que se traen los señores entre manos...
—¡Ah, y tú sí, Salvador! —Roc se echó a reír—. Será que te vienen consultar a ti lo que decidirán hacer o dejar de hacer con nosotros.
—No me fastidies, Roc, no me fastidies. —Y como cada vez que alguien le callaba la boca, que por otro lado no era nada fácil ni sucedía a menudo, Salvador se hizo el desentendido. Se levantó y fue hacia la despensa—. ¿Qué os parece? ¿Hace un poco de queso?
Así iban pasando el rato los hombres, no se sabe si para esconder el miedo de que Felipa se les muriera en aquel mal trago del parto o porque ya ni siquiera se acordaban del parto de Felipa. Al fin y al cabo, aquello de parir criaturas era cosa de mujeres.