Donde se habla del inicio de la venta de grano

EN EL HOSTAL

 

Y

a hacía tiempo que a Felipa le rondaba por la cabeza un negocio. ¡Si pudiera tener algo que fuera suyo! No depender de Genís para ganarse la vida. Poder decidir. ¡No como la Coja! Ella y su hermano Ramón, que nunca había sido muy despierto, recogidos en el molino de Rafel, porque ni el uno ni el otro podían valerse del todo. Porque Rafel era una buena persona, que obligación, obligación..., la de un buen cristiano. Sí que la Coja le había echado siempre una mano con el niño, que para eso era sobrino suyo, pero de ahí a que los tuviera en casa como cuando vivía su mujer... Claro que ni la Coja ni el bendito de Ramón tenían a dónde ir.

¿Y adonde podía ir ella? En el hostal podía dar su parecer y era ella quien mandaba, pero el amo era su hermano. De sobra sabía que Genís era un pedazo de pan. Pero también podía dejar de serlo. O decidir casarse y tener una familia. Una que fuera suya. ¿Qué sería entonces de ellos? Su padre había dejado dicho que ella y los suyos podrían quedarse allí, en el hostal, mientras vivieran, pero, al fin y al cabo, todo dependía de la buena voluntad de Genís. Nasi tampoco tendría nunca nada. Las viñas no serían nunca suyas. De ahí que ya de muy jovencito hiciera lo que fuera para vivir en la villa. Pero a pesar de vivir allí, en el hostal y en la villa, seguía de jornalero en la viña. No tenía otro oficio. Poner un negocio le gustaría a ella. Ser ella quien firmara con un garabato los papeles que le leyera el notario Rosseta. Claro que tendría que firmar su marido. O Genís. Que a ella, siendo mujer..., seguro que no se los dejarían firmar.

De hecho, hacía años que le daba vueltas. Desde que el pelaire había pedido aquel crédito para poder pagar a más tejedores que trabajaran para él. Le había salido redondo. A estas alturas ya había acabado de saldar la deuda —lo habían celebrado no hacía mucho en el hostal—, y todo lo que ganara sería, como quien dice, limpio. Tampoco podía decirse, sin exagerar, que se hubiera hecho rico, que tampoco era lo que él había pretendido, o no del todo, pero tenía sueldos y había hecho crecer el negocio, que era lo que de verdad quería. Hacerse un nombre. Había empezado a hacérselo. Con todo y con eso, no había cambiado de vida ni un tanto así. Seguía en el molino, con la Coja y Ramón de los Papeles. Felipa no le había visto hacer ningún gasto, quitando una camisa nueva, y todo el mundo sabía que obligaba a su hijo a trabajar, casi como si lo tuviera a remensa.

Le venía a la mente la Coja. Arraona le tenía miedo. La veía de vez en cuando, por la villa o en el hostal, con un saco al hombro, porque se dedicaba a recoger trapos viejos por las casas, tan gastados y deshilachados que ya no valían para nada. Ni siquiera podían zurcirse, de tan finos como se habían quedado los hilos del tejido; si se les pasaba una aguja se hacía un agujero o se desgarraban solos, como si estuvieran hechos de telarañas, sin tener que tirar siquiera de ellos. A Arraona le daba miedo, como si viera pasar al hombre del saco que se llevaba a las criaturas. No, Felipa no quería acabar como la Coja, viviendo de la caridad de los parientes.

—¿Qué hace, mamá, la Coja con todos los trapos viejos que recoge? —había preguntado un día la niña, mientras cenaban.

—¿Qué va hacer, Arraona? Se los lleva a su hermano.

—¿Para hacer hechizos? —preguntó entonces Guillem, con la boca llena.

—Pero ¿qué dices, criatura? —se alteró Felipa, soltando la cuchara y limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—Dice Arraona que la Coja es una bruja —replicó Guillem, que aún no había alcanzado la edad de la malicia.

Arraona se avergonzó cuando vio la cara que ponía su madre, entre alarmada y decepcionada.

—Arraona, hija, ¿de dónde has sacado ese disparate?

—Lo dijo una mujer en la tahona —dijo Arraona con un hilo de voz, sin poder distinguir por el tono si su madre estaba triste o enfadada o las dos cosas a la vez.

Arraona ya tenía suficiente edad para ir sola por la villa y si su madre no la mandaba a la fuente era porque el cántaro lleno todavía le habría resultado demasiado pesado —quizás se le habría caído y entonces habrían salido perdiendo—. Pero al horno sí que podía ir, a llevar la harina amasada dentro de un cacharro de barro cocido tapado con un trapo. En la tahona, con el calor de la leña que ardía y ardía, las mujeres dejaban subir la masa. Después, transcurridas unas horas, cuando había aumentado hasta alcanzar al menos el doble de su tamaño, los panaderos, con las palas largas de madera, ponían a cocer las hogazas, porque nadie en la villa podía cocer pan en casa.

—De lo que digan las mujeres, tú ni caso. Como de lo que dicen los hombres en el hostal. Pobre mujer, la Coja. ¡Bruja! Que no te vuelva a oír decir eso. No quiero que hables mal de nadie. ¡Qué poco discernimiento, hija! ¿Es que no te das cuenta de que es muy gordo decir de una mujer que es bruja? Entérate de que hay sitios donde persiguen y matan a las mujeres que los ignorantes tildan de brujas. Las brujas no existen, quitando a las que salen en los cuentos y en las rondallas que os cuenta la abuela de las Viñas, y me parece, Arraona, que ya eres mayorcita para creerte todas esas bobadas de duendes y hadas y ninfas. ¡Parece mentira! ¡Si se entera tu padre! ¡Tan juiciosa que dice siempre que eres! La Coja es una buena mujer, es partera y te ayudó a nacer, porque entiende de partos y de cosas de mujeres. Cuando seas mayor y vayas a tener un bebé, ya me gustará ver cómo corres a llamarla, y llorarás de vergüenza por haber dicho estos disparates. ¡Si ella lo supiera! El disgusto que tendría, la pobrecilla, que bastante pena tiene con ser coja.

—Y fea —dijo Guillem, que no entendía que su madre armara tanto alboroto.

—¡Tú sí que eres feo! —replicó Felipa, y se le escapó un poco la risa—. Y si tanto quieres saber qué hace la Coja con los trapos que recoge, entérate, pedazo de tarugo, de que su hermano trabaja para el pavorde y le hace papeles con los trapos.

—¿Papeles? —se maravilló el niño.

—Papeles. ¿Por qué crees que lo llaman Ramón de los Papeles? ¿Sabes qué haremos? Le diremos a papá que un día os lleve al molino y que Ramón os lo enseñe. Pena me da ver lo ignorantes y cortos de luces que son mis hijos, ¡Vir-gen San-ti-si-ma! Hala, comed, que esto se enfría y luego os dolerá la barriga. —Y aún añadió, mientras meneaba la cabeza como si no saliera de su asombro—: Ay, Arraona, Arraona.

—Déjala, Felipa —intervino al final el tío Genís, viendo que la muchachita se mordía el labio para no romper a llorar—. Ya está. Ya lo ha entendido y se acordará para siempre, ¿verdad, nena?

Arraona asintió, compungida, y Felipa no insistió. Otras cosas tenía en la cabeza. Quería hablar de una vez por todas con Genís de lo que estaba ansiosa de llevar a cabo. Pronto empezaría a llegar gente que querría cenar, su hombre y el chico regresarían de la viña —Iscle ya hacía tiempo que había empezado a trabajar con su padre— y entonces ya no tendrían ni un solo rato de tranquilidad.

—Venga, acabaos la sopa. Tú, Arraona, acuéstame a este, que se le cierran los ojos, y luego vienes y recoges todo esto antes de que llegue tu padre, que yo tengo que hablar con tu tío de una cosa. Y tú no te vayas —dijo agarrando de la manga a Genís, que ya estaba de pie—, que tenemos que hablar.

Felipa quería vender grano. Estaba decidida. Si la venta de cebada a los arrieros iba bien y la cebada se había vendido desde siempre en los hostales, ¿por qué no podían vender también otros granos o, mejor, legumbres?

—No me mires como si estuviera perturbada, Genís. A ti tanto te da pesar cebada que garbanzos. Solo tendríamos que hacer sitio en el almacén, meter un par de sacos más y listos. Mira, Genís, desde que el vizconde se preocupa por la villa y le da privilegios y los renueva y la hace prosperar, todo el mundo se lía la manta a la cabeza. ¿Qué me dices de Rafel, el pelaire? ¿Y de Bernat?

—¿Bernat Pastor?

—¡Bernat Pastor estaba a remensa!

—Ya lo sé, Felipa, que yo también vivo aquí —replicó Genís con cierto desasosiego. Una cosa era que no fuera demasiado parlanchín y otra, que Felipa, a veces, lo tratara como si fuera un papanatas.

Bernat, a quien llamaban Bernat Pastor por el oficio que tenía, había estado sometido a los malos usos que todavía estaban vigentes en la quadra Togores, los nuevos feudatarios del señor principal, desde que el abuelo, Francesc, había ocupado el lugar de Garxi de Pera en el alodio de los Tres Señores.

—No me preguntes cómo, pero consiguió redimirse. Y en el Mercadal, en la primera feria que pudo, ya empezó a hablar con unos y otros, hasta que encontró a un ganadero con quien se entendió y acordaron aquello... ¿Cómo se llama? Cuando el ganadero te deja los animales para que los atiendas y tú te repartes con el amo las crías y todo lo que saques, ya sean quesos, pieles o carne. Y al cabo del tiempo, solo tienes que devolverle al amo tantas cabezas de ganado como dejó a tu cargo, y tú ya te has hecho con un rebaño.

—Un contrato de socada.

—Sí, eso mismo —respondió Felipa—. Bernat lo ha conseguido. ¿Sabes el carnicero?

—¿Pep?

—Sí, Pep. ¿Sabes qué me ha dicho hoy, cuando me he acercado a por un hueso para el caldo y la carne para la pilota?

—Que su Petronela será marquesa —bromeó Genís.

Felipa se rió. Todos en la villa conocían el delirio del carnicero por su niña, que tenía la misma cara redonda que la madre, aquella mujer que siempre andaba con cara de malas pulgas, y las manos grandes y rojas, y los dedos como butifarras, nada propias de una marquesa.

—Aparte de eso, y no me distraigas, que esto pronto estará lleno de gente pidiendo una jarra de vino.

—¿Qué?

—Pues me ha vuelto a poner al pastor por las nubes. Dice que le tiene mucho aprecio a Bernat y que fue una buena decisión hacer tratos con él. Que Bernat Pastor es un hombre ambicioso, nada resignado, que es del parecer que la suerte no existe, que la suerte debe hacérsela uno mismo, y que por eso se ha dedicado en cuerpo y alma, durante los últimos años, a aumentar el rebaño. Y como es un buen pastor y le echa ganas, a pesar de tener que pagar el derecho de menado al castillo, ha llegado a hacerse con un montón de cabezas de ganado. Pep me hablaba de esto con tanto entusiasmo, ya sabes cómo es Pep, como si lo hubiera hecho él mismo. Hay que ver lo trabajador que es él también. ¡Y no salía de ahí! Que Bernat es un hombre como es debido, que se fía de él, porque nunca le ha llevado ningún animal enfermo o demasiado flaco, ni ha tratado de engañarlo. Que con otros pastores no las tenía todas, que había más de uno que no era agua clara, o que maltrataba al ganado, y entonces la carne no era buena. Y que Bernat ha nacido de pie, que le gusta la gente con proyectos y ambiciones, que se esmera y disfruta de su oficio.

—¿Adónde quieres ir a parar con esto, Felipa? ¿Qué tiene que ver toda esta historia con el grano y las legumbres?

—Pues todo y nada, Genís. Todo y nada —respondió Felipa, y cayó en la cuenta de que tenía que concretar—. Lo que te vengo a decir es que la gente que se lanza sale adelante y prospera, que hay que aprovechar que el vizconde está de buenas y lo ve con buenos ojos.

—Si a nosotros ya nos va bien. El hostal siempre ha sido un buen negocio.

—Si no te digo que no, hombre, pero atiende, yo tengo tres hijos. Iscle trabaja con su padre, pero las viñas no serán nunca suyas y no quiero que sea un jornalero toda la vida, que entonces mi chico pasaría a ser de la mano menor. A la niña tendré que casarla y quiero casarla bien. Y el pequeño... A ver qué podemos darle al pequeño su padre y yo, que no tenemos nada.

—Felipa, ya sabes que ni a ti ni a los tuyos ha de faltaros nunca nada mientras el hostal exista.

—Si no es eso, Genís. Si eso ya lo sé...

No se sabía explicar.

—Si ya te entiendo, Felipa. Si ya te entiendo —dijo Genís mientras se levantaba para atender a un arriero—. Ya hablaremos de todo esto, Felipa. No te preocupes, que ya lo hablaremos.