Donde se habla de la historia de la familia de Arraona
EN LA VIÑA
E
l abuelo del hostal, Salvador, había acabado muriéndose de aquel mal que nadie sabía, pero que se le veía en la panza desaparecida, en el color de la piel y en el marchitarse de los brazos. Se había ido mustiando como un racimo de uva olvidado en la cepa o como las matas de flores que a Felipa le gustaba tener a cada lado de la puerta del hostal, metidas en un tiesto alto, pero que a menudo se olvidaba de regar. Entonces, los tallos amarilleaban tiesos y las hojas se enroscaban crujientes, hasta que no había nada que hacer.
Salvador solo se quedó tres días en el cuarto, sin ánimo de levantarse del jergón, vencido. Dijo que no podía más, que aquello se había acabado.
—Felipa, hija, me muero —dijo a la madre de Arraona, mientras ella, quisiera o no, le daba un tazón de guiso con la cuchara de madera, porque no debía abandonarse, le decía; que si no comía sí que se moriría y todavía tenía que dar mucha guerra y hacerle rabiar un montón de años dando palique a la parroquia en lugar de estar por la faena; que los arrieros no querrían que nadie que no fuera él les despachara la cebada y el negocio se iría al traste si él no procuraba restablecerse.
«Me muero», había dicho Salvador cuando ya no se veía capaz de levantarse de la cama, y se murió. Lo dejó todo dispuesto con el notario Rosseta, de modo que Genís pudiera hacerse cargo del hostal sin complicaciones y que la hija, Felipa, pudiera vivir allí con su marido y los críos hasta su muerte.
—Tú ya sabes, muchacho, que Felipa tiene más brío que tú —le había dicho a Genís, al regresar de hacer las gestiones, cuando aún podía ir de aquí para allí pero ya empezaba a darse cuenta de que aquello que lo consumía, fuera lo que fuera, no tenía remedio y solo podía ir a peor—. Eres un buen hombre y eres trabajador, pero escucha a tu hermana, porque ella es la que sabe hacer prosperar un negocio. Ya se vio entonces, cuando vuestra madre, en gloria esté, se nos murió y volvisteis a casa, después de que Roc y María se os llevaran a la casa de labranza. A pesar de ser tan chiquitina, Felipa trabajaba en el hostal como una mujercita.
El abuelo del hostal murió a finales del verano, cuando empezaba el tiempo de la vendimia. Cada año, al acercarse el otoño, Nasi metía en un hatillo una muda para cada uno y se llevaba a Iscle, a Arraona y al pequeño Guillem a las viñas, a casa de sus padres. Mientras duraba la vendimia, no volvía a dormir a la villa, como hacía el resto del año, ni iba tampoco a menudo a ver a Felipa, excepto los domingos, cuando comía con la mujer y la familia en el hostal. Cada verano, Arraona esperaba como agua de mayo que llegara el tiempo de la vendimia, porque entonces podía pasarse los días y las noches con la abuela de las Viñas, que era zalamera, les contaba rondallas y cuentos, y siempre cantaba. Los días que pasaba en los viñedos, con su padre y sus dos hermanos, Arraona se sentía otra. Allí podía campar a su aire; echar una mano a la abuela o a su padre, cortando racimos algún rato; tumbarse bajo un árbol a la hora del calor o sentarse en el porche con la abuela, sin hacer nada, mirando a las golondrinas que entraban y salían de los nidos de barro de debajo del tejado; ir al huerto a coger calabacines, meterse en el gallinero a buscar los huevos que las gallinas escondían entre la paja o pelar guisantes del cesto y hacerlos tintinear en la fuente de barro cocido, sin que su madre la vigilara en todo momento y le encomendara alguna tarea en el hostal en cuanto la veía sin hacer nada. Para Arraona era una fiesta ir a pasar la vendimia a casa de los abuelos de las Viñas.
El año en que murió el abuelo del hostal también fueron.
—A tu madre le gustaba mucho, como a ti, corretear por el huerto —le decía la abuela María, entre risas, si Arraona, con la cara tostada por el sol, volvía de sus correrías y se lanzaba a sus brazos para decirle que había visto esto y lo otro, y que no quería marcharse nunca jamás de la casa de los abuelos—. Felipa tampoco quería marcharse.
—Abuela, ¿por qué mamá vivió aquí con vos, de pequeña?
Y su abuela se embelesaba, fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo —siempre decía que no podía charlar y hacer otra cosa a la vez—, y, con aquella maña que se daba enhebrando historias, le contaba a la niña y a sus hermanos, si también andaban por allí cerca, la historia de la familia. Porque la abuela de las Viñas era incapaz de contestar con pocas palabras las preguntas que le hacían y siempre tenía que remontarse a vete a saber qué épocas y a hechos que nunca parecía que tuvieran ninguna relación con aquello que le habían preguntado, pero que después, ¡vaya si tenían algo que ver!
—El abuelo Roc y yo nos casamos cuando los señores ya habían comprendido que la tierra rendía mucho más si los payeses podían llegar a creer que les pertenecía y la habían repartido entre las familias por piezas.
—¿Es verdad que el abuelo y vos sois primos? —le preguntó Iscle.
—Pues claro que somos primos. Nuestros padres nos casaron por eso que os decía de la tierra. Así las piezas que cultivábamos los unos y los otros no cambiarían de manos.
—Nosotros no tenemos primos —suspiró Arraona.
—Por lo menos, que se sepa. —La abuela no la desengañaba del todo—. Quizás tu tío, el almogávar, tiene un puñado de chiquillos que viven con su madre en los campamentos y van de acá para allá, por esos mundos de Dios, detrás de su padre.
—Y el tío Genís no tiene hijos.
—No. No se ha querido casar nunca, Genís. Pobre chico, ni para casarse tiene espíritu.
—Pero entonces...
—Cállate, Iscle, que no le dejas contar la historia a la abuela.
Arraona se impacientaba. A ella le gustaba escuchar los relatos de corrido. Tiempo habría después de preguntar lo que se les pasara por la cabeza. Le parecía que las interrupciones de Iscle o de quien fueran rompían el hechizo, porque Arraona se recreaba en los cuentos y, a medida que la abuela hablaba, ella se lo iba imaginando todo. Iscle le estorbaba, porque le distraía.
—Para entonces ya conocíamos al abuelo Salvador, claro —había continuado la abuela de las Viñas—. No hacía demasiado, se había hecho cargo del hostal y nosotros, tal como habían hecho nuestros padres con los suyos, le llevábamos las verduras y los huevos, y alguna gallina de vez en cuando, para la cazuela con la que daba de comer a la parroquia. Salvador, Dios se apiade de su alma, siempre fue como lo conocisteis vosotros. Le gustaba la gente y estar de palique. Era un poco como tú, Arraona, que te gusta tanto que te cuenten historias, y la sala del hostal, donde entra gente de todas partes que trae noticias y chismes de otros lugares, era su reino. El trabajo, todo hay que decirlo, le gustaba menos, como le reprochaba a menudo tu madre, Felipa, desde que empezó a ser mayorcita y a encargarse de todo. Ya de joven Salvador era tal cual sería de viejo. Así que pronto se dio cuenta de que necesitaba una cocinera y, como teníamos tanto trato con él, le propusimos mandarle a Felipa, mi hermana de leche. Nos habíamos criado juntas, porque su madre murió de parto y mi madre la ahijó enseguida, por lo amigas que habían sido las dos toda la vida. De modo que le preguntamos a Salvador si quería que habláramos con Felipa y él dijo que vaya si quería, que cuanto antes mejor; y para allá que se fue ella, con un hatillo pequeño. Nos hartamos de llorar por tenernos que separar. Éramos jóvenes y atolondradas, porque la verdad era que si queríamos podíamos vernos todos los días, que la villa no queda tan lejos. Bien que tu padre, que entonces ya había nacido, va y viene todos los días.
Iscle ya se había ido a perseguir lagartijas, porque pronto se perdía si las historias de la abuela de las Viñas se iban llenando de personajes, y Guillem se había quedado dormido, como cada vez que la abuela les contaba una historia junto al fuego, al ponerse el sol, antes de acostarse.
—No tardaron mucho en casarse, aquel par. Salvador no tenía queja de tu abuela Felipa y ella, que no decía nunca esta boca es mía y rehuía a la gente, aunque parezca mentira, se encontraba a gusto en el hostal. Estaba a sus anchas entre las ollas porque no tenía que servir mesas ni alternar con la parroquia, que de eso ya se ocupaba Salvador. Enseguida les nació tu tío, el almogávar, y un par de años después, o tres, los gemelos. Todavía tuvieron otro chiquillo, pero se les murió antes de que anduviera a gatas. Los gemelos debían de tener unos diez años cuando Felipa cayó enferma, un invierno muy malo. Yo iba todos los días sin falta y estaba con ella, que tenía unas calenturas que hasta decía cosas que no sabíamos ni de qué iban. Sudaba, pobrecita mía, y acababa chorreando; después temblaba como una hoja, y daba espanto ver cómo le castañeaban los dientes. Cuando se murió, pobrecilla, la peiné, le pasé un trapo por todo el cuerpo para quitarle aquel sudor de enferma y la amortajé con un paño. La velamos toda la noche, allí en el hostal. No te puedes figurar, Arraona, la de gente que pasó para lamentarse de su muerte, porque Felipa no era parlanchina, ni se relacionaba demasiado con la gente, pero era dulce y tan buena mujer que todo el mundo la quería. La enterramos en el cementerio pequeño que hay detrás de la iglesia de Sant Salvador, y aquel mismo día, cuando nos fuimos para casa, el abuelo Roc y yo nos llevamos a los críos, a tu madre y a tus tíos. Salvador bastante tendría con el hostal, y a ver, qué iba a saber él de cómo ocuparse de tres criaturas pequeñas. Un par de años bien buenos tuve conmigo a los hijos de Felipa, como si fueran míos, y eso me consoló de haberla perdido, pobre Felipa, con lo que nos queríamos. Y con el tiempo, al cabo de un buen puñado de años, el abuelo Roc y el abuelo Salvador dijeron que por qué no habrían de emparentar, con lo mucho que se apreciaban, y que si el negocio, que si esto, que si aquello... Total, que entre bromas y veras acabaron casando a vuestra madre con vuestro padre. Tu madre era jovencita, no sé si tenía siquiera dieciséis años. Y mí Nasi ya tenía ganas de vivir en la villa...
La abuela de las Viñas se había quedado un poco mustia, pero entonces sacudió la cabeza y se echó a reír, al darse cuenta de que tenían toda la ropa por tender, que el sol se había movido un buen trozo por el arco del cielo y se les echaba el mediodía encima.
—¡Mira el sol, Arraona! ¡Ya podemos darnos prisa, que vendrán los hombres de la viña y nos van a pillar con la comida sin hacer!
Les pasaba a menudo, eso de distraerse, la una charlando y la otra escuchando, hasta que el tiempo las apremiaba. Entonces Arraona bajaba de las nubes y las dos corrían hacia la casa. La niña echaba una mano y ponía la mesa fuera, en el porche, mientras la abuela avivaba el fuego y removía la olla, rebanaba el pan y llenaba la jarra con el vino de la bota que tenían en la bodega. Cuando los hombres llegaban secándose el sudor de la frente con el brazo, con el faldón de la camisa o con la punta de la faja, lo encontraban todo listo, y, mientras ellos engullían hambrientos como si hiciera días que no comieran y alababan a la abuela porque todo estaba tan rico, Arraona y ella se miraban y se reían un poco, por lo bajo, porque habían conseguido apañárselas y no parecía que hubieran estado contando historias durante media mañana.
—Si eres lista, hija, como tu abuela —le decía luego, cuando los hombres se marchaban y ellas vaciaban los platos y recogían la mesa—, no hará falta que te deslomes a todas horas. Solo hay que organizarse bien las tareas para no tener que bregar de sol a sol y poder disfrutar también un poco de la vida. No te olvides de esto, Arraona, que la vida es para disfrutarla y el trabajo, para poder disfrutarla. —Y en voz baja, como si fuera un secreto, añadía—: No te creas nunca eso que dicen los monjes, que hemos venido a este mundo a sufrir, hija; que, si Nuestro Señor hizo el mundo tan bonito de la nada, seguro que quería que lo disfrutáramos. No los escuches nunca cuando quieran hacerte pasar por el aro metiéndote el miedo en el cuerpo con las penas del infierno. Tú solo finge que los escuchas. Y haz siempre lo que el corazón te diga, pero procura que no se den cuenta.