Donde termina una historia

 

H

ablaban en un susurro apresurado, protegidos por las sombras de la noche, detrás del cementerio, por donde no solía pasar gente.

—Te querría más allá de la muerte, si quisieras casarte conmigo.

—En casa me necesitan.

—Yo también te necesito.

—¿Cómo quieres que me desentienda de todo?

—¿Y te desentenderás de mí?

—Mi padre sabe lo que hace... Quiere lo mejor para mí.

—Tu padre solo quiere lo mejor para él y para su negocio. Tú no cuentas.

—No hables así.

—Escapémonos. Marchémonos a Barcelona y que nos case algún canónigo.

—¿Has perdido el juicio? No quiero ser una fugitiva.

—Piénsatelo. Te esperaré siempre.

—No hay nada que pensar. No quiero pensármelo.

—¿Es que no me quieres?

—Mucho.

—Pero no lo bastante.

—¿Bastante?

—Para mandarlo todo al infierno.

—En casa me necesitan...

—¿Y yo? ¿Es que yo no te necesito?

—No, tú no me necesitas. Solo me quieres.

—Más que a nada en este mundo.

—Pero no puede ser.

—Hablaré con tu padre, todavía estamos a tiempo.

—No, por favor. Júrame que no le dirás nada. Él confía en mí.

—¿Estás decidida?

—Tengo que irme a casa.

—Todavía no. Quédate. Solo un rato.

—No puedo. Me asustas.

—¿Te asusto?

—Me voy. Es la hora de la cena.

—Te acompaño.

—No quiero que nos vean juntos.

—¿Quién sospecharía?

—Quizás nadie. Soy yo, que tengo miedo.

—Dame un beso.

—No. Por la tumba de mi madre, deja que me vaya.

—¿Lloras?

—¡Pues claro que lloro!

—¡Huyamos! Cojo el carro y nos vamos. Espérame aquí. Cuando él volvió, ella ya no estaba. Al día siguiente se casaba. Antes de que tuviera la primera criatura, él también estaba ya casado.