Donde se habla de la Niña de la Plata

EN EL SALÓN

 

A

quel año hubo una mala cosecha en las viñas del término. La prohibición expresa de vender y hasta beber otro vino que no se hubiera producido en sus tierras, que Roger Bernat, conde de Foix y vizconde de Castellbó, había ligado al privilegio concedido años atrás para convertir el cultivo de la viña en un negocio que diera beneficios, había inquietado a todo el mundo. Los más perjudicados eran los viñadores, como el hermano mayor del padre de Arraona, que, al fin y al cabo, no podrían vender los frutos de su trabajo, pero también, de rebote, todos aquellos que compraban vino, ya fuera para revenderlo, que era el caso de los mayoristas y de los que lo servían en los hostales y las tabernas, o para bebérselo en casa, fueran o no señores, porque vino tomaba todo el mundo. Aquel año, aunque no habría vino nuevo, aún no lo notarían. Les quedaban las reservas, el vino viejo de las botas. Pero las medidas habían de tomarse antes de que se acabara y hacer una previsión para los años que pudieran darse de escasez, hasta que las viñas se recuperaran y la producción local volviera a ser la que había sido; o, ya puestos, quizás incluso más abundante, si se aprovechaba aquella calamidad para introducir mejoras en el cultivo y en la producción, que cualquiera que tuviera un negocio entendía que un revés también podía ser, si se le sacaba partido, una gran ganancia. Pero, de momento, lo que urgía era que la comisión de los doce, que el vizconde había establecido que decidiera si en años de carestía se podía o no comprar y consumir vino de fuera, se reuniera y se pronunciara.

—Parece mentira, en tan poco tiempo, cómo cambian las cosas —se admiraba un domingo por la tarde el padre de Elisendis, mientras toda la familia se sentaba en el salón, después de comer.

Habían ido a misa de buena mañana, como correspondía a los señores, que debían dar ejemplo, y, después de saludarse con la gente de su mano y de que el almotazaf, por razón de su cargo, fuera saludado también con respeto por aquellos que tenían negocio de compraventa de cualquier cosa que se pesara o se midiera, como la gente del hostal, habían vuelto para casa, dando un paseo, para aprovechar que hacía buen día y el sol llenaba las calles y sobre todo la plaza de una claridad y un calorcillo muy agradables, por avanzado que estuviera el otoño.

—No sé si para bien, querido —respondió enseguida la madre de Elisendis meneando la cabeza—. Me parece que quizás los señores se estén excediendo con tanto levantamiento de cargas que van estableciendo en la villa. Al final, ni vasallos habrá, que desde que las familias de las campiñas que pertenecen a los señores del alodio, o las de la pavordía, quedaron manumitidas y libres de marcharse cuando quisieran, sin tener que pagar remensa, la villa parece un hormiguero dé gente. ¡Basta con fijarse en los artesanos y los comerciantes! Todos, especialmente los de la mano mediana, se las dan de hombres libres y tienen unos humos que ya veremos a dónde iremos a parar.

Los hermanos de Elisendis habían estado mirándola todo el rato con actitud burlona, aunque, educados como eran, no la interrumpieron, pero en cuanto su madre terminó de hablar Jofre dijo, con actitud falsamente modesta y riéndose a hurtadillas:

—¡Ay, madre, qué observación tan poco cristiana! ¿Dónde queda la caridad que se nos predica? ¿Acaso no dice la Iglesia que todos somos hijos de Dios?

—Una cosa es que todo el mundo sea hijo de Dios, que tampoco lo es todo el mundo, solo los bautizados, y otra, que seamos todos iguales. ¿Acaso no somos nosotros mismos vasallos del señor vizconde o de quien sea que en cada momento tenga la villa en propiedad para hacer con ella lo que se le antoje? ¿Acaso no hemos tenido que hacer todos los señores de la villa el juramento y el homenaje y no debemos mantenerlos con fidelidad? ¿Acaso no debemos respetar todos el orden establecido, seamos de la mano que seamos?

—Sin embargo, es un hecho —intervino entonces Arnau—, que habrás de reconocer, aunque sea a regañadientes, que, con los privilegios y los cambios que van introduciendo los señores del alodio, la villa prospera. No hay que oprimir a la gente, y menos si lo que se pretende es que rinda, madre.

—Ni hay que darle cuerda hasta que se subleve y se levante contra nosotros para quitárnoslo todo.

—Me parece que exageras un poco, querida —se echó a reír el almotazaf—. ¿Rebelarse? Si nunca antes la gente había estado tan bien.

—Papá tiene razón —dijo Jofre, ahora hablando con seriedad—. Considero un gran acierto haber puesto fin a la remensa y haber dado a cultivar la tierra por piezas. Los malos usos que aún padecen los payeses de la quadra Togores son, a estas alturas, un atraso, y a todo el mundo empieza a parecerle un hecho que avergüenza a la villa.

—¿Estás defendiendo el hundimiento de las estructuras feudales, hijo? —se escandalizó la madre de Elisendis.

—Estoy defendiendo el progreso que ha llegado a la villa de la mano de este nuevo modo de hacer, que se está produciendo en todas partes —respondió Jofre. Y añadió—: El propio rey concede libertades continuamente, y que en las Cortes haya representación de las villas..., eso no se había visto nunca.

—Ni el rey las concedería si no viera en ello una posibilidad de ganar algo, que nadie, y menos aún aquellos que han gozado hasta ahora de la riqueza y el poder, está dispuesto a dar nada por nada ni a renunciar a sus privilegios solo por la grandeza de su corazón —dijo todavía Arnau, mientras el almotazaf asentía, aprobando el discurso de sus hijos, que compartía del todo.

Elisendis escuchaba como solía, sin despegar los labios, que ella de todas aquellas cosas no entendía. Tampoco le parecía ni por asomo que sus amigas de la mano mediana, Arraona y Petronela, fueran unas muertas de hambre, ni que sus padres y sus familias quisieran poner fin, como decía su madre, al orden establecido, que ella consideraba casi de autoría divina. ¿No decían que el rey lo era por la gracia de Dios? Elisendis, de pequeña, cuando se lo oía decir, creía que el rey le hacía gracia a Dios y que por eso lo había colocado en el trono, como para entretenerse.

Todo aquello que decían sus hermanos y que su padre aprobaba a ella le parecía de lo más razonable y de lo más natural, y no dejaba de asombrarle que otros señores consideraran a la gente más baja poco más que como animales a los que someter al jugo, para sacar provecho, a golpe de látigo, de su sudor y de su trabajo. Al mismo tiempo se daba cuenta de que, si aquella había de ser la nueva manera de organizar el mundo, quedaba mucho camino por delante, porque allí mismo, en su casa, todavía se trataba a la Niña de la Plata como si fuera un animalito, un gato recogido en el río antes de que se ahogara dentro de un saco bien atado. Ni nombre tenía, la Niña de la Plata, que la había fascinado desde pequeña y que ya era una muchachita, algo más joven que ella. Bueno, ahora ya sí tenía nombre, desde que Elisendis se lo puso. Argent, se llamaba. Pero, a pesar de todo, pocas veces las sirvientas la llamaban por su nombre, y la cocinera nunca. Se dirigían a ella como habían hecho siempre: «¡Tú!», le decían. O se seguían refiriendo a ella, si hablaban entre sí, como «aquella» o «la Niña de la Plata», como habían hecho hasta entonces.

Eso de ponerle nombre fue de la manera más sencilla. Tiempo atrás, uno de aquellos días en los que Elisendis se sentaba en la cocina a pasar el rato, la niña se le había acercado.

—¿Cómo te llamas? —le había preguntado a bocajarro, superada la timidez que de más pequeña la había privado de poder siquiera dirigirse a ella, convencida de que la Niña de la Plata tenía que ser alguna princesa encantada de aquellas de las que hablaban los cuentos.

La muchacha había levantado un momento los ojos, pero había agachado la cabeza enseguida, toda sonrojada, y había pasado el trapo aún con más fuerza por los brazos del candelabro que estaba lustrando.

—¡No tiene nombre, señorita, esta desgraciada! —gritó desde los fogones la cocinera, que la había oído.

—¿Por qué? —se sorprendió Elisendis—. ¿Es que nadie la ha bautizado?

—Eso es cosa de vuestra señora madre, pero claro que debe de estar bautizada, esta, en una casa tan cristiana, adonde vienen a comer pavordes y párrocos y toda clase de canónigos y clérigos... Pero el nombre no lo hemos sabido nunca. ¿De qué le serviría?

Elisendis se había sentado cerca de la Niña de la Plata, que no había vuelto a levantar la vista. No le gustaba que se hablara de ella. Había aprendido que, cuanto menos se hiciera ver, mejor para ella, ya que, si hacía como si no existía, las otras la dejaban tranquila.

—Me gustaría que tuvieras un nombre. Así cuando viniera a la cocina podría darte los buenos días y dirigirme a ti. ¿Quieres que te lo ponga yo o hay alguno que a ti te gustaría llevar?

La Niña de la Plata se moría de vergüenza.

—¡Tú, contesta a la señorita! ¿Es que no oyes lo que te está diciendo? Aún se va a creer que eres corta de luces o muda o que no entiendes el habla de las personas —la regañó a grandes voces la cocinera.

—No le grites —la defendió Elisendis, irguiendo la espalda. Sin levantarse del taburete, pero con una autoridad nueva, que seguramente copiaba de su madre y que hizo su efecto.

—Perdonad, señorita —respondió de inmediato la cocinera, que si una cosa sabía era estar en su sitio. Elisendis ya no era una niña que corría por la cocina, sino que se había convertido en la señorita de la casa, por monina y amable que fuera, y por más ratos que pasara con el servicio cuando se aburría.

—Dime —le dijo entonces Elisendis a la Niña de la Plata—, ¿te gustaría tener un nombre?

—Sí, señorita —respondió la otra con un hilo de voz.

—¿Hay alguno que te guste más que ningún otro? Piensa que es una suerte poder elegirlo, que al resto nos lo han puesto porque otros lo han escogido... —quiso bromear.

—No, señorita.

Elisendis pensó durante un momento.

—Yo creo que te sentaría bien llamarte Argent.

—Como la señorita diga.

—¿Sabes qué significa?

—No, señorita.

—Argent es otro nombre que se da a la plata. Pero no te lo pongo porque te pases la vida bruñéndola, sino porque tienes los ojos de este gris tan resplandeciente que hace que parezcan dos monedas nuevas. ¿Te gustaría llamarte Argent?

—Sí, señorita. Mucho.

—Pues ya está. A partir de ahora te llamarás así y me gustaría que todo el mundo te llamara por tu nombre. Que hasta los gatos y los perros tienen el suyo —añadió dirigiéndose más al resto del servicio que a la muchacha—. Y ahora, para celebrarlo, nuestra querida cocinera nos dará un buen pedazo de torta a todas y un vasito de vino dulce, ¿verdad?

La cocinera se secó las manos en el delantal y, sin rezongar ni poner mala cara, hizo lo que Elisendis había dicho, que ya se veía que la hija de los amos sabía muy bien cuál era su papel en aquella casa.