Donde se habla del nacimiento de Elisendis
EN LA COCINA
E
lisendis había nacido, como quien dice, en aquellos mismos días en que lo había hecho Arraona, no muy lejos del hostal, en una de las casas buenas de los señores de la mano mayor, los señores que vivían en la villa y ocupaban cargos oficiales en representación del verdadero señor, el vizconde de Castellbó. La familia de Elisendis no era de las de toda la vida, de esas que ya dos siglos largos atrás habían sido las primeras en comprar, por censo, tierras y casas de la pavordía o de alguno de los señores del alodio, cuando empezó a vislumbrarse con claridad que aquel lugar, encrucijada de caminos generales, podía llegar a ser fuente de riqueza y ganancias. Decían que ya entonces existía el Mercadal, en tierras de la pavordía, que por eso el pavorde, que debía administrar sus bienes, reclamaba el pago de toda clase de derechos para poder mercadear y baratar allí: el derecho de pesaje y medida sobre cualquier cosa que pudiera pesarse y medirse, y también el derecho de lezna sobre la carne. Y aquello, como decía la madre de Elisendis, por fuerza tenía que rentar, con el barullo que había en la plaza cada sábado, que era el día de mercado, por no hablar de las ferias, que entonces era un no vivir, no solo por el ruido, sino también por los olores del ganado. También se mercadeaba y barataba con otros muchos productos, pero para las ferias llegaban a la villa rebaños enteros. La madre de Elisendis se encerraba a cal y canto en su estancia, con las cortinas echadas, a oscuras. Decía que sufría de migraña y hasta que no terminaba el alboroto no se le quitaba.
La familia de Elisendis hacía tan solo un par de generaciones que se había instalado en la villa, pero eran de buena casa, aunque no poseían ningún título nobiliario, y se relacionaban con aquellas primeras familias que habían comprado con tan buen ojo y a tan buen precio casas o solares o tierras de cultivo, como los Rosseta o los Saltells, señores de Cerdanyola; los Burgués, los Pla o los Clasquerí, señores de Castellar; o los Pou del Mas Pou de Junqueres y un puñado más. La madre de Elisendis se sabía todos los apellidos y la procedencia de cada uno, así como la de los que habían llegado después; sabía qué parte de la villa les había pertenecido y qué casas, y con quién habían emparentado casando a las hijas. Y estaba más que ufana, a pesar de las molestias del Mercadal, de tener la casa junto a la de los Rosseta, y, aún más, de la de los Togores, que, según decía siempre la madre de Elisendis, eran más importantes que los Rosseta, por más notarios que estos fueran y por más en exclusiva que tuvieran la tahona.
«Los Togores son señores alodiales, ¡no se puede comparar!»
Porque, si los señores principales del alodio habían sido los señores de Monteada y uno de sus dos feudatarios —los señores de Sentmenat—, el otro había ido cambiando de tiempo en tiempo y ahora lo eran los Togores.
No solo cambiaban los feudatarios. Más de una vez los señores principales habían empeñado la villa o la habían vendido a carta de gracia, una manera de reservarse la opción de volver a comprarla cuando mejor les pareciera. Como los señores de Arraona, que habían vendido el castillo a los Monteada. Un embrollo que la madre de Elisendis gozaba desenredando los miércoles, cuando recibía en el salón de su casa a otras señoras de su mano y mandaba servirles dulces y vino, también dulce, en unas copitas menudas y preciosas. Luego las sirvientas, cuando la doncella volvía del salón con la bandeja llena de vasitos sucios, los enjuagaban con mucho tiento, mientras se daban una panzada a reír, escarneciendo a las señoras, fingiendo tomar unos traguitos de los vasos vacíos, muy finas, ellas. El mismo hartón de reír que se habían dado entonces, cuando nació la niña y la señora organizó todo aquel jaleo.
Para el parto de Elisendis, no habría ni que decirlo, nadie mandó comparecer a la Coja.
—¿Os imagináis a la Coja en la estancia de la señora? —les daba la risa a las sirvientas en la cocina.
Una le copiaba los andares, arrastrando la pierna, y ponía una voz grosera:
—¡Oh, señora, si queréis que salga la criatura tendréis que abriros de piernas como cualquier mujer de la mano menor, por fina que seáis!
Y se reían como bobas.
Incluso a la cocinera, que las ataba corto, se le escapaba la risa.
Las señoras de la villa disponían de un médico, tan fino como ellas, cuando parían y de alguna mujer del servicio, con el delantal inmaculado, que las asistía en todo. Así pues, Elisendis nació en una cama alta, con colchón de lana y el cielo cubierto con cortinas; mientras, fuera, ante la puerta de la estancia como quien dice, ya esperaba el ama que habría de criar a la criatura —si no nacía muerta— y que la señora había escogido personalmente hacía pocos días, después de hacerse mostrar los pechos y derramar un chorrito de leche de los cántaros hinchados de todas las aspirantes a ama que hacían cola, para comprobar el color, la crema y el olor, por si la tenían agria, porque la señora de los hijos no se cuidaba, pero les elegía lo mejor que pudiera comprar con dineros. Para las amas, aquello era una rifa. La que saliera elegida se instalaría en la casa con su criatura, porque, eso sí, la señora no había tomado nunca a ningún ama a la que se le hubiera muerto el recién nacido, para que no fuera dicho que los hijos se le habían criado con la leche que pertenecía a un muerto. Cosas de rica y bobadas, porque la señora quizás no caía en que aquellas criaturas, una de la mano mayor y la otra de la mano más baja, serían hermanas de leche. Con lo tiquismiquis que era la señora con eso de las manos. Tampoco pensaba la señora que, si aquellos pechos habían de criar a dos criaturas en lugar de a una sola, bien podría suceder que no hubiera bastante para ambas.
«¡Qué poco sentido común, la señora!»
Sin embargo, por mucha jarana que armaran, a las sirvientas todo aquello también les parecía de lo más natural. Lo que de verdad fue blanco de sus burlas vino después, cuando la señora le negó al señor el paso a su estancia y a su cama. De eso hasta en los lavaderos del río se habló, aunque a media voz y en secreto, y solo con otras mujeres de mucha confianza. Una cosa así no se podía ir contando sin que te echaran de una casa y no te cogieran jamás en ninguna otra, que los señores, para sus cosas, eran muy quisquillosos y más si eran asuntos de cama. Aun así, no pudieron abstenerse de murmurar.
Elisendis tenía dos hermanos mayores y no tuvo ninguno pequeño porque el nacimiento de la niña dejó a la señora harta de partos.
—¡Con estas orejas lo he oído! —contaba la doncella aquel escándalo en la cocina—. Que una cosa era parir chicos que llevaran los títulos y heredaran los bienes de la familia, y otra muy distinta, parir niñas que, después de lo pesado que era un embarazo y del mal trago del parto, había que criar para que fueran a parar a otra casa y se llevaran incluso un buen pellizco del patrimonio; que las niñas no daban herederos a la propia casa, sino a la de otro, ni perpetuaban títulos o linajes. Delante de mí lo decía —insistía la doncella—. Tan fresca, como si yo no fuera más que un mueble, que no sabía si debía retirarme o qué.
—Y el señor, a todo esto, ¿qué decía?, ¿cómo se le ha quedado la cara? —preguntó una de las sirvientas.
—El señor, nada. Ni pío. Que el señor es muy señor.
—Yo hasta diría que más que ella —dijo otra.
—Tú no hace falta que digas nada. ¡Qué vas a saber tú de señores y de señoras! —le soltó la cocinera.
—Así que la señora —prosiguió la doncella, sin perder el hilo— ha dicho que basta y que fuera el señor a desfogarse con las payesas o con las mozas del servicio. Que ella ya había cumplido y no tenía ninguna necesidad de servirle, siendo como es de mejor casa que él.
—¿Eso ha dicho? ¿Con las mozas del servicio? —se enfureció la cocinera—. Menuda cara tiene la señora.
—Pues mira que el señor ya tiene años —dijo una de las sirvientas—, pero está de más buen ver que uno joven.
—Tú a callar, desvergonzada, que si yo me entero de que haces alguna estupidez, y ya puedes tener por seguro que me enteraré, se lo contaré a tu madre —la amenazó la cocinera—. Y del sopapo que te endilgará, si no te saltan los dientes, seguro que te pone la cabeza en su sitio.
Así que Elisendis no tuvo ningún hermano más. Ni ninguna hermana. Ya le habría gustado tener una hermanita pequeña y jugar con ella y acicalarla y manejarla como a una muñeca. Pero la muñeca era ella. No para su madre, que se la hacía llevar después del desayuno y antes de la cena, y los miércoles cuando recibía, para que la vieran las otras señoras. Pero sí para las sirvientas, sobre todo para las más jóvenes, que jugaban con ella y la cogían en brazos y la lanzaban por los aires. Elisendis se reía y se reía hasta atragantarse. Entonces el ama se la quitaba y las regañaba, pero ahí intervenía la cocinera, porque a las sirvientas solo les soltaba cuatro gritos ella. Y que el ama se metiera en sus asuntos, que bastante trabajo tenía, y a ver si se ocupaba de su hijo, que lo tenía esmirriado, en lugar de dejar que la niña distrajera a las sirvientas de sus quehaceres mientras ella se tocaba el higo y se hartaba de pan con aceite y de pan con vino, allí sentada, a la mesa de la cocina; porque por mucho que se dijera por aquellas tierras que «el vino hacía sangre», que puede que sí, nunca se había oído que hiciera leche. Y cuando Elisendis empezó a caminar, también fue en la cocina donde hicieron fiesta mayor. Aquella tarde, a última hora, cuando el ama fue a enseñársela a la señora y se lo hizo saber, toda ufana, la señora la miró como si le hablara de los pájaros que se marchan en otoño.
—Yo le he dicho: «Señora, sabed que la señorita Elisendis hoy ha dado sus primeros pasos ella sólita». Y la señora: «Bueno, de eso se trata, ¿no te parece, ama? Y supongo que un día u otro hablará y sabrá usar un orinal. Es tu trabajo». ¡Eso me ha dicho la señora!
—¡Desde luego, la señora! ¡Qué cosas dice! —respondieron las otras, atareadas colando el caldo y colocando las viandas sobre una bandeja, con gracia, para que lucieran, que la hora de la cena de los señores era sagrada y el ama, con tanta cháchara, les distraía.
—Anda, ve y pon a dormir a la niña —se la quiso quitar de encima la cocinera—. ¿No ves que está muertecita de sueño, pobrecita mía? Me la vas a hacer llorar de tanto besuquearla y estrujarla.
Porque el ama eso también lo tenía. Era tan niñera y cariñosa que a veces Elisendis, menuda como era, se hartaba y berreaba para que la dejara tranquila.
—¡Mirad cómo se ríe! —decía el ama.
—¡No miréis nada, que lleváis mucho retraso! —saltaba la cocinera, que se inquietaba con cada comida que había que servir, tanto si los señores tenían invitados como si no, porque, al fin y al cabo, era a ella a quien la señora regañaría si algo no iba como tenía que ir o no estaba a su gusto; a las mozas, nada.
—Porque es de buena pasta, esta niña, y no quiere hacerte un feo. Ya tendrías que saber que si se agarra la oreja es que tiene sueño. Lo sabemos todas menos tú, que representa que eres el ama.
Era verdad que Elisendis se reía, porque ya de tan pequeña le gustaban el bullicio y las risas, oír voces y ajetreo a su alrededor, y hasta griterío. Y eso hasta las sirvientas comprendían que no era apropiado en una pubilla de la primera mano. Y que, si su señora madre no la enderezaba, la niña le daría más de un dolor de cabeza, y algún que otro berrinche.