Donde Petronela es feliz y Arraona no
EN EL MOLINO
H
abía adelgazado. Arraona, que era una joven lozana, de formas redondeadas y carnes macizas, estaba flaca, desmejorada. Los huesos del escote se le dibujaban bajo la piel, sin afearla, pero sí como nunca, y había perdido aquella expresión feliz, despreocupada, con que contemplaba la vida. Ella misma se daba cuenta de que, en todos aquellos meses que llevaba ya en el molino después de casarse con el hijo del pelaire, se había hecho mayor. No era ni volvería a ser jamás una muchacha. Era una mujer. Su marido era un buen hombre. No la trataba mal, sino con respeto. Era tan soso como había parecido siempre y Arraona había desistido de bromear, porque él se quedaba desconcertado. No pescaba una. Entonces se sentía incómodo. Y Arraona no quería que se sintiera así. Tanto ella como él trataban de hacer que aquello de estar casados, que aquel contrato que le había explicado su madre que era el matrimonio, se resolviera y cumpliera del modo menos conflictivo. Él cumplía y ella cumplía. En el molino, a Arraona no le faltaba nada, ni tenía que batanar los paños, que solamente con ver cómo lo hacían los hombres que el pelaire tenía a jornal ya le dolía todo. Pero había mucho que hacer. Ahora entendía que Felipa acabara cada día reventada y no estuviera para grandes fiestas ni excesos, y que en su casa la hora de acostarse hubiera sido siempre sagrada. También para ella la hora en que podía cerrar los ojos era el mejor momento del día. El peor, cuando los abría con la evidencia de tener por delante todas aquellas horas de luz, con la certeza de que así sería su vida, un día tras otro, hasta que fuera vieja. Hasta que muriera. Aquello, y nada más, era la realidad. El resto, la vida que había llevado en el hostal, en la villa, la emoción de llegarse a la fuente..., todo era un sueño que se había deshecho en niebla. Eso era lo que no existía. Quizás no había existido nunca.
Tenía mucho tiempo para pensar. Las tareas en el molino y en la casa solo ocupaban sus manos y cansaban su cuerpo. Pasaba mucho tiempo sola o, si no sola, como si lo estuviera. Ramón de los Papeles no hablaba, todo el día abstraído en aquel trabajo extraño de desmenuzar hasta molerlos los trapos viejos que le llevaba la Coja. Los convertía en una papilla que después escurría sobre un cedazo de agujeros casi invisibles, tras extender, muy fina, toda aquella pasta, para conseguir unas láminas rígidas que el pavorde le compraba para escribir en ellas, no se sabía si por lástima de aquel hombre extraño que era el hermano de la Coja o porque realmente le eran de utilidad, que eso Arraona no lo sabía y, la verdad, tanto le daba. Pero Ramón no hablaba. Con la Coja, ante quien de pequeña sentía tanto miedo, creyéndola bruja, tampoco era como para tener muchas charlas. La Coja era menos reservada que Ramón, pero era arisca, malcarada, y miraba a todo el mundo con aquella desconfianza en los ojos que desalentaba cualquier intento de relacionarse con ella. Al principio de vivir en el molino, Arraona le había preguntado cómo se llamaba.
—Mira que hace años que te conozco, y ¿sabes que no sé cómo te llamas? —Arraona había querido entablar conversación.
Pero la Coja le había lanzado una mirada que Arraona percibió cargada de rabia y no le había respondido, así que la joven había desistido. Aquellos dos hermanos de la madre de su marido —que, aparte del pelaire, de su hijo y de los bataneros que iban a trabajar al molino, con quienes poco tenía que ver, eran las únicas personas que vería en muchos y muchos días— no serían para ella ninguna compañía. Pero, en cambio, sí eran una especie de vigilancia permanente: si hubiera estado sola, quizás en algún momento habría cedido al deseo de echarse a llorar. Con aquellos extraños silenciosos rondando por el molino, tenía que contenerse. No quería que luego anduvieran con chismorreos, ni al pelaire ni por la villa.
El mismo año que casó al hijo, el pelaire había arrendado un campo de cultivo cerca del molino, para llevar a cabo aquella obsesión suya de hacer paños de lino. Había apalabrado a un hombre, un jornalero de la mano menor, para que lo desbrozara, lo limpiara de pedruscos, removiera bien la tierra y la abonara. Cuando tuvo el campo preparado, plantó en él una cama de tréboles que daba gusto contemplar y ganas de tumbarse encima, de cara al cielo; y por San Marcos, el 25 de abril, sembró las semillas de lino, que sacaron unos tallos largos y derechos, hasta que con el paso de los días empezaron a ramificarse y a coronarse, cada rama con una flor de un azul intenso, por San Juan.
—Dejaremos que esta cosecha grane. Luego ya veremos, según vaya la producción —había dicho el pelaire un atardecer en que los tres fueron hasta el campo, a echarle una mirada de cerca.
Desde una de las ventanas del molino, Arraona podía ver el campo. Aquella mancha azul de color intenso, no sabía muy bien por qué, la consolaba. Cuando las flores se marchitaron, para granar, todo volvió a ser como era.
—¿Sabes que tu suegro es el hazmerreír de todos en la villa, con eso que se le ha ocurrido de cultivar el lino para mandarlo hilar y tejer como si fuera lana? —le dijo Petronela, un día que se presentó en el molino con Elisendis en el coche de caballos.
Las amigas iban a verla de vez en cuando. La primera vez, Arraona se había asustado, al límite del pánico. El pelaire había dejado tan claro que no quería que «triscara» por los alrededores...
Elisendis se alarmó.
—Pero, Arraona, ¡ni que estuvieras secuestrada! ¡O prisionera en este molino! Solo te has casado. Bien pueden recibir visitas, las mujeres casadas. Haz el favor de quitarte de encima esta especie de terror en el que vives. ¿Es que te han prohibido recibir visitas?
—No, claro que no —respondió Arraona, confusa.
No se había dado cuenta de que viviera tan temerosa de hacer algo que el pelaire pudiera considerar poco o nada pertinente. Sí, tenía que sacarse del cuerpo aquel miedo indefinido que la llevaba a deslomarse como si de lo contrario fueran a apalearla. Al fin y al cabo, representaba que era la mestressa de aquella casa de hombres. La Coja no contaba. Y sí, ya sabía, por las veces que habían ido a comer al hostal, algún domingo o en alguna fiesta señalada, que en la villa se hablaba de aquello del lino como si fuera un soberano disparate, impropio de un hombre como el pelaire, decían, tan juicioso, tan bien considerado por su talante prudente y su buen ojo para los negocios. ¿No había sido él el primero en enredarse a tener un puñado de tejedores trabajando para él y solamente para él, a destajo? También había quien lo defendía: si tan buen ojo decían que tenía, quizás todos deberían ir pensando en cultivar aquellas hierbas. Pero la gente seguía creyendo que aquello era una bobada: ¡habrase visto, hacer ropa de hierbajos! Y meneaban la cabeza, jocosos o reprobadores, según el modo de ver de cada cual.
Arraona esperaba como al santo advenimiento ver allá lejos, por el camino, la polvareda del coche de caballos de Elisendis. Un par de días antes, Elisendis solía enviar a Argent a avisarla, a preguntarle si le venía bien que tal o tal día Petronela y ella fueran a pasar la tarde. Así ella disponía de tiempo para hacérselo saber al molino. Sobre todo al pelaire. No por nada, sino para que no les sorprendiera la visita. Nunca ninguno de los dos hombres puso mala cara, pero Arraona se daba cuenta de que al pelaire, que era quien más miedo le daba, le gustaba que ella se lo hiciera saber. No pedía permiso, porque era cierto que no tenía que pedirlo, estando como estaba en «su casa». Pero al hombre le gustaba que lo hiciera y lo apreciaba. Le hacía pensar que su decisión había sido un gran acierto. La moza no era tan rebelde como él se había temido en un principio; era respetuosa y se portaba bien. Trabajaba de firme, tenía el molino como una patena y no era deslenguada ni malcarada. Todo un acierto. Pero no se quedaba preñada. Quizás era pronto. Arraona era jovencita, quizás no estaba bastante hecha. ¡El qué sabía! Y no tenía la menor intención de ponerse en evidencia preguntándole nada a la Coja. O quizás el torpe de su hijo, a pesar de ser trabajador y buen chico, no se daba buena maña en preñar a la mujer. Tampoco le daba muchas vueltas. Tiempo habría. Puede que hasta fuera mejor así. La chica preñada o con una criatura por medio, ahora que se acercaba el tiempo de la recogida del lino, no habría sido de ninguna ayuda, e incluso podía convertirse en un estorbo si no se encontraba bien o si la criatura le daba demasiado que hacer, siendo una madre primeriza. Cuando tuviera cuatro o cinco... Y el pelaire ya se veía como un patriarca, rodeado de nietos y de riquezas, pero sobre todo de halagos, de admiración y de respeto, allá por donde fuera.
—Si esto del lino sale bien, pondremos casa en la villa, ¿qué os parece? —había llegado a decir al hijo y a la nuera una noche, mientras cenaban.
A Arraona se le habían iluminado los ojos, pero no había dicho nada. Al joven se le habían apagado y tampoco había dicho nada.
—¿Y qué cuentan tus amigas, chica? —le preguntaba el pelaire cada vez que Elisendis y Petronela iban a verla.
Arraona medio se lo inventaba desde que se había dado cuenta de que al pelaire le gustaba tener conversación —¡al único en aquel rincón de mundo donde vivían!— y de que le había sentado mal la vez que ella se había limitado a responderle que a ver qué iban a contar, que solamente hablaban de sus cosas. De modo que mientras preparaba la cena ya se iba inventando historias más o menos creíbles, sin olvidar que el pelaire pasaba muchas horas en la villa y muy a menudo. Pero aquel día no tenía que inventarse nada.
—Pues buenas noticias. Petronela se casa.
—Algo de eso había llegado a mis oídos, pero ya se sabe que, de las cosas que se oyen, la mitad de la mitad. Así que la hija de Pep se casa. ¿Y con quién? ¿Ha cumplido el carnicero y casa a la pubilla con un señorón de la mano mayor? —añadió burlón, pero sin mofarse, porque el pelaire respetaba a cualquier hombre que fuera capaz de sacar adelante un negocio y Pep era todo un personaje en la villa y estaba forrado de sueldos.
Arraona sonrió. Hacía ya tantos años que Petronela alardeaba de que su padre la casaría con un señor y de que entonces ella sería una señora...
—No, al final no. Se casa con el ayudante de Pep, con Iu, el hijo de Bernat Pastor.
—Otro hombre como es debido, Bernat, trabajador y con la cabeza en su sitio —afirmó el pelaire meneando la cabeza con aprobación—. Su chico es un cabeza de chorlito. ¿No es ese que quería ser almogávar?
Arraona entonces no pudo evitar reírse. Sí, pobre Iu, quería ser almogávar, quería serlo desde que era pequeño y jugaba con Iscle en lo alto de las murallas.
—Pero no le hace ascos a la faena y es alegre como un cascabel. ¡Santa inocencia! —prosiguió el pelaire—. Pep lo aprecia. Desde que lo tomó de aprendiz, cuando Bernat se trasladó a la villa. Debe de estar contento. Mañana pasaré por el matadero a darle la enhorabuena. Ahora tendrá un hijo. Lástima que la mujer le quedara lisiada cuando parió a la niña, ¿eh, tú? —añadió dirigiéndose a la Coja, porque los hermanos cenaban siempre con ellos.
La Coja le echó una mala mirada y tan solo dijo:
—No fue cosa mía, Rafel. La carnicera está mal hecha por dentro.
Qué seca llegaba a ser aquella mujer. Áspera. Arraona tuvo un escalofrío. ¡Cómo no iba a darle miedo la Coja, de pequeña, con aquellas miradas furiosas que se le escapaban de las pupilas y aquel tono rabioso que gastaba! ¡Si incluso ahora la temía!