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La novela de Raimundo salió a la calle dos meses después. El día que Carlos llamó desde la editorial a Raimundo para asistir a la presentación de la obra, ya en su despacho, le entregó uno de los ejemplares. Raimundo abrió orgulloso la novela y leyó en voz alta la nota que figuraba en la primera página al tiempo que sonreía irónico.

La nota decía: «Todo lo que el hombre es capaz de imaginar es realidad con el tiempo. Somos tan responsables de nuestros pensamientos como de nuestra imaginación, ya que ambos son el útero que engendra nuestras acciones».

La dedicatoria era para Arturo Depoter: «La vida, ¿qué es la vida? ¿Acaso un sueño?, ¿o tal vez un deseo? La vida a veces sólo forma parte de nuestra imaginación».

Raimundo miró a Carlos y sonrió. El editor palmeó la espalda del escritor y ambos emprendieron el camino hacia el Hotel Palace de Madrid, donde iba a ser llevada a cabo la presentación del libro. Cuando Raimundo salía por la puerta, un hombre vestido de negro que sujetaba a un perro asido a una cadena de gruesos eslabones de acero se le acercó extendiendo sus manos. Raimundo sacó un billete de mil pesetas y sonriente se lo ofreció, pero el ciego lo rechazó y quitándose las gafas dejó al descubierto el verde intenso de sus ojos. Le sujetó con fuerza del brazo y dijo:

—Octavo Jinete, he venido en busca de lo prometido. La era de la imaginación ha comenzado. ¿Recuerdas? Ya eres el mejor escritor del nuevo siglo, como te prometí. Ahora quiero ver escrita mi palabra.

Carlos retiró la mano del hombre que sujetaba el brazo de Raimundo y, sonriente, y le dio uno de los ejemplares de la novela.

—Tome, buen hombre. La novela y las mil pesetas. Coja usted las dos cosas, porque la literatura es el pan del alma, y con el dinero se compra el pan para el cuerpo —dijo Carlos agarrando con afecto al ciego.

—Gracias, editor. Volveremos a vernos —contestó el ciego guardándose la novela y el dinero en la bolsa de cuero que colgaba de su hombro izquierdo.

—¡Este hombre es increíble! ¿Sabes que cada vez que publicábamos una obra de suspense de Abelardo Rueda estaba en la puerta suplicando un ejemplar? Por eso siempre me cayó bien. Padece una enfermedad neurológica que le está dejando ciego. Es una especie de trashumante. Vive cerca del Monasterio de El Escorial, pero se pasa la mayor parte de los días caminando por los pueblos de la zona. Posee una cultura impresionante, sobre todo en temas teológicos. Si quieres saber algo sobre personajes extraños del Madrid antiguo o de los pueblos de los alrededores, él es la mejor fuente de información. Conoce todas y cada una de las apariciones que se han producido en la zona, y son muchas, créeme. Hacía tiempo que no le veía. No había vuelto a venir desde que Abelardo dejó de escribir. Cuando comenzaron sus problemas. ¡Y mira!, de nuevo aquí. Eso demuestra que la publicidad que hemos hecho sobre el lanzamiento de tu obra ha sido magnífica.

Raimundo no contestó. Permanecía inmóvil mirando cómo se alejaba aquel hombre vestido de negro. Sus ojos de iris color verde oscuro, donde no se apreciaba la pupila, le resultaron demasiado conocidos, tanto que le hicieron revivir, en un instante, aquel sueño de infancia y recordar la pregunta que le hizo la sor aquel día en el colegio:

Dios mío, ¿y te dijo el ángel su nombre?

Sí. Se llama Luzbel.

—¡Raimundo! —le llamó Carlos al ver que el escritor permanecía inmóvil mirando cómo se alejaba el indigente—. Vamos, sube al coche. ¿No me oyes? Raimundo, ¿qué te pasa? Cualquiera diría que has visto al diablo.