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Ibiza.
20 de diciembre de 1997

Eugenia esperaba la llegada de Abelardo y de Adela sentada en el jardín delantero de la casa. En la entrada, junto al primer escalón de madera, había una gran cesta de mimbre que contenía aguacates y pepinos que más tarde se utilizaría para preparar una copiosa ensalada compuesta de todo tipo de frutas y alguna que otra exquisita hortaliza. Cuando Abelardo y Adela llegaron a la casa, la mujer les recibió con una sonrisa:

—Sean ustedes bienvenidos. Mire, señor Abelardo, estos pepinos son de la huerta de un amigo; están recién cogidos. Me dijo don Goyo que a usted le gusta mucho la verdura y la fruta…

Desde el primer momento el matrimonio se sintió como en su casa; la compañía de Eugenia fue para ellos el antídoto perfecto contra los recuerdos indeseados.

Arturo Depoter era amigo de Goyo. Odontólogo de profesión, residía en Santa Eulalia donde tenía tres clínicas en propiedad. Él no ejercía: contaba con una plantilla que iba en aumento constante al igual que sus ingresos. No obstante, a pesar del evidente éxito económico del que ya gozaba, quería hacerse con la franquicia de una firma de prótesis alemanas. Quería ser el único proveedor de aquellas maravillosas prótesis diseñadas para una implantación fija y que sus clínicas fuesen las únicas donde se hiciesen los implantes, no sólo en las Baleares, sino en toda la península y el archipiélago canario. Quería el monopolio. Desde hacía algunos años, Goyo era el abogado del padre de Arturo. Por eso, cuando éste comenzó su aventura profesional, su progenitor le recomendó al letrado como la persona más indicada para hacerse cargo de todos los temas jurídicos de su recién creado negocio. Arturo así lo hizo, y con el tiempo surgió entre ellos una gran amistad que culminó con la adquisición, por parte de Goyo, de la casa de verano en Ibiza. Arturo fue el primero en saber que Abelardo y Adela pasarían allí las navidades, y que el deseo de Goyo era que fuesen las mejores vacaciones de las que el matrimonio había disfrutado hasta la fecha. Para ello, el letrado puso al tanto al odontólogo de las circunstancias adversas que había vivido la pareja en los últimos días. Arturo se mostró encantado con la solicitud de su amigo. El mismo día que el matrimonio llegó a la isla, ya entrada la tarde, viajó desde Santa Eulalia para presentarles sus respetos.

—Teníamos ganas de conocerte. Goyo habla maravillosamente bien de ti. Creo que hasta es posible que necesitemos tus servicios —dijo Abelardo al tiempo que los dos hombres se abrazaban.

—Yo también tenía ganas de conoceros. Soy un fiel admirador de tu literatura —dijo Arturo.

—¿Conoces mis obras históricas?

—No. Me he referido a las novelas de suspense. Me apasiona ese género. Estoy encantado de teneros en la isla. ¡Todo lo que deseéis os será concedido! —dijo chasqueando los dedos con elegancia.

Adela sonreía. Arturo le parecía un hombre encantador. Su forma de expresarse, su elegante indumentaria, su mirada oscura, profunda, su apariencia de hombre inaccesible; todo en él la seducía. El profuso pelo cano que cubría su cabeza. Su voz grave se clavaba en sus oídos haciendo cosquillas en sus vísceras, despertando sus deseos carnales. Adela se movía inquieta, perturbada, mientras Arturo la observaba con quietud, recorriendo con sapiencia, con deleite, con exactitud topográfica su cuerpo. Los ojos negros del odontólogo ahondaban en sus pechos, imaginando sus deseos de caricias, haciendo que la mujer sintiese su mirada como el rastro de un sueño perdido, de un sueño de sexo del que nunca se quiere despertar. Arturo dejaba caer sus párpados al tiempo que esbozaba una sonrisa. Cada una de sus miradas parecía un disparo silencioso dentro de una cacería furtiva, en donde la víctima moría de deseo, plena de placer, dejándose atrapar en la más absoluta quietud. Adela percibía las caricias visuales del odontólogo demandando que no acabasen nunca. Que aquel instante, que aquellos pensamientos inquietantes se hiciesen realidad.

Arturo se dirigió a Adela e inclinándose le tomó la mano y la besó diciendo:

—Goyo me dijo que eras muy hermosa. Sin embargo, creo que su léxico fue un tanto escueto, demasiado reglado para describir tu belleza como se merece. ¡Eres un soplo de beldad! ¡A tus pies, querida Adela! Recibe mis respetos.

Abelardo miraba a Arturo con estupor. Estaba molesto, irritado. El comentario del odontólogo le había parecido excesivo. La retórica que había utilizado para decir que la belleza de Adela le había conmovido evocaba un galanteo aparatoso que, a su juicio, sólo se daba en un donjuán callejero. En ese tipo de chulo ligón, anodino e inculto que es incapaz de decir una oración con sentido sin haberla plagiado con anterioridad. El elogio de Arturo le resultó falto de escrúpulos, demasiado perfecto para no haber sido ensayado con más de una mujer. Sin embargo, Abelardo sonrió, llevado por la obviedad del ridículo que evidentemente haría si demostrara ingratitud ante un halago dirigido a su mujer, y se guardó para sí sus pensamientos y la sensación de haber sido ofendido.

—¡Gracias, Arturo! Eres todo un caballero —dijo el escritor en tono irónico—. Tal como dijo Goyo, ¡todo un señor de los adjetivos!

—Soy sincero. Tu mujer es preciosa, francamente, es demasiado hermosa. Esta isla se sentirá honrada si una flor como ella la embellece aún más con su presencia…

El tiempo trascurría deprisa, llevado por la mano inquisitoria de Arturo. Nada de lo que acontecía se asemejaba a los planes que el escritor había hecho. Los días estuvieron llenos de almuerzos y las noches de cenas en grupo, a las que el odontólogo siempre invitaba a una nueva adquisición femenina, que utilizaba para entretener a Abelardo, mientras Adela y él se perdían en la cálida penumbra que precede al atardecer y que allí estaba preñada del ruido que el mar provoca al abrazar la isla con mansedumbre.

Él no permanecía ajeno al alejamiento de su mujer, a la atracción que Arturo ejercía sobre ella. Poco a poco se fue aislando del círculo de amigos del odontólogo. Ansioso, lleno de inseguridad, contaba los días, las horas que faltaban para regresar a Madrid.