13

El hermano de Carlota, Juan Antonio, había concertado la entrevista con Arturo. Raimundo era su recomendado para ocupar el puesto de Goyo. Juan Antonio y él eran grandes amigos:

—Muéstrate tal como eres. Ante todo, no debes ocultarle que estuviste haciendo la tesis de psiquiatría con Abelardo —sugirió Juan Antonio.

—No tengo por qué hablar de ello ni por qué ocultarlo. Creo que mi vida no le interesa. Lo único en lo que debe estar interesado es en mis servicios. No creas que tengo mucho interés en este trabajo, me ha cogido por sorpresa. Aún no he terminado con la tesis —contestó Raimundo.

—Sabes que el puesto te vendrá bien. Hasta que recibas el dinero de la venta, necesitas ingresos. Una vez que lleves trabajando para ellos un tiempo, no querrás abandonarlos. Pagan demasiado bien, aunque no debería decirlo, pero es una verdad como un templo. Sobre tu tesis y tu vida privada, tienes razón. Así es como siempre debería ser: la vida privada sólo debería ser asunto de uno, pero eso no es cierto. Debes hacerme caso. Conozco a Arturo. No le ocultes nada. Es muy inteligente, y no sólo eso, también es muy poderoso. Tiene demasiado dinero, demasiado prestigio, demasiados amigos. Tiene demasiado de todo. Acabará sabiendo más de ti que tú mismo. Créeme, si le dejas la puerta de tu vida personal abierta, jamás la atravesará. Sin embargo, si se encuentra con alguna cerradura, no dudes que encontrará la llave y se paseará por todas las habitaciones sin el más mínimo reparo.

—Está bien. No te preocupes. No creo que sea tan difícil conseguir ese puesto. Si no lo logro, tampoco me supondrá ningún disgusto. Seguiré mermando mis ahorros hasta que tenga una nueva oportunidad, hasta que reciba el dinero de la venta —contestó Raimundo.

—Bien. Espero que cuando acabe el almuerzo me llames para contarme qué te ha parecido Arturo —dijo Juan Antonio.

—Prometido. Hasta luego.

Arturo recogió a Carlos en la editorial y los dos se dirigieron al restaurante donde habían quedado con Raimundo. De camino, los dos amigos conversaron sobre el nuevo abogado que Juan Antonio les había recomendado.

—¿Tú le conoces? —inquirió Carlos.

—¡Qué va! Aún no le he visto. Pero imagino que será el típico intelectual callado. Hacemos apuestas a que es tan antiestético como el plástico y tan tedioso como las películas sin sexo. ¿Nos apostamos algo a que no encuentra el restaurante?

—¿Le dijiste dónde estaba? —preguntó Carlos.

—Pues mira no se me ocurrió —contestó Arturo burlón.

—¡No jodas! ¿En serio que has hecho eso?

—Sí. Lo hice porque fue Juan Antonio el que hizo la reserva. Imagino que Raimundo, siendo su recomendado, sabrá dónde está el restaurante. ¿Qué te parece si pasamos? —preguntó Arturo cediendo el paso a su amigo.

Los dos hombres entraron en el local y tomaron asiento. Cinco minutos después apareció Raimundo. El maître se dirigió a él con actitud de agrado y familiaridad. El resto del personal le saludó con evidente respeto. Cuando Arturo vio entrar a Raimundo no le prestó atención, pues en ningún momento imaginó que aquel hombre podía ser el que ellos estaban esperando, hasta que le oyó contestar al maître:

—No, Juan. Hoy no. Es usted muy amable. Pero hoy no almuerzo solo. Tengo una cita de negocios, me espera don Arturo Depoter.

Arturo giró bruscamente la cabeza observando con detenimiento al hombre que se dirigía hacia su mesa acompañado del maître. Medía aproximadamente un metro noventa, tenía el pelo rubio y los ojos verdes. Vestía traje de seda verde oscuro de pantalón ancho con pinzas y llevaba zapatos marrones de tafilete del mismo tono que su cinturón. La corbata, que acariciaba la camisa de seda blanca con iniciales bordadas en verde hoja, era de firma, igual que el resto de su indumentaria. Su aspecto era excesivamente pulcro. Su caminar pausado desbordaba elegancia. Carlos sonreía expectante ante la reacción de Arturo.

—Buenas tardes, señores —dijo Raimundo—. Perdonen el retraso. He tomado un taxi. Madrid está imposible. Ya saben ustedes lo que es circular a estas horas por la Castellana. Raimundo de Arcade —se presentó—. Bien, lo dicho, es un placer —concluyó al tiempo que extendía su mano.

—Encantado —respondió Arturo estrechando la mano de Raimundo.

—Un placer —dijo Carlos sonriente.

Los tres hombres tomaron asiento y se dispusieron a leer la carta, de la que Raimundo hizo caso omiso. Carlos lo observaba, impresionado por su apariencia.

—Verá, Raimundo —dijo Carlos pensativo—, he de confesarle una cosa. Creo que debo decírselo porque ya que usted va a llevar nuestros temas legales es conveniente que seamos sinceros entre nosotros, ¿no cree? —Raimundo asintió—. Verá, antes de que entrase nos estábamos preguntado cómo sería.

—¿Cómo sería quién? —preguntó Raimundo.

—Como sería usted. Especulábamos con su imagen. Su apariencia física. Yo llegué a imaginarle con esas típicas gafitas de intelectual, entrando en el restaurante con aire despistado, vestido con un traje gris oscuro y una corbata pasada de moda.

—No se equivocó del todo —contestó Raimundo sacando unas gafas del bolsillo interior de la chaqueta y poniéndoselas—. Como verá no son minúsculas, tengo bastantes dioptrías. No puedo llevar lentillas. Si no me diesen tanto miedo las nuevas técnicas, lo digo por nuevas que no por técnicas, ya me habría operado. Lo habría hecho por comodidad, no por estética. ¡Odio tener que depender de cualquier objeto material! Me refiero a cualquier cosa que no se pueda guardar en la cabeza…

—Y bien —interrumpió Arturo distante—, ¿cuándo cree que podrá hacerse cargo de todo? Tengo bastantes temas que necesitan ser atendidos con urgencia.

—Cuando ustedes quieran. Estoy a su entera disposición. Lo único que tengo pendiente es mi tesis de psiquiatría, pero ello no impedirá que lleve sus temas con total dedicación.

—¿Es usted psiquiatra además de abogado? —preguntó Arturo sorprendido.

—Sí. Pensé que me sería muy útil conocer la mente humana si iba a ejercer la abogacía, ya que creo que las dos cosas están bastante relacionadas. En realidad siempre quise ser abogado criminalista. Ésa ha sido la gran razón, la única razón que me hizo estudiar psiquiatría.

—Si no es indiscreción, ¿en qué se basa su tesis? —preguntó Arturo.

—En el comportamiento de los asesinos en serie, los motivos, el porqué de sus actuaciones… Suelen ser gente que tienen en general un comportamiento normal, que incluso destacan por cumplir con excesiva pulcritud las normas vigentes. Hasta pueden ser personas que sobresalen por su sensibilidad; pero, de repente, un buen día se convierten en seres sin raciocinio —explicó Raimundo—. Comencé a desarrollar mi tesis estudiando el caso de Abelardo Rueda, el escritor. Creo que ustedes eran sus amigos —dijo observando la expresión de sorpresa de los dos hombres.

Arturo y Carlos se miraron.

—¿Cómo ha dicho? ¿Ha basado su tesis en el comportamiento de Abelardo? —preguntó Carlos.

—No. No, exactamente —respondió Raimundo—. Seguí, a través de la prensa, todo lo que ocurrió desde el primer asesinato. Cuando se cometieron los dos primeros homicidios, tomé mis primeras notas. Al cometerse el tercero, esos apuntes me parecieron muy interesantes y adquirieron mucho más sentido del que yo pensé que podían tener en un principio. Cuando don Abelardo fue internado, solicité hacerme cargo de su cuidado diario con la única gratificación de poder estudiar su comportamiento. Comencé mi trabajo en el mismo hospital. Un trabajo que tuvo un resultado del todo insatisfactorio.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Carlos.

—Sencillo; don Abelardo no era un asesino. Tampoco un psicópata. Sin embargo, no abandoné su cuidado, aunque sí mi tesis; bueno, quiero decir la base en la que se había asentado. Por ello, comencé a construir una nueva, que es la que quiero presentar.

—Dice usted que sabía que Abelardo era inocente. Si lo sabía, ¿por qué no se lo comunicó a la policía? —inquirió Arturo.

—¿Por qué debía hacerlo? Yo no tengo nada que ver con lo que ocurrió, simplemente estaba desarrollando una tesis. Los temas de investigación de crímenes sólo le corresponden a la policía. Don Abelardo estaba, en los momentos que yo compartí con él, con sus facultades mentales francamente perturbadas. Que yo pensase desde un primer momento que era inocente no quiere decir que estuviese en lo cierto. Aunque más tarde se demostrase su inocencia. Yo, señores, no estaba allí como policía, recuerden que aquello era un hospital y yo estaba estudiando el comportamiento de un enfermo mental, no lo que hizo con anterioridad a su internamiento. Tampoco formé parte del equipo médico; me dedicaba exclusivamente a recopilar datos para mi tesis.

—Tiene usted razón —dijo Carlos—. Permítame que, dados sus conocimientos sobre psiquiatría, me tome la libertad de hacerle una pregunta. ¿Sería capaz de hacer un perfil del asesino?

—¿De qué asesino?

—Pues del que ha cometido todos esos crímenes horripilantes. Si dice que Abelardo no era el responsable, el autor material de los crímenes, me gustaría saber cómo cree que es ese hombre, cuáles son los rasgos de su personalidad más destacados.

—No creo que sea posible. Al menos desde el punto de vista profesional. El responsable de esos crímenes no es un loco. Todo demuestra que se trata de una persona cuerda. Sinceramente, creo…, bueno, estoy seguro de que es alguien inteligente, demasiado inteligente. Está más cuerdo que cualquiera de nosotros y es tan listo que ha sido capaz de parecer un loco sin serlo. Ha engañado a la policía, a los medios de comunicación, y creo que también hizo que la esposa del escritor pensara que Abelardo Rueda era el autor de los homicidios. Teniendo en cuenta todo eso, parece que cualquiera de nosotros podría ser el homicida… —dijo irónico Raimundo.

—¡Qué barbaridad! Nadie que esté en su sano juicio mataría de esa forma —contestó Arturo indignado.

—¿Usted cree que para matar hay que estar loco? ¿Que la locura es la causante de la maldad humana?

—¡Por supuesto! —exclamó Arturo indignado.

—Se equivoca. Olvida las guerras, olvida las personas que padecen en sus vidas la indiferencia de las empresas farmacéuticas porque éstas no invierten en enfermedades raras, porque no es rentable invertir en unos pocos. Olvida los muertos diarios a causa de las hambrunas que hay en el mundo y las personas que mueren en la carretera por culpa de las irresponsabilidades de algunos conductores… Creo que usted no tiene claro el concepto de responsabilidad en relación con una muerte. Los asesinos no son sólo los que matan a una persona. La responsabilidad de una muerte va más allá. Debería analizar con más detalle lo que ocurre en nuestro mundo cuando lee la prensa diaria. La maldad humana no tiene nada que ver con la locura. El asesinato no es consecuencia de la locura, sino de la maldad y de la avaricia. No olvide que hay muchas formas de asesinar, que hay demasiados criminales sueltos en el mundo a los que nadie se atreve a encausar.

—No diga usted tonterías —respondió Arturo malhumorado—. ¿Cómo puede comparar las hambrunas o las guerras con los crímenes de un asesino en serie? ¡Qué barbaridad! Es… es absurdo. Desproporcionado. Me parecen desproporcionadas sus comparaciones.

—Depende de cómo mire usted lo que ha ocurrido; ya sabe que todo es relativo. Está demostrado que el hombre mira lo que le interesa ver. El cerebro recibe sólo lo que percibe como interesante —respondió Raimundo—. Por ejemplo, se sorprendería de la cantidad de objetos que, dependiendo de su disposición, a pesar de estar en una habitación, ni siquiera los vemos porque nuestra mente los desecha por considerarlos insustanciales. Cosas que siempre han estado en un lugar (en una pared, en el techo…), de repente un buen día nos damos cuenta de que no las habíamos visto. El cerebro es selectivo. Demasiado selectivo.

—Hasta ahí estoy de acuerdo con usted, pero una cosa es la selección de detalles y otra muy diferente el que compare las muertes de las guerras, por ejemplo, con los crímenes de un asesino en serie.

—¿Usted cree? Se sorprendería de la cantidad de personas que teniendo sus facultades mentales perturbadas son incapaces de hacer daño ni a una simple e insignificante hormiga. Hace unos años —comenzó a explicar Raimundo— estudié el caso de un hombre que sentía verdadero dolor al pisar cualquier tipo de insecto. Su obsesión llegaba a tal extremo que no podía salir al campo porque era incapaz de dar un solo paso sin comprobar que no había aplastado a algún bicho.

»La necesidad de destrucción no siempre está acompañada de locura. Créanme, la necesidad de destrucción no es un indicio de locura. Algunas veces es un indicio de otra necesidad, de la necesidad de poder. El poder de la creación, que siempre va unido al poder de la destrucción. La necesidad de suplir alguna carencia o el simple hecho de hacer algo que gusta; es muy sencillo, tanto como tomar una comida que nos gusta. Puede parecerles demasiado cruel, pero eso es lo que yo opino. Hay muy pocos locos que maten sin saber lo que hacen; por tanto, no se les puede definir como locos. Casi todos los asesinos en serie, por no decir todos, e incluso aquellos que se dejan llevar por un estado de ánimo exaltado en condiciones determinadas de euforia, son conscientes de lo que están haciendo y de por qué lo hacen; son incluso conscientes de sus consecuencias. En muchos casos se evidencia claramente la coartada que el asesino iba sopesando en el momento de cometer el crimen. Cómo había tenido en cuenta sus derechos legales y la posterior utilización de los mismos. La ley protege al enfermo, pero se olvida de que antes hay que demostrar que se está enfermo. El salirse de la norma, el ser malo por naturaleza, no implica ser un demente, no implica no saber lo que se hace, lo único que implica es que se es diferente. Y la única diferencia estriba en que mientras que la mayoría respetamos la vida, existe una pequeña minoría que adora destruirla.

Arturo y Carlos escuchaban extasiados a Raimundo.

—Yo creo que un asesino es un loco. Una persona que corta los dedos de sus víctimas y hace las barbaridades que ha hecho el asesino que ha cometido esos crímenes no puede estar cuerdo. No se puede cometer esas aberraciones sin perder la cordura —contestó Arturo.

—¡Por supuesto que se pueden cometer! Un asesino es un ejecutor, es una persona que disfruta haciendo el mal. Es consciente de lo que hace porque disfruta con ello. Si es consciente, no está loco; es un hijo de puta.

—Entonces, según usted, habría que encarcelar a muchos enfermos mentales —dijo Carlos.

—¡Por supuesto! Deberían estar encarcelados de por vida. Está demostrado que la mayoría vuelven a delinquir. No se deben correr riesgos con ese tipo de conductas. Yo creo que habría que basarse en las necesidades de estas personas. Suelen ser personas inteligentes que llegan en muchos casos a controlar sus impulsos para hacer creer que están curados, cuando siempre han estado bien, porque no son enfermos. Cuando lo consiguen, salen y vuelven a matar.

—Creo que su tesis es una hipótesis muy personal. No estoy de acuerdo con ella. Hay infinidad de casos que demuestran lo contrario… Y usted habla como si estuviese en posesión de la verdad —dijo Arturo tajante e irónico.

—No he querido parecer pretencioso —contestó Raimundo—. Es posible que haya excepciones que confirmen la regla. Pero la mayoría responden al perfil que les he hecho. Es duro admitir que hay un vacío de diagnóstico y legal en estos temas, pero así es.

—¿Cómo cree que es el asesino? Por supuesto me refiero al Octavo Jinete del Apocalipsis —preguntó Carlos.

—Muy inteligente, un hombre excesivamente inteligente. Estoy convencido de que planificó concienzudamente cada uno de los detalles de su último asesinato. Es más, me atrevería a asegurar que no ha copiado ni un solo párrafo de la Biblia. Sus anónimos son una trascripción literal de alguno de los textos escritos por don Abelardo Rueda. En relación con estos crímenes, hay algo que se le escapó a la policía, estoy seguro de ello. No se han seguido las pautas habituales. Desde el primer momento, todo pareció una encerrona para el escritor. Todo condujo a su detención, a su degradación física y mental. Es curioso que, una vez arrestado Abelardo Rueda, el asesino dejase de perpetrar sus crímenes. El asesinato del abogado tampoco responde a las pautas habituales de este tipo de crímenes. Tuvo que haber algún motivo de peso que le obligase a matarlo; estoy seguro de ello.

—¡Impresionante! —contestó Carlos—. Impresionante, pero ¿en qué se basa para afirmar todo eso?

—Don Abelardo insistía en que el asesino seguía un guión —dijo Raimundo—, y todo indica que tenía razón. Todo estaba a la vista, era demasiado claro, y eso fue lo que confundió a todos. Fácil, fue demasiado fácil dar con un primer sospechoso.

—¿Usted también va a salir con lo de la novela? Adela me ha jurado que nunca existió —dijo Arturo.

—¿Adela? —preguntó Raimundo.

—Adela es su mujer —contestó Carlos—. Se casaron después de que Abelardo falleciese. Antes era la mujer de Abelardo.

—¡Perdone! No sabía que su mujer fuese la viuda de don Abelardo. Abelardo estaba obsesionado con ella. Estaba dolido por sus acusaciones y por la indiferencia que mostró hacia él durante el proceso y su internamiento —dijo Raimundo—. Si ella le hubiera apoyado, creo que las cosas hubiesen tomado otro rumbo… Pero, por favor, no se ofenda; es sólo una opinión. Imagino que la que ahora es su mujer se encontró en una situación muy difícil. Debe ser horrible que todos los hechos inculpen a tu marido.

—No tiene ni idea de lo mal que lo ha pasado. Aún está afectada.

—Lo entiendo, pero volviendo al tema de la novela. ¿Es posible que existiese, pero que su mujer lo ignorase? ¿No ha pensado usted en eso? Hay muchos matrimonios que no saben nada de su pareja, aun creyendo que lo saben todo —dijo Raimundo.

—Eso es cierto —intervino Carlos—. Pero hay un detalle. Abelardo me entregó el sobre con la novela; sin embargo, Adela dijo que en el sobre que yo le devolví a su marido había una copia de un ejemplar que ya había sido publicado. Es más, Abelardo siempre hacía varias copias de sus obras y siempre registraba las obras antes de entregarlas, y esta vez, curiosamente, no lo hizo. Era maniático, casi obsesivo con su trabajo. Incluso se negaba a trabajar en ordenador, ni tan siquiera había uno en su casa. Todo lo hacía con la máquina de escribir, lo que a nosotros nos daba más trabajo. Fue extraño que no registrase la obra, que no tuviese nada para demostrar que existía.

—Cierto —dijo Arturo—. Yo creo que Abelardo estaba completamente loco, que se volvió loco por todo lo que le estaba pasando. A cualquiera le hubiera ocurrido lo mismo.

—Desde luego —dijo el editor.

—¿Y si no fuese así? ¿Y si el asesino en realidad tuviese una copia de la obra? Permítanme que les plantee una hipótesis de lo que pudo haber pasado —dijo Raimundo.

—¡Qué interesante! —contestó Carlos entusiasmado—. Esto podría ser un buen guión.

—Perdón, señores. ¿Tomarán ustedes café? —interrumpió el camarero.

—Sí —contestaron los tres al unísono.

—¿Licor? —inquirió de nuevo el camarero tras tomar nota de los cafés.

—Sí. Anís para nosotros —dijo Carlos—. ¿Usted, Raimundo?

—Yo no, ¡gracias!

—¡Por favor, continúe! —dijo Carlos.

—Con una condición. No quiero que ustedes se sientan ofendidos por lo que pueda decir, porque percibo que a usted —dijo mirando a Arturo— le han molestado alguno de mis comentarios. Sólo voy a plantearles mi opinión sobre los hechos, basándome en lo que he podido averiguar haciendo mi tesis.

—De acuerdo —dijo Arturo encendiendo un puro.

—¡Ningún problema! —contestó entusiasmado el editor—. No tenemos por qué sentirnos ofendidos.

—Bien, pues entonces empezaré por usted, don Carlos. Imagine por un momento que Abelardo escribió esa novela. Imagine que usted la hubiese leído y hubiera decidido llevarla a la realidad con el fin de editarla y convertirla en un best seller basado en hechos reales. Lo más lógico sería destruir la copia. ¡Por cierto! Un detalle sin importancia: ustedes dos toman anís. El asesino, según la prensa, también toma anís con sus víctimas. Y la policía siempre ha encontrado anestésico en una de las copas. —Los dos hombres se miraron horrorizados. Raimundo continuó—: ¿No serán ustedes del grupo cero Rh negativo?

—¡Joder! Yo soy del cero Rh negativo, pero juro que no he matado a nadie y que no he visto nunca esa novela —dijo Carlos mirando la copa de anís.

—Mi grupo sanguíneo también es cero Rh negativo. Esto es una coincidencia estúpida —contestó Arturo.

—¡Por supuesto que lo es! Es lo que intento demostrarles… En el caso de don Abelardo, todo fue una cadena de simples coincidencias que hicieron que él pareciese el asesino. Y una de esas coincidencias pudo hacer que las copias de su obra desapareciesen y llegasen a manos del asesino… Cualquiera podría ser el asesino, ¿entienden? No todo tiene que ser lógico. La mayoría de las veces es ilógico, la misma realidad en muchas ocasiones no tiene sentido.

—Cierto, pero si la obra existe, ¿quién la cogió? —preguntó Carlos.

—Creo que nunca se sabrá. La persona que está cometiendo los asesinatos es demasiado inteligente. Nunca hubo pruebas suficientes y creo que nunca las habrá. Pienso, como ya les he dicho, que detrás de todo esto hay unos motivos más serios. Algo que hizo que don Abelardo fuese el blanco de las actuaciones del criminal, que en todo momento quiso desprestigiar al escritor. Nunca me encajó que él insistiese en que el criminal seguía la trama de una de sus obras. No le encuentro sentido. Pero creo que no es un tema que deba ocupar nuestro tiempo. Don Abelardo ha muerto, ya no se puede hacer nada por él —concluyó Raimundo.

—Yo, contrariamente a sus hipótesis, creo que era el autor de los crímenes. Creo que por ello se quitó la vida. Es más, pienso que el asesinato de Goyo no tiene nada que ver con los anteriores. Estoy convencido de que algún loco ha seguido lo que se publicó en la prensa sobre los crímenes anteriores, diga lo que diga la policía, creo que es así —dijo Arturo mirando a Raimundo desafiante.

—Está muy equivocado. Se quitó la vida porque no pudo soportar su situación. La acusación y la condena de unos crímenes que él no había perpetrado, la impotencia que sentía y, lo más importante, verse abandonado y repudiado por la única persona que quería: su mujer. No olvidemos que no tenía familiares, que no tenía a nadie cercano, a excepción de su esposa. No pudo soportar aquello. Eso, junto a su demencia, que en aquellos momentos era real…

Arturo le interrumpió irónico:

—¿No ha dicho que no era un enfermo mental? ¡Aclárese! Porque un inepto como yo se pierde.

—Por supuesto que no era un enfermo mental. No el tipo de enfermo que todos pensaron. Los psicotrópicos que le administraron también desempeñaron un papel importante en su estado. Fue una suma de factores. Hay muchos enfermos mentales que llevan una vida normal. Esto del cerebro es como cualquier órgano del cuerpo. Usted puede tener una bronquitis y no desarrollar nunca una pulmonía. Don Abelardo desarrolló la pulmonía porque su diagnóstico y su medicación fueron incorrectos. Tampoco se le dio el trato que requería el tipo de demencia que padecía. Le dejaron a la intemperie y se congeló. ¿Me he explicado bien?

—Más o menos. Pero siguen sin convencerme sus argumentos. Es su opinión frente a la de un centenar de personas. Su tesis deja muchas dudas en el aire, ¿no cree?

—¡Por supuesto! Pero eso no quiere decir que no esté en el camino correcto, que mis opiniones no puedan ser las acertadas. Recuerde que casi todos los inventores, casi todos los científicos, para llevar a cabo sus descubrimientos, buscaron respuestas fuera de lo que defendía la mayoría.

—Sin ánimo de ofenderle, creo que, más que una persona demasiado segura de sí misma, me parece usted un presuntuoso.

—Si usted lo dice —contestó Raimundo indiferente—. Creo que deberíamos terminar con este tema. Percibo que el ambiente no es el adecuado y tampoco concierne a nuestra relación profesional. Discúlpenme.

—No tiene que pedir disculpas. Todo lo que le pasó a Abelardo nos interesa. Éramos sus amigos, y usted lo único que ha hecho ha sido responder a nuestras demandas de información, defendiendo además el honor de nuestro amigo. ¿Verdad, Arturo? —preguntó el editor mirando al odontólogo.

—Verdad. No se preocupe, no tiene motivos para ello —dijo sonriendo burlón.

La comida terminó casi como había empezado, con la salvedad de la admiración que Carlos sintió por aquel joven letrado que, según pensó, había confundido su carrera.

—Perdón, Raimundo —dijo Carlos—. Si me permite, le diré que creo que usted debería escribir y dejar la abogacía. El género de suspense le viene a la medida.

—Tal vez algún día… Nunca se sabe —dijo Raimundo—. Entonces ¿nos vemos mañana en la editorial a las once?

—A las once —contestó Arturo.

—Hasta mañana. Ha sido un placer —contestó satisfecho Raimundo extendiendo su mano.

—Hasta mañana —respondieron Carlos y Arturo al unísono mientras observaban cómo Raimundo se marchaba.

—¿Tomamos algo? —preguntó Arturo.

—Nunca me había encontrado con un tipo así. ¿No crees que es especial? —preguntó el editor.

—Bastante. Como todos los psiquiatras. Si te soy sincero, creo que tienes razón: debería dedicarse a la literatura. Como psiquiatra no creo que fuese bueno. Se ha tomado demasiado en serio las palabras de Abelardo —dijo Arturo con ironía.

—Eso es cierto. La novela no existe. Yo había notado un estado de ánimo en Abelardo un tanto raro. Estaba demasiado obsesionado con que le devolviera la copia que me entregó. Tal vez Abelardo quería darle publicidad a una obra que no estaba escrita. Quizá quiso escribir sobre los asesinatos que se habían cometido y después decir que el asesino se había basado en su obra… Ese tipo de publicidad favorece mucho las ventas —dijo Carlos.

—Muy posible, pero ¿no crees que si hubiese habido una obra Adela lo habría dicho? Tú sabes que ella siempre leía las obras de su marido —dijo Arturo—. En fin, espero que Raimundo sea un buen abogado.