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1 de noviembre de 1998
Aquella mañana, Arturo llamó a Carlos, le pidió disculpas y le dijo que había pensado pasarse por la editorial para almorzar juntos, ya que disponía del resto de la mañana. Todos los asuntos pendientes los había solucionado el día anterior. Carlos aceptó. A la una del mediodía los dos hombres conversaban en el despacho del editor sobre cómo habían cambiado sus vidas en tan poco tiempo. La línea interna de teléfono sonó.
—Será Rosa. Le dije que nos reservara mesa para las tres. Te llevaré a un restaurante japonés que es una auténtica maravilla. El Suntory, ¿lo conoces? —dijo Carlos con el teléfono descolgado.
—Don Carlos, su mujer por la uno —dijo la secretaría.
—Bien, pásamela —contestó el editor.
—¡Dime, cariño! ¿Te encuentras bien?
—¡Han matado a Goyo! Lo acabo de oír por la radio. ¡Es horrible! Dicen que le han cortado los dedos. Están hablando de que le han asesinado como a Teresa, a Eugenia, a Cosme y al ladrón y la chica. Los medios de comunicación dicen que la policía ha informado de la evidente relación con ellos. Señalan que tiene las mismas características. ¡Dios mío, pobre Goyo! ¡Él estaba en lo cierto, Abelardo no era el asesino! —gritó María.
—Cálmate. Ahora mismo voy para casa, creo que debemos llamar a su mujer. Imagino que estará destrozada —dijo Carlos con voz apagada—. ¿Sabes algo más?
—Sí. El portero de la finca recibió la orden de Goyo de dejar subir a un hombre que estaba esperando. El portero describió al sujeto como un homosexual que no intentaba ocultar su condición sino todo lo contrario. Se pavoneaba en exceso, como si quisiera que ésta resaltase sobre cualquiera de sus rasgos. Como si su único fin fuese llamar la atención sobre ello.
—Está bien, no te muevas de casa. Arturo está aquí. Íbamos a almorzar juntos. Anularemos la reserva. Vamos a casa ahora mismo.
—¿Qué ha pasado? ¿María está bien? —preguntó Arturo alarmado.
—Ha escuchado por la radio que Goyo ha sido asesinado.
—¡No lo puedo creer! —dijo Arturo con expresión de horror—. ¿Han matado a Goyo? ¿Por qué?
—No lo sé. Creo que fue anoche. Imagino que el personal habrá descubierto el cadáver esta mañana. Los medios de comunicación han revelado que las características del crimen son similares a las de los anteriores asesinatos.
—¿Qué asesinatos? ¿Han matado a más gente?
—Quiero decir que tienen las mismas características que los asesinatos de los que fue acusado Abelardo. A Goyo le han cortado los dedos.
—¡No me jodas! ¡No puede ser! ¡Debe haber un error! —exclamó Arturo.
—Puede ser. Ojalá sea así, porque eso significaría que el asesino de las otras personas era realmente Abelardo, y que toda esta pesadilla ya habría acabado. Pero si no hay ningún error, y el asesinato de Goyo es de las mismas características que los otros, sólo cabe deducir que él estaba en lo cierto y que podemos estar todos en peligro. Todos estuvimos relacionados con Abelardo de alguna manera, y hasta el momento está muriendo gente que se relacionaba con él. A excepción de ese pobre ladrón —dijo Carlos mientras cogía su chaqueta—. ¿Me acompañas? Voy a recoger a mi mujer. Vamos a casa de Goyo. Lo único que podemos hacer por él es atender a su familia.
—¡Todo esto es una locura! —exclamó Arturo.
—Cierto. ¿Sabes que Goyo y su mujer me ofrecieron su casa de Ibiza? No han sido capaces de volver allí desde que asesinaron a Eugenia. ¡Esta vida es una mierda! ¡Una jodida mierda!
—Estás diciendo estupideces llevado por los nervios. Debes tranquilizarte. Te acompañaré a tu casa, pero si no te importa prefiero no ir a casa de Goyo —dijo Arturo entrando en el ascensor.
—Deberías hacerlo. Él sólo buscaba nuestra seguridad. Tal vez, por eso, por intentar protegernos, le han matado. Quizá llegó a descubrir al asesino.
—Ana podría sentirse mal al verme. Entiende que la discusión que tuve con Goyo fue muy fuerte. Me resulta violento aparecer allí después de lo que pasó. Además, quiero llamar a Adela. Debo decírselo.
—Está bien, como quieras. ¿Imagino que asistiréis al funeral? —dijo Carlos.
—Por supuesto. Te agradecería que me informaras de todo lo que suceda.
—Pues entonces, hasta pronto. No es necesario que me acompañes a casa. María y yo nos iremos inmediatamente a casa de Goyo.
—Te llamo en unas horas, si no te importa —dijo Arturo.
—No, claro que no. Tal vez estés en lo cierto y lo mejor sea que Ana no te vea ahora —dijo Carlos pensativo.
—¡Te juro que no me siento con fuerzas! Es una sensación extraña. Cuando me has dicho que le habían asesinado, me he sentido un poco culpable… Tal vez si le hubiese hecho caso, si Adela y yo le hubiésemos prestado más atención en vez de sentirnos ofendidos; quizás ahora estaría vivo.
—Lo mejor será que no pensemos más en ello. ¡Llámame! —dijo Carlos subiendo al coche.
—Lo haré.
—Saluda a Adela de mi parte.
Arturo levantó la mano en señal de despedida mientras el coche de Carlos salía del garaje.
El editor se hizo cargo de todo lo concerniente al sepelio de su gran amigo. Adela hizo la reserva del vuelo nada más recibir la llamada de Arturo y viajó desde Ibiza a Madrid para encontrarse con su esposo en la capital.
La autopsia reveló que Goyo había sido sedado antes de ser asesinado. El letrado, al igual que las víctimas anteriores, fue degollado. Esta vez en el lugar del crimen no había guantes de goma. El único objeto que el asesino dejó fue una espada. Los dedos de la mano derecha de Goyo habían sido seccionados a excepción del pulgar, que tenía en su yema el dibujo de una cara sonriente, hecho con rotulador negro. Con el resto de los dedos el asesino había formado la letra «N». Encima de la mesa había un sobre de color rojo que contenía una nota. Su texto decía:
Todo está escrito.
Apocalipsis 6
Cuando el Cordero abrió el segundo sello, oí al segundo Animal que decía: «Ven». Y salió otro caballo de color rojo; al que lo montaba se le dio el poder de quitar la paz de la Tierra, de hacer que los hombres se degollaran unos a otros; y se le entregó una espada grande.
La prensa se hizo eco del contenido de la nota y bautizó al asesino con el apodo de «el Octavo Jinete del Apocalipsis».
Las fotos del cuerpo inerte de Goyo fueron publicadas en la primera página de una de las revistas más sensacionalistas del país. Alguien las mandó a la redacción guardando el anonimato. La policía tuvo conocimiento a través de sus investigadores del anuncio que Goyo publicó en la prensa nacional una semana antes de ser asesinado. El texto decía:
AVISO IMPORTANTE
Como íntimo amigo del recientemente fallecido Abelardo Rueda, ruego a la persona que mantenía relaciones con él, y que según me han informado se veía con Abelardo en un bar serrano llamado La Caña Vieja, se ponga en contacto conmigo a través del número de teléfono que figura abajo con el fin de hacer justicia.
Es importante que me llame. Debemos intentar esclarecer lo sucedido. ¡Juro ante Dios no desvelar nunca la identidad de esa persona!
Se dio por hecho que el asesino leyó en la prensa el mensaje, se puso en contacto con el abogado y, tras asesinarle y salir del edificio, hizo una llamada al número de teléfono que aparecía en la nota que Goyo había publicado en el periódico. La policía judicial consideró que se trataba de una pista falsa dejada por el asesino, ya que la llamada fue realizada dos horas después de haber muerto Goyo. El contestador automático grabó el mensaje que nunca llegó a ser escuchado por el letrado. En él, una voz distorsionada, que según los registros parecía varonil, decía: «¡Haga usted caso de mis palabras, señor letrado! Guarde sus investigaciones y espere a que pase el tiempo. ¡Todo está escrito! Tenga fe. Yo soy el creador».
Al investigar la procedencia de la llamada se averiguó que había sido efectuada desde una cabina de la zona de Argüelles. Las investigaciones estaban en el mismo punto que cuando se cometió el primer asesinato, el de Teresa, el ama de llaves de Abelardo.
El caso se reabrió. La policía de investigación citó una vez más a los testigos anteriores y se confeccionó un retrato robot del presunto homicida que fue publicado en todos los medios de comunicación. La característica más importante que se daba a conocer, era la de su condición homosexual y la descripción del coche que había utilizado en los asesinatos anteriores al del abogado: un BMW azul metalizado con luces de xenón. Asimismo se dio a conocer su cualidad de buen rotulista y se rogaba a cualquier empresario que tuviese a su servicio a una persona con aquellas características que se pusiese en contacto con la policía. Lo mismo se pedía a los ciudadanos, que ahora, indignados por la injusticia que se había cometido con Abelardo Rueda, clamaban justicia, y de este clamor popular se hicieron eco todos los debates televisivos y radiofónicos.
Dado el gran interés que, para la opinión pública, suscitó el tema, los medios de información dieron prioridad al hecho. Nadie entendía cómo se podía haber cometido semejante aberración. El alcance de la noticia llegó a extremos tan aberrantes que personas que habían pedido la pena capital para el escritor exigían ahora la ejecución del juez que le había condenado, así como la destitución del equipo policial que había intervenido en el caso.
La relación que la gente estableció entre el homicidio del letrado y lo que le había sucedido a Abelardo Rueda hizo que la prensa volviera a interesarse por la viuda de éste y tomara posesión de la finca de Santa Eulalia, ya que Adela afectada por el asesinato había vuelto a Ibiza con Arturo.
Un hervidero de periodistas hacía guardia día y noche frente a la mansión, intentando conseguir alguna declaración de Adela. Los ciudadanos reclamaban venganza y esperaban que ella les ayudará a hacerla realidad. Desde los medios de comunicación la gente le pedía que tomase medidas contra los que habían acusado al que fue su marido, exigiendo que la memoria del difunto fuese lavada. Sin embargo, ella permaneció recluida. No quería saber ningún detalle de la muerte de Goyo. No quería pensar en nada. Desde que tuvo conocimiento de la relación que había entre la muerte de Goyo y los anteriores crímenes se sintió presa del pánico. La angustia la obligó a someterse a un tratamiento con ansiolíticos. Sus pensamientos contradictorios la atormentaban. Había declarado en contra de su marido, había permitido que se le juzgara y se le encausara sin hacer nada, sin dudar ni un momento de su culpabilidad. Ella había creído firmemente que Abelardo había sido el asesino, que los crímenes habían sido producto de su locura…
Pero ahora, en aquellos momentos, se preguntaba cuál había sido el verdadero motivo de que hubiera declarado en contra de su esposo. Había antepuesto su vida, su seguridad a la de Abelardo. Si hubiera declarado la verdad, la policía habría descubierto que había ocultado pruebas y hubiera sido tan sospechosa como lo había sido él en aquel entonces. Su actuación ahora le pasaba factura.
Adela recordó, nada más conocer el homicidio de Goyo, la última conversación que había mantenido con el abogado, y este recuerdo le llevó hasta Abelardo. Parecía que ambos tenían razón… Y si Abelardo no había sido el responsable de los crímenes, ella estaba en peligro. Se había equivocado. Tomó una decisión desafortunada y ahora estaba en un callejón sin salida, dentro de una cárcel que ella misma había ido forjando con sus palabras, con sus actos, con su indiferencia. Una cárcel invisible para los que la rodeaban; una prisión que no sólo la tenía atrapada, sino que la había enmudecido. Adela seguía sin poder contarle a nadie que había mentido, y ahora menos que nunca. La sensación de agobio, la agorafobia que empezó a manifestar hicieron que su aislamiento fuese necesario y recomendado por el facultativo que la trataba desde su primera crisis de ansiedad, surgida tras el conocimiento de la muerte de Goyo.
La insistencia de la prensa obligó a Arturo a convencer a su mujer de que hiciese una exposición tajante de lo acontecido que acabase con aquel insoportable acoso. El uno de diciembre Arturo citó a los medios de comunicación y les informó de que su mujer había tomado la decisión de hacer una declaración, que calificó como el primer y el último comunicado que Adela haría sobre el tema. Explicó el gran esfuerzo que suponía para ella, ya que su estado anímico desde la muerte de Goyo era muy delicado y éste le había llevado a someterse a tratamiento médico.
Dos días después Adela se encontró con los periodistas en el jardín que daba entrada a la gran mansión. Vestida de negro, con el pelo recogido, con un maquillaje discreto, parecía una mujer que acabara de enviudar. Saludó cabizbaja a los presentes levantando su mano, mientras que Arturo se encargaba de mantener a los periodistas a una distancia prudente. El odontólogo le dio un folio y ella comenzó a leer lo que había escrito en el papel:
—Siento enormemente todo lo que ha sucedido ¡Lo siento en lo más profundo de mi alma! He sufrido demasiado. Sufrí en mi vida pasada y ahora estoy sufriendo con este injusto presente. Todos nos equivocamos. Yo fui la primera en hacerlo: condené a Abelardo. Desconfié de la persona que entonces más quería, del hombre que más me quiso. Ahora está muerto. Murió injustamente. Le pido a Dios que me perdone por ello. Lo único que quiero es pagar mi culpa, por ello les pido que me dejen vivir con mi remordimiento. Creo que ésta es mi condena, viviré con la carga de su muerte sobre mí. Para las demás personas que intervinieron en su proceso y que se equivocaron, al igual que lo hicimos todos, no quiero nada. No pienso interponer ninguna demanda; nada hará que Abelardo vuelva a la vida. ¡Qué Dios les ayude a todos! Sólo deseo que no se cometan más injusticias, y les suplico que me dejen a solas con mi pena. Buenas tardes.
Adela se retiró a toda prisa, mirando de soslayo al grupo de periodistas que Arturo y el personal de servicio intentaba controlar. Los gritos eran ensordecedores; todos querían que Adela respondiera a algunas preguntas. No les bastaba con una declaración. Además, los periodistas habían esperado otro tipo de declaración por parte de Adela y ahora se proponían llegar hasta ella para cumplir con su trabajo. Querían hacerle preguntas sobre todo lo que sucedió durante el proceso del escritor, ya que Adela había sido un testigo de excepción. Cuando ella entró en la casa, Arturo tuvo que permanecer varios minutos pidiendo a los periodistas que abandonasen la finca, explicándoles y asegurándoles que su esposa no haría más declaraciones y menos aún contestaría a pregunta alguna.
Adela siguió recluida en la finca de Santa Eulalia, presa del pánico que sentía; enterrada bajo sus temores que cada día eran más reales y le sumergían en un sinfín de preguntas, de dudas…, de miedos.
Días después del comunicado de prensa, Adela comenzó a escribir todo lo que recordaba de los acontecimientos pasados que pudiera relacionarse con el asesinato de Goyo y formó con todos sus recuerdos algo parecido a un sumario judicial. Buscó información de aquellos días en la hemeroteca y recopiló todo lo que se había publicado sobre los crímenes que le fueron imputados a Abelardo. Intentaba relacionar todo lo que había pasado entonces con el asesinato de Goyo. Se compró un ejemplar de la Biblia e investigó los textos sagrados tratando de hallar en ellos la respuesta que la llevase a conocer las intenciones reales del asesino. Quería averiguar cuál sería su siguiente movimiento. Ella tenía ventaja: conocía la novela de Abelardo. Y si el asesino seguía comportándose como lo había hecho hasta la fecha, siguiendo al pie de la letra la obra, sabía que sólo la podía matar si en alguna ocasión llegaba a encontrarse a solas con él.
A pesar de lo angustiada que seguía sintiéndose, ocultó sus intenciones a su marido y continuó con sus quehaceres como si ya estuviese completamente recuperada. Pero sus investigaciones no le condujeron a ningún sitio. Nada, a excepción del asesinato del letrado, le hacía creer que hubiese otra persona detrás de los anteriores crímenes.
Carlota, la hermana del cirujano maxilofacial, y ella habían entablado una buena relación profesional. La mujer demostró estar capacitada para ser la segunda de abordo dentro de la agencia literaria que estaban montando. En un principio, Adela desconfió de su valía, pero poco a poco comprobó que Carlota era una mujer con grandes capacidades, por lo que fue dándole responsabilidades y le ofreció la posibilidad de participar en la toma de algunas decisiones. Sin embargo, Carlota desconfiaba de su jefa. No le gustaba su carácter, su soberbia. Los días trascurridos a su lado, unidos a los recientes y desgraciados acontecimientos, le habían proporcionado la oportunidad de conocerla bien. Supo que era una persona que reconocía el trabajo ajeno, que tenía en cuenta todos los esfuerzos habidos y por haber de sus empleados, pero también se había percatado de que, de la misma forma, no perdonaba un error por muy pequeño o inconsciente que éste fuera, y eso hacía que los que trabajaban para ella siempre se sintiesen en la cuerda floja.
Adela seguía investigando por su cuenta la muerte de Goyo, buscando posibles conexiones entre su asesinato y los anteriores crímenes. Estaba obsesionada con ello, y si en algún momento conseguía olvidarse de todo lo sucedido, la prensa se lo recordaba insistentemente; la noticia seguía apareciendo en titulares. Las especulaciones sobre la autoría del crimen de Goyo seguían siendo de interés para la opinión pública:
—Esto no acabará nunca. El asesino de Goyo debe estar encantado con la repercusión que su crimen está teniendo en los medios de comunicación. Es escalofriante la importancia que están dando a esta noticia. Si Abelardo levantara la cabeza, sonreiría sarcástico, se sentiría feliz. Como todo continúe así, acabaré perdiendo el control; parece que aún viva en el pasado… No puedo soportarlo —dijo visiblemente enfadada y golpeando una foto de Abelardo Rueda que aparecía en un periódico y en cuyo pie se cuestionaba la culpabilidad del escritor—. Acabaré creyendo que él no era el asesino. Van a conseguir que me vuelva loca. ¡Esto es insoportable!
—Creo que debería descansar algunos días más —dijo Carlota, que, sentada a su lado, observaba la manifiesta desesperación de Adela—. Yo puedo encargarme de todo. Quédese en la isla, podemos seguir como hasta ahora. No tengo problemas en desplazarme desde Madrid hasta aquí las veces que sean necesarias, hasta que se encuentre del todo bien, como hemos estado haciendo. No le dé más vueltas al asesinato del abogado. Quizá su asesino se ha limitado a imitar lo que hizo Abelardo Rueda cuando cometió los crímenes valiéndose de la información publicada en los periódicos… —Carlota se interrumpió al darse cuenta de que sin querer había entrado en un tema que no era de su incumbencia, un tema que le podía costar el puesto—. Perdón…
—¿Qué ha dicho? —preguntó Adela mirando fijamente a Carlota.
—Perdone mi indiscreción. Sé que ahora se está hablando de la posibilidad de que su marido fuera inocente… Perdóneme —repitió.
—Carlota, tranquilícese. Sólo quiero que repita todo lo que ha dicho sobre los crímenes.
—No he querido ofenderla, no ha sido mi intención —insistió Carlota azorada.
—En ningún momento me ha ofendido. ¡Repita lo que ha dicho!
—Que creo que debe descansar unos días más. Y que, personalmente, creo que este crimen no está relacionado con los anteriores, aunque presenta las mismas características. El asesino ha podido imitar la forma de matar de Abelardo Rueda. No sería nada extraño; los asesinos se copian unos a otros, siguen las mismas pautas. En estos casos, los medios de comunicación les resultan de gran ayuda al dar publicidad a este tipo de crímenes. La gente no tiene imaginación ni para matar. Sé el alcance que mis palabras pueden tener para usted, pero es demasiado extraño lo que ha sucedido; diría que demasiado previsible y vulgar.
Adela analizó las palabras de Carlota y pensó que estaba en lo cierto: la mayoría de los asesinos seguían unas pautas de conducta similares y sus crímenes solían tener muchas cosas en común unos con otros… ¿Por qué el asesinato de Goyo no podía ser uno de tantos, con características coincidentes con otros crímenes? Quizás había copiado la forma de actuar en los anteriores crímenes. Los datos habían sido publicados en la prensa; era una posibilidad que tener en cuenta. Respiró aliviada y sonrió a la mujer.
—Tiene usted toda la razón. Debí tenerlo en cuenta y no lo hice. Retomaré de inmediato el trabajo. La agencia tiene que estar en marcha para el próximo ejercicio.
Confiada, reemprendió sus planes sin someter a análisis ni un solo detalle más del asesinato de Goyo. Su ansiedad le había pasado factura; lo inesperado del crimen la había bloqueado y había olvidado que quizás detrás de todo aquello podría haber más gente implicada. Adela no lo sabía, ni tan siquiera intuía que había dos personas más aparte del asesino que formaban parte de su destino, dos personas que se encargarían de remover el pasado y alterar su presente. Igualmente, olvidó de nuevo que la novela existía y la importancia que esta obra tenía en todo lo que había ocurrido. Al hacerlo cometió el mayor de sus errores, ya que el homicidio del abogado se diferenciaba de los anteriores asesinatos en detalles que eran trascendentales. Y era porque así estaba descrito en la novela de Abelardo, lo que demostraba, sin lugar a dudas, que la culpabilidad de Abelardo era dudosa y que posiblemente otra persona era responsable de los asesinatos, lo que hacía que su vida estuviera realmente en peligro.