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31 de diciembre de 1998
El día de Nochevieja, como todos los años, Arturo comenzó a recibir en su casa a los asistentes que darían la bienvenida al nuevo año junto al viejo sauce en la finca de Santa Eulalia. Los invitados empezaron a llegar pasadas las ocho treinta de la tarde. Adela permanecía en su dormitorio mirando cómo entraban los coches en la residencia. En su mano sostenía una pequeña libreta de espiral. En ella iba tomando nota de todas las matrículas. Aquel día tenía un presentimiento. Estaba convencida de que el asesino asistiría a la fiesta. Pensaba que tenía que estar dentro del círculo de amistades de Arturo. Que era masón.
Un BMW azul metalizado, con luces de xenón, atravesó la verja metálica. El aparcacoches abrió la puerta derecha y una mujer pelirroja salió de su interior. El hombre que la acompañaba iba vestido con una gabardina y un sombrero de piel marrón que le protegía del agua nieve que caía constante. El sujeto se dirigió hacia la mujer y la cogió del brazo. Adela comprobó que las caderas de la mujer se contoneaban provocativas. Pálida, siguió sus pasos hasta la entrada de la mansión concentrándose especialmente en su forma de caminar. Soltó los prismáticos, que cayeron al suelo, y se dirigió al dormitorio de Arturo. Abrió la puerta sin llamar y mirando al hombre que permanecía dentro de la ducha dijo:
—Me gustaría que me dijeses quién es el hombre que acompaña a Carlota.
Arturo salió del baño.
—¿Aún no hemos empezado y ya estás haciendo averiguaciones sobre los invitados? Olvídate de tus obsesiones por un rato y vístete ya.
—Lo que tú digas. Pero dime quién es el que acompaña a tu amante.
—No es mi amante.
—A tu querida, a tu rollo, me da igual el calificativo que le pongas, ¿sabes quién es?
—Será Juan Antonio.
—¿Me tomas por imbécil? Conozco a Juan Antonio.
—Pues no tengo ni idea. Será un amigo. Luego te lo presentará. Espero que no organices ninguna historia, que no me arruines la velada. No quiero que eches a perder la fiesta de fin de año. ¿Entiendes? ¡Por favor, contrólate! Aunque sólo sea por esta noche, hazlo. Después continuaremos con nuestras vidas. No creo que te suponga mucho esfuerzo.
—¿Por qué no me prestas atención? Estoy empezando a pensar que existe la posibilidad de que tú sepas algo de todo esto e intentes ocultarlo. Creo que tu fijación en que deje de investigar es bastante sospechosa —dijo Adela mirando por la ventana con expresión desencajada.
—¿Mi fijación? Aquí la única que tiene fijaciones eres tú. Estás perdiendo el juicio. Controlar a los invitados me parece una falta de educación.
—Está claro que por algún motivo que desconozco no quieres entender nada. No te preocupes, no arruinaré tu fiesta. La haré más divertida —dijo Adela señalando el número de la matrícula que tenía apuntado en la libreta.
—¡Joder! Estás apuntando los números de las matrículas de todos los invitados. ¡Estás como una cabra! Esa matrícula es la del coche de Juan Antonio. Te dije que sería Juan Antonio. Es el hermano de Carlota. No me irás a decir que también es sospechoso de andar en busca de tu artilugio mágico.
—No es el hermano de Carlota. Yo nunca había visto al tipo que ha venido con Carlota. Puede que el coche sea el de Juan Antonio, pero el hombre que acompañaba a tu pelirroja favorita no es su hermano.
—¿Qué te crees?, ¿que voy a estar toda la noche discutiendo estupideces? No cuentes conmigo para eso. ¿No te das cuenta de que tu obsesión está llegando demasiado lejos? Me cargas, Adela. No te soporto. Cada día que pasa es peor —dijo frotándose el pelo con la toalla.
—¡Ahora lo entiendo! —dijo Adela ignorando las palabras de su marido—. Ahora entiendo por qué tenía tanto interés en hacerse cargo de la agencia literaria. Cuando me dijiste que no aceptaba el trabajo si no contratabas a su hermana me pareció extraño, pero ¡ahora lo entiendo!
—¿El qué? ¿Qué es lo que entiendes?
—No voy a decirte ni una palabra más sobre mis investigaciones. ¿No recuerdas que estoy loca? Las conclusiones de un loco no tienen relevancia.
—Dime qué quieres decir.
—Ya sé quién es el acompañante de Carlota. Acabo de ubicarle.
—No entiendo nada. ¿Ubicarle?
—Sí, he recordado dónde lo había visto antes, y eso me ha conducido a un lugar determinado que tiene relación directa con lo que ando buscando.
—¿Puedes decirme a qué te refieres?
—Pues no sé si decírtelo me situaría en un lugar más peligroso del que estoy. No lo sé, Arturo, no lo sé; porque si estoy en lo cierto, los motivos que tienes para no prestarme atención quedarían más justificados.
—Adela, creo que tu estado empieza a ser muy preocupante. Debes ponerte en manos de un especialista lo antes posible. Haz el favor de vestirte y de bajar a la fiesta. No puedes volver a fallarme en público. ¡No esta noche! Tengo negocios pendientes, hay varias personas con las que quiero hablar, y una de ellas es el hermano de Carlota. No puedes montar ningún numerito. No se te ocurra insultarle, ni faltarle al respeto. Juan Antonio es muy valioso para mí. No puedes imaginarte lo valioso que es. ¡Nadie va a matarte! ¡Vístete ahora mismo! —dijo Arturo recogiendo la ropa del suelo.
Adela cogió el vestido y caminó hacia su dormitorio.
—Voy a bajar. Hablaremos más tarde. Procura ponerte más maquillaje, tienes un aspecto horrible. ¡Y, por favor, ponte sujetador! No quiero que pase lo de la última cena, que todos supieron cuál era el tamaño exacto de tus pezones. Si hoy no te lo pones, con ese vestido, no sólo verán tus hermosos pezones, sino que sabrán cuál es tu código genético de un solo vistazo —dijo saliendo del dormitorio.
Adela cogió de la mesita de noche un cuaderno en el que tenía varios nombres anotados. Lo miró con atención y subrayando uno de ellos efectuó una llamada.
—Residencia del doctor Rubestein, ¿en qué puedo atenderle?
—Sí, buenas noches. Quería hablar con el doctor. Es una consulta urgente. Si no fuese así no le habría molestado en este día y a estas horas de la tarde.
—Siento decirle que el doctor no está. Pasará la noche fuera de la residencia.
—¿Sería tan amable de decirme dónde puedo localizarlo?
—Me temo que eso es imposible. Llame usted a la clínica y ellos tratarán de ponerse en contacto con él.
—Soy la esposa de Arturo Depoter —dijo Adela en tono imperativo—. Creo que el doctor no tendrá inconveniente en que me dé el número de donde está ahora. Mi marido es su paciente.
—Pero, señora, el doctor se dirige a su fiesta de Nochevieja. Estará a punto de llegar.
—Gracias. Es que tardaba y estábamos preocupados. Mi esposo no está muy bien hoy —dijo Adela simulando preocupación.
—Espero que se mejore. Feliz salida y entrada de año.
—Igualmente, ¡muchas gracias!
Adela miró el árbol de datos que tenía dibujado en el cuaderno al tiempo que exclamaba:
—¡Maldito hijo de puta! Aún no sabes con quién estás jugando.
La cena transcurrió sin incidentes. Adela dio muestras en todo momento de su buen hacer y su elegancia. Pasadas las tres de la madrugada se dirigió al acompañante de Carlota y amablemente exigió ser presentada:
—Aún estoy esperando a que la directora de mi agencia tenga la deferencia de presentarme a su atractivo acompañante.
—¡Oh, perdona! —dijo Carlota—. Es el doctor Rubestein. Ni tan siquiera había caído en ello. Verás, Adela, es un acompañante circunstancial. Arturo le pidió que le hiciera el favor de asistir conmigo para que yo no viniese sola.
—Lo sé, querida. Conozco a tu hombre, lo conozco muy bien, no se parece en nada al doctor —dijo con ironía—, pero no crea usted que es hacerle de menos, es que son ustedes completamente diferentes.
El hombre se levantó y besó la mano de Adela presentándole sus respetos:
—Encantado de conocerla. Es usted muy hermosa.
—Gracias, muy amable. Quería… me gustaría hablar con usted unos minutos, a solas, si es posible —dijo mirando a Carlota con un rictus de odio en sus gestos—. ¿Podrías ir a echarle una mano a Arturo? Nuestro amigo Carlos le está poniendo las neuronas del revés, lo presiento.
Carlota la miró con desprecio y sin decir palabra se marchó.
—Usted dirá —dijo el especialista que la miraba expectante.
—Mi marido me ha comentado su problema y quisiera que usted me dijese lo que piensa, la verdad.
—No creo que deba hacerlo. Es extraño que Arturo le haya comentado su enfermedad. Nunca quiso que nadie de su entorno la conociera.
—Estamos muy unidos, como imaginará. Se vio obligado a comentarlo conmigo…, he visto algunos de sus fármacos. Entienda que él antes vivía solo, pero ahora las cosas han cambiado. Creo que, como esposa, tengo derecho a saberlo todo.
—Cierto, pero me parece inadecuado la forma y la manera que ha tenido de abordar el tema. Él es el paciente, no usted. Creo que deberíamos llamarlo.
—Mire, le voy a ser clara. Quiero que me diga inmediatamente todo lo referente a la salud de mi esposo. Tengo derecho a saberlo. Salgamos al porche, creo que fuera le será más fácil hacerme partícipe de sus opiniones profesionales. Mi marido no quiere preocuparme, pero yo exijo estar informada. Le quiero —dijo tendiendo la mano en dirección a la salida—. Creo que es algo normal en un matrimonio. ¿Usted está casado?
—No.
Una vez fuera, Adela se puso frente al médico y volvió a preguntar:
—¿Y bien?
—Es irreversible. Aún no ha entrado en la fase terminal, lo hará en un año o antes. Pensamos que sería más rápido, pero, gracias a los nuevos fármacos, el proceso se ha lentificado. Tengo que reconocer que nunca estuve de acuerdo con que no se sometiese a radioterapia, pero parece que no le ha perjudicado su decisión, al contrario. Su caso es algo excepcional. La medicación sólo se le administra cuando entra en una crisis aguda. Los ingresos siempre coinciden, como usted ya sabe, con sus viajes a Sudamérica. Todo es tan extraño que le hemos dicho varias veces que nos dejara estudiar su caso. Nos gustaría que se sometiese a un análisis. Pero él se niega, no quiere que nadie tenga conocimiento de que padece una enfermedad oncológica. Arturo es increíble, un ser excepcional.
—Cierto. Es mi esposo, lo conozco muy bien. Entonces, ¿no hay dudas en relación con el diagnostico?, ¿es definitivo? No hay ninguna posibilidad de curación.
—Pues no. Pero ya sabe como son estas cosas. El cerebro es el arma más potente que existe, creo que las ganas de vivir influyen decisivamente en la evolución de estas enfermedades. Hemos sopesado la posibilidad de un trasplante, aunque sabemos que es demasiado arriesgado, pero él se niega. Le aterra entrar a quirófano. Sería muy conveniente que usted intentase convencerle de que aparte de someterse a radioterapia sopesase la posibilidad del trasplante —dijo el médico—. Quizá usted pueda convencerlo para que cambie su actitud. Últimamente, su estado es milagrosamente estacionario. Quiero decir que el hígado sigue en el mismo estado que cuando se le detectó y extirpó el tumor, pero sería conveniente no perder más tiempo, ya que hemos descubierto un nuevo tumor. Esto es lo que nos hace pensar que en cualquier momento la situación puede volver a complicarse.
—Eso era lo que necesitaba saber. Sabía que no me había dicho toda la verdad. Dijo que era una simple disfunción.
—Pues no crea que la definición que le ha dado es incorrecta. No tiene más síntomas que los de una disfunción hepática; ahora es lo que aparenta. Ya le he dicho que su evolución es del todo anormal, algo digno de estudio. Créame. Pero las pruebas, desgraciadamente, nos dicen otra cosa. No hay que tentar a la suerte. Arturo debería someterse a un trasplante. Debería haber estado en la lista hace más de dos años.
—¿Eso quiere decir que lleva dos años con el cáncer? —preguntó Adela—. Es increíble…
—Con el último tumor, sí. A nosotros también nos tiene un tanto desconcertados la evolución. Nadie entiende cómo es posible que esté tan bien después de tanto tiempo, pero ya ve, parece que los milagros existen.
—Creo que viene —dijo Adela mirando hacia dentro—. Será mejor que no sepa que hemos mantenido esta conversación. Le doy mi palabra de que intentaré convencerlo para que se opere. Déjelo en mis manos. Le agradezco enormemente su información. No sabe cuánto.
—Veo que ya os conocéis —dijo Arturo mirando con desconfianza al médico y a su mujer cuando estuvo junto a ellos.
—Sí, tu encantadora esposa me estaba enseñando las vistas desde el porche. Lo cierto es que dentro el ambiente está demasiado cargado, y hemos aprovechado para tomar un poco de aire fresco.
—Tendrías que haberme avisado de que no es cirujano estético. No sé por qué pensé que lo era. Quizá porque lo vi hablando con Carlota, y como tiene demasiadas manchas en la piel y le afean tanto, pensé que estaba considerando la posibilidad de hacerse unos retoques —dijo Adela, irónica y burlona.
—Ya le he comentado que soy oncólogo.
—Cierto, trató a mi padre en una ocasión —dijo Arturo mirando al médico. Éste asintió.
—Os dejo, me reclaman. Soy la anfitriona y estoy descuidando a mis selectos invitados —dijo Adela retirándose al interior de la casa.
—¿De qué habéis hablado? ¿No le habrás comentado nada de mi enfermedad?
—¡Por supuesto que no! Me preguntó si era cirujano estético, como ella misma te ha dicho.
—No quiero que sepa nada. No está bien. Desde que mataron al abogado de su anterior esposo, no está bien. Se preocupa en exceso por todo. Está obsesionada. No quiero que tenga más preocupaciones añadidas, que piense que su estabilidad vuelve a estar en peligro.
—Lo entiendo, pero creo que tiene derecho a saber tu estado de salud.
—Mi estado de salud sólo me concierne a mí, y lo sabrá quien yo quiera que lo sepa.
—Está bien, no debes preocuparte por nada. Todo sigue como estaba.
—Te lo agradezco —dijo Arturo indicándole que pasaran dentro.
Sobre las seis de la mañana todos los invitados habían abandonado la residencia. Adela y Arturo subieron a sus respectivas habitaciones.
—¿No vas a dormir conmigo esta noche? —preguntó socarrona—. Imagino que ya no lo necesitas, que ya has tenido bastante sexo por hoy.
—Eres un bicho, una víbora. Si crees que puedes manejarme a tu antojo como lo hacías con Abelardo, estás equivocada.
—Carlota es hermosa. ¿Verdad, Arturo?
—¿Qué insinúas? —preguntó él.
—Quiero decir que tienes aspecto de haber estado haciendo el amor.
—No empecemos de nuevo —dijo él dirigiéndose al baño.
—¡Eres un hijo de puta! Te has acostado con esa mujer. Lo he visto. He visto cómo la llevabas a la casita de madera. No me lo negarás. Podíais haber tenido la dignidad de no actuar con ese descaro. Creo que lo menos que podías haber hecho era esperar a que todos se fuesen. Me exiges que te respete, pero tú hace mucho que me perdiste el respeto. Me eres infiel delante de todos. Tú sí que eres un maldito cabrón.
—No pienso negarte nada —dijo Arturo de espaldas—. Que sepas que me importa un carajo que me condecores con insultos. Me da igual lo que pienses de mí.
—Tendría que haberte dado la noche, haberte dejado en ridículo, pero en mi lista de prioridades no estaba dar a conocer que mi marido es un obseso sexual. Eso es del dominio público; con una excepción por supuesto…: la ignorante de la pelirroja no tiene ni idea de con quién se está acostando. Creo que el exceso de pecas le ha intoxicado las neuronas. Ya decía yo que tener tantas tetas y tantas manchas no podía ser bueno. Todo el mundo te conoce menos ella.
—Te estás pasando —dijo él amenazador—. Te advertí que tu actitud no te traería nada bueno.
—¿Debo tomarlo como una amenaza? Deja que me ría. No pienses que voy a consentir que una mentecata invada mi espacio. Puedes acostarte con ella las veces que te dé la gana, pero os prohíbo que me dejéis en ridículo, os lo prohíbo a los dos. Quieras o no, soy tu mujer, y eso tendrás que respetarlo al menos en apariencia.
Arturo se giró bruscamente y le dio una bofetada.
—Carlota no se merece que la trates como si fuese una puta. Tú mantuviste el mismo tipo de relación conmigo y nadie te trató así. Yo te exijo a ti que la respetes a ella. Carlota es una adicta al sexo, como lo eras tú, como lo soy yo. Todo es por tu culpa. Te has convertido en un objeto. No me inspiras más que compasión. Odio la compasión. No soy compasivo. ¡Nunca lo seré! ¡Y ésta no es tu casa! Nunca lo ha sido y nunca lo será —dijo malhumorado y violento—. Me lo debes todo. Si no te hubieras casado conmigo, no tendrías nada. Serías la viuda del ignorante de Abelardo, de un loco que ocultó pruebas de uno de los homicidios, de un cobarde que no fue capaz de enfrentarse a su futuro y se suicidó.
—Me has pegado. ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
—¡Por supuesto! —contestó—. Ya no eres la persona que yo conocí. Yo, sin embargo, no he cambiado. Sigo siendo el mismo. Me has engañado. Pensé que eras más fuerte. Creí que no tenías escrúpulos, y eso me gustaba. Me excitaba… Pero me equivoqué. Eres como la mayoría. Absurdamente vulgar. Te dejas llevar por los miedos, por el miedo a dejar de vivir. Eso es de débiles. No quiero a nadie débil a mi lado. ¡A nadie!
—¿Cómo sabías que Abelardo ocultó pruebas en uno de los homicidios? —preguntó Adela temblando.
—Tú me lo dijiste. ¿No lo recuerdas? Estás enferma, muy enferma.
—No, no lo recuerdo, y puedes estar seguro de que me acordaría si te lo hubiese dicho. No estoy loca. Sabes de sobra que no lo estoy.
Arturo sonrió.
—No me importa lo que pienses —dijo—. No me importa lo que sientas, ni me importa nada de ti. ¡Nada! Cuando Abelardo murió pensabas igual que yo. No le defendiste, aun sabiendo que era inocente. Dejaste que le recluyeran, y ni siquiera fuiste capaz de ir a visitarle… Y ahora estás asustada porque piensas que el asesino va detrás de ti. ¡Es posible! Si yo fuese él, lo haría. Si yo fuese él, te mataría. Sabes demasiado. Te advertí que no siguieras investigando, te lo dije, pero no haces caso a nadie. Tú, la prepotente, la mente privilegiada, crees ser como Dios; pero no, eres una ignorante que se deja llevar por sus impulsos. Estás demasiado segura de ti misma y eso ha hecho que en más de una ocasión no puedas ver la verdad. La grandeza de las personas reside en actuar sin miedo, en ser conscientes de sus acciones y de sus consecuencias, en asumir la responsabilidad de lo que se hace. Nosotros ya no tenemos nada en común. Hoy acabas de demostrármelo. Tú nunca te has enfrentado a nada, ni siquiera has sopesado las consecuencias de tus actos. Tus prioridades —dijo riéndose— me dan risa, mucha risa, créeme. No tienes ni idea de por dónde andas. Escuchas el ruido que produce el rayo y corres como el ganado, pensando que dos metros más arriba te salvarás de la descarga. Tú no eres inteligente. Lo tuyo es instinto, sólo te guías por el instinto, y las necesidades te ciegan como a los animales, que son listos pero no inteligentes. Un matiz importante, ¿no crees?
—No entiendo lo que quieres decir, y aún no me has explicado cómo sabes lo de las pruebas. Quiero que me lo digas.
—¿Vas a buscar una conexión histórica con ello? No sé, quizá Nostradamus me lo dijo.
—Sé lo que te ocurre —dijo Adela.
—No entiendo.
—Sé que tienes cáncer y que tarde o temprano tendrás que someterte a un trasplante de hígado.
—¡Voy a arruinar a ese tipo! —gritó enfurecido Arturo—. ¡Juro que lo haré!
—No tiene la culpa de nada. Le saqué la información con mentiras. Como ves no soy tan estúpida como crees, o como dices creer… Ocultas demasiadas cosas, yo no estaba equivocada, nunca lo estuve. Es cierto que el instinto me ha ayudado, pero mi inteligencia se ha servido de él para llegar donde estoy. Quiero que te vayas de aquí.
—No tienes ni idea de lo que dices. Ésta es mi casa. Tú serás la que te irás.
—Sólo voy a decirte una cosa y no la repetiré. Como me pongas una mano encima, como intentes hacerme daño, te mato. Y ahora sal de esta casa —dijo Adela desafiante levantando el teléfono con gesto amenazador—. Sé quién eres. Tú mismo lo has demostrado. Tu ofuscamiento lo único que ha hecho ha sido reafirmar mi tesis. Mañana desapareceré de tu vida y tú lo harás de la mía. No quiero que vuelvas a acercarte a mí nunca más. No lo hagas o haré que la información de la que dispongo salga en todos los medios de comunicación. Te doy mi palabra de que lo haré. Mi vida es lo único que me preocupa, nada más. No pienso seguir viviendo bajo tu amenaza. Yo nunca tuve acceso a las páginas de la obra de Abelardo. Nunca. Sigue con tus investigaciones. Haz lo que quieras, pero olvídate de mi existencia. Es lo único que te pido. Por supuesto, quiero que la agencia sea sólo para mí. Seguiré mi vida y tú la tuya, hasta que se te acabe. Porque creo que te queda poco. Encuentres esas malditas páginas o no las encuentres, nada te salvará de morir como a todos. Me da igual lo que has hecho. El pasado no puede cambiarse, y el futuro es lo único que cuenta.
—No sabes lo que dices. Te has vuelto completamente loca. ¿Me estás acusando de ser el responsable de todos esos crímenes sólo porque estoy enfermo…? Has perdido la cabeza —dijo Arturo saliendo del dormitorio.
El cuerpo sin vida de Adela fue encontrado por la asistenta encargada del mantenimiento de las habitaciones. Cuando la mujer subió con la bandeja del desayuno, encontró a la esposa del odontólogo desnuda sobre la cama. Su cuerpo estaba cubierto de sangre a la altura de las caderas. En apariencia, Adela se había seccionado las venas. Sobre la mesa había una nota que había escrito antes de morir. En ella se leía: «Sobrellevar la muerte de mi primer esposo fue terrible, agotador y traumático. Nunca pude soportar los remordimientos que me asaltaban día tras día por no haber creído en su inocencia. Creo que la enfermedad de Arturo es un castigo de Dios. No podré enfrentarme a su pérdida… No me queda ninguna razón para permanecer aquí».
El entierro de Adela se retrasó dos días debido a la autopsia. Los resultados confirmaron que se había suicidado. Fueron muchas las personas que declararon que el estado de la esposa de Arturo era preocupante desde hacía tiempo. Carlota ratificó ante la policía el estado de ansiedad que aquejaba a la mujer. Asimismo, el oncólogo dio a conocer la totalidad de la conversación que Adela y él habían mantenido esa noche. El médico dijo haberse arrepentido de inmediato de haber informado a Adela de la salud de su paciente cuando éste le dijo que había estado ocultando su enfermedad a su esposa porque ésta sufría una grave depresión.
Sólo tres personas del entorno de Adela sabían que aquello no era un suicidio: el asesino, un agustino que asistió al entierro y que permaneció discretamente oculto tras uno de los sepulcros y el seglar que acompañaba al monje; ambos estuvieron toda la ceremonia separados del cortejo fúnebre.