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30 de septiembre de 1998

Aquel día Arturo y Adela dieron una cena en el hotel Palace de Madrid para anunciar su compromiso. A ella asistieron un centenar de amigos y personas vinculadas profesionalmente con la pareja. Entre ellos estaban Carlos, María, Goyo y Ana. El abogado le dio la enhorabuena al odontólogo:

—Me alegro por ti y le pido a Dios que Adela sea más comprensiva contigo de lo que lo fue con el pobre Abelardo.

—Goyo, te exijo que a partir de ahora seas prudente con los comentarios que hagas sobre Adela. Ella es la mujer a la que quiero y no consentiré que le faltes al respeto —contestó Arturo molesto.

—Déjale, cariño. De él sólo puedes esperar miseria —contestó Adela mirando fijamente al letrado.

—¿No sabes lo que mi personal ha descubierto acerca de Abelardo? —preguntó Goyo.

—Creo que el tema debería estar olvidado. Pienso, querido Goyo, que tienes un serio problema, estás obsesionado —contestó Arturo.

—No, no te equivoques —dijo Adela—. Lo único que persigue es hacerme la vida imposible. No soporta no haber podido hacer conmigo lo que quería. Está claro que Goyo no cejará hasta volverme una paranoica.

—Nada más lejos de mi intención. He creído —dijo Goyo dirigiéndose exclusivamente a Arturo— que antes de que la información se haga pública debías tener conocimiento de ella. Sólo me dejo llevar por la ética profesional. Es más, si no hubieses tomado la decisión de casarte con ella, si no fueses mi amigo, no te diría nada. Pero vas a ser su marido y eso te vinculará con todo lo acontecido. Mucho me temo que será así.

—¿Es tan importante? ¿En serio crees que me puede interesar? —preguntó Arturo burlón.

—Sí, y mucho, porque creo que Adela puede ser la siguiente víctima —contestó Goyo.

—¡Eso es absurdo! —contestó Adela, nerviosa y malhumorada—. El asesino ha muerto. Desgraciadamente todos sabemos quién era. Desgraciadamente se le juzgó y condenó. Aunque a todos nos haya dolido, todos sabemos que el asesino era Abelardo.

—No lo creo. Nunca lo he creído. Tu marido se veía, con frecuencia, con una persona en una localidad de la sierra. Se le vio varias veces en un bar llamado La Caña Vieja. —Adela palideció al recordar las salidas de su marido, que ya tenía olvidadas. Salidas que siempre le parecieron extrañas.

—Es cierto. Abelardo iba allí cada vez que comenzaba una nueva obra de intriga y cada vez que la terminaba. Era una especie de templo. Nunca pensé que se viera con nadie. No me digas que tenía un amante —dijo Adela con sorna.

—Las personas que le atendían dicen que quedaba con un hombre de apariencia extraña. Lo describen con ademanes homosexuales. Abelardo llegaba el primero, tomaba un café y cuando el otro individuo, que venía en un BMW tocaba el claxon, Abelardo salía del local y se marchaban juntos en el coche. Apenas le vieron dos o tres veces fuera del vehículo.

—Es absurdo. ¿Cómo puede ser que esas personas no dijeran nada a la policía en su momento? —preguntó Adela.

—Nadie les preguntó. Nadie sabía nada. Yo me enteré porque puse un anuncio en la prensa local ofreciendo doscientas mil pesetas a la persona que aportase algún dato sobre tu marido. Siempre he sabido que era inocente y le juré que lo demostraría —dijo Goyo.

—No entiendo nada, ¡nada! —dijo Arturo.

—Pues es muy sencillo —contestó el letrado—. Ésta es mi hipótesis: los empleados de La Caña Vieja me describieron al hombre, y su descripción coincide con la que hizo la amiga de la chica asesinada en el ático de tu padre del hombre con el que se veía —dijo mirando al odontólogo—. ¿Me sigues? —Arturo asintió desinteresado—. Pues bien, creo que esta persona tenía algún tipo de relación con Abelardo, y, él, ingenuo o llevado por, llamémoslo cariño, nunca llegó a sospechar de su amigo.

—¿Estás diciendo que Abelardo era homosexual? —inquirió Adela ofendida.

—No. Estoy diciendo que Abelardo podía ser bisexual. No he podido encontrar otra explicación más lógica a esas citas. ¿Tú tienes alguna válida?

—Eres un insufrible, sigues insinuando que yo sé algo que no te he dicho. Sigues haciéndolo. Estoy segura de que Abelardo no era homosexual, segurísima —dijo Adela enfurecida—. ¿Por qué esa gente del bar no contó todo eso antes? No puedo entenderlo. No tiene ningún sentido. Todo el proceso era del dominio público. Lo único que han hecho ha sido cobrar tu recompensa. Se han inventado una historia más. Han esperado a que Abelardo esté muerto. ¡Claro! Es evidente. Si hubiese estado vivo, él habría desmentido esa historia. Estoy segura de que no se veía con nadie. Abelardo iba allí a escribir. Estaba escribiendo una novela histórica, un texto que el psiquiatra le había prohibido seguir escribiendo porque le dio problemas. Eso es lo único que hacía, trabajar a mis espaldas porque sabía que si yo tenía conocimiento de su actividad, de que había reemprendido la novela, se lo prohibiría, haría todo lo posible para que no continuase.

—Cálmate —dijo Arturo.

—Los camareros no dijeron nada porque están acostumbrados a guardar silencio. La discreción es la base para que su negocio siga funcionando. Su restaurante acoge a parejas homosexuales, bisexuales y heterosexuales que viven una aventura. El hombre del que hablamos era, en apariencia, de clase bastante acomodada. Uno de los camareros me aseguró que en varias ocasiones vio cómo tu marido le entregaba un sobre cuyo contenido podría ser dinero.

—Eso sí me encaja —dijo Adela pensativa—. Es posible que Abelardo le estuviera pagando por la información que necesitaba. Sé, por Carlos, que se hizo con un libro de estraperlo. Lo cierto es que aquella obra histórica tenía demasiadas cosas extrañas. ¡Eso sí es posible! —insistió Adela—. Cuando Abelardo fue ingresado en el hospital y me hice cargo de todo, comprobé que había efectuado varios ingresos importantes en diferentes cuentas. No seguían un orden regular. Creo que la suma ascendía, en los últimos años, a diez millones.

—Si es el pago al trabajo de un mercenario, es una suma miserable. ¿No habéis pensado en la posibilidad de que tal vez tuviera un cómplice? —respondió Arturo en tono burlón, tratando de darle a la situación un cariz cómico.

—No le encuentro la gracia a tus palabras —respondió Goyo enfadado, mirándolo desafiante—. ¿Cuándo empezó a hacer los ingresos, en la época del primer asesinato? —preguntó el letrado.

—No lo sé. Tendría que mirarlo —contestó Adela.

—Es posible que tu marido pagase a su amante —dijo Goyo.

—Cierto —respondió Arturo—. ¡Es cierto!

—Sois unos imbéciles, no puedo creer lo que estoy oyendo. Me habría dado cuenta. Abelardo no sentía ninguna atracción por los hombres. Y si la hubiera sentido me lo habría dicho… O habría comentado esa relación cuando fue acusado.

—Pues todo indica que esa persona existe. No podemos saber quién es. Pero estoy seguro de que lo encontraré. Creo que puede ser el asesino, y si no lo es, quizá sepa quién más estuvo implicado en todo lo que sucedió. Estoy seguro de que hay otra persona detrás de todo esto. Es posible que tengas razón y que Abelardo estuviese haciendo tratos con material de estraperlo. Es posible que por ello esa persona no haya dado la cara y se haya ocultado. Pero también es posible que no estemos en lo cierto y que sea el asesino. Creo, Adela, que debes tener cuidado. Abelardo estaba seguro de que tú serías la próxima víctima, y no creo que su afirmación tuviera nada que ver con su enfermedad; sabía que tu vida corría peligro. Lo estaba porque él no era el asesino. Quizá su amante le traicionó; tal vez tuvo miedo de la repercusión que podía tener esa relación en su vida profesional, no lo sé… Quizá tú tengas razón y Abelardo se metió más de lo debido en temas ilegales que afectaron a su salud mental y le hicieron tener miedo de las represalias. No sé por qué Abelardo no delató a esa persona, pero está claro que hay alguien más que sabe muy bien todo lo que pasó. Quizá si Abelardo hubiese hablado de sus citas ahora estuviese vivo. Estoy seguro de que el asesino volverá a matar. Abelardo dijo que ese criminal no pararía hasta completar la palabra que estaba escribiendo; que su único fin era llevar a la realidad la obra que él había escrito, que todo era un diabólico juego.

—Eso sí que es una estupidez. Una locura. Esa novela no existe. El único que pensaba en mi muerte era él. Sinceramente creo que lo más probable es que él mismo quisiera matarme. Me amenazó horas antes de quitarse la vida. Dijo que me mataría, que iba a matarme. ¿Te parece poco una amenaza de muerte? Estaba tan seguro de que yo era la víctima a la que le correspondería la letra «G» porque él era quien pensaba escribirla sobre mi cadáver. Ésa es mi hipótesis. Mi marido estaba loco, y su locura le llevó donde está ahora. Estoy muerta de miedo —dijo Adela abrazándose a Arturo intentando ridiculizar la afirmación del abogado—. No creo que debas dirigir tus investigaciones hacia otro lado. Goyo, la novela no existe. Jamás se escribió, y eso fue lo que perturbó nuestra relación. No quise ser partícipe de sus mentiras, de sus crímenes.

—Yo creo que sí se escribió —contestó tajante Goyo—. Sé que existe y que además hay dos ejemplares que no han sido destruidos, porque los demás los quemaste tú en la chimenea. Lo sé y lo demostraré; aunque me cueste la vida, lo haré. Puedes estar segura —dijo Goyo desafiante.

—La obra no existe. Abelardo perdió el juicio. Ya te he dicho que debes dirigir tus investigaciones hacia otro lado. Estás equivocándote y vuelves a poner en duda mi inocencia. Puedo denunciarte por estas afirmaciones, puedo llevarte ante un tribunal. Estás haciendo que pierda los papeles, me acusas de haber cometido perjurio —contestó Adela.

—No entiendo muy bien todo esto —dijo Arturo—. ¿Qué sentido tiene que un asesino que quiere, según vosotros, revivir una obra, haga que el escritor parezca el autor material de los crímenes? Según lo que me contó Adela, el asesino consideraba a Abelardo su maestro. ¡No lo entiendo! No puedo comprender que acuses a Adela de perjurio. Ella no tenía nada que perder diciendo la verdad. Ella no era la autora de la obra. La vida de su marido no era su responsabilidad. Nadie es responsable de los actos de los demás, nadie.

—Yo sí le encuentro sentido a todo; es más, creo que tiene una lógica aplastante. Es tan evidente que nadie se ha dado cuenta de ello —contestó Goyo—. El asesino no pretendía hacer daño a Abelardo. Quería convertir en realidad la ficción literaria que él había creado; sin embargo, las coincidencias hicieron que Abelardo pareciese el culpable. El destino, la casualidad y la sinceridad de Abelardo unidos a los testimonios absurdos que hicieron algunas personas le llevaron a ser el único sospechoso y dejar al verdadero culpable fuera de toda sospecha. Eso sin mencionar todo lo que tú, Adela, callaste aun sabiendo lo que se le venía a tu marido encima. Un toque maestro para rematar la faena. Le diste la estocada final. Lo que le ha pasado a Abelardo no estaba en el guión del asesino. Es algo que siempre he tenido claro, tan claro como que volverá a matar. Estoy seguro de que lo hará. Sólo tenemos que esperar. Cuando lo haga solicitaré que se abra la sepultura de Abelardo y que se le haga una nueva autopsia. Demostraré que el daño que sufrió su cerebro fue causado por los fármacos que le administraron. Trataré de subsanar la injusticia que se cometió con él al ser condenado antes de ser sometido a juicio. El asesino me hará el favor, y que Dios me perdone por decir esto, me hará el favor de matar a su sexta víctima para que la memoria de Abelardo pueda ser limpiada. Entonces, Adela, te darás cuenta de que al ocultar las pruebas y negar la existencia de esa obra, para salvaguardar tu implicación, cometiste un error imperdonable. Te darás cuenta de que tu marido no era el asesino, de que le juzgaste y condenaste sólo para protegerte.

—Lo que estás diciendo es una aberración. Veo que no pararás hasta destruirme. Pues ten clara una cosa: no voy a ponerte las cosas muy fáciles, Goyo. Lo haré porque me estás insultando; no has dejado de condenarme desde que Abelardo fue encarcelado, y eso no te lo perdonaré nunca. Te voy a hundir personal y profesionalmente, no lo olvides. Si sigues con tus propósitos te hundiré. Además, no podrás hacer una nueva autopsia porque el cadáver ha sido incinerado.

—¿Que has hecho qué?

—He hecho lo que Abelardo quería. Dijo que quería ser incinerado, y dejó constancia de su deseo por escrito. Quería que sus cenizas fuesen esparcidas en el Monasterio de El Escorial, y así lo he hecho. Los resultados de la autopsia los puedes pedir en el psiquiátrico. No creo que te pongan ningún impedimento. Abelardo se cortó las venas. Se suicidó. Los informes sobre el estado de su sistema nervioso, así como de su cerebro revelaron que padecía una enfermedad degenerativa. Creo que una segunda autopsia no hubiese revelado nada nuevo. Es tan evidente como que la novela no existe —contestó Adela enfurecida.

—Tú te has encargado de que todas las pruebas que podían demostrar la inocencia de tu marido desaparezcan. Está claro que tenías algún interés en ello. Ocultaste que tu marido sufría una intolerancia a los tranquilizantes, sabiendo que eso no se puede diagnosticar hasta que no se muestran los efectos, hasta que el enfermo no lleva un tiempo con la medicación. No le dijiste a la policía que se veía con alguien en La Caña Vieja… Algo que tú sabías; eres demasiado inteligente y Abelardo nunca pudo ocultarte nada y tú lo sabes. Es posible que cuando consiga presentar las pruebas ante el juez te conviertas en la próxima sospechosa. Pero no te preocupes por ninguna de mis afirmaciones, porque si no tuviste nada que ver en los crímenes, mi acusación te salvará la vida, te pondrá a salvo entre rejas, ya que de yo tener la razón el asesino anda detrás de ti, sobre tus pasos. Estás en su punto de mira y tu único refugio, irónicamente, puede ser la cárcel.

—Goyo, a partir de este momento tú y yo hemos roto nuestra relación personal y profesional —dijo Arturo enfurecido.

—Tranquilo. No volveréis a saber de mí. La policía os comunicará muy pronto todo lo que os he manifestado; eso, Adela, si el asesino no te encuentra antes de que el juez ordene tu detención —dijo el abogado. Después se dio la vuelta y, mirando a Arturo, añadió—: Sólo me queda una cosa que decirte. ¡Ten cuidado! Ten mucho cuidado, piensa con quien te estás acostando. Como decía mi querido Abelardo, el diablo tiene mil caras y algunas son demasiado hermosas.

Arturo levantó la mano en un puño y golpeó a Goyo con fuerza. Éste cayó al suelo aturdido. Seguidamente cogió a Adela del brazo y dijo:

—¡Vámonos!

Adela sonrió e indicó al odontólogo con un gesto de la mano que esperase un momento. Se agachó y susurró al oído de Goyo:

—Es posible que el sexto muerto seas tú. En la novela la sexta víctima era un abogado. ¡Que te den por el culo, picapleitos de mierda!

Se incorporó y pidió disculpas a todos los invitados que hasta el momento del puñetazo no se habían percatado de la disputa.

—Señores, disculpen. Todo ha sido un incidente sin importancia.

Ana se encontraba en el servicio y cuando salió estaba completamente desorientada. Al ver a Goyo en el suelo se agachó y, azorada, le ayudó a levantarse. Los dos salieron en silencio del hotel…