4
Abelardo tuvo conocimiento del asesinato de la estudiante a primera hora de la mañana por la prensa del hotel. Adela sufrió un ataque de nervios al conocer que la joven había sido asesinada en el ático que ellos habían ocupado. La policía intentó ponerse en contacto con el escritor aquella misma noche para obtener algún tipo de información adicional sobre la frase que se encontró en la agencia inmobiliaria y que, evidentemente, estaba dirigida a él, pero nadie, ni el vigilante encargado de la seguridad de la finca, sabía dónde estaba.
El matrimonio Rueda había abandonado el hotel sin ponerse en contacto con la policía ni con su abogado. Presas del pánico ni tan siquiera cruzaron una palabra durante el camino de regreso a la finca. Ambos estaban inmersos, una vez más, en sus pensamientos. La historia volvía a repetirse. Las manifestaciones de Abelardo, después de la muerte de Cosme y Tomás, no podían haber sido más certeras: aquello sólo era el comienzo.
Sobre las dieciséis treinta minutos de aquel primer domingo del mes de marzo, el matrimonio Rueda recibió una visita inesperada. Armando López, inspector jefe de la policía judicial, se personó en su domicilio con una orden de arresto contra él:
—¿Don Abelardo Rueda?
—Sí, éste es su domicilio —contestó el vigilante—. ¿Quién pregunta por él?
—Dígale que soy Armando López, de la policía judicial. Traigo una orden de detención contra él —indicó enseñando la placa y la orden judicial.
Cuando el coche de policía aparcó en la entrada de la mansión, el escritor, estupefacto e indignado, salió de la casa y se dirigió hacia el vehículo. Junto a él caminaba Adela. La mujer andaba con paso firme mientras marcaba el número de teléfono de Goyo.
—Buenas tardes —dijo Abelardo—. ¿He oído bien? El vigilante dice que tiene usted una orden de detención contra mí.
—Buenas tardes. Soy Armando López. ¿Es usted don Abelardo Rueda? —inquirió el policía.
—Sí soy yo.
—Traigo una orden de detención contra usted. Se le acusa del asesinato de Isabel Sensiar. Debe acompañarnos, si lo desea puede llamar a su abogado. —El policía continuó con la lectura de sus derechos, mientras otro agente procedía a ponerle unas esposas.
Adela miraba atónita la escena. El agente se dirigió a ella y dijo:
—Esto, señora, es una orden de registro, al que procederemos inmediatamente.
—Ustedes no saben lo que hacen, ¡están locos! ¡Locos de remate! Les denunciaré; pagarán este allanamiento moral y físico. ¡Juro que lo harán! ¡Son unos ineptos!
—Si estamos equivocados, lo haremos. No se preocupe, la ley es justa —dijo uno de los agentes camino de la casa.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza, está fuera de toda lógica. Mi marido es una víctima, no el culpable. ¡Orden de registro, orden de registro! Pueden dar la vuelta a la casa y sacudirla. Eso será lo que haré con ustedes; no pararé hasta que paguen por esta negligencia, hasta que el responsable se vea en el mismo sitio en el que ha puesto a mi marido…
Abelardo fue conducido a prisión. Su libertad condicional, así como la solicitud de fianza, fue denegada por el juez. Goyo fue puesto al día de las acusaciones que se formulaban contra Abelardo. A su cliente no sólo se le acusaba del asesinato de Isabel. El fiscal le había comunicado que la acusación se extendería a los asesinatos anteriores: el de Cosme, Tomás, Teresa y Eugenia. Le habían vinculado incluso con el de su propia ama de llaves, dando cabida a que él hubiese contratado a una persona que se encargó de asesinar a la mujer y se barajaba la posibilidad de que el asesino a sueldo hubiese sido Tomás.
Al día siguiente Goyo se dirigió a la cárcel de Alcalá Meco; se le veía taciturno y descuidado en el vestir, algo poco frecuente. Su expresión tensa daba muestras claras de la angustia que se había apoderado de él. El abogado consideraba del todo imposible la culpabilidad del escritor; la idea de una simple implicación le parecía descabellada. No entendía cómo podían considerarle presunto autor de semejantes barbaridades ni cómo se había llegado a cursar una orden de detención contra su amigo. El daño psicológico que podía causar en Abelardo la magnitud de las acusaciones era lo que más preocupaba al letrado:
—No entiendo nada —dijo Abelardo pasándose los dedos entre el pelo una y otra vez—. ¿Cómo pueden pasar estas cosas? Tienes que sacarme de aquí inmediatamente. Si no salgo de este agujero, no tendré posibilidades de demostrar mi inocencia.
—Debes tranquilizarte. No creo que haga falta que te diga que creo firmemente en tu inocencia. La acusación es insensata, no tiene solidez argumental. No dudes ni por un momento que haré todo lo necesario para que salgas de aquí, para que todos los cargos sean retirados. Pero es primordial que estés tranquilo. Tengo que ponerte al día sobre las acusaciones que se van a formular contra ti. La policía tiene pruebas que ya se han presentado ante el juez, el agente que llevaba el caso de Teresa, éste… —Goyo hizo una pausa y buscó entre sus papeles el nombre—, Armando López, estaba sobre tu pista desde su asesinato. No se hicieron sólo labores de protección con vosotros, también de investigación. Desgraciadamente muy laboriosas, aunque desde mi punto de vista son irracionales, pero al juez le ha parecido suficiente.
—¿Cómo pueden tener pruebas de algo que no he hecho? ¡Es imposible!
—Eso es precisamente lo que iba a comentarte. Para que esas pruebas se conviertan en lo que tú y yo pensamos que son, simples conjeturas, hay que desvirtuarlas, la ley funciona así, nada puede ser mucho hasta que se demuestra lo contrario.
—No tenemos que desvirtuar nada. Yo no he cometido ningún asesinato. ¿Por qué tengo que desvirtuar algo que no tiene solidez, que se cae por su propio peso? No lo entiendo, no puedo entenderlo. No pueden existir pruebas contra mí de algo que no he hecho.
—Lo sé. Pero a lo que me refiero es a que tenemos que rebatir las pruebas que ellos van a presentar contra ti. Hay que demostrar que no tienen base, hay que hacerlo, a eso se le llama seguir los trámites legales, utilizar las leyes. Contra las leyes hay que usar la ley, es irónico pero tan real como que estás encarcelado, de eso es de lo que tienes que tomar conciencia. Deja de darle vueltas a lo irracional de la situación, no servirá de nada, no nos servirá para sacarte de aquí. Hay que comenzar a trabajar. Quiero que seas realista. Esto va a ser duro, más de lo que puedas imaginar, y nos llevará mucho tiempo —dijo el letrado poniendo su mano sobre el hombro de Abelardo—. Debes confiar en mí. Debes ser paciente. Demostraremos tu inocencia, te doy mi palabra de que demostraré que eres inocente. Pero antes te sacaré de aquí.
—¿Dime exactamente de qué se me acusa? ¿Cuáles son las pruebas?
—Se te acusa del asesinato de Isabel.
—¿De la estudiante, la última víctima? —preguntó Abelardo con expresión de perplejidad.
El letrado le miró con expresión de cariño y dijo:
—Sí ¡No sabes lo mucho que siento todo esto! Se está cometiendo una injusticia contigo, lo sé. Su compañera de facultad se llama Ana. Esta señorita prestó declaración horas después de haberse cometido el asesinato. Dijo que el individuo que frecuentaba los últimos días la casa de la estudiante asesinada no era homosexual. Afirma que el sujeto en cuestión quería ocultar su estado civil; que ella supone que era de casado. Asegura que algunos de sus rasgos le parecieron excesivamente familiares, en concreto hizo referencia a sus labios, los cuales dice llevaba pintados de carmín rojo. Este dato queda ratificado por las declaraciones de Genaro.
—No entiendo nada —interrumpió Abelardo—. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—¡Espera! No te impacientes. Horas después de salir de comisaría la joven llamó al agente y éste se personó en su domicilio. La chica en cuestión, le dijo que creía haber identificado al individuo y le enseñó una foto tuya.
—¡Pero eso es imposible! ¡Qué locura! ¡Dios mío! Cómo va a tener una foto mía una persona que ni tan siquiera conozco.
—No era una foto, era la ilustración de la contraportada de una de tus novelas, en concreto la de El asesino del carmín. La joven dijo que no tenía ninguna duda, que los labios eran los tuyos, que la forma en que te metías las manos en los bolsillos era la misma…
—Eso es una estupidez, eso no sirve como prueba. Todos los personajes públicos estamos en el mismo punto de mira, nuestros rasgos son tan conocidos que se hacen familiares e incluso se pueden llegar a confundir. No entiendo cómo la policía puede haber dado por fiable esa afirmación; esto es de locos, se sale de madre.
—No creas que es tan descabellado… —Goyo hizo una pausa y le miró con detenimiento—. Es que no es el único testimonio que te implica, ése es el verdadero problema —dijo el letrado sin dejar de mirar los ojos de Abelardo.
—¿A qué te refieres?
—Genaro ha declarado que te vio en el edificio. A Genaro se le llamó después de que Ana formalizase su declaración. Él dijo que tú habías estado en casa de Isabel aquella tarde antes de que lo hiciera el individuo en cuestión. Que después, aproximadamente dos horas antes de que el otro hombre llegase, te marchaste. Genaro no te acusa, él dice que si la muchacha hubiese estado muerta no hubiese abierto la puerta al asesino, que evidentemente llegó después. Pero afirma que tú estuviste allí ¿Es cierto?
—Sí —respondió Abelardo cabizbajo—. Es cierto.
—¿Por qué fuiste a ver a Isabel? —preguntó Goyo sorprendido ante su inesperada afirmación—. Abelardo, de ti depende que salgas de ésta, debes contármelo todo. Esto se está complicando más de lo que pensaba, debes decírmelo todo. ¡Todo!, ¿entiendes? Tienes que comprender que es imprescindible que conozca todos tus movimientos, incluso los detalles que para ti carezcan de importancia pueden tener una relevancia extrema —dijo Goyo con pesadumbre.
—Es una historia muy larga, demasiado larga y complicada. Es una historia que roza lo novelesco, pero te juro que aunque no te creas lo que vas a oír es totalmente cierto. Todo es tan cierto como que ahora estamos juntos…
Abelardo comenzó a relatar a su abogado cómo Adela y él, llevados por el pánico, habían ocultado a la policía la existencia de la novela. Contó punto por punto los detalles de los asesinatos descritos en su obra. Goyo comprobó estupefacto que ciertamente los acontecimientos reales habían reproducido de forma exacta los de la entelequia literaria. El abogado escuchaba abstraído a su cliente. Sus palabras parecían la coartada de un psicópata… Por más que Abelardo le explicaba, él no conseguía entender por qué no se había entregado el ejemplar de la novela desde el primer momento a la policía. A pesar de la incomprensión continuó escuchando a su amigo hasta el final. Llegado el momento, Abelardo expuso el motivo de su visita a la casa de Isabel:
—Simplemente fui al ático con la esperanza de encontrar allí la copia. Tenía la esperanza de habérmela dejado olvidada durante la mudanza, pero la joven era la segunda inquilina del ático desde que nosotros nos marchamos. Hubo un inquilino anterior a ella, por eso decidí que iría a la agencia inmobiliaria a preguntar por esa persona. Quería averiguar su identidad, era importante para mí… Sabía que la única posibilidad de que alguien hubiese cogido una copia estaba en el transcurso de la mudanza. Nos habían robado, así que era posible que el joven que cometió el robo se hubiese dejado la copia en el piso y el nuevo propietario fuese el que estuviera cometiendo los asesinatos. Sé que es una conclusión un tanto descabellada, pero lo pensé. —Abelardo hizo una pausa y miró a Goyo preguntando—. ¿Me sigues?
—¡Por supuesto! —contestó el letrado, mientras continuaba tomando notas—. Prosigue. Cuando acabes comenzaré con las preguntas.
—Incluso llegué a pensar que Tomás también podía haber sido contratado por alguien con anterioridad para robar la copia que faltaba, igual que lo hizo Adela. Antes de que le asesinasen, sopesé su posible implicación directa en todo. Él podía haber cometido los crímenes. Por qué no. Tuvo acceso a todo lo que había en el estudio, nos robó, y yo en esos momentos estaba obsesionado. La realidad supera a la ficción, estamos hartos de oírlo y de comprobarlo. Pensé que éste podía ser uno de esos casos; pensé que el asesino ciertamente estaba obsesionado conmigo, con un personaje popular. Es algo común, vulgar, los asesinos suelen tomar patrones, sean los que sean. Sólo nosotros sabíamos que los crímenes tenían que ver con mi obra. Adela lo pensó porque la había leído y yo porque la había escrito. Nosotros teníamos conocimiento del texto y eso fue lo que nos hizo relacionar los asesinatos con la novela. Por eso decidí comprobar si el ejemplar que me faltaba aún estaba en el ático; si alguien lo había visto. Asumí el riesgo de encontrarme cara a cara con el asesino, pero no fue así. Supe desde el primer momento a lo que me arriesgaba, pero, como ya sabes, poco me quedaba para poner en juego. Cuando llegué al edificio le pregunté a Genaro por el nuevo inquilino y le manifesté mi intención de hablar con él, ya que parte de lo que nos habían sustraído durante la mudanza aún no había aparecido. Genaro no tenía conocimiento de que nos hubieran robado y me confirmó que Isabel era la segunda inquilina del ático, pero a pesar de ello decidí subir por si encontraba la novela o ella la había visto.
—Genaro dice en su declaración que permaneciste en el piso aproximadamente una hora. Una hora es demasiado tiempo para preguntarle a la inquilina si había visto el ejemplar. ¿No crees?
—Sí, fue una hora, más o menos. Genaro no ha perdido su capacidad de observación. La joven era muy amable y al verme me reconoció al instante. Tenía todas mis obras. Había leído todas mis novelas históricas. Cuando me lo dijo, no pude despreciar su invitación. Me ofreció pasar y tomar un café. Tú sabes que me siento orgulloso de mis obras históricas. Conoces mi disconformidad con las últimas obras de suspense, y sabes por qué he escrito ese tipo de literatura. Charlamos y le firmé los libros, prometiéndole que cuando diese alguna conferencia ella sería una invitada especial. Después me enseñó sus obras de arte y la casualidad hizo que yo ya las conociese. Hacía algunas semanas que había estado en una exposición conjunta de varios autores noveles de la Facultad de Bellas Artes. En esa exposición compré un cuadro. Está colgado en la buhardilla. Resultó que lo había pintado ella. La joven se sintió muy halagada cuando se lo dije y me obsequió con un boceto del cuadro que yo había comprado.
—¿Qué cuadro era? ¿Con qué título figuraba en la exposición? —preguntó el letrado.
—Labios indefinidos. Es un cuadro de una cara de hombre desdibujada; en ella lo único que se aprecia son los labios. ¿Quieres saber algo más del cuadro?
—No. Quiero que me digas por qué fuiste a la agencia inmobiliaria —dijo Goyo sin hacer mención del incidente del que Arturo y él habían sido testigos la noche del asesinato y del que Abelardo no tenía constancia.
—Me despedí de la joven y guardé el boceto en una carpeta de cartón que ella me dio. Pasé por la agencia inmobiliaria para intentar averiguar algo sobre el anterior inquilino. Una señorita estaba cerrando la puerta y aunque le supliqué que me atendiese se negó a hacerlo aduciendo que hacía horas que debería haberse marchado. Me dijo que volviese el lunes. Me marché a la finca. Cuando llegué, Adela no estaba. Le pregunté a Juan y al empleado de seguridad si había dejado dicho adónde iba, pero no sabían nada. Después ella llamó desde el Palace. Dijo que había estado todo el día en Madrid y que me esperaba en el hotel. —Abelardo hizo una pausa—. Yo acababa de llegar, pero, dada su insistencia, volví a salir hacia Madrid. Pensé pasar antes por una empresa ubicada en la Gran Vía. Creo que los sobres que mandó el asesino a casa fueron adquiridos allí, era una intuición. No me preguntes por qué lo pensé, ya te digo que fue una especie de corazonada. Cuando llegué, el local estaba cerrado, lo que era normal por la hora, pero la obsesión no me dejó razonar este punto antes de ir al local. De allí me fui al hotel. El resto te lo puede confirmar Adela. Pasamos la noche en el hotel. Por la mañana vimos la noticia en la prensa. Al enterarnos de lo sucedido regresamos a casa asustados. Desde que sabemos que el asesino utiliza como patrón de sus actos mi obra, estamos aterrorizados. Puedo garantizarte que muchas veces actuamos de forma poco racional, y aunque tenemos conciencia de ello, no podemos evitar sentirnos amenazados por ese asesino y por la opinión pública. Sabemos que nuestras palabras no tienen credibilidad, nunca la han tenido. Aún no he olvidado lo que sucedió en Ibiza. Creo que la injusticia que se cometió conmigo me ha marcado de por vida. No tienes más que ver dónde estoy ahora, acusado de un homicidio que no he cometido. La historia se repite. No puedo decirte más, el resto de lo que ha sucedido después ya lo conoces —concluyó Abelardo.
—Tienes razón, entiendo tu angustia, la impotencia que puedes sentir, pero debes tranquilizarte y controlar tus emociones… Es difícil para mí decirte lo que te voy a decir, pero ante todo quiero que entiendas que no me queda otra alternativa. Debo ser sincero contigo —dijo Goyo tomando aliento—. No puedo darte falsas esperanzas. ¡Estás metido en un buen lío! Todo lo que me has contado parece una coartada muy bien pensada. Si no fueses mi amigo, si no te conociese como te conozco, yo también dudaría de tu palabra. Tienes que entender que la policía no va a considerar casualidades todo lo que os ha pasado. Es difícil creer todo lo que cuentas. Incluso conociéndote, tantas coincidencias resultan muy sospechosas.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Abelardo—. Todo lo que te he contado es cierto. ¡Por mi vida que lo es!
—Te creo, pero el que yo te crea no sirve de nada. ¡Ojalá sirviese! Eso tienes que tenerlo presente. Tú sabes que no eres el autor de los crímenes, pero eso no basta, no es suficiente. Estás más implicado de lo que yo pensaba. Todos los hechos te señalan como culpable. Lo más probable es que alguien te esté tendiendo una trampa. Son demasiadas coincidencias. Arturo y yo estuvimos la noche del asesinato en la agencia inmobiliaria; la policía judicial nos solicitó documentación sobre Isabel. Cuando llegamos nos encontramos con todos los archivos por el suelo, disquetes de ordenador, etc. Alguien había estado allí y había dejado escrita una frase en el espejo del lavabo… —Goyo hizo una pausa.
—Sé lo que había escrito —dijo Abelardo mirando fijamente al abogado.
—¿Qué dices? ¿Cómo vas a saber lo que había escrito?
—Lo sé. Escribió: «Todo lo que el hombre es capaz de imaginar es una realidad en el tiempo».
—¿Cómo es posible? ¿Cómo puedes saberlo?
—El asesino está siguiendo mi novela al pie de la letra. Ya te lo he dicho antes. El protagonista de mi novela deja una nota escrita en el espejo del dormitorio de su quinta víctima, una estudiante universitaria. La frase es ésa. Por eso he pensado que el asesino de Isabel escribió lo mismo. Lo que te he contado puede parecerte un absurdo, una coartada como dices, pero te juro que es cierto. Ese tipo lleva inspirándose en mi obra para cometer sus asesinatos desde la muerte de Teresa —concluyó Abelardo apoyando su cabeza sobre la mesa.
—¿Tienes una copia de la obra? —preguntó Goyo
—No hay nada que demuestre que la novela existe. Destruimos todos los ejemplares. Ahora sé hasta qué punto hemos actuado erróneamente… Nunca hubiera podido llegar a pensar que todo se complicaría de esta forma, ¡nunca! Me siento un estúpido, un incauto, no puedo explicarte todo lo que se me pasa por la cabeza, no puedo. La impotencia es demasiado grande, me puede. Sería capaz de matar a ese tipo, sería capaz de hacerlo si me lo encontrase frente a frente… Me está volviendo loco… El hecho de que pueda controlar mi vida y mi futuro me está trastornando.
—Carlos conocerá la existencia de la novela. Podemos llamarle como testigo. Si él declara que escribiste esa novela, podremos demostrar tu inocencia. Eso y la fecha en que se la entregaste a Carlos nos pueden resultar de gran ayuda… Es una suerte que se la entregases ese día.
—Carlos no llegó a leer la novela. Ni tan siquiera conocía el título. El día que asesinaron al vigilante de la editorial y al ladrón le pedí la copia. Él aún no había leído el ejemplar. Tomás hizo el cambio y el asesino debió ver la novela y se la llevó. Tampoco está registrada y, como ya sabes, trabajo con máquina de escribir, no utilizo el ordenador, no hay copia de ningún tipo, ni forma de hacerse con una.
—Entonces, a efectos legales, la novela no existe. Sólo tenemos tu palabra. Aparte de la fiabilidad que tú puedas dar a tus declaraciones, no hay prueba material de su existencia… Eso complica más las cosas.
—Adela es la única persona que leyó la obra, y cuando lo hizo, no estaba acabada. Después de que ella la leyese, como siempre hago, tuve en cuenta sus críticas e hice algunas rectificaciones cruciales en la trama. No sé si es conveniente que se hable de ello, pero la idea de la destrucción de las copias fue de ella.
—Eso no dice nada en tu favor, ni en el de ella. Adela se ha convertido en tu cómplice. Desde el primer momento en el que ocultasteis a la policía que los asesinatos se inspiraban en los sucesos de tu novela, desde ese momento omitisteis pruebas que posiblemente hubiesen conducido a la detención del asesino. Eso sin citar los delitos de los que se os puede acusar; contratar a un ladrón que, para más inri, también fue asesinado. Es difícil demostrar la veracidad de todo lo que dices. No sé si te das cuenta de ello. Adela sólo puede aportar su palabra, y su declaración tiene el mismo valor jurídico que la tuya Incluso puede perjudicaros a los dos, puede agravar aún más vuestra situación. No entiendo, sigo sin entender por qué habéis ocultado pruebas. Me parece absurdo. No entiendo cómo no me lo comentaste, al menos deberías habérmelo dicho a mí. Soy tu abogado, tu amigo, lo habríamos solucionado todo de un soplo. Lo que habéis hecho es una temeridad…
—Goyo, era una situación extrema. Todo el mundo reacciona de una forma irracional ante este tipo de situaciones. No fuimos conscientes de la gravedad de lo que estábamos haciendo y fuimos entrando en el juego del asesino. De todas formas, estoy convencido de que, de una manera u otra, nos habría arruinado la vida, lo sé. No me importa que me acusen de ocultar pruebas. ¡Por Dios, te juro que no me importa! Eso es lo que menos me preocupa. Lo que no quiero es cargar con la condena de esos asesinatos, porque yo no los he cometido. Adela debe declarar, ella ratificará mi declaración. Yo no puedo demostrar que no maté a Isabel. No puedo demostrarlo por el momento, sólo por el momento. Soy inocente. No pueden acusarme de la muerte de Teresa. Yo estaba en la cena que precedió a la entrega de mi galardón. Y cuando mataron a Eugenia, estaba en la mansión de Arturo, en Santa Eulalia. En aquella fiesta había más de cien personas. Yo estuve hablando con Jaime, un antropólogo, y con su mujer durante casi toda la velada.
—Conozco a Jaime —contestó Goyo—. Me pondré en contacto con él esta misma noche, aunque creo que tendremos problemas. Jaime es adicto a la cocaína, hemos estado juntos en muchas fiestas… Al día siguiente no suele recordar nada de lo que ha pasado. Pero lo intenté… Adela recordará la conversación, imagino que ella estaría con la mujer de Jaime.
—No, Adela se marchó de la fiesta con Arturo. Aquella noche los dos se liaron.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el abogado, intentando disimular que ya conocía la relación que existía entre el odontólogo y Adela.
—Desde que llegamos a Ibiza y Arturo entró en nuestras vidas me di cuenta de que los dos sentían una atracción especial el uno por el otro. Aquella noche ambos salieron al jardín. Pasada una hora sin saber de mi mujer, decidí ir a ver dónde estaba. Caminé por la finca hasta llegar a la casa de los guardeses. Las ventanas no tenían cortinas, las luces del interior estaban encendidas, y aunque su intensidad era baja, pude ver gracias a la oscuridad exterior que mi mujer y Arturo estaban haciendo el amor. Pensé entrar llevado por la furia, por la desesperación que sentía, pero me contuve y decidí marcharme. Salí, cogí el coche y abandoné la finca. Llevaba un cuarto de hora de camino cuando, arrepentido, me di la vuelta. Quiero a mi mujer, ¡siempre la he querido! No podía dejarla, debía intentar recuperarla. Volví a la fiesta y decidí hablar con ella más tarde. Jaime seguía en el mismo lugar y su mujer reposaba la cabeza en su regazo. Me preguntó cómo me había sentado el paseo y siguió con su estúpida tesis de los huesos frontales.
—Conozco su tesis; más que tesis es una obsesión. Lleva hablando de ello desde que comenzó sus estudios. ¿Te encontraste con alguien en la carretera?
—No, y no creo que nadie me viese salir. Espera…, recuerdo que había en la puerta una joven que me había presentado Arturo, pelirroja, pero no sé su nombre. Parecía apesadumbrada; tenía un vaso en la mano. Me dijo: «¡Eh!, escritor de pacotilla, ¿por qué tus asesinos matan siempre a mujeres? ¿Es porque quieres vengarte de los cuernos que te pone la tuya? ¿O acaso eres uno de tantos misóginos que andan sueltos por ahí?». No le hice caso. Pensé que ella también había visto a Arturo con Adela. No le dije nada. Estaba demasiado enfurecido. Había decidido marcharme y eso fue lo que hice.
—Cuando regresaste, ¿aún estaba en la puerta?
—No, cuando regresé no había nadie en la puerta.
—Bien, dejemos eso por el momento. Ahora vamos a centrarnos en el asesinato de Teresa. Según los datos que yo tengo, el inspector Armando López ha comprobado que volviste a tu casa media hora antes de que empezara la entrega del premio. Exactamente dice que el taxista que llevó a Teresa se encontró con un BMW que iba en dirección a la finca cuando él regresaba de dejar a la última de las ocupantes del taxi, una de las amigas de Teresa. La descripción que da el taxista coincide con la de tu coche. Adela me ha confirmado que volviste a casa porque te habías dejado el maletín con los folios del discurso. Ella afirma que la dejaste en el centro comercial, donde aprovechó para comprar un pintalabios y tomarse un café.
—Eso no es posible. Regresé a la finca y recogí el maletín que estaba en la entrada, encima del sofá pequeño, al lado del espejo. No tardé ni cinco minutos. Estoy seguro de que no fueron más de cinco minutos. Adela se equivoca…, aunque tal vez el equivocado sea yo… Hace ya demasiado tiempo, ha pasado bastante tiempo desde aquello. Me temo que no puedo ser muy preciso en esta cuestión. Lo que sí recuerdo con exactitud es que Teresa no estaba en la casa. Los perros estaban sueltos, todo era normal. No entiendo cómo Adela puede decir que tardé media hora… No creo que fuesen ni quince minutos —dijo Abelardo estupefacto—. Es más, no recuerdo haberme cruzado con ningún taxi. La gente es una inconsciente. Hay centenares de coches como el mío. ¿Cómo puede asegurar que era yo? Ni yo mismo conozco los coches de mis vecinos, los confundo, no me fijo… Esto es una confabulación; al menos tiene todos los visos de serlo. El parque móvil de la urbanización está compuesto en su mayoría de las mismas marcas. Es como si te vas a una zona determinada, una zona en la que la renta per cápita sea uniforme, que es lo que suele ocurrir; si lo haces, podrás comprobar que las marcas y modelos de coches se repiten, son comunes. En la urbanización hay muchos modelos como el mío; es probable incluso que el coche que el taxista vio fuera de algún visitante. No entiendo cómo el juez puede haber dado por bueno un testimonio tan poco fiable. No entiendo cómo no ha solicitado el número de la matrícula, no lo entiendo Goyo, cada vez entiendo menos.
—Si te soy sincero, yo tampoco, pero a simple vista eres el principal sospechoso. Tengo que poner en orden tu declaración, revisar una por una tus palabras, los datos que me has dado. Tengo que ordenar este rompecabezas.
—Goyo, ¿tú me crees?
—¡Por supuesto! No lo dudes. Sin embargo, debes comprender que no puedo ocultarte nada. Si tú no eres el asesino, eres la persona con más posibilidades de cargar con los crímenes. Si todo lo que me estás diciendo es verdad, creo que alguien ha estado jugando contigo desde el primer momento y, para colmo, el azar le ha dado la mejor baza. Hay que intentar analizar cuidadosamente cada uno de los acontecimientos. Tiene que haber algo que se nos escapa. El asesino no puede ser tan perfecto; tiene que haber cometido algún error. Lo buscaré; es la única manera de demostrar tu inocencia.
—No he hablado con Adela desde que ingresé en prisión. No entiendo por qué no ha venido a verme. ¿No le permiten hablar conmigo?
—Lo que voy a decirte es duro. Tu mujer me ha llamado esta mañana. Tal vez debí decírtelo antes, pero pensé que sería mejor que no supieras nada. Adela me dijo que habías tenido un comportamiento demasiado extraño desde la muerte de Teresa. Comentó que la noche de su asesinato tu actitud era excesivamente tranquila. Dice que desde entonces sólo hablas del asesino y de que éste se está basando en una obra tuya para cometer sus crímenes, pero que tú, dice ella, nunca has escrito esa obra… Piensa que tienes algún tipo de trastorno mental. Es más, me ha confirmado que le entregaste a Carlos una novela que ya se había publicado, y que cuando te diste cuenta de ello mandaste a Tomás para que la recuperase llevado por el temor de que Carlos se diese cuenta de tu desequilibrio. Adela asegura que tú la has estado acusando de infidelidad durante meses. Dice estar preocupada por vuestra relación y que por ello decidió llevarte aquella noche al Palace. Quería tranquilizarte.
»Afirma que el día que mataron a Cosme, el vigilante de la editorial, y a Tomás, te habías marchado por la mañana y que regresaste una hora antes de que María llamase comunicando lo que había pasado. Dice que ese mismo día volviste a casa con el sobre que contenía la novela. Adela afirma que nunca has entregado una obra sin registrar. Piensa que sufres un trastorno mental grave. Se ha puesto en contacto con Arturo para que le recomiende un psiquiatra de confianza. Por eso no ha venido. Dice que hasta que no te vea un profesional no quiere hablar contigo, que es la única forma de presión que tiene para hacer que te sometas a revisión. Pero eso no es todo, aún hay más… —dijo Goyo haciendo una pausa para tomar aire y coger las fuerzas necesarias que le permitieran comunicarle a su amigo y defendido la desconfianza que su mujer estaba mostrando hacia él—. Adela le entregó, durante el registro de la casa, una bolsa a la policía científica. En ella había unos pantalones vaqueros y unos guantes, ambos estaban manchados de sangre. Dijo que eran tuyos y que los llevabas puestos la misma noche que asesinaron a Cosme y a Tomás; que te vio esconderlos y tuvo miedo de comprobar qué había en la bolsa.
»Creo que se anticipó al registro, debió pensar que la policía lo encontraría y que sería mejor entregarlos antes de que ellos lo hallaran. Como verás, ella desconfía de ti desde hace tiempo. Creo que alguien le ha estado presionando, o que tal vez el hecho de haber ocultado pruebas le esté haciendo actuar de esta manera. Quizá se sienta insegura… Lo cierto es que está implicada en la ocultación de pruebas de la misma forma que tú y que puede tener miedo de que flaquees y la descubras, ya que en ese caso ella se vería igualmente implicada y cabría la posibilidad de que fuese detenida y acusada… —Goyo se detuvo al ver que Abelardo estaba llorando—. ¿Estás bien? —le preguntó.
—Estoy destrozado. No puedo entenderlo. ¿Cómo puede negar que leyera la novela? ¿Cómo me puede hacer esto a mí? Ella ha sido la culpable, la principal culpable de todo lo que me está pasando. Tú no la crees, ¿verdad que no la crees? —preguntó Abelardo cogiendo la mano de Goyo.
—¡Por supuesto que no! Pero sé que tiene motivos para hacer esto. Creo que Adela está asustada y que su miedo le está haciendo cometer un nuevo error. De todas formas la desconfianza es libre, libre y poderosa, es como los hongos, poco a poco va contaminándolo todo, poblando todos los pensamientos. Y si a la desconfianza le añadimos el miedo, la cosa se complica aún más. No te preocupes, todo volverá a su sitio. Adela te quiere y recapacitará; se dará cuenta de que nunca la delatarás. Creo que ése es el mayor problema al que nos enfrentamos. Ella está confusa, insegura.
—Estás equivocado, desgraciadamente sé que lo estás. Adela sólo se quiere a sí misma. Sólo le importa vivir bien. Quiere conservar su posición y para ello hará cualquier cosa… Pero nunca pensé que llegaría a estos extremos. Ahora me doy cuenta de que es capaz de todo por conservar su bienestar, el bienestar que yo le he proporcionado, ¡qué ironía! En el fondo me está bien empleado, lo tengo merecido, muy merecido. Si le ha dicho a la policía lo mismo que a ti, estoy en un callejón sin salida. Lo peor de todo es que la conozco y sé que nunca dará marcha atrás. Adela ocultó las pruebas. Ocultó pruebas del asesinato de Eugenia. Cogió el bisturí y el martillo que el asesino había dejado en el lugar del crimen y lo tiró en la papelera del baño de la cafetería que hay en la acera de enfrente de la comisaría, en Ibiza. Sabe que es más culpable que yo. Contrató a Tomás. Averiguó su dirección llamando a la empresa de mudanzas. Abrió un apartado de correos. Su actitud siempre me pareció kafkiana, pero no hice nada. Ahora todo es diferente: debo decir la verdad, quiero hacerlo. Quiero declarar aunque ella salga perjudicada. Me está acusando de loco, de asesino, de perturbado… Está cerrándome las puertas, todas las puertas; intenta enterrarme vivo, vivo y consciente para que mi sufrimiento sea mayor. Está dando lugar a que la policía piense que yo he cometido los asesinatos. Sabe de sobra que así será, es inteligente, muy inteligente. ¡Quiero declarar! ¡No quiero volver a verla! Voy a salir de aquí y ella va a ingresar en prisión. Localiza a Arturo. Quiero que le digas que declare que estuvo con mi mujer. Quiero que demuestre que yo tengo razón, que no estoy desequilibrado, que todo sucedió como he declarado.
—Abelardo, escúchame, ya lo hice. Le llamé después de hablar con Adela. Arturo no quiere verse implicado en nada de esto. Dice que no le beneficia y que no tiene nada que ver con ello. Lo cierto es que está en su derecho. Tiene razón. Una cosa es la infidelidad de la fuiste objeto y otra muy diferente la acusación que hay contra ti. Ya te dije que para él los asuntos de faldas son como un cambio de decoración. No creo que tu mujer le importe mucho. Se ha negado a hablar de ello. Es más, me ha dicho que si recibe alguna orden judicial lo negará todo. No podemos demostrar nada porque Adela también lo niega. Además, este asunto no tiene nada que ver con los asesinatos ni con tu acusación. Este asunto es un caso de infidelidad, nada más. Adela puede negarlo y demostrarse que es cierto, pero eso no te exculparía de los asesinatos. ¿Podrías decirme si los pantalones manchados de sangre y los guantes son tuyos? Necesito saberlo.
—Pues claro que lo son. La sangre es de un búho o una lechuza, no recuerdo bien, chocó contra el cristal delantero de mi coche. Se lo dije, le dije lo que había sucedido. No guardé los pantalones ni los guantes, los eché al cesto de la ropa sucia. No tengo ni idea de quién puede haberlos guardado en una bolsa. No entiendo cómo puede decir que yo los escondí. Quizá fue Juan; es probable que las manchas de sangre no salgan con un lavado normal, quizá pensara llevarlos a la tintorería. Si no lo ha hecho la policía, tendrás que hacerlo tú, tendrás que preguntarle a Juan si fue él quien puso los pantalones y los guantes en la bolsa… Pero no me preocupa, la sangre es de un pájaro. Si Adela ha dicho eso es porque oculta algo, estoy convencido de que es así. Todos sus actos están medidos, créeme, no hace nada porque sí. Hay que buscar las pruebas, quiero decir que tal vez alguien del personal del restaurante viese el martillo y el bisturí en la papelera. El personal de limpieza pudo verlos al retirar la bolsa. No son objetos muy normales; sí alguien los hubiera visto, los recordaría. Debemos intentar averiguar si alguien los vio… Quizá tengamos suerte.
—¿Estás seguro de que quieres que lo haga? Eso sólo servirá para inculpar a tu mujer, pero no te sacará de aquí. Creo que lo más conveniente sería que ella hablara contigo, que tuviese la certeza de que no la vas a traicionar. Si Adela se entera de que estamos intentando demostrar que ella ocultó pruebas, que era consciente de sus actos, que todo estaba premeditado, si se entera de que en cierto modo vas a por ella, podría perjudicarte más de lo que te imaginas.
—Lo sé, pero estoy en posesión de la verdad y eso es lo que quiero demostrar. ¿No dice que estoy alterado, que tengo trastornos de la conducta? Ya veremos quién miente, quién tiene trastornos. ¿O es que no crees que su actitud sea mezquina? —Goyo asintió dubitativo—. Quiero demostrar que digo la verdad. Quiero demostrarle que no soy un imbécil, y que si me ha utilizado ha sido porque yo he querido. Ella me dijo en una ocasión que nunca me perdonaría. Lo dijo porque dudé de su inocencia, porque le manifesté mis dudas sobre su posible implicación en uno de los asesinatos. Yo tuve la valentía de decírselo, pero lo hice en privado, no la acusé ante la policía… Ella me dijo que nunca me lo perdonaría. Ahora está yendo a por mí. No sé los motivos que tiene, pero la conozco, conozco a mi mujer, es inteligente y pragmática, tiene que haber intereses de por medio, tiene que haberlos. No voy a consentir que se salga con la suya. Saldré de aquí, con su ayuda o sin ella, tengo que salir y conocer sus motivos, sus verdaderos motivos. Yo soy inocente.
—Está bien. Haremos lo que dices, pero nos arriesgamos. Debes saber que en el caso de que no demostremos que lo que dices es cierto, es posible que te sometan a un examen psiquiátrico. No quiero darte falsas esperanzas. Intentaré demostrar que todo lo que me has dicho es verdad. Mi equipo de investigación se hará cargo con prioridad absoluta de tu caso.
—No repares en gastos.
—Debes tranquilizarte. Carlos está al tanto de todo; él también te apoya. Él y María me han ofrecido su ayuda personal y económica, te sacaremos de aquí.
—Goyo, si pudieras traerme algunos folios para escribir y algo de lectura te lo agradecería. Estoy atorado, mi cerebro aquí es más prisionero que mi cuerpo. Necesito escribir y leer para evadirme.
—Cuenta con ello. Mañana debemos poner al día toda la documentación. Es posible que cuando prestes declaración te hagan preguntas que no esperamos; debes contestar lo que creas conveniente. Si hay algo sobre lo que tienes dudas, algo que pienses que puede perjudicarte, guarda silencio —dijo Goyo levantándose—. Intentaré tener todo medianamente preparado para mañana, pero no te prometo nada. Son demasiados datos. Quiero hacerlo bien, no podemos permitirnos descuidos…