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14 de enero de 1999

Dos semanas después de la muerte de Adela, Arturo abandonó la finca de Santa Eulalia para establecer su residencia permanente en Madrid. Carlota, que no se había separado de él desde la muerte de Adela, había insistido en ello. Creía que la capital era el lugar idóneo para acortar sus desplazamientos, además así permanecerían más tiempo juntos. La joven había conseguido su propósito: tener a Arturo lo más cerca posible.

El edificio de la Castellana aún no había sido vendido, por lo que Raimundo le convenció de que hiciese de la planta superior un hermoso ático de cuatrocientos metros cuadrados y lo convirtiera en la residencia perfecta desde donde dirigir todos sus negocios. El abogado se encargó de negociar las indemnizaciones que tendría que abonar a los inquilinos cuyos contratos aún estaban vigentes. Tras varias semanas de negociaciones, en febrero, Arturo tuvo el ático a su entera disposición. Los arquitectos y los diseñadores se pusieron manos a la obra. El odontólogo decidió instalarse en el hotel Palace hasta que su nueva residencia estuviese habilitada. El uno de marzo inauguró su nueva casa con una gran fiesta a la que asistieron todos sus amigos. A las doce de la noche un mensajero llamó a su puerta y le entregó un paquete:

—¿Quién manda esto? —le preguntó al mensajero.

—No tengo el nombre del remitente —dijo el joven.

—Eso no es posible. Están ustedes obligados a registrar los datos.

—Por supuesto, señor —contestó el chico—. Si usted va mañana a la empresa o llama por teléfono se los facilitarán. Ellos son los que tienen el registro de entradas y salidas. Cuando no figura aquí, están registrados allí.

Arturo firmó el albarán de entrega y empezó a abrir el paquete. Cuando vio el contenido la expresión de su cara cambió al instante. En el interior de la pequeña caja roja había unos guantes de goma negros y un sobre rojo que contenía una nota. Leyó el texto:

Me arrepiento de mi creación y llevado por mi contrición, digo: «Borraré de sobre la haz de la Tierra a los hombres que creé».

(Génesis, 6)

Arturo, ¡yo soy tu creador!