13

El coche de Arturo se introdujo en la finca dejando atrás la garita del vigilante. El bochorno de aquella mañana presagiaba tormenta. Las nubes que se estaban formando sobre las montañas oscurecían el horizonte. Adela se despojó del chal negro nada más entrar en el coche de Arturo, se deshizo el moño que recogía recatadamente su largo cabello y movió la cabeza de izquierda a derecha con gesto liberador. Arturo la contemplaba ensimismado. Depositó las horquillas en el interior del pequeño bolso de raso negro y le sonrió sin decir palabra. Después levantó sus glúteos y se subió la falda hasta la altura de los muslos. Se quitó las medias y los zapatos y lanzó un suspiro. Introdujo sus manos por la espalda de la blusa y se desabrochó el sujetador. Pasó su mano entre la sisa de la blusa, sacó la prenda con soltura y la dejó en la parte trasera del automóvil. Sus pechos se pegaron a la tela transparente y el contorno de los senos quedó realzado por el negro desvanecido de la camisa.

—¡Dame un cigarrillo!

—Pensé que habías enmudecido —contestó Arturo dejando una pitillera de oro en el regazo de Adela y mirándola con evidente satisfacción, atrapado por sus juegos sensuales que tanto le excitaban.

—A punto he estado de perder la voz y la conciencia. ¡Odio los funerales! ¡Odio todo lo que está relacionado con la muerte! Muchas veces, muchas, he pensado que si no hablásemos tanto de la muerte no existiría.

—A eso se le llama metafísica. El funeral te ha afectado demasiado. ¿Nos vamos a quedar dentro del coche toda la mañana? —preguntó Arturo pasando su mano por el muslo izquierdo de ella.

—Sólo un minuto. Está empezando a llover y me gustaría acabar el cigarrillo aquí dentro, contigo. Tenía ganas de verte. Lo necesitaba para sentirme viva.

—Estás desconocida. Es la primera vez que dices que tienes ganas de verme…, más aún, ¡que lo necesitabas! Eso es casi un jaque mate.

Adela exhaló el humo sobre los labios de Arturo al tiempo que cogía su mano derecha y la aproximaba a sus senos. Los dedos de él se deslizaron por la suave superficie de la tela acariciando con lentitud sus pechos. Ella permanecía con la cabeza ladeada hacia la ventanilla derecha, que tenía el cristal bajado. El viento comenzaba a ser intenso, húmedo, y acariciaba la cara de Adela, rozando su piel, moviendo su larga y oscura melena. Lanzó el cigarrillo al exterior, se giró hacia Arturo, agarró su cabeza por el pelo de la nuca y levantándola le miró a los ojos al tiempo que comenzaba a besarle con vehemencia.

—¡Necesito sexo, lo necesito…! —susurró Adela.

Arturo no contestó y se agachó besando sus piernas desnudas. Adela lo apartó y abrió la puerta del coche. Él, atónito, miró cómo ella se iba desprendiendo de toda la ropa. Cuando estuvo desnuda se tumbó sobre el césped y le llamó:

—Ven.

Arturo se acercó mirando a la mujer que, tumbada sobre la pradera, se contoneaba con los ojos cerrados. Los movimientos rítmicos de sus caderas y sus jadeos aumentaban a cada instante en ritmo e intensidad. Arturo la contempló encandilado por su desnudez, por los movimientos de su cuerpo. Degustaba su deseo, sus ansias, y saboreaba cada gesto, cada envite de su cuerpo, paladeando su manera de hacer, como si aquello fuese el mejor de los previos, la cata que precede a un vino añejo y curtido. La imagen de Adela tendida sobre la hierba emborrachaba sus pensamientos.

Arturo saboreó cada uno de sus movimientos, de sus jadeos, con lentitud, sin dejar escapar ni un solo detalle, hasta que no pudo soportar más la excitación y se desnudó. Agachado a su lado, contempló cómo las gotas de agua iban cayendo con fuerza sobre los pechos de Adela, resbalando por su vientre y humedeciendo su negro pubis. Ella le miraba mientras que con su mano extendía insinuante el agua por su vientre. Levantó las caderas sin dejar de mirarle y él se arrodilló acariciando con sus labios el empeine negro y húmedo. La penetración fue delicada y rítmica, en apariencia falta de pasión sexual, sin embargo la excitación anterior había sido tan suprema que Arturo disfrutó con el más mínimo roce. Todos sus movimientos eran pausados, para intentar alargar aquella sensación, aquel placer inconmensurable que le poseía. Adela se estremecía, la lluvia caía con más intensidad sobre los cuerpos desnudos. Los dos, empapados, jadeaban al tiempo, sin mirarse, sin hablar. Cuando Arturo estaba a punto de llegar al orgasmo, ella se levantó bruscamente y se puso encima de él. Adela comenzó a mover sus caderas con suavidad. Unos instantes después sus movimientos se hicieron sutilmente violentos y su vientre se acopló, en cada descenso, a la perfección con el del odontólogo. Él apretaba los labios. Inmóvil, con los ojos cerrados sentía el placer en lo más profundo. Adela se sacudía, con la cabeza inclinada hacia atrás, con los ojos cerrados. Su pelo empapado chorreaba y el agua resbalaba por su espalda desnuda hasta llegar a sus glúteos, cayendo templada sobre el cuerpo de su pareja. Arturo le suplicó que no parase… Adela no le oyó, pero llevada por su deseo incontrolable, siguió moviéndose sobre él.

—¡Joder qué polvo! —exclamó Arturo.

Adela no contestó. Indiferente se sacudió el pelo y mirándole volvió a besarle con vehemencia.

—¡Adela, para! —dijo nervioso—. Te juro que no puedo, ahora no puedo más. Deja que disfrute de la sensación.

—No me importa que no puedas más, no me importa. Yo no estoy satisfecha, necesito sentir más placer, quiero volver a sentir otra vez lo mismo. Echar un polvo en el campo en medio de una tormenta es de lo más excitante… Siempre quise hacerlo con Abelardo, pero él era demasiado espiritual, demasiado cómodo… y en la cama era vulgar y la vulgaridad es letal para el sexo. En realidad era un estúpido, se perdió demasiadas cosas.

—¡Eres increíble! No tienes escrúpulos. Me gustan las mujeres que manifiestan sus deseos sexuales, que dejan ver su excitación. No hay nada que me excite más. No más excitante que a una mujer pidiendo sexo. ¡Me tienes encoñado!

Adela se agachó…

Arturo permaneció toda la noche en casa de Adela. Entrada la madrugada, el odontólogo preparó unos batidos de frutas para los dos, mientras ella se daba un baño en la piscina. La profusa descarga de agua que había provocado la tormenta de la mañana había hecho que la noche de aquel mes de agosto fuese más fresca de lo habitual. El croar de las ranas que frecuentaban una charca cercana a la finca se oía tenue. Adela salió de la piscina desnuda y Arturo se acercó a ella rodeando su cuerpo con una toalla de algodón amarilla.

—No sabía que nadases tan bien —dijo Arturo.

—Mi madre, desde muy pequeña, se preocupó de que aprendiese. Ella no sabía —explicó con la cabeza inclinada hacia abajo y sacudiendo sus cabellos.

—Yo no vendería esta casa. Es preciosa. Es el lugar ideal para perderse.

—No quiero seguir viviendo aquí —dijo Adela cogiendo el vaso y sentándose en la tumbona—. Esta casa nunca me gustó. Abelardo se empeñó en comprarla. A mí no me gustaba. Siempre quise vivir en un chalé en Madrid. Me gusta la gente. Adoro el asfalto, las aglomeraciones, las tiendas, el ruido del tráfico… Odio el aislamiento, aquí es como estar recluida. Necesito observar y sobre todo ser observada; me gusta que me miren. Me gusta ver cómo los hombres perdéis la cabeza. Vuestra debilidad ante el sexo es… —dijo sentándose en la tumbona y levantando la toalla para dejar al descubierto sus ingles—. Nuestra economía no nos lo permitía —continuó con calma—, nunca nos permitió demasiadas cosas. Se puede decir que cuando empezó todo era cuando estábamos empezando a vivir. Todo lo que teníamos lo invertimos aquí. Le dejé comprar la finca pensando en venderla con el tiempo, aunque eso no se lo dije nunca. Si se lo hubiese dicho no habría comprado esta casa, no nos habríamos movido del ático de tu padre. Para mí lo más importante era tener algo nuestro, algo que tuviese más de ochenta exiguos metros cuadrados. Allí nunca pude hacer una miserable fiesta. Me avergonzaba invitar a mis amigos. Todos tenían casa en propiedad, casas enormes, con grandes salones, con grandes baños y piscina. Todos eran propietarios.

—Podrías trabajar para mí. No tendrías que vender la casa, no tendrías que emprender ningún negocio, ¿qué te parece?

—Una estupidez. ¡Jamás trabajaré para ti! Nuestra relación está basada en algo que es totalmente incompatible con los negocios. Es más, aunque lo hiciese vendería esta casa.

—Podrías encargarte de los negocios de mi padre. Me refiero a que podrías llevar el sector inmobiliario. Yo no tengo ni idea de inmuebles.

—¡Qué estupidez! Yo tengo menos idea que tú. No me seduce convertirme en vendedora de casas. A lo único que he dedicado mi vida ha sido a la literatura.

—Entonces serás editora. Mi editora. Iremos al cincuenta por ciento. Tú aportas tu profesionalidad y yo recojo los beneficios.

La expresión de Adela cambió.

—¿Hablas en serio? —preguntó con evidente interés.

—¡Por supuesto! Totalmente en serio. Tienes mi palabra. Cuando estés decidida llamaré a Goyo. Constituiremos una sociedad. Ahora bien, hay una única condición —dijo Arturo.

—¿Qué condición?

—Todo lo que publiquemos debe ser literatura erótica y deberás practicar conmigo cada una de las escenas que se describan en las novelas.

—¡Eres un gilipollas! No me gusta que juegues conmigo. El trabajo es lo más importante para mí. Siempre lo ha sido. Necesito recuperar lo que he perdido, todo lo que he perdido. Haré lo que sea necesario para conseguirlo, ¿entiendes? Lo que sea…

—Cálmate. Estoy hablando completamente en serio. Quiero decir que la oferta sobre el trabajo es seria, lo del «género» literario era una broma. Cuando quieras puedes empezar a programarlo todo. Mañana llamo a Goyo y comenzamos con la constitución de la sociedad.

Adela miró pensativa a Arturo. El odontólogo se levantó de la tumbona y retiró completamente la toalla del cuerpo de la mujer. La tomó de las manos y haciendo que ella se levantase la trajo hacia él besándola, mientras que con su mano derecha le acariciaba los pechos desnudos. Adela separó la mano de Arturo y dijo:

—¿Sabes lo que me gustaría?

—No, dime, ¿qué te gustaría?

—Me gustaría comprar la editorial de Carlos. La editorial funcionando. Me refiero a que me gustaría ser la dueña de su editorial. Sería feliz si Carlos tuviera que trabajar a mis órdenes.

—Y eso ¿por qué? —preguntó Arturo sorprendido.

—Siempre he deseado tener su editorial. Siempre he querido tener su prestigio, disfrutar de la tranquilidad que él tiene. Su vida es perfecta. Me gustaría elegir como lo hace él.

—No creo que sea sólo eso. Hay algo más que no me dices. Estoy convencido, te conozco. No será que lo que quieres es tener a Carlos.

—A Carlos le he tenido siempre. Le tuve hace tiempo, desde el día que le llevé la primera obra de Abelardo. Su novela era insignificante, vulgar. Era una más de tantas, pero Carlos no le dio importancia a la obra. A él, en aquel momento, le preocupaba el comienzo de mis piernas, el diámetro y la tonalidad de mis pezones…, y yo, al verle, también olvidé la razón de mi visita. Así comenzó todo. Me senté sobre la mesa de juntas y sin decir palabra me quité la blusa y dejé que contemplase mis pechos. Los hombres no podéis resistiros ante una buena hembra. El sexo os puede… Es vuestro punto débil.

—¿Estuviste liada con Carlos? Nunca lo hubiese imaginado. Nunca habría pensado que Carlos y tú…

—Fuimos amantes hasta que María se quedó embarazada por quinta vez. El embarazo de María cortó nuestra relación. Fue una pena, no tienes ni idea de lo bueno que es Carlos en el sexo. Es increíble, insaciable, un experto dando placer a las mujeres. Nunca antes había probado nada igual, nunca antes había estado con un hombre que se preocupase tanto de darme placer. Cuando en aquella primera ocasión me desnudé, sabía que, a pesar de que él había dejado de manifiesto que yo le gustaba, la jugada podía salirme mal, pero me arriesgué. Él no dijo ni una palabra, se limitó a desnudarse y me tumbó sobre la mesa de juntas. Nunca nadie me había hecho sentir tanto. Sigo deseándole, ansiando sus manos, su cuerpo… Necesito sentir de nuevo aquellos orgasmos. —Arturo escuchaba incrédulo al tiempo que excitado—. Después, afortunadamente, te conocí a ti… —dijo con voz ronca—. Pero, si quieres que te sea sincera, deseo repetir las experiencias que tuve con él. Me gustaría tirármelo una vez más, disponer de él como antes. Le tuve igual que él me tuvo a mí. No estuvimos liados, estuvimos enganchados uno al otro, terrible y maravillosamente unidos por la adicción al sexo, pero él tomó la decisión de terminar la relación. Nuestros encuentros empezaron a ser cada vez más regulares al tiempo que necesarios. Durante el último mes, llegamos a vernos tres veces en el mismo día. Se dio cuenta de que yo me estaba convirtiendo en imprescindible para él y que eso era peligroso para su estabilidad. Sintió miedo de que nuestra relación le hiciera perder su estabilidad y todo comenzó a tambalearse. Llegó un momento en que me prohibió que le llamase por teléfono. Carlos tenía miedo de seguir necesitándome de aquella forma, porque cada vez que estábamos juntos era mejor que la anterior. No quería enamorarse de mí.

—¿No sería que tú no te conformabas con lo que teníais, que querías más y que le hiciste sentir miedo? No me imagino a Carlos perdiendo los papeles por nada.

—Es que no llegó a perder los papeles. Acabó nuestra relación antes de que eso llegase a sucederle. Carlos me utilizó, estoy segura, y quiero que pague por ello… Éste es otro de los objetivos de mi vida. Quiero que sepa lo que yo sentí, que lo pruebe en sus propias carnes.

—¿Me estás diciendo que quieres jugar con Carlos, con su vida y con la de su mujer y con la de sus hijos más de lo que jugaste al liarte con él? ¡Es increíble!

—No. Su mujer y sus hijos no me importan. No pretendo casarme con Carlos, sólo quiero ser su dueña en el sentido más literal de la palabra. Nunca le perjudicaré, nunca le dejaré sin trabajo, pero eso él no lo sabrá. Jugaré con sus miedos. Quiero tener a Carlos debajo de la suela de mis zapatos.

—Nunca estuviste enamorada de tu marido, ¿verdad? —Adela asintió—. Con quien siempre has querido estar ha sido con Carlos.

—Durante un tiempo fue así. Después él comenzó a utilizarme. Eso es algo que no puedo soportar y que nunca olvidaré. Tarde o temprano me vengaré. Llegará un día en que Carlos no pueda vivir sin antes haber satisfecho mis necesidades, sean las que sean, igual que él hizo conmigo. Le pagaré con la misma moneda. ¡Juro que lo haré!

—¡Te pareces demasiado a mí! Si consigo que Carlos acepte la proposición de compra de la editorial, ¿seguirás acostándote conmigo?

—¡Eso depende de ti! Depende de lo que me satisfagas, mientras sigas haciendo que te necesite, mientras sigas haciendo que me excite como lo haces, es posible… —dijo muy segura de sí misma—. Pero antes de hacerle la proposición a Carlos debemos formar la sociedad, y lo más importante es que él no debe saber que yo voy a ser la que dirija el negocio. No debe saber que tengo parte en la compra. Como comprenderás si llega a tener conocimiento de este punto, se negará a tratar contigo. Nuestra relación en la actualidad, por mi parte, es algo tensa. Lo he ocultado, no quiero que sepa mi resentimiento. Para él todo está como si nada hubiera sucedido. Puso punto y final a nuestra relación sin tener en cuenta mis sentimientos, y eso no se lo perdonaré nunca. El daño que me hizo, aún está vivo —concluyó mirándole de frente

—Esto es genial, ¡genial! Es como un juego de niños pero con intereses de adultos. Me entusiasma la mezcla, es explosiva. No te preocupes, Carlos nunca sabrá nada. ¡Nunca! ¿Sigues pensando en vender la casa?

—No lo pienso, la voy a vender.

—¿Dónde vas a vivir? Podríamos vivir juntos —sugirió Arturo.

—¿Estás haciéndome una proposición?

—Sabes de sobra que sí. Estoy pidiéndote que te cases conmigo.

—¡Ahora entiendo! Era evidente que tú no ibas a arriesgar parte de tu grandioso capital sin que yo te diese algo a cambio.

—¡Vete a la mierda! —dijo Arturo levantándose—. Sabes perfectamente que tarde o temprano te lo iba a pedir. Siempre he querido que fueses mía. Desde que te conocí. Entonces tú decías que nunca dejarías a tu marido. Ahora él está muerto y yo quiero que te cases conmigo, independientemente de que hagamos negocios juntos. Podemos hacer separación de bienes, lo que quieras, si con ello dejas de pensar estupideces.

—Entonces, ¿es cierto? Me estás pidiendo que nos casemos porque me quieres.

—¡Por supuesto! Quiero que seas mi mujer. Eres la primera mujer a la que se lo pido.

—Si acepto debes tener claro que seguiré siendo la misma; eso quiere decir que quiero libertad absoluta en mi vida personal y por descontado también en la sexual.

—Lo sé. Yo también te exijo lo mismo. Los dos seguiremos siendo como somos. Ninguno le preguntará al otro —dijo Arturo mirándola a los ojos—. El matrimonio no es más que una sociedad. La clave del éxito está en buscar un buen socio. Sé de sobra que no es amor lo que sientes por mí, pero tú también sabes que la atracción que siento hacia ti puede terminarse. Nada es eterno. No obstante, no me negarás que formamos una buena pareja. Nos complementamos en todos los sentidos. Sería una estupidez por ambas partes que perdiésemos esta oportunidad. Los dos necesitamos un cambio. Tú necesitas recobrar tu estabilidad y tu posición, y yo establecerme, tener a alguien en quien depositar mi confianza, alguien que se parezca lo más posible a mí, y esa persona eres tú. No tener escrúpulos es la clave del éxito material y tú, igual que yo, no los tienes. Juntos seremos como la Armada Invencible.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—¡Segurísimo!

Adela continuó con sus planes, segura de que la pesadilla de los últimos tiempos había terminado y de que su vida tomaría un nuevo rumbo. Puso la finca a la venta, dejando que la inmobiliaria de Arturo se encargara de todo, y fue deshaciéndose de todos los enseres de Abelardo que consideró que no tenían valor. Estaba decidida a emprender una nueva vida en la que su futura pareja le daría mayor estabilidad económica de la que le dio Abelardo. Añoraba el prestigio social que tuvo con éste durante sus primeros años de matrimonio, pero creía que una cosa le conduciría a la otra. El capital de Arturo le permitiría volver a entrar en los círculos donde ella se encontraba como pez en el agua. El odontólogo había entrado en su juego sin darse cuenta, y ella había aprovechado la ocasión. Después de todo no era sólo su enorme fortuna lo que le atraía: Arturo era un amante perfecto y ambos se parecían demasiado, por ello dedujo que su relación, sin lugar a dudas, le daría lo que buscaba. Adela amaba tanto el dinero como que la admiraran. Sabía que había traicionado a su esposo, que su declaración fue clave en su condena, pero no tenía el más mínimo remordimiento. Su instinto de supervivencia era muy fuerte…

Goyo continuaba con las investigaciones sobre los crímenes, sin tener en cuenta los consejos que recibía de los que le rodeaban. Para todos, Abelardo fue el autor de los asesinatos. Era evidente que su trastorno mental le condujo a cometer los crímenes y a no ser consciente de sus actos. Incluso el informe psiquiátrico ratificaba estas afirmaciones, ya que subrayaba la importancia de su evidente trastorno bipolar y de los claros síntomas de una personalidad esquizoide que ya había manifestado antes de suicidarse. Pero el letrado estaba convencido de que en el entramado de casualidades había algo que había pasado desapercibido a todos. Pensaba que la justicia había actuado con ligereza, que se había dejado llevar por la demanda de la opinión pública de un culpable. La detención del escritor, así como su juicio, estuvieron condicionados por la posición de Abelardo; su popularidad, en vez de atenuar las acusaciones contra él, había agravado su situación. Ser una persona de reconocido prestigio le había perjudicado.