11

—¿Cómo es que te has marchado sin decirme a dónde ibas? —preguntó Arturo sorprendido por la ausencia de su mujer.

—Tenía una entrevista con un escritor novel. Olvidé comentártelo a ti y a Carlota.

—Podías haber dicho algo, llamar desde el aeropuerto. Estábamos preocupados.

—Entiendo, pero ya sabes cómo estoy, los nervios me pueden. El trabajo se acumula… En realidad, de eso tenía que hablar contigo. Creo que sería conveniente que Carlota se encargarse de hacer todo hasta la apertura de la agencia, al menos de los trámites del comienzo. Tengo un tema pendiente que quiero solucionar lo antes posible. Si no lo hago, no podré llevar el negocio como me gusta.

—¿Un tema pendiente?, ¿qué tema? —preguntó el odontólogo.

—Un tema personal que me impide moverme de aquí —contestó ella tajante.

—¿No estarás investigando sobre la muerte de Goyo?

Adela miró con extrañeza a su marido.

—¿Por qué iba a hacerlo? —dijo con desconfianza.

—Por la visita del comisario de la otra noche. ¿Has olvidado lo alterada que estabas?

—¡Ah, la visita de ese policía!, ya la había olvidado. No, no es ése el tema; me es indiferente la visita de un inepto. La policía nunca sabe por dónde van las cosas, se pierden recogiendo las migas del camino que dejó su pulgarcito particular.

—Creo que estás un poco nerviosa. Me gustaría que me dijeses qué es eso tan importante que te obliga a delegarlo todo en Carlota.

—Ya te he dicho que es algo personal —dijo encaminándose ya hacia la escalera para subir a la planta superior de la casa.

—¡Adela —gritó Arturo enfadado—, estoy en mi derecho de saber qué es lo que tramas! Sé que estás ocultándome algo —dijo inclinándose y cogiendo un sobre blanco tamaño folio que le entregó con gesto exigente.

Adela, estupefacta, cogió el sobre y levantó la solapa, diciendo muy enfadada:

—¡Has abierto mi correspondencia! Esto es demasiado. ¡Que sea la última vez que haces esto! —dijo mirándole con ira.

—¡Cállate! ¡Calla y mira el contenido! —le respondió irritado Arturo.

En el sobre había una recopilación de todos los artículos periodísticos que fueron publicados sobre el proceso de Abelardo Rueda; también los que narraban su estado de demencia, así como el crimen de Goyo, la boda de Adela con Arturo… Toda la información sobre sus vidas, desde que Abelardo Rueda recibió el Premio Ediciones, estaba en aquel sobre.

Adela permaneció muda mirando los recortes.

—¿Ahora me vas a decir qué estás haciendo y qué pretendes? —exigió él.

—No tengo ni idea de lo que dices —respondió Adela sin mirarle, aturdida por la información que tenía entre sus manos.

—Pues no es tan difícil de entender. Estoy seguro de que estás investigando, estás tratando de averiguar lo que en verdad ha pasado con Goyo, y si es así, te estás metiendo en un terreno pantanoso. No debes investigar por tu cuenta. Te exijo que te olvides de todo esto. ¿A quién has mandado que recopile todos estos datos? Dime, ¿quién te está ayudando en tu investigación?

—¿Investigación? ¿Estás tonto o qué? No estoy haciendo ningún tipo de investigación. Esto —dijo refiriéndose a los recortes— no lo he encargado yo; alguien me lo ha mandado con unas intenciones claras y concretas.

—¿Me tomas por un idiota? —preguntó él enfadado—. ¡Toma!

—Arturo, me estás poniendo muy nerviosa, demasiado —dijo Adela cogiendo lo que parecía una carta. La abrió y comenzó a leer:

Muy señora mía:

Adjuntamos la información que solicitó a nuestra empresa. Confiamos en haber satisfecho correctamente su petición.

Esperando que siga formando parte de nuestro fichero de clientes, quedamos a su entera disposición.

Atentamente,

La dirección

Adela miró sorprendida a Arturo.

—No tengo ni idea de qué es esto. No he solicitado nada, ni tan siquiera sé dónde está esta empresa, ni a qué se dedica.

—Viene a tu nombre. ¿Cómo puedes decir que no tienes ni idea de qué se trata?

—Es que es verdad. Alguien ha solicitado esta información en mi nombre.

—He llamado a la empresa y los datos que figuran en sus archivos son los tuyos. El encargo lo hizo y lo pagó un individuo que iba en tu nombre. Imagino que no andarás sola en todo esto. Ten en cuenta que no estamos hablando de un tema cualquiera. Estamos hablando de una serie de asesinatos por los que Abelardo fue condenado y por los que seguramente se quitó la vida. Estamos hablando de que Goyo, que era su abogado, también ha sido asesinado. Te exijo que dejes las investigaciones, te ordeno que no vuelvas a mencionar este tema. No quiero tener más problemas de este tipo, no quiero estar pendiente de tu seguridad, porque tú misma decidas ponerte en peligro. Si no dejas esto, tendré que tomar medidas.

—¡Es increíble! ¿Cómo te atreves a hablarme así? Además, te repito que yo no he solicitado ninguna información. Pero quiero que te quede clara una cosa… —dijo haciendo una pausa—, no voy a consentirte que me prohíbas nada. ¿Quién te crees que eres? Dime, ¿quién te crees?

—Tu marido, la persona con la que compartes vida, negocios y patrimonio. ¿Te parece poco? —dijo él—. No quiero tener nada que ver con temas ilegales. Todo lo que está fuera de la ley no me interesa, no lo olvides. Deja tus indagaciones porque yo no pienso estar pendiente de tus paranoias, y ésta es una paranoia en toda regla. ¿O acaso estás metida en algo que no me has dicho?

—Me parece increíble que me hables así. ¡Jamás habría esperado que lo hicieras! Nunca, Arturo, nunca.

—Cualquier marido preocupado le diría lo mismo a su mujer. Sólo intento que retomes tu vida, que vuelvas a la normalidad, que te olvides de lo que no te concierne, de temas que pueden traernos problemas. Abelardo ya no forma parte de tu vida, y Goyo tampoco.

—Te repito que yo no he solicitado esa información, pero si lo hubiera hecho, me importaría una mierda tu opinión. No creas que me vas a cambiar. Me conociste así y tendrás que aceptarme tal como soy… ¿A no ser que quieras que nuestras vidas tomen rumbos diferentes? —dijo amenazante—. Porque tus negocios y tu patrimonio me dan igual, si es eso lo que te preocupa.

—Me has entendido perfectamente, lo sé. No me vengas ahora con estupideces. Sé que me ocultas algo…

—¿Y qué si te lo oculto?

—Pues que no deberías hacerlo. La única persona que puede ayudarte, el único que te quiere soy yo. Eso es lo que tienes que tener presente. Por eso, si estás ocultándome algo, deberías dejar de hacerlo.

—Estoy en peligro —le dijo Adela por fin a su marido.

—No entiendo… Explícame qué has hecho.

—Investigar sobre la novela que Abelardo estaba escribiendo sobre El Escorial. He estado en el monasterio y también en el bar que frecuentaba tratando de averiguar quién era la persona con la que se veía allí Abelardo. —Adela hizo una pausa y miró a Arturo—. Creo que detrás de todos los crímenes está esa persona y que el origen de todo esto es la novela histórica que comenzó a escribir Abelardo y que no sé si terminó. Lo más probable es que estuviese metido en la adquisición ilegal de un manuscrito del monasterio, un texto del que los agustinos se niegan a hablar. Todo esto me ha llevado a pensar que el asesino tomó la obra de Abelardo como una guía por motivos más complejos que los que suelen tener los asesinos en serie. Sin quererlo, me he convertido en el objetivo de todas sus actuaciones.

—¿La novela? No entiendo nada. ¿Qué novela? Tú dijiste que no existía.

Epitafio de un asesino —dijo Adela, sacando el ejemplar del maletín de mano y dándoselo.

Arturo cogió el texto con expresión de sorpresa y comenzó a hojearlo estupefacto.

—No puedo creerlo.

—Lo entiendo, sé que te parecerá increíble lo que he hecho, lo que hice durante todo el proceso de Abelardo.

—Sí, eso es lo que no entiendo —contestó él sin dejar de hojear el texto.

—Aunque no lo creas, reconozco que mi actuación fue mezquina, pero yo creía que Abelardo era el culpable de los crímenes. Siempre pensé que él era el asesino —comenzó a explicar Adela—. Ya había estado antes en tratamiento psiquiátrico por culpa de esa maldita obra sobre el monasterio y el libro en el que estaba basada, porque ahora sé que estaba basada en él. Sus conjeturas sobre Dios y el diablo le volvieron loco, loco de remate, tuve que llevarle a un psiquiatra. El médico le recomendó que abandonara el trabajo sobre el monasterio, sobre aquella maldita obra histórica. Confiada, creí que lo había hecho, pero no, ahora sé que me engañó.

»Luego, cuando murió Teresa, el miedo a que todo se repitiera fue lo que me llevó a convencerle de que no diera a conocer la existencia de Epitafio de un asesino, a fin de que no se descubriera la similitud de los crímenes con los que se describían en la obra. Tuve miedo de que volviese a recaer, de que la opinión pública nos hundiese, como casi ocurrió más tarde. Poco a poco fuimos metiéndonos en la trampa del asesino sin darnos cuenta.

»Al final, yo creí que Abelardo era el responsable de todos los homicidios, lo creí. Ése fue mi mayor error. Ahora sé que no tuvo nada que ver con ellos, pero también sé que él jugó sucio conmigo, me ocultó su trabajo… Abelardo seguía escribiendo aquella obra. No entiendo cómo no me di cuenta de ello. Los trabajos que había en las paredes del psiquiátrico daban muestras claras de que continuaba con esa novela sobre El Escorial. No quise llevármelos cuando me los ofrecieron, y ahora estoy perdida. Creo que el asesino piensa que tengo la novela que Abelardo no dejó de escribir y el ejemplar de la biblioteca de donde sacó la información; creo que primero pensó que los tenía Goyo y por eso fue a por él. Creo que por el mismo motivo mató al eclesiástico, porque pensaba que tenía el libro del monasterio, el que debió sacar Abelardo…

—¿Y las tienes? ¿Tienes esas obras?

—No digas tonterías. No tengo ni idea de lo que estaba haciendo Abelardo. Te acabo de decir que pensé que había abandonado la escritura de aquella obra. Debió sacar el material de casa, no lo sé. Todo nos iba estupendamente hasta que se cometió el primer asesinato. No sé si él aún tenía el libro de la biblioteca de El Escorial, ni tampoco si continuaba escribiendo esa novela.

—Lo más prudente es que te desvincules de todo, que te olvides de todo lo que sabes y que dejes de indagar —dijo Arturo—. Cometiste perjurio, no le diste a la policía una copia de Epitafio de un asesino… —Arturo hizo una pausa y dijo mirándola—. Imagino que tendríais más copias. ¿Cómo se hizo el criminal con el texto?

—Nunca lo supimos. Nunca. Eso era lo que menos nos preocupaba. Decidimos quemar los ejemplares que teníamos. Fueron días de incertidumbre, de desconfianza. Llegamos a desconfiar el uno del otro. No te puedes hacer una idea de lo que fue aquello.

—Lo imagino, pero ahora no puedes hacer nada. Lo hecho ya no tiene vuelta atrás.

Adela contempló la expresión de angustia que reflejaba el rostro del que era su marido. Le sorprendió su preocupación por ella y por todo lo que le había pasado. Se sentía tan agradecida por su cálida reacción al relatarle los hechos que no se atrevió a contarle que había ocultado pruebas de uno de los crímenes y que la verdadera razón que la había llevado a actuar de aquella forma había sido su ambición.

—Sé que viene a por mí. Este ejemplar y los recortes de prensa son la prueba evidente de sus intenciones.

—Lo mejor será que por unos días no salgas de la isla, ni tampoco de la casa. Esperaremos a que los acontecimientos se desarrollen y según cómo vayan las cosas actuaremos.

—Tal vez tengas razón.

—Eso me gusta. No olvides que debes contármelo todo. A partir de este momento debo saber todo lo que hagas, la confianza entre ambos debe ser total.

Adela asintió.

—Pero aún queda un detalle; algo que quiero hacer —dijo.

—Dime.

—Hay una persona con la que no he hablado y creo que ella puede conocer detalles que me lleven a saber quién se esconde detrás de todo esto.

—¿Quién? —preguntó Arturo desconcertado.

—La estudiante amiga de la chica que vivía en nuestro ático. He recordado sus declaraciones por este recorte —dijo mostrándoselo a Arturo.

—No entiendo muy bien lo que quieres decir.

—Es la única persona que ha visto al supuesto asesino. Declaró que era Abelardo, y no era cierto, por lo que sólo hay dos posibilidades: o mintió o se equivocó de persona.

—Eso a ti no te importa. No olvides lo que acabamos de hablar hace unos instantes. Debes desvincularte de todo o denunciar lo que te está pasando, y no creo que a la policía le guste lo que tienes que decirles. Deja que ellos se encarguen de verificar las declaraciones. Ahora lo único que harás será olvidarte de todo y descansar. Carlota se encargará de poner en marcha la agencia y yo le ayudaré en lo que necesite. Verás cómo todo vuelve a recobrar la normalidad —dijo Arturo—. Ah, he olvidado preguntarte una cosa —añadió mirando la copia de la novela.

—Dime.

—¿Te dijeron en el restaurante quién les había entregado el ejemplar?, ¿te dieron algún detalle sobre la persona que se lo había dado o sobre el individuo que se veía con Abelardo?

—Ninguno. Se negaron a facilitarme información. Es más, me advirtieron de que su mutismo sobre el tema sería total y permanente. Volví después de abrir el paquete en el que estaba envuelto y dijeron que no me habían visto nunca.

—Tal vez tengas razón y todo esto sea la consecuencia de un comercio ilegal de libros. La venta de ese tipo de mercancías funciona así. No se conoce nunca al vendedor ni al comprador, es una forma de que unos y otros se mantengan a salvo —explicó Arturo—. Se produce un «blindamiento» de identidades. Las sumas que se pagan en las transacciones unidas al silencio de los intermediarios hacen que el precio del objeto sea astronómico. Se cometen auténticas barbaridades por hacerse con la posesión de objetos absurdos.

—Esto no debe tener nada de absurdo. Tenías que haber visto la cara del fraile con el que hablé cuando le dije lo que andaba buscando. Tenías que haber escuchado sus amenazas solapadas. El contenido de ese libro de la biblioteca del monasterio tiene que tener un valor demasiado importante. Creo que Abelardo dio con un secreto que quizá lleve oculto siglos. No creo que sea la antigüedad o la característica de incunable lo que le dé ese valor tan enorme a la obra.

—Pues eso precisamente es lo que me preocupa. Que si tienes razón, la persona que anda detrás de ese libro y de la novela de Abelardo no tendrá reparos en hacer cualquier cosa para conseguirlos. Habrá que poner este ejemplar a buen recaudo y también los recortes periodísticos.

—Lo haré yo —dijo ella quitándole la obra y el sobre.

—¿Cómo puedes estar tan segura de que esta copia te la hizo llegar el asesino?

—Arturo, créeme, el verdadero misterio no está en esta obra, está en el texto al que mi marido tuvo acceso. El que me ha hecho llegar esta obra es el asesino, la misma persona con la que Abelardo se veía en La Caña Vieja. El primer capítulo no se corresponde con Epitafio de un asesino. En realidad es el de la novela histórica que Abelardo escribía a escondidas, y relata el asesinato de un monje que en verdad murió en el monasterio.

—Pero no entiendo. ¿Cómo sabes lo del monje?

—Me lo dijo el ciego del perro.

—¿El ciego del perro? —preguntó Arturo con curiosidad—. ¿Quién es el ciego del perro?

—Una especie de guía turístico autónomo —explicó ella—. Vive en el municipio de El Escorial. Me lo encontré cuando me dirigía al monasterio. Ya sabía de él. Abelardo estuvo obsesionado con ese hombre durante la última época… Ahora sé los motivos reales de su obsesión.

—No entiendo.

—El ciego sabía muchas cosas de Abelardo. Lo conoció cuando él estaba empezando a investigar. Debió de darle información como me la dio a mí. Como te he dicho, todo indica que se dedica a eso. Él fue quien me habló de la muerte del eclesiástico, quien me dijo que Abelardo había relatado esa muerte en su obra. Me preguntó si la había suprimido de la trama. Lo cierto es que yo no tenía ni idea de esa muerte y he de reconocer que en un primer momento no creí que sus palabras tuviesen sentido. Pero cuando vi el primer capítulo de esta copia, me di cuenta de que el ciego me había dicho la verdad. Por eso sé que la obra es del asesino, que él me la ha mandado. Ese pasaje no existía, no pertenece a Epitafio de un asesino, créeme. Alguien lo ha intercalado en sus páginas y el que lo ha hecho está claro que conocía las investigaciones que Abelardo estaba haciendo sobre el monasterio. ¿Quién aparte del asesino puede tener una copia?

—Tal vez algún amigo de Abelardo —respondió Arturo.

—En los últimos años, la única amiga de Abelardo era su literatura y su obsesión por ese maldito libro. Únicamente salía para ir a La Caña Vieja. Nada más.

—Puede que tengas razón… Pero creo que yo también la tengo al pedirte que te olvides de todo esto. Si lo que dices es verdad, y esa persona sigue buscando los libros, la novela histórica de Abelardo y el incunable robado del monasterio, estás en peligro.

—Lo sé, pero no voy a quedarme quieta, no pienso hacerlo.

—Pues entonces lo mejor es que llamemos a la policía y les contemos todo lo que ha sucedido.

—Ni lo pienses. ¿Qué quieres?, ¿que me sometan a juicio? Entraría en la lista de sospechosos de inmediato. Imagínate, oculté la existencia de Epitafio de un asesino; discutí con Goyo y apareció muerto al poco tiempo… Si les hablo de cómo he conseguido este ejemplar de la obra de Abelardo, irán a La Caña Vieja, donde ya estuvieron, y les dirán que no me conocen de nada, que jamás estuve allí. ¿Y cómo les voy a contar lo del libro de El Escorial? Visitarían la biblioteca y les dirían que había estado investigando por mi cuenta y que además había salido casi a tortas con uno de los miembros de la congregación. Aparte de que se enterarían de que había mentido a los monjes al decirles que estaba escribiendo la biografía de Abelardo. Todo un cúmulo de incongruencias. Todo un camino que conduciría a situarme en el ojo del huracán.

—Pero tú no has tenido nada que ver con los crímenes, ¿no es así? —preguntó Arturo después de oír el análisis tan exhaustivo de los hechos.

—¿Lo dudas? —preguntó ella asustada—. ¿No me irás a decir que tienes dudas? Te cuento el mayor secreto de mi vida y tú dudas de mí. ¡No puedo creerlo!

—Sólo digo que estás demasiado obsesionada desde la muerte del gilipollas de Goyo y que deberías desvincularte de todo esto. Si no tuviste nada que ver, tal vez sólo te hayan hecho llegar la copia para que la tuvieses, ya que eres la viuda de Abelardo. Quizás él se la regaló a su amigo o amiga. Tengo mis dudas de que la persona con la que se veía en ese restaurante fuera un hombre —señaló Arturo—. Es posible que sólo sea eso, y que la existencia de ese libro robado de la biblioteca del monasterio te haya hecho creer que hay algo más. Creo que después de que Goyo fue asesinado perdiste el control de la situación, y no digo que no fuera una reacción normal. Entiendo que te sintieras angustiada e insegura. Todos habíamos creído que el asesino era Abelardo y de pronto nos enteramos de que no, de que ese criminal aún anda por la calle.

—Escucha, Arturo, si no quieres entenderlo, es tu problema, pero te repito que estoy en peligro. Atrapada. Lo único que me puede salvar es dar con el asesino antes de que él dé conmigo. No pienso parar hasta encontrarlo —dijo mientras se disponía a subir la escalera que conducía a la segunda planta de la casa—. Si de verdad me quieres, échale una mano a Carlota con los trámites de la agencia y deja que yo siga con lo mío.

—Estás equivocada, terriblemente equivocada —dijo Arturo dejándola ir.