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No era aquélla la primera vez que Adela se quedaba parada frente a un negocio admirando las reformas realizadas en las instalaciones interiores y exteriores. Le sorprendía siempre la rapidez y la eficacia con que se llevaban a cabo ese tipo de cambios en las empresas privadas, algo que nunca ocurría cuando la entidad, la propiedad o la carretera pertenecían a organismos públicos.
La Caña Vieja se había convertido en un complejo turístico donde todo, a excepción del nombre, había cambiado. A la derecha de la entrada principal, lo que fue el bar en sus orígenes se había convertido en un restaurante que pretendía ser considerado por los críticos gastronómicos un lugar de visita obligada. Todas las paredes eran de ladrillo visto, sin esmaltar, ni pulir. La casona, de una sola planta, conservaba su estructura original. La buhardilla había sido derribada dejando a la vista de los comensales el armazón de la cubierta hecho en madera de pino, así como la disposición y belleza de sus grandes vigas donde se asentaba la techumbre a dos aguas, recubierta de tejas acanaladas. Esto, junto a la sobriedad de sus paredes altas, decoradas con austeridad, y la amplitud de su estructura, daba al primer comedor, lugar original del antiguo bar de carretera, la apariencia de una pequeña capilla privada que parecía haber sido habilitada para el sagrado menester de la elaboración y el disfrute de las cuidadas viandas que allí se ofrecían.
Sin embargo, a pesar de su apariencia eclesiástica, aquella construcción, en origen, fue la casa donde habitaron los guardeses del vasto campo ganadero que se extendía cubriendo más de ciento cincuenta hectáreas del municipio al que pertenecía, y donde aún seguían pastando reses bravas.
Incrustado en la parte más alta del frontal que se orientaba al monte Abantos, había un dibujo realizado en cerámica de Talavera que representaba a la Virgen del Buen Camino.
El segundo comedor era un anexo del primer salón, de construcción nueva pero de idéntica línea. La decoración interior, en los dos salones, era de estilo rústico con toques provenzales. Una gran puerta elaborada con un grueso cristal, cuyo sustentáculo estaba compuesto de dos vigas de madera sin tratar, permitía admirar la parte posterior de la finca, haciendo que al placer del buen comer se uniese el éxtasis producido por la contemplación de una parte de la belleza que rezuman todos los recodos de la sierra del Guadarrama.
Adela no pudo disimular su sorpresa ante aquel cambio. El lugar le resultó tan hermoso y tranquilo que decidió almorzar antes de hacer indagaciones entre el personal.
—Es espectacular cómo ha quedado todo. ¿Ha cambiado de propietario? —preguntó impresionada por la calidad gastronómica de los productos que había consumido y lo apacible del lugar, mientras el camarero le servía un licor.
—No, señora, ha sido el terreno lo que ha cambiado. Se hizo una recalificación de los terrenos y ello hizo posible esta transformación. Se va a construir un hotel en la parte más baja de la finca, cerca del arroyo que la atraviesa, y un picadero. La mayor parte de la propiedad estará dedicada al turismo rural. Ya sabe usted cómo son los bancos, por un terreno rústico no dan un duro, pero cuando éste es recalificado vale su precio en oro. El dueño decidió invertir y transformarlo todo, incluido el bar antiguo, que como veo ya conocía —dijo sonriendo con socarronería.
—Sólo estuve un día, pero fue suficiente. Aún recuerdo aquellos caracoles —respondió dejando escapar un gesto de desagrado.
—El bar que usted conoció no estaba regentado por el propietario de la finca, sino por un familiar cercano que le ha cedido la regencia a cambio de una parte de la explotación. Ambos, siendo hermanos, no heredaron lo mismo, ni en patrimonio inmobiliario ni en bienes efectivos. Uno se quedó con el bar que usted conoció, la vivienda de los antiguos guardeses de los padres, y el otro heredó todo el terreno y el ganado… ¡Imagine qué injusticia! El viejo repartió como en el cuento de El gato con botas. Según el padre, el más inteligente y culto menos tierras y ganado necesitaba, por lo que dejó al que consideró más listo el viejo bar. Del mismo modo, el catalogado como tonto heredó la finca entera y el ganado que le ha dado más beneficios que la recalificación. Para que luego digan que en este país no se lee, y hasta los testamentos los redactan siguiendo obras literarias… —Adela no pudo contener la risa ante el comentario—. Diga usted que sí, que la vida hay que tomarla con alegría —dijo el camarero satisfecho de estar interesando a la señora—. Pues como le iba diciendo, no vaya a creer que hubo disputas. No hubo ni una sola refriega por las propiedades. Un hermano se dedicó a la explotación ganadera y el otro dejó el bar en manos de un individuo, por llamarlo de alguna manera y no perder la buena educación, porque el tipo convirtió ese bar en un… Pero ¿qué le voy a decir si usted ya lo conoció en su momento? El caso es que se olvidó del negocio y sólo venía para cobrar. Ya sabe eso de que los hermanos a veces son tan diferentes que ni el apellido les casa. Pues algo parecido ocurrió con esto: uno obsesionado con las letras y otro con el ganado y la hostelería, sufriendo al ver cómo poco a poco el bar que había sido el origen del patrimonio de la familia se convertía en un lugar «inapropiado».
—¿Con las letras? —preguntó Adela sonriendo—. ¡Qué casualidad! Yo soy viuda de un escritor, precisamente eso me trajo aquí. Mi marido solía venir a La Caña Vieja de vez en cuando. —El camarero pareció mostrase incómodo y miró a su alrededor buscando alguna llamada de las mesas que le obligase a terminar la conversación—. Y como veo que está bien informado de todo lo relacionado con este lugar, tal vez pueda ayudarme.
—No crea que uno sabe tanto —dijo sin mirarla—. Todo lo que le he comentado son habladurías del personal; apenas si llevo trabajando en el restaurante un mes.
Adela ignoró estas últimas palabras del hombre que, nervioso y angustiado, parecía temer la pregunta que intuía que le iba a hacer ella.
—Las habladurías tienen mucho de verdad, sólo hay que saber desbrozarlas. Mi marido era Abelardo Rueda, y creo que se reunía aquí con un hombre con el que parecía mantener una relación, digamos…, profesional.
—Ya le he dicho que llevo poco tiempo trabajando aquí. No conocí a su marido. Si me disculpa —respondió en tono seco y cortante. Sin mirarla se dio la vuelta y se retiró al reservado.
Adela se quedó perpleja ante la reacción. A los pocos instantes el encargado se aproximó a su mesa y amablemente le preguntó:
—¿Ha quedado la señora satisfecha con el servicio?
—Encantada, estaba todo perfecto, ya se lo he hecho saber al camarero que me ha atendido.
—Ése es el otro motivo que me trae hasta su mesa —dijo el hombre en tono discreto.
—Pues usted dirá.
—Como le decía, Ernes me ha comentado que usted es la viuda del escritor Abelardo Rueda, triste y desgraciadamente desaparecido. Aquí le admirábamos, mucho, créame. Permítame que aunque haya pasado un tiempo desde su fallecimiento le dé mi más sincero pésame.
—Se lo agradezco —respondió Adela sonriendo con recato, mientras esperaba ansiosa el comentario del encargado que imaginaba y deseaba fuese de interés para su investigación.
—No es usted la primera persona que viene solicitando información sobre las visitas de su marido a este establecimiento, como me imagino que sabrá. —Adela asintió—. Cuando fue acusado de esos horribles crímenes, vino un inspector de policía y hace poco tiempo otro inspector repitió la visita y las preguntas. Pero también vino su abogado, el que asesinaron hace poco, la última víctima —concluyó el encargado bajando aún más el tono de voz.
—¿Y? —preguntó Adela expectante.
—Pues que su marido era habitual del local, pero la persona que se veía con él no entraba nunca. No sabemos quién es, pero sí le puedo decir que hace unos días nos dejó un paquete para usted. Debía saber que usted vendría.
—¿Cómo dice? —preguntó Adela desconcertada—. ¿Un paquete para mí? Tiene que haber un error. Yo no conozco a la persona que se veía con mi esposo. Ni tan siquiera sabía que esa relación existía hasta que me lo dijo Goyo, el abogado de mi marido.
—Pues él debía de conocerla, porque ya le digo que nos dejó el paquete y aseguró que usted vendría preguntado por él y por la relación que tenía con su marido. Ahora bien, si no quiere que se lo entregue, lo daremos por olvidado.
—¡No!, ni pensarlo. Démelo inmediatamente y también descríbame al sujeto.
—Permítame que le diga que eso es imposible. La confidencialidad es la base de nuestra profesión —dijo tajante el hombre.
—Ya lo he visto, su camarero me ha puesto al día de todo lo concerniente a la finca.
—Lo que Ernes le ha contado puede oírlo en cualquier comercio de la zona, ya sabe cómo son los pueblos. España no ha perdido la silla de anea, sólo las aceras para sentarse a cotillear. Créame si le digo que todo lo que le ha contado Ernes tiene más de leyenda que de realidad. Ahora bien, en lo que a los clientes se refiere, eso es harina de otro costal. De nuestro personal no sale ni una palabra sobre ellos a no ser que sea mediante una citación judicial para declarar. Le daré el paquete, pero sepa que si alguna vez usted me llega a poner en el aprieto de tener que confirmar esta entrega, negaré que yo le haya dado algo alguna vez, y también que usted y yo hayamos mantenido esta conversación… —Adela le miró desconcertada, sin decir palabra ni hacer gesto alguno se levantó—. Entonces parece que estamos de acuerdo. —Adela asintió—. En ese caso acompáñeme.
El paquete estaba envuelto en papel cromado azul celeste. A simple vista parecía un regalo. El encargado, antes de dárselo, le rogó que no lo abriese dentro del local ya que ni sabía cuál era el contenido ni quería conocerlo. También le hizo saber que, además de que él prefería que lo hiciera así, el hombre que se lo entregó había solicitado que Adela abriera el paquete una vez que estuviera fuera del restaurante.
Adela cogió el paquete y, sin decir nada, se dirigió a la barra para abonar su almuerzo, pero el encargado, amable y discreto, le indicó que estaba invitada. Ella se despidió y, aún impresionada por el misterio que rodeaba a todo aquello, subió al coche. Se puso el paquete sobre los muslos y lo observó ansiosa.
A simple vista, todo indicaba que se trataba de un libro; su forma, tamaño y textura así lo evidenciaba. Adela miraba el papel celeste sopesando la posibilidad de que lo que se ocultaba bajo él fuese el libro que su marido había sacado del monasterio o, en su defecto, una copia que hubiera realizado de él. Por unos momentos se sintió aterrada. Si era así, la entrega de aquella copia o del ejemplar original podía ponerla en un peligro aún más patente y real. Pero también podía ser la clave para encontrar al asesino. Quizás aquello no era más que un favor que le estaba haciendo el hombre con el que se veía Abelardo. Fuera lo que fuese ya no había marcha atrás.
«No olvide que usted sólo ha estado aquí almorzando. Cuando abra el paquete no regrese al local, aquí tenemos muy mala memoria y usted ni tan siquiera ha pagado su comida. Así que es como si nunca hubiera estado en nuestro establecimiento», le había dicho el encargado desde la puerta y sin esperar respuesta de Adela se había metido de nuevo en el restaurante.
Haciendo caso omiso de las palabras del hombre, ella siguió a lo suyo y rompió el papel con brusquedad.
Adela no se había equivocado, se trataba de un libro. Era un ejemplar escrito a máquina y encuadernado en canutillo negro.
Presa del pánico, lo dejó caer y abrió la puerta del coche para salir fuera. Parecía que hubiera visto a un fantasma, o que el aire del habitáculo se hubiese consumido al tiempo que había desgarrado el papel y ello le hubiera hecho salir precipitadamente fuera.
El manuscrito cayó en el suelo del vehículo dejando a la vista su primera hoja. En ella estaban escritos el título y el nombre de su autor:
EPITAFIO DE UN ASESINO
Abelardo Rueda