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Raimundo tomó la lupa y el lápiz y comenzó a observar todos los detalles de los dibujos que había sacado del centro psiquiátrico. El material permanecía amontonado sobre las estanterías del pequeño estudio madrileño. No lo había vuelto a tocar desde que el escritor había fallecido.

Por el gran ventanal que daba a la terraza entraba la luz del sol cálido pero débil de aquel mes de diciembre y descubría, indiscreto, el polvo acumulado en las estanterías. Miró los dos montones de cuartillas y puso uno a la derecha y otro a la izquierda, siguiendo las pautas que Abelardo Rueda mantuvo al colocarlos en los muros de la habitación donde permaneció sus últimos días de vida.

Antes de comenzar su estudio puso un disco de vinilo —Los nocturnos de Chopin— en el tocadiscos y se dirigió, llevándose uno de los dibujos y la lupa, a la parte del salón donde estaba ubicado el espacio que pertenecía a la cocina. Puso la cafetera sobre el fuego y contempló la primera lámina que pertenecía a la primera estación del calvario de Cristo. Miró después la que se correspondía con ella, la réplica del paso en la que el escritor aparecía como protagonista. Inclinó la lupa sobre el libro donde Abelardo se había crucificado y leyó el texto diminuto que había escrito a plumilla sobre las páginas del dibujo:

«Yo soy inocente de esta sangre, allá vosotros… (Mt 27, 24-25)».

Sin esperar a que la cafetera comenzase a dar el aviso de que la temperatura del agua que había en su interior estaba subiendo, se dirigió a la mesa y tomó nota en un folio del párrafo. Cogió el siguiente e hizo lo mismo:

«Convocaron a toda la cohorte. Le pusieron un manto púrpura, le ciñeron una corona de espinas y se pusieron a saludarle… (Mc 15, 16-18)».

Aquello parecía ir tomando más sentido de lo que el estudiante había supuesto. Era evidente que Abelardo había hecho un paralelismo entre el calvario de Cristo y el linchamiento popular, condena y castigo que él sufrió. Incluso se había tomado la molestia de ir desgranando parte de los Evangelios, extrayendo de cada uno de ellos la porción literaria que le interesaba. Esto, que podía parecer algo extraordinario, laborioso y confuso, no era más que el proceder natural de un enfermo mental, de un paranoico, y Raimundo lo sabía. Pero incluso si lo hubiera hecho una persona sin problemas mentales, podría considerarse una simple manifestación de su agonía, un intento de no sentirse sola en el dolor, buscando verse reflejada en una situación igual a la suya.

Raimundo consideraba todas las obras literarias, incluidos los textos sagrados, alegorías claras de la realidad del momento. Para el estudiante, la Biblia no era más que una obra literaria con tintes costumbristas. Sus contenidos reflejaban la sociedad de aquel tiempo, daban a conocer el miedo del varón a que la mujer se rebelase al conocer el poder que tenía sobre él a través del sexo. Contrariamente a lo que se solía debatir, Raimundo no lo consideraba un texto machista o excluyente. En él se reflejaba la guerra encarnizada de la palabra escrita contra el conocimiento y la aceptación de la debilidad del varón frente a la mujer. Raimundo estaba seguro de que Dios desterró a Eva porque ella se convirtió en una igual, en una creadora de vida, lo que en realidad significaba su nombre: «vida». La existencia para Raimundo no era más que la lucha por hacerse con el poder, y esta hipótesis la trasladaba a todos los ámbitos de la vida.

En contra de lo que pregonaba la doctrina católica, él veía en aquellos textos un reconocido y marcado carácter represivo de la verdadera naturaleza humana. Eran una forma de esclavizar el pensamiento y por ende el raciocinio. Para él, la verdadera esclavitud no era física sino psíquica. Afirmaba que la verdadera libertad era la que permitía el libre pensamiento, y los textos de la Biblia, obsoletos en esos momentos, dictados según la palabra de Dios, del Padre, del Creador, censuraban todos los atributos con los que el mismo Dios nos había creado, los que hacían que los humanos se sintieran diferentes del resto de las criaturas con las que compartían la Tierra. Para Raimundo los textos bíblicos carecían de veracidad argumental y eran contradictorios. Decía que la Biblia era «la apología más famosa de la esclavitud del pensamiento».

Sin embargo, los dibujos de Abelardo iban más allá y él lo sabía. Sabía que el escritor había sido víctima de una trama urdida contra él que enlazaba con el libro sobre teología que Abelardo sacó de El Monasterio de El Escorial. Lo sabía y estaba dispuesto a demostrar su hipótesis.

Apagó el fuego y levantó la cafetera. Ya con la taza en sus manos, se dirigió a la mesita y retomó su búsqueda. En el tercer dibujo, el texto decía:

«Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros… (Jn 15, 20)».

En el cuarto se leía:

«Al cabo de tres días, le hallaron en el Templo sentado en medio de los doctores, oyéndolos y haciéndoles preguntas… (Lc 2, 46-47)».

Leyó en el quinto dibujo:

«Después de haberse burlado bien de Él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron sus ropas. Cuando le sacaban para crucificarle, obligaron a llevar su cruz a un transeúnte, Simón de Cirene,… (Mc 15, 20-21)».

En el sexto:

«Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me alojasteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme. (Mt 25, 35-37)».

En el séptimo:

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (Mt 5,10)».

En el octavo:

«Quien os recibe a vosotros me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe al que me envió. (Mt 10, 40)».

Raimundo tomó la octava lámina y la puso junto a los dibujos que representaban al ciego con el perro y prosiguió la lectura. En el noveno dibujo leyó:

«Por segunda vez, volvió a orar así: “Padre mío, si no es posible que pase esto sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”». (Mt 26, 42-43).

En el décimo:

«Los que le crucificaron se repartieron sus vestidos a suertes (Mt 27, 35)».

En el undécimo:

«Muchos judíos leyeron la inscripción, porque, donde Cristo fue crucificado, era un sitio cerca de la ciudad y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego (Jn 19, 20)».

Raimundo separó la undécima lámina y también la colocó con las representaciones del ciego y el perro.

En el duodécimo dibujo leyó:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu… (Lc 23,45)».

En el decimotercero:

«Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato llevarse el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Vino y se llevó el cuerpo de Jesús (Jn l9,38)».

En el decimocuarto:

«María Magdalena y María, la de José, se fijaron bien dónde estaba sepultado (Mc 15, 47)».

Acabado el recorrido por las láminas que representaban el calvario de Abelardo sobre un libro, tomó las que había separado y miró la número once que representaba el momento de la crucifixión del escritor. Leyó el texto una vez más: «Y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego…». Tras hacerlo buscó entre los dibujos del ciego y el perro y separó la lámina que representaba al ciego sentado al lado de un río arrancando las hojas de un libro y dándoselas a comer al perro. Las babas del animal al caer iban formando la palabra «imaginación», pero dentro del doble contorno de cada una de las letras había otra letra. Raimundo cogió una vez más la lupa y fue leyendo al tiempo que apuntaba las letras que iba descubriendo en una hoja.

Así, dentro del doble relieve de la letra «I» estaba la letra «H»; dentro del doble relieve de la letra «M» estaba la «L»; dentro del doble, relieve de la letra «A» estaba la «G»… Al llegar a esta tercera letra se dio cuenta de que las siguientes no estaban escritas en negro sino en rojo, y que las tres primeras letras se correspondían con las iniciales de las lenguas que citaba el pasaje evangélico siguiendo el mismo orden: hebreo, latín y griego.

Raimundo estaba seguro de que aquello, lejos de ser una coincidencia, era la clave que Abelardo, en sus momentos de lucidez, dejó impresa en sus dibujos. Había encontrado la llave que abría la puerta tras la que se encontraba oculto, agazapado, el asesino. Sus hipótesis habían dejado de serlo. Ansioso, siguió extrayendo letras en el orden que estaban escritas y trascribiéndolas en la misma disposición sobre el folio en blanco. El resultado de lo que transcribió fue el siguiente:

IMAGINACIÓN

HLGSEIPATSE

En aquel momento todas sus incógnitas se despejaron. Abelardo había dejado un mensaje en sus trabajos. Un mensaje en clave que hablaba de algo escrito en hebreo, latín y griego. Comenzó a combinar las letras escritas en rojo utilizando como primera fórmula la habitual: cambiar el orden de izquierda a derecha, por el de derecha a izquierda, y asombrado comprobó el resultado:

PIES ESTA

Cogió la lámina y observó con detenimiento los pies del ciego. Sorprendido por lo que vio acercó aún más la lupa a la lámina. En la bota izquierda del ciego aparecía el dibujo de un libro, en la derecha una frase: «La verdadera naturaleza de Dios».