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DESVARÍOS BAJO LA LUNA MENGUANTE
Una vez más, sintió su pómulo contra el asfalto. Había vuelto a suceder. Trató de levantarse, tambaleándose y describiendo unos movimientos torpes y descoordinados. Como cada vez que aquello ocurría, se afanó en recordar lo que había pasado, pero su mente solo le regalaba unas fotografías inconexas de dudosa definición.
—Maldito borracho...
¿Había dicho aquello en voz alta? Miró a derecha e izquierda, y constató que por suerte, no había demasiados testigos. Había perdido la conciencia en una calle poco transitada, y se sintió algo reconfortado por ello. Una señora de unos cincuenta años lo observaba desde la acera de enfrente, llevándose las manos a la cabeza mientras su Cocker Spaniel no dejaba de ladrar.
—Ven aquí Johnny. No te acerques.
¿Johnny? ¿Qué clase de nombre era aquel para un perro? Por como lo había pronunciado aquella oronda mujer, Esteban supo que era el tipo de persona que lo escribía con hache intercalada y dos enes, y vestía al animal en invierno a juego con sus zapatos. Maldijo a la señora, pero no maldijo al perro; le gustaban los animales.
Pasó junto a ellos sin dirigirles la palabra y se guareció tras la sombra que le brindaba la esquina más cercana. Estaba casi a un kilómetro de su casa, y el sol daba la sensación de haber asomado por el horizonte hacía ya rato. ¿Qué hora era? Debía ser temprano; era viernes por la mañana y apenas se veía gente por las calles.
Caminó con el máximo brío que su sangre alcoholizada le permitía. No estaba en aquella fase en la que el alcohol tornaba a uno indestructible, sino en esa otra en la que uno se lamentaba por creer haber hecho mil barbaridades la noche anterior y, lo peor de todo, se maldecía por no saberlo a ciencia cierta. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta tres cuartos de piel de imitación, y las sorpresas comenzaron a presentarse, aunque eso si, ordenadamente.
Lo primero que supo es que su móvil había desaparecido, una vez más. ¿Habría sido antes o después de desfallecer? La respuesta no tardo en llegar, y lo hizo con el primer objeto que alcanzó en el bolsillo; era una servilleta, y en una de sus caras, con una letra que no era la suya —al menos no de cuando iba sobrio—, alguien había escrito algo. «Acuérdate de mi. Soy Sandra. Llámame» Bajo las letras había un número de nueve dígitos; luego había perdido el móvil antes de que alguien le apuntase el teléfono en aquel papel mugriento.
Comprobó aliviado que conservaba las llaves de casa, y decidió no preguntarse más sobre qué diablos habría pasado la noche anterior. Ya habría momento para eso por la mañana... o cuando quiera que despertase.
Hacía frío, aunque era principio de otoño, tanto que la gente iba con chaqueta por las calles. El tiempo parecía haberse vuelto loco. Las horas en que el sol emergía radiante por el horizonte siempre eran las más gélidas, y dedujo que no hacía mucho que se había dado aquel fenómeno. Era increíble la capacidad de razonamiento que conservaba, a pesar de la cogorza; una clara muestra de que en realidad, era mucho más inteligente de lo que a simple vista parecía.
Mientras caminaba trastabillando, pensó en la clase de cosas en que solía pensar durante una resaca como aquella, una de esas en la que el dolor de cabeza llegaba al segundo día, acompañado de una tensión muscular similar a la que hubiese provocado un camión al arrollarlo. ¿Por qué bebía? Era una pregunta interesante, y aunque en realidad no es que tuviese dependencia alcohólica, si que era cierto que de vez en cuando había amanecido en la calle, en algún banco de madera, o acurrucado en algún portal. Aquella era la tercera ocasión; la primera fue cuando consiguió su penúltimo trabajo, y la segunda cuando lo perdió. Era curioso cómo el líquido espirituoso estaba en la cabeza y la cola de aquel suceso; en primer lugar como celebración, y en segundo como herramienta de distracción, de evasión de la realidad.
Intentó recordar los motivos de este último desliz, pero no los encontró. Llego a la conclusión de que no los había, simplemente guardaba demasiados chupitos de tequila en su estómago revuelto. ¿Por qué bebía? La pregunta volvió a golpearle la cabeza, con algo más de insistencia. Quizás sirviera de algo analizar por qué lo hacían los demás, a los que él siempre había clasificado en tres grupos: Los que bebían para olvidar los problemas, los que tenían problemas a causa de la bebida, y los que bebían para olvidar los problemas que tenían a causa de la bebida. Era un círculo vicioso.
La cosa, sin embargo, no funcionaba así con él. No había infancias traumáticas que apagar con etanol ni desengaños amorosos que lo desgarraran por dentro; no era la clase de persona enamoradiza que maldice su existencia si no tiene alguien con quien pasar la noche. Era un solitario, un bohemio algo lunático convencido de su autosuficiencia y autocontrol. No necesitaba a nadie, él solo se bastaba.
Sus ojos se iluminaron cuando vislumbró el portal de su bloque de apartamentos. Vivía en un pequeño piso de soltero, que con los años había arreglado a su gusto. Había desplomado la mayoría de los tabiques con sus propias manos y convertido el lugar en una clase de estudio. Solo había paredes para el baño y otro pequeño cuarto, y un arco para pasar de la pequeña cocina al salón, en el cual también estaba su dormitorio y su mesa de trabajo. Cerca de la cama, en una esquina, había un enorme buda dorado en la clásica posición de flor de loto, que hacía las veces de sillón, sosteniendo un mullido cojín entre las piernas cruzadas.
Una de las paredes —la más grande— estaba repleta de fotografías de gatos. Había de todos los tamaños, a color, en blanco y negro, en sepia, y tomadas en infinidad de lugares: tejados, aceras, parques, hamacas, taburetes, árboles, praderas... Él llamaba a esa colección «Miradas», y conformaba el auténtico orgullo de su particular decoración. En su estado, sin embargo, no tuvo tiempo de detenerse a contemplarla.
Cerró la puerta tras de sí con un involuntario portazo y buscó rápidamente papel y boli —sabía lo que hacía—, después alcanzó un rollo de celo, y pegó la hoja arriba del cabecero de su cama, donde pudiese verla al despertar. Cogió el rotulador y se escribió algo a sí mismo, se desnudó a medias y se metió entre las sábanas. El sueño no tardó en arrebatarle de nuevo la conciencia, mientras todo daba vueltas a su alrededor.
Durante esa mínima fracción de segundo, tuvo suficiente para reconocer la sensación. Esa especie de aviso abstracto que le decía: «Esteban, lo has vuelto a hacer».
¿Recordar? No valía la pena siquiera intentarlo, pues sabía que aquello solo lo atormentaría más, quizás incluso en exceso. No obstante, por mucho que quisiese ejercer su autocontrol, era inevitable hacerse preguntas; y la primera era siempre la misma: «¿Qué pasó anoche?».
Se levantó de la cama, llevándose las manos a la cabeza, pues con el fluir de la sangre comenzaron a martillearle los sesos. La camisa le colgaba del brazo izquierdo, un único calcetín guarecía sus pies descalzos de la moqueta tibia, y percibió al instante aquella diferencia de temperatura entre ambos extremos. Sobre la mesilla había una servilleta con el teléfono de una tal Sandra y, lo más desconcertante de todo, un folio que colgaba pocos centímetros por encima del cabezal de la cama: «No te preocupes si no te acuerdas de nada. Volviste a casa en taxi. Te lo pasaste muy bien».
—Increíble —soltó una carcajada...
¿Cómo era capaz, durante tal descomunal borrachera, de anticiparse a sí mismo y saber que por la mañana se preocuparía, al no acordarse de nada? Desde luego esta vez se había superado, aunque el efecto resultaba contraproducente. ¿Qué había hecho para tener que molestarse en dejar notas como aquella?
Una familiar melodía lo abstrajo de sus pensamientos. Buscó en la chaqueta y en los bolsillos de los pantalones pero no encontró el aparato, que sin embargo seguía sonando. Erguido, miró hacia la maraña de ropa a sus pies, y vio que en la camisa que todavía colgaba de su brazo algo lanzaba un destello. Alcanzó el móvil, que estaba en el bolsillo de la camisa, y lo descolgó sin mirar quién era.
—¿Sí? —espetó con voz moribunda.
—¿Esteban? ¡Por el amor de Dios llevo todo el día llamándote!
Apartó el teléfono de su oreja y comprobó que efectivamente la pantalla marcaba nueve perdidas.
—¿Qué pasa? —dijo al fin.
—¿Estás disponible esta tarde sobre las siete? A Ignacio le ha surgido algo y me han dicho que te llame a ti.
Se lo pensó por un momento. Estaba destrozado, pero necesitaba el dinero. Últimamente no había demasiado trabajo.
—Está bien, pasa a por mi.
—¿Y tu coche?
—Créeme, no estoy para conducir.
Colgó. No se sentía capacitado para alargar una conversación insulsa como aquella. Se acercó la muñeca a los ojos todavía legañosos y las agujas del reloj se dibujaron poco a poco en su cabeza. ¿Las seis y media? Definitivamente la noche anterior había pasado algo.
Fue renqueando hasta la nevera y sacó de ella un bote de conserva con zumo de tomate casero. No había nada como un buen zumo de tomate para la resaca. Se sirvió el primer vaso, que bebió a grandes tragos, y un segundo, que se deslizó por su garganta casi con la misma facilidad. Mientras se secaba los labios con un trapo de cocina, su vista atravesó la ventana y se posó en la luna menguante, que se recortaba en el cielo apagado del atardecer. Entonces tuvo uno de sus momentos metafísicos, o trascendentales, como él los llamaba mentalmente. Se sintió frágil, y a la vez enorme, un gigante capaz de ser dueño y señor de su alma errante. A veces, durante esos lapsos espirituales, creía estar a punto de sostener entre sus manos la clave de todo cuanto lo rodeaba. Creía haber desenmarañado la finalidad de la bóveda azulada y el porqué del ulular de los búhos. Después, el sentimiento se desvanecía y la vida seguía su curso. Él sonreía, y seguía como si nada de aquello acabara de sucederle. Eran sus desvaríos bajo la luna menguante; estaba acostumbrado a ellos.
El agua caliente le produjo un extraño efecto narcótico. Era como un bálsamo que envolvía sus músculos doloridos y los acariciaba con sutileza, con la delicadeza que lo harían unas manos cortesanas. Sus remedios comenzaban a hacer efecto, y un leve tinte rosado comenzó a aparecer en sus mejillas. Se miró al espejo, rascándose la barba de tres días, y se vistió con unos vaqueros y una camisa negra. Le gustaba aquella barba, le daba cierto aire a joven con mundo, algo más del que en realidad tenía.
Cogió su chaqueta de piel de imitación, pero no la tres cuartos, sino una más corta que utilizaba entre semana. No compraba nada que se hubiese hecho con piel animal, pero era demasiado débil para renunciar a la carne, y aunque había intentado ser vegetariano, siempre caía rendido ante un buen plato de jamón.
Consultó de nuevo su muñeca. Todavía le sobraban cinco minutos, y Raúl no era una persona demasiado puntual, así que descendió los escalones sin prisa, ajustándose las mangas y el cuello de la chaqueta, a la par que se colgaba una bandolera negra del hombro.
Cuando salió a la calle, se fijó en una madre y su hija que esperaban a cruzar en el semáforo de la esquina, uno de esos que emitía un pitido mientras estaba en verde, para facilitarle la vida a los ciegos. La madre estaba inclinada sobre la niña, arreglándole el lazo de la cola, cuando el semáforo se puso en verde y comenzó a emitir aquel sonido para los invidentes.
—¿Para qué es ese pitido mamá?
La mujer, sin pensarlo dos veces, respondió con toda la naturalidad del mundo.
—Es para que crucen los sordos cariño.
Esteban estuvo a punto de caer de rodillas. ¿Un pitido para los sordos? Esa era la clase de ignorancia que lo ponía negro, y hubiese callado, de no ser porque la mujer continuó con su culta exposición.
—Así pueden pasar sin peligro a que los atropellen.
Miró a la niña y trató de contenerse, pero no podía dejar que le contaminasen la cabeza de aquella forma.
—¡Es para los ciegos señora! —¿había gritado o solo se lo había parecido?
Por cómo lo miró la mujer, supo que no había medido bien su tono. Era una expresión mezcla de vergonzosa ira e inexplicable desazón.
—Vamos cariño. Se va a poner en rojo.
Esteban las observó alejarse y se compadeció por la pequeña, que parecía alejarse del buen camino a cada paso que daba, integrándose en una profunda y aterradora ineptitud. Era el analfabetismo de los tiempos modernos. ¿De qué servía saber leer y escribir si todas las lecturas eran equivocadas?
Se sintió algo aliviado cuando Raúl paró el coche frente a él, y lo alejó de sus propios pensamientos.