Capítulo 12

 

Esa noche, Inés se había retirado temprano al dormitorio. Lo cierto es que los últimos acontecimientos relacionados con Ginés la habían afectado más de lo que quería reconocer ante Julián.

¡Pensar que una vez soñó con convertirse en su esposa!....Con una seca carcajada desechó sus pensamientos; habría sido la peor decisión de su vida. Ahora que conocía la dicha de amar profundamente y sentirse amada por un hombre como Julián sabía que sería muy difícil encontrar algo remotamente parecido junto a otro hombre. Pero los extraños tejemanejes de Ginés la preocupaban y entristecían a partes iguales, ¿qué había pasado por su mente para que se comportara de una forma tan mezquina? Inés no creía que fuese amor hacia ella, de hecho si repasaba los momentos que habían vivido juntos en el pasado tenía que reconocer que Ginés siempre la buscaba como una compañera de juegos con la que hacer bromas y confidencias pero era ella la que albergaba pensamientos románticos respecto a él. No tenía ni idea de sus motivaciones actuales y saber que ya no podría volver a confiar en él nunca más la llenaba de melancolía.

Por su parte, Julián meditaba en el despacho mientras bebía una copa de jerez. También sus pensamientos rondaban en torno a su hermano. Desde muy pequeño Ginés había sido el más alegre y desenfadado de los dos pero Julián lo sabía capaz de guardar un enorme rencor hacia los demás y sabía que sus reacciones a veces podían ser desmedidas. A su mente acudió el recuerdo de Francisco, el joven mozo de cuadra que fue despedido por culpa de las calumnias de su hermano menor, como se pudo demostrar más tarde, y todo porque éste contaba con el favor de una de las doncellas con las que Ginés pretendía darse un revolcón. Sí, él sabía que su hermano era capaz de ser muy mezquino pero en parte se sentía culpable por este fallo de su carácter.

Sus padres  habían muerto cuando Ginés apenas acababa de salir de la niñez y él, agobiado por sus nuevas responsabilidades y abrumado por la pérdida de sus aspiraciones militares, apenas le había prestado atención. Seguramente el joven se había sentido muy solo y sin una guía que lo encauzara.

En ese momento oyó pasos por el pasillo y supo que su hermano se dirigía al despacho, probablemente para volver a hablarle del negocio que le había propuesto. Con rapidez trató de pensar una excusa que darle para no invertir todavía; quería esperar la respuesta del abogado que había ido a supervisar el terreno donde se encontraban las minas.

Pero cuando su hermano estuvo sentado frente a él con una copa de vino en su mano la pregunta que salió de sus labios no fue, ni mucho menos, la que Julián esperaba:

- Y dime hermanito, ¿cómo van las cosas con tu díscola mujercita?

A pesar de que le había tomado por sorpresa, Julián no lo demostró. Recostándose contra el respaldo del sillón respondió con voz calmada:

-Me parece que eso no es asunto tuyo, hermano.

-Vamos Julián, no te lo tomes a mal –añadió sonriendo con dulzura- no pretendo entrometerme, pero conozco el carácter díscolo y tozudo de Inés mejor que tú. Y sin falta de que nadie me lo diga, sé que no estáis pasando por un buen momento.

Julián que estudiaba las facciones en apariencia relajadas de su hermano, permaneció en silencio, mostrarse más hablador iría contra su carácter reservado. ¿Dónde quería llegar Ginés con todo aquello?

-Realmente sería una lástima que hubieras escogido a la mujer equivocada –comentó dando un sorbo y contemplando el licor que aún quedaba en la copa.

-Tal vez tengas razón… -dejó caer, al instante observó como una de las cejas de Ginés se elevaba levemente, había captada su atención- …tal vez me precipité en mi decisión.

A Ginés le costaba permanecer sentado en el sillón aparentando indiferencia, aquello era más de lo que podría haber esperado. Julián comenzaba a arrepentirse de haberse casado con Inés.

-No tenía idea de que las cosas estuvieran mal hasta ese punto –le costó no regocijarse ante la cara de su hermano- Pero estoy seguro de que lo arreglaréis.

-Sí –dejó escapar un largo suspiro de resignación- supongo que no quedará más remedio que tratar de arreglarlo. Ahora si me disculpas ha sido un día complicado y estoy cansado.

Se había puesto en pie mientras hablaba.

-Por supuesto. Por cierto, has tenido tiempo de estudiar los documentos que te envié por Inés hace unos días.

-Aún no he tenido tiempo –puso cara de fastidio- A Inés se le olvidó dármelos, en cuanto tenga un minuto me pondré con ellos.

-No hay problema –dijo intentando esbozar una sonrisa- no corre demasiada prisa.

Julián asintió satisfecho y ya se disponía a salir de la estancia, pero antes se volvió a observar a su hermano.

-Ginés –esperó a que éste se volviera de nuevo hacia él- me alegro de que al fin tengas interés en algo provechoso.

La ira lo estaba devorando por dentro, por lo que no pudo más que forzar una sonrisa y elevar la copa casi vacía en dirección a su hermano.

-Buenas noches –se despidió Julián antes de salir y cerrar la puerta tras él.

Había visto el brillo de los ojos de su hermano y sabía que lo había llevado al límite. Sus ojos siempre resplandecían de aquella manera cuando no se salía con la suya. Tendría que contarle a Inés lo ocurrido y sugerirle que anduviera con cuidado. No podía imaginar a Ginés haciéndole daño a su esposa, pero con él ya no podía estar seguro de nada.

Ginés reprimió el deseo de estrellar la copa contra la pared cuando su hermano salió de la sala. Aquella maldita estúpida se había olvidado de entregarle los documentos a Julián, ahora tendría que continuar esperando. Apretó las mandíbulas con frustración y maldijo en silencio.

De todas formas no todo había sido malo, la conversación con Julián había sido de lo más reveladora. Tenía otra baza en su mano y no la desaprovecharía.

Julián conocía muy bien a su hermano, sin darse cuenta había experimentado un cambio muy palpable, el brillo de sus ojos era frío y una cínica sonrisa parecía adornar siempre su boca. Con una pequeña mentira había conseguido más tiempo, esperaba que el suficiente para que quien habían enviado a confirmar la veracidad de la inversión pudiera volver con la verdad de todo ese asunto. Mientras subía la escalera pensaba en la conversación que había tenido con Ginés, le dolía haber metido a Inés de por medio, pero fue lo único en lo que pensó para no tener que enfrentarse a Ginés, no en ese momento, no todavía. Con un suspiro entró en su dormitorio y sin detenerse se dirigió al gabinete que lo unía con el dormitorio de su esposa, y allí la encontró.

Inés había intentado distraerse con un libro mientras no paraba de pensar en Julián y Ginés. Nada más verlo entrar dejó el libro a un lado y se puso de pie, con una mirada interrogó a su esposo. La sonrisa de Julián expresaba más cansancio que tristeza.

- Tranquila Inés, no he podido aclarar nada – explicó Julián

Con un ligero mohín Inés volvió a sentarse en el canapé, tras colocar la falda cogió la mano de su esposo y le hizo sentarse a su lado. Inmediatamente Julián rodeó los hombros de su esposa, que apoyó la cabeza en su hombro, con una leve inspiración olió el aroma florar del cabello de Inés. A pesar de todo lo que estaba aconteciendo en los últimos días, Julián era dichoso porque el lazo que lo unía con su esposa parecía fortalecerse cada día.

 

- Entonces, ahora solo nos queda esperar. Solo espero que todo se resuelva cuanto antes – Inés distraídamente hacía girar el anillo de su dedo anular.

- Sí, solo nos queda esperar. Aunque me gustaría pedirte que no te quedes a solas con Ginés.

- ¿Por qué?, ¿Crees que sería capaz de alguna locura? – preguntó sorprendida Inés, se irguió para mirar a Julián.

- No, es solo que, verás – algo azorado Julián le explicó que la había usado a ella como excusa para el retraso de los documentos.

- Serás bribón – le recriminó una sonriente Inés – así que, resumiendo, me has echado a mí la culpa. Que poca hombría hacer eso con tu esposa. – dándole un ligero golpe en el brazo se puso en pie. Fingiéndose ofendida se encaminó hacia sus aposentos, pero no llegó muy lejos. Una mano de hierro la asió por la muñeca y la hizo caer sobre el regazo de Julián.

- Pues dígame usted, señora mía, cómo habría ganado tiempo.

- Seguro que algo se me habría ocurrido, sin lugar a dudas – y ocultando una sonrisa pasó sus brazos por el cuello de Julián, y con una voz que pretendía ser inocente comentó – Ahora dígame usted, caballero, cómo voy a tratar de evitar a su hermano, si mañana no tengo prevista ninguna salida.

- Pues había pensado que podías acercarte a la modista del pueblo. El otro día comentó Tesi que había recibido nuevos patrones de las últimas tendencias. Me encantaría verte con un vestido dorado – un brillo pícaro iluminó sus ojos con esa confesión.

- Julián, sabes que tengo que llevar luto durante un tiempo, aunque te prometo que no será mucho – se apresuró a decir al ver que su esposo fruncía el entrecejo por el recuerdo de don José.

- Inés, comprendo que cuando vayas al pueblo o si viene alguna vista, debas vestir así. Pero en casa solo estaremos nosotros y lo que menos se merecía ese malnacido es veros de luto por él. En casa te quiero como siempre, no de negro.

Pero Inés no pudo contestar, estaba demasiado concentrada en los besos que su esposo estaba posando por su cuello, en la mano que ahora se movía por su espalda, en la tensión que surgía de los fuertes muslos de su esposo. En ese momento Inés dio gracias, una vez más, del esposo tan comprensivo que compartía su vida. Solo esperaba que todo lo relacionado con Ginés se aclarar pronto, la espera era la mayor angustia. Solo un par de días más, dos días y todo se habría aclarado.

Julián había salido temprano esa mañana y ella, como le había sugerido él, había quedado con Hortensia para visitar a la modista. Pero primero había decidido pasar a visitar a su madre. Sabía que en esos momentos se sentía mucho más tranquila y relajada que en cualquier otro momento de la horrible convivencia con don José, pero de todas formas consideraba que había vivido una situación extremadamente difícil y eso no era fácil de superar.

Sus miedos y suposiciones no podían estar más lejos de la realidad, Margarita lucía el mejor aspecto que Inés podía recordar. Su rostro había recuperado el color y sus labios lucían una cálida sonrisa.

-Qué alegría verte, tesoro. ¿Cómo van las cosas con Julián? Espero que mejor -dijo con sinceridad mientras le señalaba el sillón frente a ella.

-Bien, hemos arreglado nuestras diferencias –respondió sonrojándose ligeramente.

-Me alegro –asintió satisfecha al ver el brillo que iluminaba los ojos de su hija.

-Ahora tenemos otro problema entre manos –añadió con pesar.

Margarita frunció el ceño, animándola a contarle el problema que les aquejaba.

Inés relató los sucesos que les estaban llevando a sospechar que Ginés estaba tramando algo.

-Pero aún no sabemos qué es lo que pretende y por qué.

-Ya te advertí que ese muchacho no era trigo limpio. Hay algo en él que no termina de gustarme, es… envidioso. Sí, definitivamente creo que lo mueve la envidia.

-No sé, quizás tengas razón, pero él tiene todo lo que pueda desear, Julián nunca le ha negado nada –reflexiono Inés.

-La gente envidiosa no solo ambiciona las cosas materiales.

-De todas formas, olvidémonos de Ginés –hizo un gesto con la mano como si quisiera borrarlo de su cabeza- He estado revisando el desván de la mansión y he encontrado verdaderas joyas, algunas necesitan ser restauradas, pero creo que serían piezas muy interesantes para el rastrillo.

-¿Y qué opina Julián de esa idea tuya? –preguntó prudente, antes de entusiasmarse con la idea.

-No hay ningún problema, le daré una lista de los objetos y él decidirá cuales podemos emplear.

-Entonces perfecto –exclamó dando palmas- si necesitas ayuda para seccionar las piezas, házmelo saber.

 

De camino a la modista, aún se sentía sorprendida por la capacidad de recuperación de su madre, pero se alegraba por ella.

Ahora las palabras sobre Ginés volvían a rondar por su cabeza. ¿Tendría razón y el problema de su cuñado sería que envidiaba a Julián? Ya no sabía que pensar, pero todo podía ser posible.

Caminaba distraída y no vio al hombre que caminaba en dirección a ella.

-Buenos días señorita… discúlpeme señora marquesa.

Sobresaltada miró al hombre que en ese momento hacía una reverencia ante ella.

-Buenas días señor Valle, hacía tiempo que no le veía –dijo reconociendo al caballero en cuestión.

Había sido amigo de su padrastro y en ocasiones habían hecho negocios juntos, nunca le había gustado, pero siendo amigo de don José no se podía esperar otra cosa.

-¿Estáis sola, señora? –preguntó mientras miraba a su alrededor, tratando de localizar a su acompañante.

-Sí, bueno. He quedado con una amiga y el cochero me espera en la otra calle que es menos transitada y entorpece menos el tráfico.

Don Rogelio Valle le dedicó una enigmática sonrisa a la vez que le ofrecía el brazo.

-Si me permite, yo mismo la escoltaré hasta el establecimiento dónde la espera su amiga.

-No se moleste…

-Insisto –el tono no dejaba margen de réplica e Inés no tuvo más opción que asirse del brazo que le ofrecía.

-¿Qué tal está vuestra madre? Debió de ser terrible para ella. Lamenté muchísimo no encontrarme en la ciudad en esos momentos. Lo que no logro entender es como se le pudo disparar el arma de esa manera tan tonta –se interrumpió unos segundos antes de continuar hablando- pero claro fue un accidente, ¿verdad?

-Sí, un lamentable accidente –repuso Inés un tanto nerviosa.

Aquel hombre nunca le había resultado agradable y en esos momentos menos que nunca, era más que evidente que estaba haciéndole saber que no se había creído la versión oficial de la muerte de don José.

-Si no le importa, tengo que dar un recado aun conocido, será solo un momento y apenas nos desviaremos del camino –aclaró a la vez que comenzaba a tirar de ella hacia una calle lateral.

-No se moleste, puedo continuar sola –apostilló tratando de desasirse del brazo del señor Valle, pero una mano grande y pesada se posó sobre la de ella impidiéndoselo.

-Será mejor que me haga caso, querida –la sonrisa, ahora, cruel que adornaba sus labios la hizo estremecer de pies a cabeza.

Con rapidez y sin darle tiempo a reaccionar, se sintió arrastrada hacia una puerta desvencijada que se abría en una de las paredes del callejón hacia el que había sido llevada.

Como si don Rogelio hubiera leído sus pensamientos, la atrajo hacia él y le tapó la boca, impidiéndole lanzar el grito que había comenzado a nacer en su garganta.

-Si se porta bien, marquesa, nadie saldrá herido –casi ronroneó junto a su oído.

El miedo atenazó su garganta a la vez que contenía el deseo de forcejear y tratar de huir, el tono de don Rogelio era suficientemente amenazante como para disuadirla de intentarlo tan siquiera.

-¿Es usted señor? –escuchó preguntar desde la habitación contigua, era otro hombre, que no tardó en unirse a ellos en el pasillo.

-Mira con lo que me he topado en la calle, don M.

-ES la marquesa –dijo sorprendido.

-Sí –rio satisfecho- necesitamos retenerla aquí, al menos hasta que logremos sacarle al marqués una buena suma.

-Pero el otro…

-Cállate, idiota –hizo un gesto que Inés no pudo ver, ya que él continuaba tras ella, reteniéndola y amordazándola con su manaza- todo puede ser, solo tenemos que saber jugar nuestras cartas.

Algo inesperado
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