Capítulo 11
-¿Quién dices que es el pichón? –preguntó el hombre con la voz rota del que lleva demasiados años dándose a los excesos.
-Por lo visto es el hermano del marqués –aclaró don M.
Su nombre era Mamertino, pero desde hacía años todos le llamaban don M., por abreviar.
-Interesante –dijo frotándose la tupida barba- ¿Y sabe el marqués a que se dedica su querido hermano?
-No lo creo jefe, el joven insistió demasiado en que todo debía hacerse en el más absoluto secreto.
-Me lo imaginaba –asintió- tienes que averiguar a quién trata de embaucar con esos documentos de inversión, quizás podamos aprovecharnos nosotros también del incauto.
Una risa baja y carrasposa precedió sus palabras, don M. sonrió a la vez que un brillo codicioso iluminaba sus ojillos oscuros.
-Ahora vete, tengo otros asuntos que atender, pero mantenme informado.
-No se preocupe, sonsacar al muchacho será sencillo –no se demoró más y abandonó la apartada mesa donde se había reunido con el mandamás.
Se acercó a la barra y pidió una jarra de vino al tiempo que estrellaba su manaza contra las posaderas de una de las camareras.
La mirada furibunda de la moza lo hizo reír con ganas.
-Tranquila preciosa, si prefieres las caricias más delicadas, también puedo dártelas.
Ahora las risas de los parroquianos corearon la suya.
-Cretino –escupió la muchacha mientras depositaba sobre una de las mesas las jarras que portaba, lo hizo con tanto brío que derramó parte del contenido, consiguiendo que los sentados en torno a la tabla prorrumpieran en quejas.
-Las reclamaciones al patán de la barra, a mí no me digáis nada –espetó mal humorada, girándose sin escuchar ni una sola de las groserías que los hombres comenzaban a dedicarle.
Maldijo el día en que había tenido que aceptar aquel miserable empleo a la vez que desaparecía por el hueco que daba paso a la cocina.
-De nuevo encerrada en la cocina ¿eh?
Inés levantó apenas la vista de su taza de café y regaló una sonrisa a Ginés. Últimamente le notaba diferente, como más jovial. Peinaba el cabello hacia atrás confiriéndole un aire de seductor encantador.
El muchacho ingresó en el interior y sin esperar invitación se sentó junto a ella.
-¿Qué tal la vida de casada? ¿Era como la esperabas, o mi hermano ha comenzado hacerte la vida imposible?
-¡Oh, Ginés! ¡No empieces con esas cosas! – Bromeó encantada – la verdad, nunca me habría imaginado que Julián fuera así.
A esas horas, solo Inés ocupaba la cocina para tomar su habitual taza de café. Una costumbre que había heredado de Doña Margarita.
-¿así? – Ginés arqueó una ceja -¿Cómo?
Inés hizo una traviesa mueca y se encogió de hombros.
-No sé decirte – rió divertida, como si algo que hubiera recordado la hiciera gracia – Olvídalo – agitó la mano – No pienso hablar de mis cosas personales contigo.
-Tampoco me gustaría que me detallases como es mi hermano en…
-¡Calla!- Inés se puso seria de repente – Antes podíamos hacer esas bromas, pero ahora no. Soy una mujer casada y respetable. Si algunos de los sirvientes escuchara nuestras tonterías, Julián se enfadaría y con razón. – E Inés no estaba dispuesta a pasar por ningún malentendido.
-Es cierto – asintió el joven afirmando con la cabeza – y eso me recuerda algo que me comentó Tessi… pero… no creo que te fuera a gustar mucho. Claro, que ella no tiene la culpa.
-¿de qué se trata? – preguntó Inés apartando la taza de porcelana. Sentía curiosidad por el tono de voz que había adquirido Ginés. Era como si lo acabase de envolver un aura de misterio.
- Pues hablan sobre tú educación.
-¿sobre mi…? – Inés susurró las palabras inclinándose sobre la mesa, con la intención de escuchar mejor a Ginés. Sus ojos verdes brillaron con sorpresa -¡Dímelo ya! – exigió impaciente.
-Vale. Pero luego no te enfades conmigo que yo no soy culpable – la vio asentir con los labios fruncidos – Ya sabes que la clase alta no come en la cocina y… nuestros sirvientes aseguran que tú no cumples esas normas.
-¡eso es una tontería! – exclamó con enojo.
Ginés se encogió de hombros.
-Ya te he dicho que no tengo nada que ver. A mí me lo comentó Tessi porque se lo habían dicho los criados.
-¿Y ella que dice? – quiso saber Inés. Estaba repentinamente preocupada. Si aquellos rumores eran ciertos, quizá, ella como marquesa, no estaba a la altura de lo exigido.
-¡Que aun sigues siendo muy… niña y hay que darte tiempo!
Inés abrió y cerró la boca varias veces. Su rostro reflejaba toda la confusión que sentía. La ira había comenzado a bullir en su interior. ¡De modo que Tessi pensaba que era una cría! ¿Por qué? Inés se sintió como si la hubieran traicionado. Ella dispuesta a ser su amiga y…
-¡pues eso no es cierto! – La joven se puso en pie y señaló a su amigo con el dedo – Mi educación ha sido ejemplar desde que me casé. No creo haberos puesto en ridículo en ningún momento y… - hizo un alto para respirar – si Tessi tienen algún problema con ello… - volvió a pararse tratando de tranquilizarse. Podía sentir como su corazón bombeaba con velocidad. Atravesó la cocina con paso firme dispuesta a salir de allí.
-¡espera! ¿Dónde vas?
La muchacha le miró sobre el hombro. Las gemas verdes brillaron con furia.
-Quiero estar sola y pensar. – agitó la cabeza nerviosa. Estaba furiosa, deseaba gritar, quería romper algo… - ¿Pero sabes algo? No me importa lo que ella y los sirvientes digan de mí. – terminó de decir saliendo altivamente por la puerta.
¡Que no la importaba! ¡Qué mentira tan grande! Lo último que quería era avergonzar a su esposo.
Las palabras de Ginés continuaban resonando en su cabeza, mientras se paseaba de un lado a otro del cuarto. Sus manos, inquietas, reflejaban el nerviosismo que se había apoderado de ella. Tan pronto las retorcía frente al pecho, como colgaban inertes a los costados de su cuerpo, para segundos más tarde, volver a unirse ansiosas sobre su cintura.
¿Qué había hecho mal?
Trataba de analizar su comportamiento en aquella casa, pero quitando los enfrentamientos con Julián, siempre se había mostrado correcta. Tal vez los primeros encuentros con Hortensia no habían sido del todo afortunados y por eso ella había llegado a la errónea conclusión de que era una inmadura y según las palabras de Ginés, poco más que una chiquilla.
Inspiró profundamente tratando de serenarse. Había recibido una educación ejemplar, sabía que era perfectamente capaz de ser una buena marquesa.
Julián entregó los guantes y el sombrero a Domingo sin apenas detenerse.
-¿Sabes dónde está mi esposa? –preguntó dirigiéndose hacia su despacho.
No fue la voz del criado la que le respondió, sino la de su hermano.
-Creo que está en su cuarto…
El tono de Ginés lo hizo detenerse, lo enfrentó con una mirada cargada de suspicacia, pero no añadió nada, a la espera de que Ginés continuara. Lo haría, lo conocía bien y sabía que ese deje en su voz significaba que tenía algo que contar.
-… ciertamente no parecía muy contenta.
Julián entrecerró los ojos, pero continuó a la espera. Su hermano no lo decepcionó. Casi sintió deseos de sonreír, que predecible era.
-Parece ser que está algo molesta con Tesi.
-No, Ginés –lo interrumpió- eso ya es agua pasada. Inés sabe que Tesi es una buena amiga y que entre nosotros nunca…
Ginés agitó la mano ante su cara, desechando las palabras de Julián.
-Quién está hablando de celos… me ha comentado que Tesi no le cae bien, que la hace sentir como a una chiquilla y que preferiría no tener que volver a verla.
Ginés observó satisfecho como se tensaba la mandíbula de Julián. Sabía el aprecio que su hermano sentía por Hortensia y cualquier cosa que se dijera contra ella, lo tomaba como una afrenta personal.
Apenas había terminado de hablar, cuando Julián ya había alcanzado la parte alta de la escalera y se encaminaba, con paso airado hacia su cuarto.
Si se hubiera girado en aquellos momentos, hubiera visto la sonrisa de satisfacción que adornaba el semblante de Ginés y habría adivinado que se trataba de otra de sus sucias jugadas.
-Julián -exclamó al verlo entrar en el cuarto excesivamente serio- ¿Qué sucede?
-¿Qué te sucede a ti? –preguntó cortante.
-No entiendo…
-Creí que el tema de Hortensia ya había quedado zanjado y aclarado –intentó explicarse, pero no pudo- No veo porqué sigues insistiendo en él.
-No entiendo por qué dices eso –se sentía realmente confundida, la ofendida era ella y su esposo defendía a la otra- Deberías pensar como me siento yo con sus palabras –estalló indignada.
-¿Tú? –ahora el sorprendido era él.
-Sé que la aprecias y he tratado por todos los medios de ser correcta y agradable. Pero no tolero que se cuestione mi madurez o mi capacidad para ser una buena marquesa.
No había tenido intención de discutir el tema con él, pero la había sacado de sus casillas que él aún defendiera a la otra.
-¿Quién ha cuestionado tal cosa? –preguntó cada vez más enfadado con Inés, estaba llevando aquello demasiado lejos.
-Ella… y los criados –añadió dejando que su voz perdiera intensidad- creen que soy una niña y que no tengo modales de marquesa.
Aunque sentía deseos de llorar y necesidad de sentir los brazos de Julián entorno a ella, alzó la barbilla orgullosa, no dejaría que su falta de apoyo le afectara.
-No imagines cosas…
-Me lo ha dicho Ginés, no imagino cosas –dijo con rabia.
Julián dejó escapar el aire de sus pulmones deforma cansada. Tomó a Inés de la cintura y la atrajo hacia sí.
-Olvida lo que Ginés te ha dicho.
-Pero…
-Pero nada, no sé a qué está jugando mi hermano, pero te aseguro Tesi jamás ha dicho tal cosa de ti, créeme, al contrario te considera encantadora.
-Voy a decirle cuatro cosas a ese hermano tuyo –dijo sin separarse de sus brazos.
-No, déjalo. Hagámosle creer que se ha salido con la suya. Me intriga saber que trata de conseguir con todo esto.
Mientras acariciaba a su ya menos disgustada mujercita, no dejaba de especular con los motivos de Ginés para urdir aquellas mentiras.
Ginés había subido detrás de Julián para escuchar atentamente detrás de la puerta, y lo poco que escuchó fue suficiente para sentirse satisfecho. No podía negar que la culpa no era de Inés pero era tan moldeable la pobrecita. Alguien tendría que enseñarle que no todo lo que sale de la boca de alguien son verdades, pero a él le daba igual. Mientras Hortensia sirviera a sus propósitos la seguiría utilizando, claro sin que ella supiera. ¡Oh! Cada día veía más cerca la caída de su querido hermano.
Tal vez debería hacerle otra visita al nada honorable caballero, para ver cuando le entregaba el resto de los documentos, y pensándolo bien podría hacer sufrir a Julián un poco más, si le pedía a aquel miserable que raptara a Inés. Entonces el sería el hermano anegado que ayudaría en todo lo que pudiera para encontrarla, y cuando el subestimara la dejaría libre, pero no sin antes haber disfrutado de ella. ¡Tantos planes y tan poco tiempo para llevarlos a cabo!
Con ese último pensamiento se dirigió a sus habitaciones para saborear el triunfo de su cuasi victoria. Sin percatarse si quiera que unos ojos vigilantes lo acechaban entre sombras y que ese alguien al igual que la madre de Inés se había dado cuenta de sus maquinaciones perversas, no obstante no diría nada hasta saber cuál era el propósito real del joven Ginés. En los barrios bajos todo se sabía y más si no formabas parte de la aristocracia. No permitiría que por segunda vez el marqués sufriera perdiendo nuevamente sus sueños. La primera vez no pudo hacer nada porque la lealtad se la debía al padre pero ahora no había impedimento alguno para protegerlo, incluso si ese enemigo era el mismo hermano del marqués.
Mientras tanto Julián e Inés platicaban, tratando de entender los porqués de la actitud de Ginés.
-Julián, tal vez esté enfadado porque no le has dado una respuesta con respecto al negocio que quiere emprender.
-No sé amor, la actitud de Ginés me sorprende mucho, no sé qué pensar para explicar sus comportamientos. No sé si es la primera vez que lo hace o si he caído en sus provocaciones anteriormente. Sólo sé que Tessi no ha dicho esas difamaciones y mucho menos que la servidumbre tenga esa opinión tuya.- concluyó abrazándola contra su pecho.
-Tranquilo Julián pero sabiendo lo que me acabas de contar no sé cómo debo comportarme ahora con tu hermano. Ahora que lo pienso, al poco tiempo de habernos casado mi madre me advirtió en contra de la actitud de Ginés. Ahora no recuerdo bien las palabras pero sé que a ella no la engañaba con su actitud galante.
-¿Cómo es posible que hasta tu madre se haya dado cuenta?, por lo mientras tienes que seguir como hasta ahora, tenemos que averiguar sin que se dé cuenta mi hermano, lo que se propone.
- Pero es que recordar la forma en que me vio angustiada y como estuvimos a punto de pelear otra vez me da tanto coraje. Me sentí traicionada Julián.
-Lo sé mi amor, lo que tenemos que hacer es idear un plan. Y procuraré estudiar más aprisa los documentos que me entregó- o mejor dicho mandaría a investigar, pero sin que su esposa se enterara.
-Está bien.- suspiró resignadamente mientras levantaba el rostro para recibir un casto beso. Sin embargo la reacción de Julián no dejó lugar a dudas de que lo último que tenía en mente era un casto beso.
Inés empujó la puerta del desván con fuerza. Debían haber pasado años desde la última vez que alguien anduvo por el interior. Un desagradable chirrido retumbó cuando la madera cedió finalmente.
La mecha de la mano tembló con la súbita ráfaga de aire, e Inés ahogó una exclamación al ver el lugar tan siniestro.
Las telarañas que cubrían buena parte de la enorme y lúgubre sala, se agitaron levantando el polvo adherido a los muebles.
Inés arrugó la nariz contrariada. Olía a rancio y humedad. Desde luego el desván necesitaba que alguien lo aireara y se limpiara un poco.
Julián había dicho que no eran más que muebles viejos y cosas inservibles, y había dado su permiso para que ella hiciera lo que le viniera en gana con todo aquello.
Con la llama titilando en sus dedos, caminó hacia un ventanuco que alguien había cubierto con una lona oscura. Con dedos trémulos tiró de un esquinazo y la luz dorada del sol llenó el lugar haciendo bailotear pequeñas motitas contra la luz.
Retratos y lienzos se apilaban contra una de las paredes, cajas de madera, arcones, revistas inservibles desparramadas sobre el suelo, muebles viejos y cubiertos por espesas capas de polvo.
Con los ojos muy abiertos, Inés observó todo. Siempre la había encantado investigar en sitios antiguos, en establos abandonados, en ruinas… Pero aquel lugar era el mayor tesoro que hubiera encontrado.
Margarita seguro que iba a disfrutar tanto como ella montando el mercadillo benéfico, además ambas estarían entretenidas intentando restaurar algunos de los muebles que había allí.
Pasó la mano sobre un piano de cola que se hallaba cerca de la ventana. Dejó la vela sobre la base y con un ruido seco, logró levantar la tapa donde se escondían las teclas. La pieza parecía estar bien aunque totalmente desafinada.
-Es una maravilla- musitó recogiendo un montón de partituras apiladas. Se giró cuando escuchó varios pasos tras ella. – Gracias por venir ayudarme – saludó Inés a las dos doncellas que se habían parado en el centro y observaban todo con distintas expresiones en su rostro.
Ambas mujeres asintieron y con las manos cruzadas sobre el delantal esperaron las instrucciones de la joven.
Un par de roedores golpearon el piso de madera en una loca carrera por ver quién llegaba antes a la ratonera. Tanto Inés como las doncellas, fingieron no ver a los pequeños animalillos.
-Creo que primero deberíamos ir bajando todo esto al patio y una vez que se limpie subiremos solo las cosas que se necesiten – Inés volvió a cerrar la tapa del piano, y otra nube de polvo se desprendió del mueble. - ¿saben ustedes quien tocaba esto?
- La abuela de su esposo fue una gran aficionada a la música – comentó una de las doncellas.
-¿tú la conociste? – la preguntó Inés un poco extrañada. La sirvienta apenas parecía tener unos pocos años más que ella.
-No, señora. Pero mi madre lleva mucho tiempo trabajando para ustedes y alguna vez se lo he oído decir.
Inés asintió satisfecha. Se enrolló las mangas del vestido y comenzó a pasear por el desván abriendo de vez en cuando algún cajón u observando con interés varias muestras de coleccionista. Ese año el mercado benéfico seria todo un éxito y lo que sacaran lo entregarían a los pobres aldeanos que habían visto cómo sus cosechas habían sido inundadas con tantas lluvias.
Domingo, acompañado de varios criados más, se pusieron a las órdenes de Inés y en un abrir y cerrar de ojos, el desván se convirtió en el sitio más ajetreado de toda la casa.
Durante toda la mañana, la joven disfrutó rodeada de tesoros. Brincando de un lado a otro de la sala cuando los sirvientes la llamaban para que observara esto, o aquello. Su alegría era contagiosa y el trabajo resultó muy ameno para todos.
Corrió hacia la ventana cuando escuchó llegar al carruaje.
Pegando la nariz al cristal observó que Julián no llegaba solo. Reconoció al abogado de la familia. Ya lo había visto un par de veces desde que se muriera su padrastro.
-Voy a cambiarme – avisó Inés a Domingo – No tocar nada sin mí, por favor. Continuaremos más tarde.
Al entrar en el cuarto, comprobó horrorizada que se aspecto era lamentable. Necesitaba un baño con urgencia, pero no quería perder tiempo en esos momentos. Se despojó con rapidez de las polvorientas prendas y se cepilló enérgicamente el cabello. Se aseó lo mejor que pudo, volvió a recogerse la larga cabellera en un sencillo rodete sobre la cabeza y se enfundó en un fresco vestido de muselina color turquesa.
Antes de abandonar la habitación volvió a mirar su reflejo en el espejo, no estaba mal, pensó satisfecha a la vez que salía al pasillo.
-Buenos días, Inés –la voz de Ginés la detuvo a pocos pasos de la escalera.
-Buenos días –dijo un tanto seca. A pesar de la sugerencia de Julián, le costaba mantener la jovialidad que antaño habían compartido su cuñado y ella. Ahora eran demasiadas cosas las que le impedían verlo como al muchacho alegre y apuesto del que se había creído enamorada, pero su esposo tenía razón, si querían averiguar a qué estaba jugando el muchacho, tendría que simular normalidad.
-¿Dónde vas con tanta prisa? –preguntó con una sonrisa en los labios.
-Julián acaba de llegar con el abogado.
Sin añadir más comenzó a bajar las escaleras.
-Hablando de Julián –comentó con tono ligeramente misterioso- anoche os noté un poco tensos durante la cena.
Ya la había alcanzado y bajaba los escalones junto a ella.
Inés sintió que la sangre comenzaba a hervirle en las venas, el muy canalla había provocado intencionadamente aquella situación y ahora trataba de hacerse el inocente ante ella. Tuvo que morderse la lengua para no responder de malos modos, tomó aire, contó hasta diez y encogiéndose de hombros respondió:
-Ya sabes lo irritante que puede llegar a ser tu hermano, hemos discutido.
-Espero que no sea nada importante, se os veía tan felices estos últimos días –se lamentó con todo el cinismo que era capaz de mostrar.
-No lo sé Ginés… -se detuvo mirándolo directamente a los ojos- él también cree que en ocasiones no sé comportarme de acuerdo con mi actual posición –se lamentó.
No le gustaba mentir, pero había adquirido cierta experiencia al vivir con don José, dónde una respuesta poco adecuada podía costarle muy cara. Ahora su integridad física no estaba en juego, pero desenmascarar las intenciones de Ginés bien se merecían un poco de teatro.
-Es demasiado duro contigo, nunca sabrá valorarte y entenderte como siempre lo he hecho yo.
-Es cierto, tú sí que me entiendes -depositó la mano sobre el brazo de Ginés con un gesto suave y bien estudiado- menos mal que estás aquí, sino creo que no lo soportaría.
Ginés se regocijaba interiormente, mientras su rostro componía una suave y comprensiva expresión.
-Puedes contar conmigo para lo que sea –puso especial ímpetu en la última palabra.
Inés iba a responder, pero la voz seca y cortante de Julián se lo impidió.
-Inés, te estamos esperando –gruñó taladrándola con la mirada antes de volver a entrar en el despacho.
Inés, que se había envarado intencionadamente al escuchar la voz del marqués, dejó caer los hombros hacia delante y soltó el aire de forma sonora una vez que éste desapareció de su vista.
-Estoy comenzando a pensar que ellos tienen razón –se lamentó comenzando a caminar hacia la puerta que Julián había dejado entreabierta.
Ginés la observó alejarse. No sentía ningún tipo de remordimiento por lo que estaba haciendo, pero si las cosas entre aquellos dos continuaban mal, quizás podría hacer partícipe a Inés de sus planes. Si lograba ponerla de su parte, como antes de que se casara con su hermano, ella podría ser una buena aliada.
Meditando sobre aquella posibilidad se encaminó hacia los establos.
-¿Hacía falta que me miraras de esa forma tan horrible? –murmuró al entrar en el despacho a la vez que adornaba su rostro con una radiante sonrisa dirigida al abogado.
-Puedes hablar con total tranquilidad –respondió Julián divertido mientras la tomaba de la cintura y la acercaba hasta el lugar donde el letrado se encontraba- Darío es un hombre de fiar y está al tanto del extraño comportamiento de Ginés.
-Un placer volver a verla señora marquesa –saludó el hombre que ya se había puesto en pie.
-El placer es mío caballero, pero siéntense y continúen. No quiero interrumpir.
-Precisamente estábamos estudiando los documentos que Ginés te entregó –dijo Julián tomando asiento tras la recia mesa del despacho- Darío no ha encontrado nada sospechoso en ellos, todo parece estar en regla.
El abogado atajó la incipiente sonrisa de Inés aclarando:
-De todas formas creemos que todas las precauciones son pocas. La documentación no está completa, pero además voy a enviar a uno de mis ayudantes a estudiar los terrenos en los que supuestamente se encuentran estas minas.
-¿Se encuentran cerca? –preguntó curiosa.
-No precisamente.
Tras visitar la taberna para saber si le habían dejado algún mensaje, Ginés volvió a la hacienda con una sonrisa en la cara. El final cada vez estaba más cerca, la relación entre su hermano e Inés era cada vez más tirante. Esa noche tantearía al propio Julián para tratar de averiguar qué pensaba de su adorada esposa. Si todo marchaba como él esperaba Inés podría serle de más ayuda de lo que en un principio había pensado.
Casi le quemaba la punta de los dedos al pensar en la cantidad ingente de dinero que le iba a dar Julián cuando aceptara la inversión que le había presentado. Porque claro que iba a aceptarla, su plan no tenía ninguna fisura y por muy listo que fuera Julián no podría comprobar la veracidad de la inversión a tiempo. Esta vez él sería el vencedor, ganaría a Julián y todos se darían cuenta que él, Ginés, era más listo que su venerado hermano mayor. La sonrisa siniestra que asomó a su rostro deformó de tal manera sus facciones que hubiera sido difícil reconocerlo, hacía tiempo que la lejana voz de su conciencia se había acallado por fin. Ninguna distracción más.
En ese mismo momento en el interior de la biblioteca de la hacienda del marqués de Manrique, éste y su esposa mantenían una serena y sincera conversación.
- Ahora me he dado cuenta de ciertos comentarios de Ginés que no debería haber dicho, o por lo menos no con la intención de inmiscuirse en nuestras cosas – Inés suspiró mientras se hundía un poco más en la silla en la que estaba sentada frente al escritorio de Julián.
Julián se sentía dolido y traicionado por las últimas acciones de su hermano, pero también estaba furioso por ver cuán decepcionada y herida estaba Inés, ella que siempre se había portado bien con Ginés, que había sido su compañera de juegos y travesuras, la amiga más leal que se hubiera podido encontrar. Levantándose con agilidad rodeó el escritorio y se apoyó en la parte delantera de la mesa, a pocos centímetros de donde estaba su esposa.
- Ven aquí Inés – pidió Julián tendiéndole la mano. Tras una mirada interrogativa Inés se levantó y se acercó a Julián. Situándose entre sus piernas la acercó lo máximo que el vestido de día le permitía y acariciándole los brazos intentó animarla.
- Ginés nos ha decepcionado a todos y lo que más lamento es el dolor que te está causando – tras un ligero beso en la frente de su esposa continuó más animado – pero no te angusties, pronto sabremos qué es lo que está pasando en realidad. Solo tendremos que soportar esta situación un poco más.
Inés apoyó la cabeza en su hombro y suspiró. Lejos quedaron los días en que se arrepentía de su unión con Julián, de esa boda que había odiado y detestado con tanta pasión y que ahora comprendía era lo mejor que le había pasado. Esas semanas que habían transcurrido había aprendido a confiar plenamente en su esposo y también, casi sin darse cuenta había adquirido una independencia y una fortaleza de carácter que no creía poseer. Ahora, rodeada por los brazos de su amado esposo, comprendía que ya no era la joven que salió para casarse, sabía lo que quería y lo que tendría que hacer para defender su felicidad y la de Julián. No comprendía los motivos de Ginés, pero no dejaría que su influencia la apartara nuevamente de su esposo. Con la mirada perdida en las danzarinas llamas de la chimenea, Inés rememoró todos los instantes que había vivido junto a Julián y Ginés, desde la primera vez que Julián la vio subida a un árbol, la vez que la ayudó a subir a su poni, la risa contagiosa de Ginés.
- ¿en qué piensas Inés? – le preguntó suavemente su esposo mientras acariciaba de forma pausada su estrecha espalda.
- Estaba pensando que no me gusta esta situación, solo quiero que se acabe cuanto antes. No me gusta fingir ante Ginés, pero si con ello conseguimos aclararlo todo, que así sea – contestó con renovada arrojo. Julián fijó la mirada en la cara resuelta de Inés y un brillo de admiración llenó de calidez su mirada oscura.
- Yo también quiero que todo se aclare y no sé porqué pero creo que esta noche Ginés intentará convencerme otra vez de que acepte participar en esa inversión. Lo que no sabe es que a mi vez, intentaré averiguar algo más de sus planes. Con un poco de suerte, todo este asunto se aclarará pronto. Te lo prometo. – con ternura le asió la cara con las dos manos, acercó despacio sus labios a los de su esposa y saboreó la dulzura de su boca.