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La represión contra la oposición
democrática guerrillera
A M. José Vitini, muerto por la Libertad, que ha servido con bravura en las filas de las FFI en calidad de teniente coronel durante la guerra de liberación nacional. Tiene derecho al reconocimiento de la patria liberada.
Texto de la condecoración francesa al guerrillero español
JOSÉ VITINI FLÓREZ, fusilado por Franco,
28 de abril de 1945
IGUAL QUE LOS HUIDOS tuvieron que aprender a sobrevivir en el monte, también los vencedores tuvieron que aprender técnicas para reprimirlos, disciplina harto difícil y en la que tardaron años. Al principio se utilizó el ataque directo, operaciones de descubierta y expediciones de fuerza heterogénea (Ejército, Legión, regulares, Guardia Civil), casi siempre con un ingrediente muy significativo: el elemento paramilitar o civiles armados (afectos al régimen, falangistas y somatenes), lo cual reflejaba la perfecta conjunción entre los diversos estratos del nuevo orden y su apoyo en la base social fascistizada. A partir de 1941, la Guardia Civil se fue haciendo casi con la exclusiva de la represión y se inventó la ubicación de los destacamentos diseminados por el campo: patrullas de guardias con acuartelamiento permanente en ciertos caseríos o cortijos de zonas conflictivas. El uso de las tropas mercenarias de regulares se mantuvo en algunos lugares. Pero, ante la poca eficacia de las primeras estrategias, el régimen recurrió a la represión indirecta, con dos puntos básicos: la puesta en marcha de las contrapartidas y el acoso contundente —típica «guerra sucia»— contra enlaces, familiares y cualquier apoyo rural a la guerrilla. La contrapartida, que se dio en todas las zonas de España y en diferentes fechas, algunas muy tempranas, también tuvo carácter mixto: guardias civiles disfrazados de maquis y colaboradores civiles (derechistas, guardas, falangistas). Simulaban comportamientos guerrilleros, sin ahorrarse crímenes ni latrocinios, que achacaban luego a la guerrilla. Su objetivo era descubrir, con habilidad capciosa, los puntos de apoyo, y a partir de ahí actuar en consecuencia: redadas de enlaces, represalias o emboscadas a la guerrilla. Según testimonio de Emiliano Molina (sobrino del guerrillero «Comandante Honorio»), en Villarta de los Montes (Badajoz), «la contrapartida estaba compuesta por guardias civiles y por personal civil del pueblo, como los falangistas Felipe Portillo y Marcos “El Grajo”. Cometieron barbaridades por todos estos contornos, echando la culpa a los de la sierra. En el Bohonal de los Montes cometieron una violación, y mientras, el marido recibía una paliza atado a un chaparro. Como nosotros teníamos un atajo de cabras y estábamos siempre en el monte, por la sierra de La Lobera, a veces venía a vernos Honorio, en busca de comida, leche y alguna res que pudiéramos suministrarle. En el pueblo lo sospecharon, y mi padre y mi madre fueron encarcelados. Las palizas que sufrieron en la cárcel de Fuenlabrada de los Montes fueron descomunales. Nosotros, unos chavalillos, quedamos solos. Familiares fueron a hablar con Felipe Portillo, a ver si podían liberar a nuestros padres, y este les exigió 4000 pesetas, que no teníamos. Hubo que vender 14 cabras y un macho, para entregar el dinero al falangista»[291].
Por otra parte, lo más demoledor fueron los métodos de la «guerra sucia», desorbitada a partir de 1947 («trienio del terror»), con la cobertura del Decreto–Ley sobre Bandidaje y Terrorismo, de 18 de abril de 1947, y bajo la égida del hombre de confianza de Franco: general Camilo Alonso Vega, director de la Guardia Civil (1943–1955). Se recurrió a las peores aberraciones de todo tipo: delaciones, recompensas, engaños, torturas inenarrables, castigo a los familiares, y todavía peor, «paseos» y aplicaciones de la «ley de fugas» (ley que en estas fechas alcanzó su cota más trágica de la España negra), siendo sus víctimas ciudadanos inofensivos, unos enlaces y otros por lejana sospecha de serlo, y padres y hermanos y parientes de los maquis, por el único «delito» de ser familiares. El fin último era llevar el terror al medio rural, que en la posguerra inmediata no se había extendido, y se consiguió ahora plenamente. Así pues, conforme avanzaba 1946, libre ya el régimen de la temida intervención de los aliados, se lanzó sin tapujos a una batalla sin cuartel contra la sierra y el llano.
La zona Centro recibió muy tempranamente golpes muy duros, de efectos demoledores. La I.ª Agrupación (Cáceres–Toledo) empezó a dar traspiés después del desastre en el campamento guerrillero de cerro Ballesteros (Navalvillar de Ibor, Cáceres), en la noche del 30–31 de diciembre de 1945. La causa de la desgracia, como siempre, un guerrillero desertor y confidente (Luis Rodríguez López «Sancho», de Aldeanueva de San Bartolomé, Toledo, que se dejó detener dos días antes, el 28 de diciembre. Delató el campamento citado, que era la guerrilla de «Jabato», de la División de «Quincoces»). La tarde del día 30 se pusieron en acción 50 guardias civiles (de Navalmoral de la Mata y de Garvín, al mando del brigada León Antúnez). De madrugada cercaron el campamento en varios círculos concéntricos. Al amanecer apresuraron el asalto. Los guerrilleros, por el ruido de la maleza pudieron prevenirse algo y se dispersaron para la defensa. Lucharon por romper el cerco, pero chocaban con la barrera infranqueable de los disparos y cayeron los primeros muertos («Jabato», que hizo honor a su apodo, «Jopo» y «Sergio»). Tras una hora de tiroteo, otros cinco se rindieron («Madroño», «Regate», «Carrete», «Alcalde» y «Andaluz»)[292]. Por el arroyo abajo lograron escapar varios (dos mujeres: «La Jopa» y «Daniela», y el hermano de esta, «Mejicano»). En el último momento, cuando los represores iban a destruir e incendiar los restos del campamento, se oyó el llanto de un niño de pecho de ocho días, hijo de «Madroño» y «Daniela», al cual entregaron en el Ayuntamiento de Garvín. Este aniquilamiento de la guerrilla de «Jabato» sembró una desmoralización total en la I.ª Agrupación, de manera que a partir de enero de 1946 menudearon las deserciones y las entregas a la Guardia Civil, con el consiguiente caos y desconcierto. En un «Informe sobre la Primera Agrupación» dirigido al Partido (10 de agosto de 1946), donde se recogían declaraciones de «Chaquetalarga», se consideraba también como origen de los males la labor perniciosa de otra deserción, la de «Carretero» (José Ballesteros, de Millanes), en realidad un «provocador» que la Guardia Civil logró infiltrar en las filas de «Chaquetalarga», y que se entregó el 10 de noviembre de 1945[293], causando enorme daño a la guerrilla.
Después, una sucesión de golpes represivos a lo largo de 1946 dio al traste con la I.ª Agrupación. El 20 de abril, en la Cerca de Viderilla (Zarza de Granadilla), propiedad de Miguel Blanco Domínguez, cayó detenido el dirigente y emisario de Madrid Pedro Rodríguez González «Fedor», al que ya conocemos por intervenir en la creación de la Agrupación de Albacete en 1945. Se pretendía celebrar una reunión con los mandos de la I.ª Agrupación, no sabemos bien con qué objeto, pero se anticipó la fuerza represora[294]. En el verano, en la madrugada del 31 de julio pereció el líder carismático de Cáceres: «El Francés» (Pedro José Marquino Monje, cordobés de Hinojosa del Duque). Un error táctico le llevó a la muerte, por querer visitar una estafeta ya «quemada», en la Umbría de Peña Falcón (Serradilla), donde solía contactar con la guerrilla de «Calandrio». Una deserción en abril dejó descubierta la estafeta, pero pensó que tres meses después no sería ya objeto de vigilancia. Se equivocó. Una contrapartida lo estaba esperando. La caída del jefe de la 12.ª División causó otra desmoralización insuperable.
Con todo, el golpe definitivo ocurrió el 13 de septiembre de 1946 en la huerta Gregorios de Talavera de la Reina. Perecieron (suicidados con la última bala de su arma) el jefe de la Agrupación de Gredos, Manuel Tabernero Antona «Lyon» o «Miguel», y el recién destituido Jesús Bayón González «Carlos». Fernando Bueno Savaro «José», delegado político de Gredos, logró escapar. No así el delegado de propaganda José A. Llerandi, que fue detenido, causante indirecto del desastre, porque provenía de la guerrilla urbana de Madrid y pasó a la guerrilla de Gredos en julio de 1946. Pero dejó pistas tras de sí, y así llegó la policía de Madrid a Talavera, y se topó con los cuatro jefes recién llegados de Gredos, desgraciadamente, el día anterior. Tras el primer tiroteo en plena mañana, «Lyon» y «Carlos» se refugiaron en un maizal, pero vino la Guardia Civil de Talavera, mandada por el entonces teniente Ángel Ruiz Ayúcar. Los cercaron sin escapatoria y ambos jefes, en cumplimiento del código guerrillero, se suicidaron. No tuvo ese coraje José A. Llerandi. En el interrogatorio declaró el escondite del jefe «Fermín» en Madrid, que en la madrugada siguiente (14 de septiembre) fue detenido. Ambos acabaron, codo con codo, ante el pelotón de fusilamiento, el 14 de enero de 1947[295].
El último acto importante de la tragedia cacereña y toledana fue la eliminación de «Quincoces», jefe de la 14.ª División, el 27 de octubre de 1946, en el lugar Gargantilla de la Ciega (Valdelacasa de Tajo). La detención de otro guerrillero al llegar a Madrid, Crescencio Sánchez Carrasco «Pitarra» o «Valle», llevó al descubrimiento del enlace de Valdelacasa, Eduardo Blas Romero «El Manco», el cual se vio obligado a confesar que en la tarde del día citado vendrían a verlo «Quincoces» y «Lenin» o «Soria», este último hermano de Eduardo. El comandante Gómez Arroyo, a las órdenes directas de Eulogio Limia, el teniente coronel de Toledo, organizó la emboscada. Cuando aparecieron «Quincoces» y «Lenin», fueron acribillados. Se atribuyó el trofeo de acabar con «Quincoces» el cabo Daniel de la Cruz Navas. Luego, para evitar testigos incómodos, le aplicaron el «paseo» al enlace citado. Después de estos sucesos, ya sólo quedaba en la zona el jefe de la 13.ª División, «Chaquetalarga» o «Carrillo». Acompañado sólo de los íntimos (Víctor Roque Sánchez, Pedro Alcocer Nieto y las hermanas María y Paula Rodríguez Juárez) se pegaron al terreno a la espera de pasar el invierno. El 30 de mayo de 1947, desde los valles de Puebla Don Rodrigo (Ciudad Real), los tres hombres abandonaron a las dos mujeres (Paula, a punto de dar a luz), diciéndoles que iban «a por patatas», y tomaron el camino de Francia. Pedro murió de fiebres en el trayecto. Los otros dos, al cabo de 40 días de peligros, cruzaron la frontera. Los métodos maquievélicos del teniente coronel Limia acabaron con la V Agrupación, y a continuación acabaría con la 2.ª Agrupación, Ciudad Real, adonde fue trasladado en agosto de 1947.
El año 1947 ya había empezado mal en Ciudad Real. El 11 de enero, la policía logró descubrir el escondite del instructor y delegado político enviado desde Madrid un año antes, Luis Ortiz de la Torre «Ruiz» o «Luisito», y lo acribillaron de madrugada, junto con Silverio Alcalde Sánchez, su ayudante, en una casa de las afueras de Puertollano, por la salida de Almodóvar. «Ruiz» era un dirigente de alta cualificación, venido de Francia y condecorado en la resistencia, nacido en Astillero (Santander). Fue teniente de Transmisiones en el Ejército del Norte y condecorado en la batalla del Ebro. La 2.ª Agrupación se resintió al perder su capacidad organizativa. El 21 de abril, la fuerza represora situada en Almadén (guardias y regulares) acabaron con el que había sido jefe de la 2.ª Agrupación, entre 1945–1946, el anarquista «Veneno» (Norberto Castillejo). Una acción de suministro dada la tarde anterior en la finca Los Matutes, de Caracollera, la rápida denuncia y la poca prisa de los maquis en poner tierra por medio, les llevó a ser cercados aquella misma noche en el lugar Montegícar (Almadén). A primera mañana del día 21 los tirotearon y cayeron «Veneno» y «Mera», mientras quedaban detenidos «Timochenko» y «Templao». A este lo fusilaron luego en la capital, porque mantuvo su dignidad. El otro se libró, porque se convirtió en colaborador de la contrapartida.
El comienzo del fin se inició con la emboscada ocurrida el 28 de septiembre de 1947, en el lugar Molino de Las Hoces (Viso del Marqués), donde la guerrilla de «Perico» fue casi eliminada. Por la tarde, la célebre contrapartida del sargento José Ruano detectó a un enlace que iba con una bestia cargada de víveres. Lo siguieron y avistaron el campamento, que atacaron en cuanto anocheció. Cuando los maquis se hallaban desprevenidos, los guardias se les echaron encima. Perecieron: «Tonterías», «Aragonés», el enlace y «Gitano» o «Largo de la Carmela» (de Belalcázar), pero este, antes de expirar, aún tuvo coraje para algo insólito. Cuando se acercaba Ruano para contar sus piezas, «Gitano» se echó el arma a la cara y de un tiro certero acabó con la vida del sargento, azote de los maquis desde Toledo a la sierra de Sevilla. Quien a hierro mata a hierro muere. «Gitano» fue entonces rematado, no por la Guardia Civil, sino por un ex compañero traidor, «El Viruta», que desde Cáceres venía al servicio de la contrapartida. Con todo, los males no acabaron ahí. El único superviviente fue «Perico» o «Pedro el Cruel» (Vicente Rubio Babiano, de Agudo, Ciudad Real), debió ser presa de la desmoralización y anduvo solo varios meses, hasta que consumó sus maquinaciones y fue a entregarse lo más lejos posible, a Polán (Toledo), el 19 de abril de 1948. El teniente coronel Limia lo reclamó enseguida a Ciudad Real. «Perico» se ofreció incondicional y el daño resultó catastrófico. El testimonio actual de «Veneno» aclara que el mismo papel traidor, o más, representó el retorcido «Rene», que fue capturado la primera vez en Almodóvar (el 22 de agosto de 1947), y el teniente coronel Limia lo puso a «colaborar» en la contrapartida, pero se escapó y se fue otra vez con sus compañeros. Lo que no dice la versión oficial es que en esta ocasión iba ya como «agente doble». Cuando la segunda y definitiva captura (Malagón, el 27 de mayo de 1948), llevaba ya un año pasando información a la Guardia Civil[296].
Para empezar, «Perico» reveló un punto de apoyo en la Huerta Buñuelo (Piedrabuena), adonde solía acudir el jefe de facto de la Agrupación, Ramón Guerreiro «Julio». Marchó allí la contrapartida del cabo Eladio García Vera, con «Perico» como guía. En la casa le hicieron la espera varios días, hasta que en la mañana del ocho de mayo de 1948 apareció «Julio». Una descarga cerrada acabó con su vida. «Perico» pidió luego recompensa (30 000 pts.) y alegaba como méritos que las heridas de escopeta de postas que «Julio» tenía en el costado, eran las suyas[297]. Después, «Perico» (y también «Rene») dio la pista para derribar el EM de la Agrupación, escondido entre Ciudad Real y Malagón. Primero, «Perico» llevó a los guardias a otro punto de apoyo, la finca Las Nenas, en la salida de Ciudad Real a Piedrabuena. Llegaron el 26 de mayo. Esperaron al anochecer, momento en el que se adelantó «Perico», que no tuvo problema para que el dueño, Eduardo García Castellanos, le franqueara la entrada. Y a una señal convenida, al amanecer del 27 de mayo, la fuerza asaltó la casa. Dentro fueron capturados: Manuel Guerreiro Gómez «Antonio» (hermano de «Julio»), encargado de propaganda, y Honorio Delgado Blanco «Rene», asturiano, venido de Francia en 1945, destinado a Cáceres y luego a Ciudad Real. Ambos presos se convirtieron en «colaboradores» de Limia («Rene», ahora abiertamente). El paso siguiente fue revelar dónde se encontraba la multicopista y redacción del periódico Lucha, custodiada por «Narciso» (Domingo Cortecero Gómez), en una casa de las afueras de Malagón, propiedad de un tal Chaparra. El mismo día 27, allá se dirigió la contrapartida del cabo Eladio, guiada por «Rene». Todo el aparato de propaganda fue incautado y «Narciso» cayó en la red. A continuación, fue «Rene» quien llevó a los represores ante la base en la que se ocultaba el jefe de iure de la 2.ª Agrupación, Dionisio Castellanos «Palomo» (cordobés, de Belalcázar, socialista), en la sierra de Malagón, finca El Álamo o Casa Pescador, propiedad de Pascual Saturio Nevado. Era la noche del 4–5 de junio de 1948. «Rene» dio la consigna y entró como si tal cosa. «Palomo» se hallaba en compañía de «Palmero», un guerrillero de «Veneno», que estaba allí de paso. Charlaron, se dieron tabaco y «Palomo» preguntó a «Rene» por «Antonio». «Ahí fuera está —contestó el traidor—; voy fuera para llamarlo». Era la señal convenida. En cuanto salió, comenzó el ataque de la Guardia Civil. El débil «Palomo» apresuró un conato de resistencia. Incluso hirieron a un guardia. «Rene» gritaba: «¡Palomo, entrégate, que no te pasará nada!». Y al cabo de un rato se rindieron. Llevados antes el maquiavélico Limia y a la vista de sus métodos omnipotentes, ambos guerrilleros quedaron hipnotizados, sumisos y obedientes. Limia gozaba eufórico ante la pingüe redada de aquellas semanas y puso rápidamente a trabajar a aquel nuevo «ejército» de reclutas traidores. Integrados en las contrapartidas, empezaron a corretear y patear montes y valles, con mucha más dedicación que lo habían hecho antes como guerrilleros. Algunos escritores sesudos han alumbrado raras teorías sobre la pléyade de delatores en la zona Centro. No quiere decir que el terreno aquí sea más abonado para ello ni los temperamentos más proclives. Simplemente, todo se debe al método represivo empleado. Si el poder dictatorial quiere traidores, sus métodos de coacción son suficientes para conseguirlos en abundancia y para doblegar a hombres íntegros hasta entonces. Si el poder dictatorial prefiere a los guerrilleros muertos (lo que ocurrió en Córdoba, Jaén, etc.), habrá muchos cadáveres (en Galicia gustaban aplicarles el garrote vil) y pocos traidores, aunque haberlos, húbolos en todas partes. Las tiranías y dictaduras siempre han sido degradantes de la naturaleza humana.
«Palomo», en manos de Limia, se convirtió en una figura trágica y grotesca al mismo tiempo. Su primer servicio de sangre lo perpetró el 20 de julio de 1948, haciendo morir en la trampa a su compañero y amigo «Cerro», según informe del propio Limia sobre la actuación de «Palomo»: «ha venido colaborando con el mayor celo e interés, habiendo facilitado una valiosa información sobre las partidas que quedan en la sierra, habiendo citado al cabecilla “Gafas”, jefe de la titulada 21 División, para que acudiese a un determinado lugar de Sierra Morena, el día 20 de julio último, no compareciendo aquel, y sí tan sólo el bandolero Doroteo Cerro Carnero “Enrique” o “Cerro”, que fue muerto por la fuerza que acompañaba al “Palomo”. En el desarrollo de este servicio es de notar la lealtad y celo con que actuó el citado confidente»[298]. Después de otros «servicios», cuando Limia fue trasladado para liquidar la guerrilla en Granada (octubre de 1949), se llevó consigo a estos «fieles» integrados en sus contrapartidas: «Palomo», «Rene» y «Antonio». En Ciudad Real se quedaron: «Viruta», «Perico» y «Palmero». Todos conservaron la vida a cambio, excepto «Palomo», que después de ser utilizado al máximo y hacerle concebir falsas esperanzas, lo fusilaron en Ocaña, el 25 de agosto de 1951. Como consecuencia del desastre de 1948, al terminar aquel verano quedó aniquilada la Agrupación de Ciudad Real, salvo «Manco de Agudo», oculto como animal acorralado y la guerrilla de Francisco «Veneno».
En Badajoz no se constituyó agrupación guerrillera propia, pero ocurrieron numerosos hechos represivos dispersos. Sus guerrilleros militaban en la Agrupación de Córdoba o en la de Ciudad Real, pero recorrían a menudo su tierra natal. Un suceso especialmente sangriento fue la eliminación de «El Botijo» (Máximo Muñoz Jorge) en su pueblo, Helechosa de los Montes, cuando se presentó en su casa en la navidad de 1944, infiltrado desde Francia con los maquis. El deseo de ver a sus familias, en este caso su esposa y su hija, animó a muchos maquis al paso de los Pirineos. Enseguida llegaron rumores al cuartel de Helechosa, y una turbamulta de guardias, vecinos adictos, el alcalde, guardias municipales y falangistas acudió aventurera al domicilio de «Botijo», el primero de enero de 1945. El sargento y un guardia llamaron a la puerta. La mujer aseguró que su marido estaba en Francia; pero se empeñaron en inspeccionar, hasta que cayeron muertos por una ráfaga que les lanzó «Botijo», escondido tras una cortina. La turbamulta callejera cercó la casa, pero «Botijo» se abrió paso a tiros y dejó muerto a un guardia municipal. Cuando ya corría hacia las afueras del pueblo, tuvo la mala suerte de recibir en el cuello un disparo del alcalde. A duras penas siguió corriendo y alcanzó el descampado en la noche. Al día siguiente encontraron su cadáver desangrado. El intento de introducir en Badajoz a algún maquis desde Francia había fracasado.
También a Córdoba llegó media docena de maquis desde Francia, a finales de 1945, en dos grupos: uno, con Alfonso Nevado y Ricardo Bueno («Andrés Piniers»), que se incorporaron a la guerrilla cordobesa a comienzos de 1946. El 20 de noviembre de 1945 entraron por San Sebastián: «Antonio» (de Pozoblanco) y Arsenio López Valladares, portadores de una emisora, en dos maletas, que había encargado el jefe de Córdoba, «Mario de Rosa», para instalarla en Sierra Morena. Vía Madrid, llegaron a Sevilla, y allí les salió al encuentro «Mario de Rosa», que les presentó a «Carrete» (de Pozoblanco), otro llegado de Francia, que actuó de guía para llevar la emisora a la sierra de Córdoba. Una avería impidió ponerla en marcha, por lo que «Antonio» y Valladares viajaron a Madrid a por recambios. Pero la policía les seguía los pasos y en la calle Argumosa fueron detenidos. Mientras tanto, otra pareja de maquis también había aterrizado en el norte de Córdoba, desde el Pirineo catalán, vía Barcelona y Sevilla: Juan Cachinero «Feo» (de Cárdena) y «Sastre» o «Domingo» (Juan Ruiz García). Recibieron misiones en el norte de Córdoba, además de intentar reorganizar el comité provincial del PCE en Don Benito y Badajoz. Cuando volvieron a Sevilla, a la pensión Ramos, la Guardia Civil los estaba esperando. Otro enviado de Francia en 1946, José Benítez Rufo, fue a parar enseguida a la prisión de Córdoba. Peor suerte tuvo «Capitán Carrete» en Pozoblanco. Cuando visitaba a sus padres en el cortijo La Eliseda, delatado por un vecino (Valentín Gómez, luego «ajusticiado» por la guerrilla), fue eliminado por la Guardia Civil el siete de mayo de 1946. Por último, Alfonso Nevado Asencio (de Villanueva de Córdoba) y varios convocados perecieron en una gran emboscada del comandante Machado (de Villanueva de Córdoba), el 25 de abril de 1947, en el cerro del Quejigo (Montoro), cuando celebraban una asamblea, tal vez para introducirse a organizar la guerrilla en Jaén. Cercados durante la noche, tras el asalto apocalíptico de una nube de guardias a tiros y a bombazo limpio, quedaron cinco cadáveres sobre el monte. Sólo uno escapó, herido en una pierna, el astuto y escurridizo «Castaño», de Pozoblanco. Todo estuvo urdido por el único enlace que tenía noticia de la asamblea: José Martínez Capitán «El Chunga», de Villanueva, agente doble entre Machado y la guerrilla, que causó estragos entre 1947–1948. Con el desastre del cerro del Quejigo se frustró y terminó la labor de los maquis «franceses» en Sierra Morena.
La guerrilla en Córdoba era muy prometedora en 1946, sobre todo tras la oleada de nuevas incorporaciones en ese año y comienzos de 1947, más de 70[299], debido a la labor de captación de «Mario de Rosa», como los nuevos de Pozoblanco («Caraquemá», «Castaño», «Terrones», «Pincho»), los nuevos de Hinojosa («Saltacharquitos», «Cucala», «Teclo», «Ferrera», «Zoilo»), los nuevos incorporados desde Córdoba capital («Godoy del Pueblo», «Polanco», «Felipe», «Curro de Añora»), los de Villaviciosa («Ramillos», «Botasfinas», «Los Pelaos», los hermanos Martín Benítez) o los de aldeas de Fuenteovejuna y cuenca minera de Peñarroya (los hermanos Habas Rodríguez, Florentino «Fermín»). Este último, Florentino Flores González, de la JSU, minero y trabajador en la vía férrea, fue captado a los 19 años en Peñarroya a finales de 1946. El 13 de enero de 1947 hizo llegar a su madre una cuartilla, con saludos «del Ejército Guerrillero de la República», con un dibujo de montañas por las que «subo con todos los guerrilleros» y pidiéndole «perdón por lo ocurrido [su incorporación repentina], pero sería este mi destino». Le ruega sepa «guardar su secreto» y termina con un «Viva la República»[300]. El destino de este joven «Fermín» fue trágico y rápido. El 31 de marzo de 1947, en la casilla del Pollo, finca Las Herrumbres (Santa Eufemia), delatados y cercados por guardias y falangistas a las 4 de la tarde, dos guerrilleros pudieron escapar en el fragor del tiroteo, pero tres cayeron muertos, entre ellos «Fermín». Acababa de cumplir 20 años.
Esta guerrilla cordobesa, tan numerosa y enardecida, tuvo mala suerte al perder su Estado Mayor demasiado pronto, en junio de 1947. Situado el cuartel general en el cortijo Las Dalias (entre Villaviciosa y Fuenteovejuna), bajo la dirección de Julián Caballero (el jefe supremo, «Mario de Rosa», hacía visitas intermitentes desde sus ocultamientos en Sevilla, que nunca hemos identificado), tenían aquel final de primavera de 1947 un campamento adicional en la Umbría de la Huesa (Villaviciosa). Un aciago destino interpuso la figura del delator o delatores, aún sin concretar con claridad. Se habló de «Los Corchetes» (padre e hijo), guerrilleros desertores poco antes; o tal vez Enrique Español Ruiz, otro desertor del mes de marzo anterior. Reciente fuente oral apunta hacia Pedro Muñoz Gómez «Legaña», de Pedroche, que se entregó y estuvo mucho tiempo protegido por la Guardia Civil. Al amanecer del once de junio de 1947, la media docena del EM, cercados por medio centenar de guardias durante la noche, fueron atacados por la parte superior de la ladera. Los guerrilleros corrieron hacia el arroyo para enfilar una garganta, pero allí los esperaba una contrapartida. Cayeron los primeros muertos. Julián Caballero decidió suicidarse en el último momento, lo mismo que la guerrillera del grupo, María Josefa López Garrido «La Mojea». Los muertos restantes eran: Librado Pérez Díaz «Jorge Clavijo», Melchor Ranchal «Curro de Añora» y Ángel Moreno «El Pincho». Hubo un capturado vivo: José Merino Campos «Felipe». La jornada fue de exaltación represiva. En Villaviciosa ejercía su tiranía particular el capitán Tamayo Díaz, y acudieron el jefe de la Comandancia, teniente coronel Martín Rodríguez, y el jefe de Córdoba–Jaén, coronel Santiago Garrigós Bernabéu (educado en la escuela sangrienta de Queipo de Llano, en 1936–1937). Los cadáveres fueron expuestos, para alborozo de los adictos al régimen, en Villaviciosa, en Pozoblanco y en Villanueva de Córdoba. Tan enorme desastre dejó la 3.ª Agrupación cordobesa a la deriva. «Mario de Rosa» intentó reflotar aquel barco herido, situó una nueva base en Los Baldíos (Fuente del Arco, Badajoz), siendo sus dos nuevos hombres fuertes: «Godoy del Pueblo», comunista, y «Durruti» o «Eugenio del Real», anarquista. El centro de actividad se desplazó entonces hacia la sierra de Sevilla. En fecha indeterminada, tal vez primavera de 1948, «Mario de Rosa» abandonó Sierra Morena y se camufló en Valencia, donde caería abatido por la policía el 13 de abril de 1950. A los últimos jefes de la 3.ª Agrupación los veremos caer detenidos en 1951, camuflados ya como jornaleros del campo, y fusilados en Sevilla en 1953.
La peculiar guerrilla independiente de Jaén sufrió también un horrible calvario represivo, bajo el látigo y la pólvora del teniente coronel Luis Marzal Albarrán. El golpe más decisivo ocurrió el 17 de julio de 1947, dentro del casco urbano de Valdepeñas de Jaén, contra el principal jefe guerrillero, Tomás Villén Roldan «El Cencerro» (de Castillo de Locubín, comunista). Como siempre, la causa del desastre estaba en un guerrillero desertor y traidor, Toribio Baeza Palomino, que mató a golpes a un compañero (Antonio Olmo «Rábano») y se entregó a la Guardia Civil. Siguiendo el hilo de sus confidencias, se llegó al escondite del jefe «Cencerro» y su lugarteniente José Crispín Pérez, en una casa de la calle del Sol, en las afueras de Valdepeñas de Jaén. Con una compañía de guardias se cercó la casa el 16 de julio y estalló el ataque con derroche de fusilería y bombas. Se sumaron elementos falangistas y guardias municipales. Ante la duración del asedio, el propio teniente coronel Marzal se hizo presente. Utilizaron como escudo humano a María Chica, hermana del dueño de la casa, la cual quedó herida grave. Luego, obligaron a cuatro enlaces a entrar en la casa para parlamentar, pero cuando quisieron salir, porque «Cencerro» se negó a cualquier rendición, ya no los dejaron salir. La batalla resultaba tan interesante que el propio jefe del 5.º Tercio (Córdoba–Jaén), coronel Santiago Garrigós, también acudió al escenario campal. Declinaba la tarde y apilaron leña y ramas sobre la puerta, gasolina y dinamita, con lo que explosionaron e incendiaron la vivienda. Cuando los atacantes se acercaban a las ruinas, los dos guerrilleros, que se habían pasado a la casa vecina horadando tabiques, los recibieron a tiros. La noche se echó encima y hubo que empezar de nuevo al día siguiente. Los dos guerrilleros, dispuestos a morir luchando, pasaron la noche velando su muerte segura y rompiendo el dinero que tenían. Con el nuevo día, 17 de julio, se reanudó la batalla y se dinamitó la segunda vivienda. Al inspeccionar los escombros, nuevos disparos salían de una cueva contigua. Vuelta al ataque y vuelta a la voladura con dinamita. «Cencerro» y «Crispín» se dispusieron para el acto supremo de lealtad a su causa comunista y republicana. Sacaron sus pistolas, se abrazaron, cruzaron sus brazos y reservaron para ellos el último disparo en la sien. Desde la desesperación de los vencidos en el puerto de Alicante, en 1939, el suicidio se había convertido en aquella España arrodillada en la última protesta contra el fascismo. Como poetizó Luis Cernuda, bastaba «[…] este acto solo, esta fe sola / como testigo irrefutable / de toda la nobleza humana».
La cueva saltó por los aires. Todo el día se afanaron en retirar escombros, hasta que a última hora hallaron los cuerpos de los dos guerrilleros, uno junto al otro, con sus pistolas al lado y un agujero en la sien. El balance fue de siete cadáveres (los dos citados, más los cuatro enlaces —muertos en la primera dinamitación— y un falangista) y cuatro heridos (María Chica y tres guardias). Los cadáveres de los guerrilleros fueron expuestos al escarnio público: «Cencerro» en Castillo de Locubín, y «Crispín», en Martos[301]. En lo sucesivo, la guerrilla de Jaén, acéfala, se dispersó y fue cayendo en tiroteos y emboscadas sucesivas hasta 1950.
La 5.ª Agrupación (Albacete) recibió en 1947 un castigo de efectos fulminantes. El primer desastre ocurrió a primera mañana del ocho de marzo, en el cortijo Los Marines (El Salobre), donde pereció casi toda la guerrilla de Antonio Hidalgo «Atila». Los datos de la Guardia Civil han vinculado siempre este golpe represivo con los golpes económicos que esta guerrilla llevó a cabo unos días antes en Cotillas y en Villaverde del Guadalimar (aquí obtuvieron 300 000 pts. en la fábrica resinera). La persecución subsiguiente, se afirma, condujo al suceso de Los Marines. Sin embargo, el testimonio actual de «Mariano» (Antonio Esteban Garvi) nos lleva a la realidad exacta de los hechos. Todo partió de la delación del casero de un cortijo próximo, Miguel Salto Martín, que la noche anterior vio entrar a los guerrilleros en Los Marines, con motivo de una fuerte tormenta, y rápidamente dio cuenta en el cuartel de El Salobre. Guardias, somatenes y falangistas de aquí y de Alcaraz pusieron cerco a la casa durante la noche, dirigidos por el brigada Froilán Briz Ortega. Al llegar el día, el brigada llamó a la puerta. Salió el casero (Anastasio Rodríguez) y le preguntó si había hombres en casa. El casero negó, pero el brigada se empeñó en registrar. De momento, no vio nada, porque los cinco guerrilleros se ocultaban en un pequeño pozo ciego, tapado con una tinaja. Con todo, el delator no cesaba de insistir en que estaban allí, porque no los había visto salir. Se repitieron los registros, sin resultado. En un momento dado, ya que estaban amontonados en el agujero, «Atila» decidió salir y se ocultó bajo la cama de una habitación que ya habían inspeccionado, con tan mala suerte que el brigada entró otra vez a mirar. Al husmear bajo la cama, recibió una descarga y quedó muerto en el acto. Heridos, un guardia y el somatén Juan Araque (de Alcaraz). Se desencadenó la tragedia. Una bomba lanzada contra la cama, acabó con la vida de «Atila». Los represores tomaron posiciones fuera de la vivienda. Los cuatro guerrilleros restantes salieron del agujero y se distribuyeron por la casa para la defensa. Mientras tanto, un somatén de Alcaraz (el citado u otro) se tomó la justicia por su mano y mató de un tiro en la cabeza al casero Anastasio. La versión oficial, que no es cierta, atribuye la acción a la Guardia Civil, cosa habitual en estos casos. Los guerrilleros hicieron una salida a la desesperada. Mientras dos caían muertos a la puerta y otro, herido de muerte, lograba llegar hasta el río, para caer exánime a la otra orilla, otro guerrillero, Eduardo Martínez Carmona «Porrones» o «Pancho», logró escabullirse y alcanzar el cerro próximo, sólo con una herida leve en el cuello. Fue el único superviviente. Perecieron: «Atila», «Enrique», «Nicolás», Silverio León y el casero Anastasio Rodríguez. La Agrupación juró venganza contra el somatén de Alcaraz y contra el delator Miguel Salto. No acertaron con el primero, pero sí con el segundo. Se encargó la misión a «Fernando» (yendo «Mariano» como vigilante). Se aproximó a la casa del delator y, cuando este salía, lo mató a tiros. Era el 12 de julio de 1947.
La gran desgracia de la 5.ª Agrupación estuvo provocada por un guerrillero imprudente e irresponsable, el apodado «Piti» o «Pichi» (José Díaz Estévez, venido de Francia, que «Fedor» trajo a Albacete en el otoño de 1945). La guerrilla de «Regalo» o «Pocarropa» mandó a «Piti» y a «Jorge» (Andrés María Picazo, practicante) a Albacete capital, a finales de agosto, a entrevistarse con el comité provincial, a conseguir material para la multicopista y a conectar con la Agrupación Guerrillera de Levante. Se ocultaban en una casa de las afueras, en la Vereda de Jaén, cuyo dueño era «El cojo zapatero», con un mal vicio para ser enlace: le gustaba demasiado el vino. Aprovechando que «Piti» acudió a la consulta del Dr. Beltrán, por padecer dolores de estómago, al salir, «El cojo» lo llevó a tomar copas, en pleno día, por la Plaza Mayor. Ya alegres por el vino, a «Piti» se le resbaló la pistola pantalón abajo y, aunque la recogió enseguida, fue observado por un guardia municipal, el cual los siguió hasta conocer la vivienda. El nuevo error fue no comunicar a «Jorge» lo ocurrido, el cual, ignorante de todo, salió aquella noche (29–30 de agosto) él solo a una nueva misión en el pueblo de Madrigueras, según testimonio del propio Picazo[302], de donde regresó a la tercera noche. Al intentar entrar en casa de «El cojo zapatero», un silencio extraño le hizo barruntar una encerrona, como así fue, cuando empezaron a lloverle disparos. Pudo escapar de milagro arrojando una bomba de mano, puso tierra por medio y buscó refugio en casas de gente conocida. «El Piti» había sido detenido la noche de marras y como todo buen borracho se fue de la lengua. Delató toda la organización del PCE, que se hallaba constituida en 54 pueblos (14 de ellos en Ciudad Real). En los días siguientes cayeron un centenar de militantes en toda la provincia, más 63 enlaces de la guerrilla y 98 colaboradores. Toda una hecatombe. Y lo más grave: delató la base donde se ocultaba la multicopista y el resto de su guerrilla, la Casa Corazón, término de Lezuza, base que fue asaltada el ocho de septiembre de 1947. Perecieron: «Andrés» y «Maroto». Capturado: «Regalo» o «Pocarropa» (en agosto de 1948 lo fusilaron), y escapó herido «Panizares». Todo el aparato de propaganda fue desmantelado. La casa de Emiliano Espinosa en Tomelloso también fue delatada y allí perecieron en otro asalto, el nueve de octubre: «Zabala» y «Modisto», mientras «El Viejo» era detenido y también delató a raudales. El jefe, «Pepe», según acuerdo del pleno de Cinco Navajos, se hallaba en Madrid intentando conectar con el Partido, pero con tantos detenidos y delatores por medio, su paradero en Madrid lo supo enseguida el capitán Sánchez Montoya, de Alcázar de San Juan, cuyos guardias atacaron el núm. 23 de la madrileña calle Gravina, en la madrugada del 22 de octubre de 1947, y allí sucumbieron: «Pepe» (Cecilio Martín Borja, de Toledo), su compañera Manuela Ángel Rodríguez, y el guerrillero «Panizares» (Eugenio Palacios, de Socuéllamos). La jefatura de la 5.ª Agrupación había desaparecido. Sólo quedaban dos guerrillas maltrechas. La de «Fernando» se ocultaba en la Huerta Porrina (Torre de Juan Abad, Ciudad Real), pero en la madrugada del 24 de octubre ya estaban cercados y los pillaron in albis en su cueva refugio: «Fernando» (Eugenio Sánchez Diéguez), «Manuel» (Dionisio Castillo), «Porrones» (Eduardo Martínez), «Valenciano» (José Patón Moya) y «Palizas» (Arcángel Álamo). El primero acabó fusilado en Madrid (el 27 de abril de 1950). Al día siguiente, 25 de octubre, como efecto dominó, fueron capturados otros dos guerrilleros en Valdepeñas, en la casa de Tomás Ortiz: Antonio Esteban Garvi «Mariano» (delegado político) y Antonio Moreno Manzano «Lister» (instructor de guerrillas, de La Haba, Badajoz), ambos de alta cualificación política. «Lister» tenía, además, en su contra el hecho de provenir del maquis francés y el ser hermano del teniente Moreno, implicado en la muerte de Calvo Sotelo. En consecuencia, tres días después, el 28 de octubre, lo sacaron a un descampado de Valdepeñas y le aplicaron la «ley de fugas». Cayó así uno de los artífices de la 5.ª Agrupación, reputado por sus conocimientos guerrilleros, su seriedad y su lucha antifascista. En cuanto a «Mariano», fue condenado a muerte y conmutado, pero logró evadirse en 1950, y cinco años después logró salir a Francia.
Los métodos de la represión eran tan despiadados que, a menudo, los «servicios» de los delatores se premiaban con la muerte, como le ocurrió al desgraciado «Piti». Después de originar el derrumbe de la guerrilla, el 30 de octubre de 1947 le aplicaron la «ley de fugas» en el término de Socuéllamos, cuando ya les resultó inservible. Tras el horrible verano y otoño de aquel año, sólo maquis dispersos deambulaban acorralados. El célebre «Chichango» (Sebastián Moya, de Villarrobledo) trató de escapar a Valencia, pero en la Estación de Silla fue abordado y, tras breve peripecia, detenido, el 31 de marzo de 1948. Su historial de valeroso resistente contra el régimen lo llevó a la tapia del cementerio de Albacete, el 27 de agosto del mismo año. El mismo trágico fin tuvo el otro gran luchador de Villarrobledo, Alfonso Ortiz Calero «Vicente» o «Magro», capturado en Madrid, el ocho de mayo de 1948. La guerrilla de Albacete, una de las mejor organizadas de toda España, sucumbió agostada prematuramente, a poco de germinar.
La resistencia guerrillera en Granada resurgió varias veces de sus cenizas y sorprendió por su tozudez y su fortaleza. Su primer gran contratiempo represivo fue el exterminio de «Los Queros», los cuatro hermanos anarquistas instalados en la capital y que trajeron de cabeza al régimen hasta 1947. La audacia y valentía de estos hombres se hizo leyenda en la ciudad de la Alhambra. Ya hemos anticipado que el dos de noviembre de 1944 cayó José Quero, a manos del hijo de un industrial, al que pretendían secuestrar, y que en 1945 se incorporó el cuarto hermano, Pedro, procedente de Francia. El 15 de enero de 1945 sufrieron un cerco y ataque en su escondite de la calle Cuesta San Antonio, 28, casa que fue dinamitada y destruida. Tres guerrilleros se suicidaron en el último momento («Antonio el de Güéjar», «Mecánico» y otro) y perecieron los cuatro moradores de la vivienda; pero «Los Queros» se habían esfumado. El diez de julio de 1945 se descubrió otro escondite en el barrio del Perchel Alto. Los represores dieron muerte a «Modesto», pero «Los Quero» se les escaparon otra vez. Dos días después, los localizaron en el núm. 6 de la Placeta Aljibe de la Vieja (Albaicín). Tras aparatoso cerco, se volvieron a escapar, abandonando un maletín con 200 000 pts. Y poco más tarde, cercaron otro refugio en una cueva del Sacromonte, que fue asediada sin escapatoria. Sólo se hallaba dentro Pedro Quero, que decidió morir luchando, mató a un policía, hirió a un guardia y, ya todo perdido, mandó pedir un cigarrillo. Cuando lo terminó de fumar, se suicidó.
El 30 de marzo de 1946 se descubrió nuevo escondite de «Los Queros» en la Plaza de los Lobos. En el torbellino de disparos quedaron heridos tres transeúntes. Los guerrilleros mataron a dos policías e hirieron a un brigada. Al fin sucumbieron: Francisco Quero y «Palomica» (los dos únicos que se encontraban) y también murieron los dueños de la casa, un hombre y una mujer. Pocas veces en España los guerrilleros habían vendido tan caro su pellejo. Por fin, más de un año después, el 22 de mayo de 1947, se descubrió el escondite del último de «Los Queros», en la casa núm. 7 del Camino de Ronda. Allí perecieron: Antonio Quero, «El Catalán» y «Chato Borrego». Tres años de escaramuzas en plena ciudad y media docena de muertos costó al régimen la eliminación de esta guerrilla urbana.
En cuanto a la organización comunista, la Agrupación Guerrillera de Granada propiamente dicha, mandada en 1946–1947 por Ramiro Fuentes Ochoa, ya se ha citado el duro golpe recibido, cuando los represores detuvieron a «Tarbes», jefe del EM, en enero 1947, en la Estación de Fiñana (Almería), convirtiéndolo en «agente doble». Cuatro días después, caía detenido el jefe, Fuentes Ochoa, en Granada. Ante la redada, «Sevilla», el jefe político, huyó a Málaga. A «Tarbes» lo devolvieron a la guerrilla y sus compañeros, sabedores de su traición, lo «ajusticiaron» (el 18 de marzo de 1947). El caos fue extraordinario, y a finales de 1947, «El Yatero», jefe de guerrilla, puso tierra por medio y escapó a Francia, mientras su compañero «Tito» tenía menos suerte, siendo capturado en la frontera. Con todo, a lo largo de 1947, la guerrilla granadina se reorganizó otra vez de la mano del célebre «Roberto», para llegar a su máximo esplendor entre 1948–1950, algo excepcional en el mapa español. Con frecuentes éxitos económicos y militares (causaron bajas a pelotones del Ejército, de la Guardia Civil y de regulares), hasta que el régimen tuvo la feliz ocurrencia de echar mano de sus grandes represores de La Mancha (teniente coronel Eulogio Limia Pérez) y Córdoba (teniente coronel Ángel Fernández Montes de Oca, capitán Joaquín Fernández Muñoz y teniente Francisco Giménez Reyna). El primero fue destinado a Granada, y los tres últimos, a Málaga. Un movimiento de personajes que tuvo lugar en octubre de 1949. Todos iban condecorados por méritos de sangre. En consecuencia, la caída en picado de la resistencia granadina (y malagueña) se precipitó en 1950. En este año se causaron matanzas masivas a la guerrilla. El 14 de enero de 1950, en la Cañada del Hornillo (Escúzar, Granada), perecieron seis guerrilleros. Fue decisiva la actuación de «Palomo» que, junto a «Antonio» y «Rene», los tres ex jefes del EM de Ciudad Real, convertidos en delatores, se los había llevado Limia a las contrapartidas granadinas. También se sirvió Limia de «Palomo» para eliminar al «Capitán Crescencio», el 19 de enero de 1950, en el cerro La Víbora (Loja), así como en la eliminación de «Laureano» y «Simón», en término de Jayena, el 22 de octubre de 1950 (Como recompensa, «Palomo» acabaría fusilado en Ocaña, el 25 de agosto de 1951). El 18 de abril de 1950, en el barranco Laceral (Güéjar Sierra, Granada), sucumbieron nueve guerrilleros (entre ellos, «Moisés», jefe del 7.º Batallón); el 18 de mayo, otros seis, en Paso Lobo (Loja), y el 17 de julio sucumbió la guerrilla de «Teodoro», otros seis, en Pozo Húrtiga (Alhama). Golpes tan terribles continuaron en 1951, como el exterminio de la guerrilla de «Valero» (Juan Ortiz López), de ocho guerrilleros, en el cortijo Pago del Zorro (Agrón), el 28 de enero[303]. Mientras tanto, en la Axarquía de Málaga, todavía sobrevivía el grupo de guerrilleros de confianza del jefe supremo «Roberto», el llamado «Grupo de Enlace», la élite. Sin embargo, la desmoralización ya había cundido en la poderosa Agrupación. En la primavera de 1951 «Roberto» reunió a su gente y les dio opción para abandonar el monte, pero «Clemente» y «Felipe» (eran de Torrox, Málaga) se opusieron y se produjo fuerte contestación contra el jefe. A finales de mayo, «Roberto» y su jefe de información «Paquillo» fueron enviados a Madrid, para hablar con el Partido y gestionar la salida de los últimos guerrilleros por Algeciras. Sobre este desenlace terrible volveremos en el último epígrafe.
En Cádiz, Campo de Gibraltar y Serranía de Ronda luchaba la Agrupación «Fermín Galán», con sus dos grandes líderes: Bernabé López Calle y «Manolo el Rubio». En 1949, la Agrupación se hallaba ya muy maltrecha. Antes, cuando se endureció la represión, a partir de 1947, se organizaron redes para evasión de guerrilleros, sobre todo en Algeciras, y algunas de tipo mafioso, como la que operaba de Gibraltar a Tánger, que en 1947 subió a su barca a tres de la guerrilla de «Los Morenos de Cortes» («Pabuceno», «Blanquillo» y «Sabio») y en medio de la travesía los mataron, les robaron el dinero y los arrojaron al agua. A mediados de agosto de 1948 empezó a desmantelarse una red de evasores, con mucho dinero, fruto de su labor de guías (el apodado «Gazapo» fue detenido en Algeciras; en Jerez, detuvieron al «Capitán» y cinco más de la CNT, incluido Juan Jaén, secretario de la Comarcal de Jerez, que se financiaban con estas redes. En La Línea hubo otros detenidos, que actuaban desde Gibraltar o Algeciras hasta Tánger). En la madrugada del 29 de mayo de 1950, dos guerrilleros de la Agrupación «Fermín Galán», Cristóbal Ordóñez («Aniceto» o «Libertario») y José Barea («Bienvenido» o «Curicán») proyectaron una evasión a Tánger, en compañía del secretario del Comité Regional de la CNT de Sevilla, Antonio González Tagua, y del enlace y guía Francisco Ruiz Borrego. Aquella madrugada, mientras esperaban el embarque en un jardín del Hotel Cristina, se vieron envueltos en una emboscada de la Guardia Civil y perecieron los cuatro[304].
El jefe de la Agrupación, Bernabé López Calle, cayó el 31 de diciembre de 1949, en el cerro de La Atalaya (Medina Sidonia), junto con «El Capitán Huercano». Era el fin de la resistencia gaditana. Luego vino la citada evasión frustrada de Algeciras y los flecos marginales. El 16 de noviembre de 1950 se entregó en Zahara de los Membrillos «El Palma», después de haber dado muerte a «Joseíto», uno de los hijos de Bernabé, y se convirtió en delator. Esto llevó al último desastre: la emboscada y muerte de los cinco últimos (entre ellos, otro hijo de Bernabé, «Pedro de Alcalá»), en el cortijo María Jesús (Algatocín, Málaga), el 18 de diciembre de 1950. Sólo hubo un superviviente, el astuto «Manolo el Rubio» (Pablo Pérez Hidalgo), pero la Guardia Civil creyó siempre que era uno de los muertos. «El Rubio» se convirtió entonces en un topo, escondido de por vida en el cortijo El Cerro (Genalguacil, Málaga), al amparo de Ana Trujillo, a la que convirtió en su compañera. Salió a los 26 años, a finales de 1976[305].
En el norte de España la resistencia fue especialmente enconada y dura. Gallegos, asturianos y cántabros dieron pruebas de una tozuda lucha contra la dictadura, sin descuidar las represalias contra elementos del régimen, fuerzas represivas, confidentes, y caciques que habían destacado en los «paseos» de 1936, incluidos algunos curas y párrocos, inductores de la escabechina. Recíprocamente, la maquinaria represiva del régimen se empleó a fondo en esta franja septentrional. En Galicia incendiaron cabañas y refugios de guerrilleros, mataron a enlaces, infiltraron a confidentes con resultados demoledores y acabaron con la guerrilla a golpe de garrote vil. Guerrillero capturado, guerrillero agarrotado.
La IV Agrupación, la de La Coruña, denominada «Pasionaria» desde el otoño de 1946, fue el blanco directo de la represión. El 24 de junio de 1946, habían sucumbido su primer jefe, Marcelino Rodríguez «Marrofer», y tres más en la aldea Milreo (Aranga–Betanzos), sorprendidos en un punto de apoyo por una contrapartida[306]. Su sucesor en la jefatura, Manuel Ponte, también fue abatido pronto, el 21 de abril de 1947, cerca de Fontao (Frades–Ordes), cuando se acercaron a cobrar una «multa», de la que cometieron el error de avisar previamente[307]. La jefatura de la IV la ocupó a partir de entonces, hasta 1951, el célebre «Moncho» (Francisco Rey Balbís, marinero de Ouces–Bergondo, de 30 años). El golpe más duro lo recibió esta Agrupación (y toda la guerrilla gallega, así como el PCE clandestino) en el verano de 1948, en el casco urbano de La Coruña, con la captura de Gómez Gayoso y Antonio Seoane. La dictadura utilizó aquí la estrategia de infiltrar a un confidente en la guerrilla: Alejo Pablo Mora, ex teniente de la República. Dijo hallarse perseguido, y tras un breve «examen» por Juan Pérez Dopico «Xan de Genaro», fue aceptado en el destacamento «Arturo Conizas», en octubre de 1947. Pronto facilitó información sobre la organización comunista en La Coruña. Se iniciaron detenciones en la primavera de 1948. Y de ahí, el hilo condujo a un dato lamentable: que Antonio Seoane, responsable militar del Comité Regional del PCE vivía en el núm. 23 de la calle Real. El 10 de julio, la policía acudió a la vivienda. Detuvieron a Seoane y a su compañera Josefina González. La policía esperó dentro, porque supo que a la mañana siguiente acudiría José Gómez Gayoso a una reunión. Efectivamente, a media mañana del 11 de julio, Gayoso y su compañera María Blázquez del Pozo llamaron a la puerta del 3.º piso. En vez de Seoane, abrieron dos desconocidos. María barruntó la desgracia y se abalanzó sobre ellos, con lo que dio tiempo a Gayoso para huir escaleras abajo, pero no pudo esquivar un disparo, que le destrozó el ojo y le hizo rodar. Se rehízo a duras penas, salió a la calle y se mezcló entre la gente. Un guardia municipal, alarmado por la cara ensangrentada, lo llevó al hospital, y allí lo detuvo la policía. Durante dos meses, Gayoso, Seoane, María Blázquez (embarazada) y otros detenidos fueron sometidos a los más salvajes interrogatorios y a los métodos más refinados propios de la dictadura. El 18 de octubre de 1948 pasaron por consejo de guerra. El seis de noviembre fueron ejecutados Gayoso y Seoane. Más tarde, el Dr. José Bartrina Villanueva, del mismo expediente, falleció en la prisión de Alcalá de Henares a causa de las torturas padecidas.
Tras el desastre, la guerrilla gallega se recompuso bajo la batuta enérgica y disciplinaria de Francisco Rey «Moncho» en la IV Agrupación, al que sus subordinados «temían más que a la Guardia Civil»[308]. El nuevo responsable regional (guerrilla y organización política) fue el «Coronel Benito» (Manuel Fernández Soto). La infiltración, nuevamente, de un confidente «provocador», un tal Senén Garrido, ex preso, provocó otro golpe durísimo a la guerrilla. Durante varios meses acompañó al «Coronel Benito» en el recorrido de este por Lugo, inspeccionando la III Agrupación. En la madrugada del 22 de junio de 1949 Senén dio el golpe: mató al «Coronel Benito», a Elías López Armesto y a un tal «Emilio». El traidor tuvo luego su merecido: la guerrilla lo localizó en la provincia de La Coruña y fue liquidado. Con todo, el desastre acabó con la III Agrupación. «El Piloto», que se sentía culpable de haber admitido a Senén, abandonó la actividad y se escondió como un topo. En cuanto a la IV Agrupación, sufrió los embates definitivos de la represión, uno a finales de junio de 1949, junto a Silán–Orol (Lugo), donde acampaba el destacamento «Segundo Vilaboy». Perecieron sus cuatro o cinco últimos componentes (entre ellos, Juan Gallego «Comandante», «Xan de Genaro» y «Queimarán»), unos al intentar romper el cerco y otros abrasados por las llamas de la cabaña incendiada por la Guardia Civil. El 30 de octubre de 1949 se sufrió el desastre de Pazos–Monfero (La Coruña), en el que perecieron siete guerrilleros, cuando se acercaron a cobrar una «multa», de la que, con grave imprudencia, habían avisado el día anterior. Cercados por numerosa fuerza, se dispusieron a morir luchando, en una batalla campal que duró hasta el día siguiente. El jefe de la Comandancia de La Coruña se hizo presente en la mañana del día 31. Al final, bajo un montón de ruinas, aparecieron los cadáveres de Adolfo Allegue «Riqueche» (jefe del grupo), José Temblas Paz y cinco más. Malos augurios para el que en estas mismas fechas llegaba de Francia como nuevo jefe del Comité Regional gallego, José Sevil «Ricardo». Vino con algún dinero, para poder abandonar los golpes económicos, y portaba las directrices del célebre «cambio de táctica», pero no para disolver la guerrilla ni mucho menos para evacuarla. Al cabo de un año, finales del verano de 1950, Sevil regresó fracasado a Francia. El único evacuado había sido el jefe militar, Francisco Rey «Moncho», al que el Partido «llamó a consultas» en mayo de 1950, y ya no regresó más. Sólo quedaba el calvario trágico de los últimos guerrilleros dispersos.
La II Agrupación, la de Orense, sustituta de parte de la antigua Federación, recibió su tiro de gracia en la primavera de 1949, por una dictadura cada vez más envalentonada y con apoyo creciente de las democracias occidentales. La cúpula de la Agrupación se ocultaba en dos casas próximas en la aldea de Chavaga (Orense). Los represores, después del cerco, emplearon el típico método gallego de incendiar las viviendas con gasolina. Era el 20 de abril de 1949. De la primera casa salieron y fueron acribillados: Guillermo Moran, Julián Acebo «Guardiña», Segura y Gregorio Colmenero. En la otra casa, perecieron en las llamas, o se suicidaron antes: Evaristo González «Rocesvinto», Ramón López Casanova y su hermana María, siendo capturada herida Luisa López Centeno, novia de «Rocesvinto»[309]. Pocos días después, cayó el comisario de la Agrupación, Benigno Fraga Pita «Alejandro», mientras que el jefe militar, Samuel Mayo Méndez, escapó y se refugió en la IV Agrupación. Por último, la V Agrupación, la de Pontevedra, mandada por «Foucellas», sufrió una encerrona trágica el ocho de mayo de 1948 en un pajar de Loureiro–Cruces–Padrón, en la parte alta de una casa. La Guardia Civil llegó a registrar. El guardia que se asomó al pajar cayó mortalmente herido. Dos guerrilleros salieron de estampida y cayeron abatidos. Estalló la batalla y el consabido incendio del pajar. Otros dos guerrilleros fueron acribillados en su huida. Entre los muertos, Manuel Agrasar «Barbarroja». Sin embargo, el escurridizo «Foucellas» y su lugarteniente «Ricardito» (José Ramuñán o Remuiñán) lograron escapar. La V Agrupación había sido la primera en desaparecer. En adelante, «Foucellas» se apartó de la organización y llevó vida fugitiva autónoma.
La represión antiguerrillera en Asturias fue de las que hicieron época. Llevó el protagonismo la tristemente célebre «Brigadilla», que desde 1946 aplicó la «guerra sucia» a mansalva, mediante torturas, «paseos», «ley de fugas» y la creación de un ejército de confidentes, delatores e infiltrados en la misma guerrilla. Esta, desbordada, «ajustició» a cuantos chivatos pudo —148, más que en ninguna otra provincia—, pero acabó sucumbiendo ante el aparato represivo de la dictadura. La máxima autoridad represiva fue el coronel Blanco Novoa, de la Guardia Civil, seguido del teniente coronel Navarrete y otros, como el teniente Padilla, el sargento Fernández (a cuya cabeza le puso precio Radio Pirenaica; mano derecha del coronel Blanco Novoa. Actuaba por venganza, porque «los rojos» le habían matado a tres hermanos en 1937), el cabo Artemio, más otros mandos de la Policía, como el sargento Campos o el conocido inspector Claudio Ramos[310]. Más cruel aún era el elemento paramilitar de que se rodearon: somatenes, falangistas, matones, confidentes e infiltrados. Y conviene puntualizar: los éxitos de la «Brigadilla» no lo fueron en lucha directa en campo abierto contra la guerrilla, sino a través de la delación, la confidencia, la tortura y el «paseo». El primer gran golpe lo consiguieron Padilla y Fernández, mediante delación, al sorprender a cinco guerrilleros en su refugio del Pico Polio, a los que eliminaron el 20 de abril de 1947, entre ellos, Ovidio Llaneza Rozada «El Gitano» (una familia muy castigada por la dictadura, que echó a la sierra a un padre y tres hijos, donde acabaron su vida), José González Orviz (hijo de «Josepón», otra familia en la sierra, un padre y tres hijos) y don Manuel Vizcaíno, maestro de escuela de Villafranca del Bierzo.
Nuevo golpe importante a la guerrilla, por su efecto desmoralizador, fue la captura del mítico «Feria» (Baldomero Fernández Ladreda, ex mayor de milicias en la guerra) y de su lugarteniente «Tito» (Benjamín Fernández). Fue obra del inspector Claudio Ramos, que a través de un delator conoció el escondite de ambos en una casa de Mortera de Palomar, el 15 de septiembre de 1947. Tras consejo de guerra, fueron condenados a muerte. A «Tito» se le conmutó in extremis, pero a «Feria» lo ejecutaron a garrote vil, el 15 de noviembre de 1947. Con todo, la gran hecatombe llegó en la noche y la madrugada del 27 de enero de 1948, el más grave caso de infiltración en toda la historia de la guerrilla española, que acabó con la vida de 19 resistentes. El desenlace de esa fatídica fecha tuvo su prólogo en el verano de 1947, en el mal amigo, un judío («El Francesito». Nicanor Rozada lo denomina «Robert»), que el asturiano José Suárez «Pin el del Condado» conoció, estando preso en Madrid. Al salir en libertad, hablaron de planes de lucha, y el judío informó al jefe de Inteligencia de Falange Luis González Vicent[311]. Echaron mano de un vividor contrabandista y confidente, «Don Carlos» (Francisco Cano Román). Pusieron a su servicio a dos guardias civiles (el más joven: Manuel García Velasco «Radio María», que llevó el peso de la operación) y al falangista Pedro, telegrafistas los tres. Y toda esta pandilla, de la mano del incauto «Pin el del Condado», logró infiltrarse en la guerrilla asturiana, con la verborrea de «Don Carlos», que se ganó la confianza de los jefes, haciéndoles creer que venían de Francia para facilitarles un cargamento de armas. Llevaron tres emisoras telegráficas (de la embajada alemana), y una la instalaron en casa del enlace José Rubiera, en Quintes, al mando de Pedro. Manolo «Caxigal» y «Los Castiellos» estaban embobados con las habilidades de estos «franceses». Al guardia «Radio María» lo destinaron en el grupo de «Caxigal»; al otro guardia, con «Bóger», por los montes de Sama. Sin embargo, había guerrilleros de base y enlaces a los que todo esto les olía a «cuerno quemao», mientras los jefes parecían hipnotizados. Cuando hacían planes, delante de «Don Carlos», para la llegada de las armas, un guerrillero ponía objecciones, y «Caxigal» lo interrumpe: «Pareces socialista». Por cierto que los socialistas (José Mata y compañía, ocultos, pero inactivos ya, en la sierra, a la espera de la evacuación) supieron del asunto y no les gustó. Enviaron a un enlace a indagar en la embajada francesa y allí no conocían absolutamente de nada a tales «franceses».
La tragedia se precipitaba de una manera ciega. Se fijó para la noche del 26–27 de enero de 1948 la llegada de varias furgonetas con armas, y la entrega se haría en varios puntos diferentes, en los cuales se distribuyeron los guerrilleros, acompañados de una decena de enlaces para ayudarles. La primera «entrega» se hizo en la playa de La Franca. Salieron al encuentro Alfredo Ordieres y los hermanos Eduardo y Corsino Castiello, y los acribilló el propio «Don Carlos». El punto siguiente era la playa de San Antolín. Ahí, el grupo estaba mandado por el astuto José Quintiliano Guerrero (toledano, superviviente de los 40 de los «camiones del pescado» en el puerto del Escudo, 1946) y no salieron. Eso les salvó la vida. A continuación, hacia el Soto de Dueñas, donde Manolo «Caxigal» y los suyos barruntaron peligro y tampoco se dejaron ver. Otro punto era en Puente Nueva, cerca de Monte Coya, y aquí fue la masacre. Salieron Onofre y los suyos, en una escena trágica que Gómez Fouz, desde su óptica franquista, describe con recochineo: «los guerrilleros se abrazaron a los guardias civiles y falangistas. Estaban entusiasmados y preguntaban: ¿Qué tal por Francia, camaradas?», para a continuación ir cayendo acribillados unos detrás de otros, algunos rematados por el cabo Artemio y por «Don Carlos», que se disputaban los relojes y el dinero que llevaban los guerrilleros (Onofre García, Gustavo Peláez «El Raque», Vicente «El Maquis», Luis Ordieres, Aurelio «Caxigal», más el enlace Vicente Reguero). Sólo pudo salir de aquel infierno «Pin el del Condado», que corrió al refugio cabaña, pero allí lo liquidaron a él y a José Iglesias Lobato. En otro lugar mataron a «El Maestrín». El último punto de «entrega» era cerca de Santo Emiliano. Allí esperaba «Bóger» (Constante Zapico) y los suyos (José García Rozada «Pepín», David González y el enlace Manuel García). Todos cayeron. A «Bóger» lo remató el funesto Artemio, que volvió a escenas de pillaje, en disputa con «Don Carlos». Sólo escapó herido Apolinar Aníbal «El Naranjo». Mientras tanto, lo más espantoso de todo, otro vehículo de la muerte se había desplazado con el falangista Pedro y un pelotón de guardias a la casa de los enlaces de Quintes, donde estaba la emisora, y perpetraron auténtica razzia: acribillaron al padre, Emilio Rubiera, a sus dos hijas (Carmina y Asunción) y a otro enlace. Luego, incendiaron la vivienda con los cadáveres dentro, para terror del vecindario. La noche más trágica de la guerrilla antifranquista terminó con 19 cadáveres, 13 guerrilleros y seis enlaces (según la paciente investigación de Nicanor Rozada). Después vino la gran redada de enlaces, más de un centenar. Los infiltrados dieron pelos y señales de toda la organización clandestina. La desmoralización en los montes de Asturias es de suponer. Tal vez lo peor fue la humillación lacerante para unos y el jolgorio para los franquistas. Incluso uno de sus periodistas, Emilio Romero, ganaría el premio Planeta con una novelación a costa de tamaña desgracia.
Los últimos guerrilleros asturianos llevaron vida más cauta y precavida; pero en 1949 continuó el goteo de muertes, en muchas de las cuales intervino el matón conocido como «El ganadero de Soto de Agües». La guerrilla lo intentó «ajusticiar», sin conseguirlo. Este y el sargento Fernández (tras arrancar la delación al comunista Luis Montero «Sabugo») asestaron a la guerrilla el golpe definitivo, el siete de febrero de 1950, cuando emboscaron y acribillaron al grupo de Manolo «Caxigal» en su refugio de los montes del Condado (Gijón). Sucumbieron todos, los siete: Manuel Díaz «Caxigal» (el último dirigente de renombre), Ángel Menéndez, Eloy «El Ruso», «El Negrete», «Cantinflas», «El Capataz» y Manolo Castaño. Escuchemos la oración fúnebre al profranquista Gómez Fouz: «Manolo Caxigal fue un hombre con ideología y muy valiente; sabía que todo estaba perdido y nunca pasó por su pensamiento abandonar la lucha. Cuando algún guerrillero le hablaba de huir, le respondía que lo hiciera, que lo comprendía, pero que él se quedaba hasta la muerte». Cuando se habla de la desconvocatoria de la guerrilla, conviene que tengamos en cuenta este mensaje de «Caxigal»[312].
La Agrupación Guerrillera de Santander, si bien al comenzar 1946 había recibido el refuerzo de ocho evadidos del destacamento penal de Arroyo, el exterminio luego de los 40 maquis procedentes de Francia, los de los «camiones del pescado» que ya conocemos, eliminados y apresados por la fuerza represora en el puerto del Escudo, a primeros de marzo de 1946, con muy pocos supervivientes, dejó traumatizada a la guerrilla cántabra. La «Brigada Cristino García» (la de Martín Santos «El Gitano») malvivía a lo largo de 1947, hasta que el 17 de octubre perdía a cuatro componentes, cuando iniciaban su salida a Francia. Uno fue capturado en Reinosa, y a partir de ahí se supo el paradero de otros tres en una casa del barrio Comporta de San Sebastián. Los cercó allí la Guardia Civil, y perecieron luchando en vez de entregarse. Otros dos salieron a Francia en noviembre de 1949 (uno era «El Gitano»). Por otro lado estaba la guerrilla de «El Vasco» (Inocencio Aja Montes), con elementos propios y otros desgajados de la «Brigada Malumbres». Desarrollaron intensa labor de agitación y propaganda entre 1946–1947; pero el ocho de diciembre de 1947 le desertó buen número de seguidores, captados por las artimañas del enemigo. Poco después, el 25 diciembre, «El Vasco» recibió el golpe definitivo. Una contrapartida lo sorprendió en la margen del río Besaya. Al verse sin escapatoria, decidió suicidarse arrojándose al río y se ahogó.
En cuanto a la «Brigada Malumbres», también muy activa en sabotajes y propaganda entre 1946–1947, a finales de 1948 ya se hallaba fuera de combate. Contribuyó a su desintegración un conflicto interno que llevó al «ajusticiamiento» del jefe, «El Tampa», por sus propios subordinados, en 1947. Los elementos dispersos, algunos perecieron en tiroteos y varios salieron a Francia, por San Sebastián o Navarra. Finalmente, también acabó aniquilada la célebre «Brigada Machado», mandada por Santiago Rey. A finales de 1947 ya estaban muy castigados. En 1948 quedaron reducidos a media docena. En enero 1949 perdieron a «Pancho» (Francisco Llamazares Villar, asturiano de Ruenes, que a duras penas había curado de una gravísima herida en la rodilla). Un confidente infiltrado acabó con él de un tiro en la nuca, en premio de lo cual ingresó en la Guardia Civil[313]. En 1949, los últimos de esta Brigada acordaron la salida a Francia. Debían juntarse en San Sebastián. A última hora, «Juanín» y otro no aparecieron. Sólo salieron: José Marcos Campillo «El Tranquilo» (de Tresviso) y Santiago Rey (de Bejes). Este iba enfermo de asma. A poco de llegar a Francia, y tras pasar el peligro de ser devuelto a España por los franceses —felonía que cometieron más de lo que se cree—, Santiago falleció en un hospital. Por Santander deambulan tres o cuatro dispersos al empezar la década de 1950, entre ellos «Juanín», José Quintiliano Guerrero, «Gildo» y «Pin el Asturiano». Estos tres últimos se hallaban el 20 de octubre de 1952 en casa de un punto de apoyo en Tama (Potes), cuando les cayó encima la Guardia Civil. En el tiroteo pereció el sargento José Sanz. El astuto Quintiliano «El Tuerto», que se movía entre Asturias y Santander, logró escapar, pero atrás quedaron los cadáveres de «Gildo» (Hermenegildo Campo, de Tresviso) y «Pin el Asturiano» (José García Fernández, otro superviviente del Puerto del Escudo, como Quintiliano). No acabó ahí la desgracia. Los represores saciaron su furor con la familia de la casa: Dominador Gómez, su esposa y una hija adolescente, a los cuales asesinaron. En cuanto al toledano Quintiliano, acabó sus días medio año después, el 17 de abril de 1953, cuando la patrulla lo vio caminando por el escarpadísimo monte de Valdidiesma (Bejes y Tresviso). Lo hirieron y rodó por un precipicio entre la nieve, hasta que lo remataron a tiros dando tumbos por las barrancas. Ya sólo quedaba en el monte el rebelde «Juanín» y su recién incorporado (febrero de 1952) Francisco Bedoya Gutiérrez, de Serdio. Veremos su final en el último epígrafe. De esta «Brigada Machado», dos de sus supervivientes actuales, Jesús de Cos y Felipe Matarranz, han conseguido rehacer la lista de sus 33 componentes (seis socialistas, 22 comunistas y cinco indeterminados).
La pujante Agrupación Guerrillera de Levante (AGL), la más politizada y seguidista de la política del PCE, creada por este partido ex novo entre 1945–1946, sin base previa de huidos, también sufrió una atención especial por los represores del régimen. Para preparar la ofensiva, en julio de 1947 fue nombrado gobernador civil de Teruel y jefe de la 5.ª Región Militar, el coronel Manuel Pizarro Cenjor, pronto ascendido a general. Declaró sus dominios «zona de guerra», impuso el toque de queda, desalojó casas de campo, incendió los bosques… Nunca más literal la política de «tierra quemada», para hacer la vida imposible a la guerrilla. Y lo que fue peor: la práctica de crímenes indiscriminados, «paseos» y «ley de fugas». Antonio Linage fue interlocutor directo en una conversación con el entonces obispo de Teruel, en su despacho, Sr. León Villuendas Polo, franciscano, el cual le reveló que el general Pizarro había acudido a él con el escrúpulo de «si estaría excediéndose» en las matanzas, a lo que el obispo, jocoso, le contestó: «¡Nada, hijo! Cuantos más quites de en medio, mejor»[314].
Así las cosas, la «guerra sucia» hizo estragos en Levante. Los golpes duros de la represión se suceden a finales de 1947. El 18 de noviembre fue asaltado un campamento en el monte Camarrocho, de donde salió herido «El Valencia», jefe del 17.º Sector, muerto después en Olba[315]. El 20 de diciembre fue asaltado otro campamento en el monte Rodeno (Valdecuenca) y la cueva de la «escuela de guerrilleros», con un muerto no identificado. El 18 de enero de 1948 la guerrilla pierde otro campamento en el monte Camarrocho. Así se llega al trágico mayo de 1948. En la madrugada del día seis se produjo el asalto al campamento del 5o Sector, en las Salinas de Valtablado, en el que perecieron: «Medina» (jefe del sector), «Ramón» (subjefe) y Castor Plaza Soriano (jefe político). Pero la desgracia tenía un trasfondo de deserciones poco conocido. Cinco días antes se había entregado Manuel López Rodríguez (incorporado en octubre de 1947). Gracias al «Informe Casto» descubrimos que el desertor estaba en complot con el propio «Medina», descontento porque entre los guerrilleros cundían protestas, acaudilladas por «Paisano», jefe de batallón. «Medina» se puso de acuerdo con Manuel López. Este se entregaría dejando la siguiente nota: «Me marcho. No os haré traición. Viva la República». Delataría el campamento en unos días. Mientras, «Medina» ordenaría a los guerrilleros permanecer allí. Se produciría el asalto, y «Medina» saldría con una garrota en la mano, como contraseña, para que no le dispararan. Aunque los guerrilleros intentaron abandonar aquel campamento, «Medina» ordenó lo contrario. Y ocurrió el asalto, el gran tiroteo, salió «Medina» con su garrota, pero los guardias lo acribillaron como a los otros dos o tres. «Paisano», «Casto» y otros pudieron salvarse[316].
Mientras se intentaba abrir paso en Levante el nuevo invento de los Consejos de Resistencia, comités unitarios en los pueblos, a la manera de la antigua UNE, la represión no daba tregua: el 25 de mayo de 1948, nuevo golpe a la resistencia levantina. El propio jefe de la Agrupación, Ángel Fuertes Vidosa «Antonio» fue sorprendido con varios más en un punto de apoyo, en la masía Quimera (Portell, Castellón). Los datos oficiales hablan de tres muertos (entre ellos, «Antonio») y un entregado. El Partido nombró nuevo jefe de la AGLA a Pelegrín Pérez «Ricardo» (de Buñol, ex comisario del XIV Cuerpo de Guerrilleros de la República), pero poco después, el 19 de agosto, también encontró la muerte, en un tiroteo entre Mas de las Matas y Seno (Teruel), en unas circunstancias extrañas. Quedó gravemente herido, pero los compañeros salieron cada uno por un lado y lo abandonaron. Un día después, los campesinos hallaron su cadáver desangrado junto a un pino.
En 1949, a primeros de marzo se decide en la AGLA enviar una delegación a París, para recibir instrucciones del Partido. Salen: Francisco Bas Aguado «Pedro», Doroteo Ibáñez, Manuel Pérez Cubero «Rubio» y alguno más. Allí los recibe Carrillo por separado. Denuncian que en la AGLA hay clima de terror por las purgas de Jesús Caellas «Carlos». El Sector 11, con su jefe «Grande», es el mejor organizado. Y ya reciben órdenes de impulsar la labor política por delante de la guerrillera. Parece ya el «cambio de táctica», pero ello no concuerda con la misión que, en 1949, Carrillo encomienda a José Gros en Barcelona, donde estuvo gran parte del año para crear una nueva Agrupación Guerrillera de Cataluña, la cual se paralizó por el caso Comorera. De manera que la política del Partido parecía, más bien, una de cal y otra de arena.
En la AGLA se llegó ya en el otoño de 1949 a la fusión entre la organización guerrillera y el Comité Regional de Valencia, cuyo secretario general era «Andrés», venido de Francia con otros cuadros del Partido. Como secretario de propaganda: Elorián García, jefe del Sector 11. Esta delegación de «franceses» colocó su campamento en Cerro Moreno (cerca de Santa Cruz de Moya), otro de los grandes desastres de la historia de la guerrilla. Poco antes, el 28 de septiembre de 1949, se había producido una incorporación masiva a la guerrilla: 14 enlaces de San Martín de Boniches (Cuenca), que se unieron a «Paisano», en el 5.º Sector. Para su desgracia, parte de ellos fueron destinados a Cerro Moreno. El tres de noviembre, tras una persecución y batida por los montes, pereció «El Capitán», jefe del 5.º Sector, en La Rodea (Cañizares).
Al amanecer del siete de noviembre de 1949, el general Pizarro Cenjor asestó el gran golpe a la guerrilla de Levante, en su citado campamento de Cerro Moreno. Tras una confidencia se supo que se hallaba allí el nuevo equipo directivo de la AGLA y bastantes guerrilleros. Durante la noche se les hizo un cerco férreo con guardias y somatenes de las tres Comandancias (Teruel, Cuenca y Valencia), al mando del comandante José Vivancos. Con el día estalló la batalla campal, dantesca e indescriptible. La lucha duró cuatro horas. Más que lucha, fue una matanza, con resultado de 12 guerrilleros muertos. Extrañamente, no hubo prisioneros. Por la otra parte, un sargento herido. Entre los muertos había cinco de los recién incorporados de San Martín de Boniches («Fermín», «Cándido», «Nicasio», «Ángel» y «Jaime»)[317]. El resto era el nuevo Comité Regional de Levante («Andrés», «Ramírez», «Eulogio», «Manolo», José Cavero de la Cruz y Constantino Emiliano Ruiz)[318]: Se salvó «Pedro» (Francisco Bas Aguado), que había venido de guía desde Francia. A los represores les cayó una lluvia de medallas, recompensas y ascensos. La AGLA quedó herida de muerte.
En 1950 y 1951, la AGLA, ya en evidente declive por los golpes recibidos, se recluyó en sí misma, con una vida más discreta y precavida. Si el primer paso para el «cambio de táctica» había terminado trágicamente en Santa Cruz de Moya, el siguiente intento fue la embajada de José Gros, que salió de París el 24 de agosto de 1950 con seis compañeros, entre ellos el omnipresente Doroteo Ibáñez «Maño». Carrillo los enviaba en misión informativa e indagatoria. Vía Marsella y por mar tomaron tierra española cerca de Vinaroz. De ahí, campo a través, sorteando peligros y con la Guardia Civil husmeando sus huellas, llegaron a la AGLA, que se hallaba sin jefe general, y ya no se nombró ninguno. José Gros centró su catequesis en fortalecer la actividad política, por encima de la guerrillera. Hubo muchas charlas para la formación política de los guerrilleros, a los que encontró bajos de moral y de ideales, sólo preocupados por la comida y la supervivencia. Llegó como comisario duro y ordenó algunas purgas, de modo que un tal «Ferroviario» atentó contra él, le arrojó una bomba, que no explosionó. Les dio dinero para pagar deudas a los campesinos y para cuatro meses por delante. Pero en sus memorias no consta que se abordara claramente todavía la cuestión de la desconvocatoria ni la evacuación[319]. A primeros de abril de 1951, José Gros emprendió su regreso a París, adonde llegó el seis de junio, después de siete meses de convivencia en la AGLA. Una vez informado Carrillo, ahora sí, a mediados de 1951, se tomó la decisión: había que evacuar a los guerrilleros de Levante (Pero… ¿y los de Galicia, Asturias, Granada, etc.?).
En definitiva, la conclusión es obvia y evidente: la primera y principal causa del fracaso de la guerrilla fue Franco. Aquella represión contundente, implacable, despiadada, sanguinaria y destructora, convirtió el esfuerzo guerrillero en una lucha desigual. Algunos sesudos analistas han buscado múltiples causas del fracaso de la guerrilla, olvidando la principal: Franco (La otra: la inhibición de los aliados y la desidia de las democracias occidentales). Una minoría de españoles resistieron y lo intentaron. No pudo ser. Pero el fracaso no es sinónimo de insensatez. Muchas causas justas han fracasado en la historia y las luchas democráticas nunca son una insensatez. Sus frutos, tarde o temprano, se recogen.