Capítulo 5. La proclamación de la República en la memoria literaria y cinematográfica
CAPÍTITULO 5
La proclamación de la República
en la memoria literaria y cinematográfica
ALBERTO REIG TAPIA
Universitat Rovira i Virgili (Tarragona).
Pienso en la zona templada del espíritu, donde no se aclimatan la mística ni el fanatismo políticos, de donde está excluida toda aspiración a lo absoluto. En esta zona, donde la razón y la experiencia incuban la sabiduría, había yo asentado para mí la República.
Manuel Azaña
No, no, a mí España no me parece romántica. Y menos la República: un régimen de terror que degeneró en un proceso revolucionario no merece el romanticismo con que lo juzgan mis colegas de profesión.
Stanley G. Payne
¿Cuál es la memoria colectiva de la República que puede desprenderse de la literatura y del cine que haya quedado fijada en nuestra cultura política a la altura de 2006? ¿Qué se ajusta más a la realidad, el sueño roto de Azaña o la desmesurada conceptualización del profesor Payne? O ninguna de las dos, porque evidentemente el deseo de Azaña fue un noble sueño insatisfecho y decir que la II República fue un régimen de terror es no sólo un error de concepto sino un exceso verbal impropio de un académico. No obstante, aunque se considere que no hay más memoria histórica que la historia misma, aquélla no es únicamente el reflejo de la historiografía más rigurosa sino también el resultado de todo lo que se desprende de determinados recuerdos, evocaciones, emociones, sentimientos, imágenes, mitos que, para la mayor parte de las personas, se construyen o se toman a partir del cine o de la literatura que se ha visto o se ha leído y que, muchas veces, captan o reflejan mejor que la historia misma el complejo e intransferible mundo de lo subjetivo que, paradójicamente, es la quinta esencia de lo verdaderamente vivido.
Como nos recuerda el profesor José María Ruiz-Vargas, la memoria no es únicamente una mercancía que se va almacenando a costa de lo que experimentamos, sentimos e imaginamos. La memoria es también un poderoso sistema de conocimiento gracias al cual aprendemos y transmitimos lo que sabemos. La memoria nos permite revivir el pasado, interpretar el presente y planificar nuestro futuro[1].
Sobre la base de estos presupuestos cabe preguntarse: ¿Cómo ha fijado la memoria literaria y la cinematográfica dicha memoria, si aceptamos que el recuerdo y el olvido son las materias primas indisociables con que aquella elabora su discurso y fija la memoria colectiva de los pueblos? ¿Verdaderamente desempeñan la literatura y el cine un papel primordial en el proceso de formación de la memoria histórica o éste es completamente irrelevante?
Se cumple ahora el 75 aniversario de la proclamación de la II República española (1931-1939), que es tanto como decir, pese a su fracaso, de la primera democracia española. Ahora que tan exaltado sistema político se ha convertido en el gran mito mundial por todos reivindicado y soñado, hasta el punto de pretender que la historia es un sistema acabado o que hemos llegado al final de la misma (Hegel o Fukuyama[2]), partiendo del liberalismo y habiendo alcanzado el consenso universal en torno a la democracia liberal, el recuerdo de nuestra primera experiencia democrática debería ser más un punto de encuentro que de desencuentro. Deberíamos intentar que fuera un espacio público donde la inmensa mayoría razonadora, moderadora e integradora pudiera reflexionar, analizar y aprender del pasado. Deberíamos impedir que fuera apenas una nueva ocasión para que la eterna minoría sectaria, radical y excluyente avivase la confrontación y la demagogia sin la cual parece no poder vivir, crispando el presente y entorpeciendo la construcción del futuro.
¿Es la República (Guerra Civil, y dictadura franquista mediante) más digna de olvido que de recuerdo dadas sus dramáticas consecuencias o, precisamente por ello, su evocación y reivindicación es más bien nostálgica y se ha idealizado su memoria y sobredimensionado sus logros y sus fracasos? ¿Qué queda o qué debería permanecer de todo ello cara al futuro en nuestra memoria colectiva? No podemos responder obviamente a todo ello por evidentes razones de espacio, pero la evocación literaria y cinematográfica de su pacífica proclamación, de su gozosa implantación, la efemérides que supone ese 14 de abril de 1931 transformado en una verdadera fiesta popular que ha sido plasmada en centenares de libros a través de una pléyade de escritos, de infinidad de memorias, de bien fijados recuerdos, pero de muy pocas películas, puede ayudarnos a aclarar algo la paradoja existente entre el entusiasmo desbordante que provocó su advenimiento y la decepción o lacerante frustración que, por su fracaso, aún perdura en la memoria de los demócratas y la izquierda española.
LA « RES PUBLICA»
Pero, empezando por el principio, no resultará baladí preguntarse ¿qué es y qué significa República? La República es un concepto fundamentalmente romano con el que éstos pasaron a referirse, tras la expulsión de los reyes antiguos, a la nueva organización política establecida, si bien la idea le corresponde a Platón cuya obra homónima ha servido de modelo de referencia aunque es más bien un tratado no sistemático sobre la justicia que un tratado sobre la República[3]. El concepto deriva de res publica, una palabra nueva para expresar un concepto, una situación, una realidad política nueva, revolucionaria: la «cosa pública», es decir, los asuntos del pueblo, los intereses comunes de todos tal y como los afrontaban los polites griegos, los ciudadanos de Aristóteles[4] La política dejaba de ser particular y personal para empezar a ser colectiva y despersonalizada y plasmarse en un ámbito bastante más extenso y complejo que la pólis ateniense a medida que se extendía la civilización romana.
La política dejó de ser ya cosa sólo de reyes o de una minoría ciudadana muy restringida. El ejercicio del poder no era ya un legado gratuito, una simple herencia del padre al hijo primogénito para ser cada vez más cosa de todo el pueblo que elegía libremente a su máximo magistrado. El poder no venía de lo Alto, de Dios, sino de abajo, del mismo Pueblo: toda una revolución política. Cicerón no sólo destacaba los intereses comunes que hay que preservar, sino la necesidad de que las leyes se aprueben por consenso y que ésa y no otra sea la fuente legítima del Derecho. En su obra sobre la República reflexiona a través del diálogo entre varios personajes a la manera platónica sobre los problemas propios de la organización del Estado, de la República, y de cómo poder mejorar los intereses y la convivencia de los ciudadanos[5]. Por tanto el concepto nace, y de ahí su éxito, como la asociación de ciudadanos para administrar sus intereses comunes de hombres libres apenas sometidos al imperio de la Ley y el Derecho.
La República, en consecuencia, es mucho más que un concepto o una simple forma de gobierno en contraposición a la monarquía, es todo un movimiento político. El republicanismo marcha indisolublemente unido al renacimiento de la teoría democrática moderna a lo largo del siglo XVIII y también, como pone de manifiesto la experiencia norteamericana, supone la cerrada defensa de las libertades frente a algunos excesos de las democracias. La tradición republicana, tanto la clásica como la actual, ponen el énfasis en la participación del pueblo en el gobierno como garantía de los abusos inherentes a la democracia misma y su irrefrenable tendencia —tal y como aventuraba Tocqueville— a imponer la tiranía de la mayoría por una parte y, por la otra, a profundizar en la representación popular como freno a las tendencias oligárquicas propias de la democracia liberal[6]. Sobre este particular el Maquiavelo de los discursos[7] y la monumental obra de Pocock[8] resultan especialmente clarividentes para rescatar lo verdaderamente valioso de la tradición republicana.
En el caso de la II República española se percibía ésta como sinónimo de modernización y democracia frente a la manifiesta incapacidad de la monarquía liberal para adaptarse al nuevo signo de los tiempos y abrirse a todo el conjunto de las fuerzas políticas y sociales que pujaban por hacerse un hueco bajo el sol en la España de la Restauración. La II República fue recibida con gran entusiasmo popular y con la firme convicción de que era posible regenerar políticamente las instituciones y transformar la sociedad. Fue un efímero sueño, quizás, pero, sobre todo, una esperanza frustrada. Y las imágenes filmadas de su proclamación en la capital de España son testimonio indubitable de ello. La plaza de la Cibeles de Madrid y la calle de Alcalá estuvieron literalmente colapsadas y nunca volvieron a estar tan plenamente rebosantes de ciudadanos hasta muchos años después tras la restauración de las libertades con motivo de las manifestaciones multitudinarias convocadas tras el intento de golpe de Estado del 23-F, el entierro del alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván, los asesinatos a manos etarras del concejal Miguel Ángel Blanco Garrido y el del profesor Francisco Tomás y Valiente, o tras la traumática masacre del 11-M.
Hasta tal punto resultan expresivas tales imágenes que su utilización como soporte visual para una serie histórica de televisión española durante la dictadura franquista hicieron de todo punto imposible su difusión. El general Franco a la vista de las mismas mandó abortar dicha serie con independencia de lo que el forzado y forzoso texto del guión pudiera decir sobre ellas. La propaganda franquista se dedicó sistemáticamente a denigrar la memoria de la República y no podía admitir de ninguna manera —nunca puede resultar más cierto el viejo aserto de que «vale más una imagen que mil palabras»—, la evidencia indubitable de que en su mismo origen la República hubiera sido un régimen tan popular, tan pacíficamente proclamado, en medio de la esperanza, el entusiasmo y la alegría del pueblo español, una vez más perfectamente representado por su capital, «el rompeolas de todas las Españas» que proclamara Antonio Machado. La memoria histórica de semejante fiesta popular debía de ser erradicada por completo del imaginario colectivo del pueblo español.
LA IMAGEN NEGATIVA DE LA REPÚBLICA
Esa degradación sistemática firmemente sostenida a lo largo de la dictadura explica que tan noble concepto, tan atractiva idea, que nunca puede limitarse a una simple abstracción, tenga en general tan mala prensa o sea tan controvertido. ¿Por qué las referencias más comunes a la República suelen hacerse en sentido peyorativo? «Esto es una República» suele decirse airadamente o, en el mejor de los casos, «esto parece una República» para ejemplificar gráficamente el caos y el desorden más absolutos. En pura lógica la monarquía habría de ser, por contraposición, la representación de la quintaesencia del orden natural de las cosas, tal y como sostenía Bodino[9].
Tan negativa imagen, que es una evidente consecuencia de la propaganda negativa que el franquismo, heredero del pensamiento reaccionario y muñidor del fascismo español, alimentó siempre con fervor ha subsistido hasta nuestros días a pesar de la recuperación de las libertades. Esa imagen degradada alimentó incansablemente el imaginario colectivo del pueblo durante toda la prolongada existencia del franquismo cuyas últimas secuelas propagandistas aún se empecinan en mostramos una imagen totalmente degradada de la II República que habría sido la principal responsable de la tragedia que ha significado la Guerra Civil. Efectivamente, el régimen franquista se dedicó con fervor a borrar de la memoria colectiva cualquier rastro republicano que pudiera siquiera evocar el sistema político anterior. Los nombres de los proceres republicanos, sus calles, monumentos, referencias políticas o simplemente culturales fueron literalmente erradicadas del mapa, arrancadas de las páginas de la historia. Y, ahora, reinstaurada la monarquía, no cabe presumir que el espacio público vaya a ser invadido por la imaginería republicana o algunos de sus hombres y mujeres públicos más relevantes. La República había sido la fuente de todo mal de cuyo seno surgieron las más terribles aberraciones que llevaron a España al caos e hicieron «inevitable» la Guerra Civil que propició el Movimiento Nacional salvador del caudillo Franco. Por consiguiente había y, al parecer, hay que cubrirla con el más espeso manto de los olvidos.
Cuando se evoca «la República» se está aludiendo implícitamente a la Segunda, pues «la República» por antonomasia, en su plasmación histórica, es la que se proclama el 14 de abril de 1931 y sucumbe por las armas ocho años después, el 1 de abril de 1939, tras tres años de heroica resistencia a lo largo de la Guerra Civil que daría paso a la prolongada dictadura del general Franco. La primera de nuestras repúblicas queda ya muy alejada de la memoria colectiva de los españoles. Fue apenas el sueño de una noche de verano, pues sólo estuvo vigente los once meses que median entre el 11 de febrero de 1873 y el 3 de enero de 1874. Por consiguiente la memoria republicana es fundamentalmente la de la II República.
En consecuencia, esa memoria, pues hay muchas memorias, es evocada tanto por parte de los sectores más extremosos de la derecha española, que lo hacen para quejarse y lamentarse de aquella experiencia política, generalmente considerada extremadamente negativa y del todo contraria a sus intereses, como por parte sustantiva de la izquierda más o menos radical y de la nacionalista, cuyo nombre invocan para exaltarla como alternativa política frente al pretendido yugo que supondría la actual monarquía parlamentaria que, como tal, acoge y garantiza sus manifestaciones políticas antisistema.
Los sectores prorepublicanos y los nacionalistas-independentistas son plenamente conscientes de que para la plena consecución de sus ideales políticos, es decir, para conseguir la proclamación de la III República que anhelan, habría que impulsar y favorecer su imagen para lograr sus objetivos políticos tales como alcanzar su plena segregación del actual Estado español y constituir el suyo propio. La actual monarquía constituiría así el más relevante obstáculo para superar la actual situación y poder hacer valer sus intereses políticos partidistas de independencia nacional, porque el indiscutible papel democratizador e integrador desempeñado hasta ahora por la actual monarquía, la ha llevado, en un país de sentimientos monárquicos más bien escasos, a ser la institución política más valorada por el conjunto del pueblo español como ponen de manifiesto reiteradamente las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas.
Como en pura teoría democrática: Vox populi, vox Dei, los defensores de la causa republicana tendrían de momento el terreno muy poco abonado para hacer fructificar sus sueños e ideales, incluidas las comunidades autónomas del País Vasco y de Cataluña, pero explicarían los desaires antimonárquicos provenientes de dichos sectores nacionalistas que confunden sus legítimas aspiraciones políticas con la debida cortesía que imponen las relaciones institucionales. El lehendakari vasco, Juan José Ibarretxe, no debería olvidar la representación colectiva que ostenta de todo el pueblo vasco desairando la figura del Jefe del Estado que, le guste o no, representa a todos los españoles, incluido el conjunto de los ciudadanos vascos que, lo quieran o no sus propios partidarios nacionalistas, forman parte indisociable de la Comunidad Autónoma del País Vasco y del Estado español mismo, es decir, de España, algo, que el actual presidente de la Generalitat catalana, Pascual Maragall, sin embargo, tiene siempre muy presente atendiendo con respeto a las responsabilidades que se derivan de su cargo en sus relaciones con la jefatura del Estado. Estado del que forma parte toda la ciudadanía catalana, nacionalista o no, a la que representa, con independencia de que al frente de dicha jefatura esté un rey o un presidente de república.
En cualquier caso la tradicional evocación de la República no suele hacerse precisamente con nostalgia, salvo desde determinadas posiciones de izquierda, para ensalzarla como un supremo bien en sí mismo, como una noble y eficaz forma de organización política que se hubiera perdido y que habría que recuperar en nombre de la ley, del derecho, de la libertad, de la justicia o de la democracia felizmente establecida en su día, sino que se hace más bien desde la derecha y el centro-derecha, como rememoración en todo caso de la feliz extirpación de ella como el más infausto de los sistemas políticos. Modelo que, al parecer, supone la encamación del mal absoluto, ya que habría alimentado la violencia, generó todo tipo de injusticias, fomentó la persecución religiosa, estableció el desorden y el caos que, en definitiva, suscitó el ineludible enfrentamiento social que nos precipitó a la Guerra Civil. Así, la mayor desgarradura moral de nuestra historia, cuya inevitable consecuencia habría sido la dictadura franquista, no habría sido hija de una sublevación militar ilegal e ilegítima parcialmente fracasada sino inevitable consecuencia de un régimen político nefasto que obligó a los militares honorables a acabar con ella para la regeneración de la patria en trance de perecer.
Y, a la inversa, determinados sectores de izquierda consideran la República como el arquetipo de régimen democrático que abordó en su día con decisión y eficacia los gravísimos problemas seculares que España tenía pendientes si quería iniciar el camino de la modernización política, económica y social del país, y que sólo el egoísmo y la violencia del bloque de poder oligárquico en connivencia con el fascismo internacional fueron capaces de abortar aún a costa de provocar por la vía de la violencia una guerra civil y la implacable dictadura que la siguió que, en su conjunto, resultó absolutamente negativa para el país. Para dichos sectores no sólo es un ideal político al que ajustarse, sino una forma de Estado que por sí misma habría de producir efectos tan benéficos para el país como maléficos para sus detractores.
En el primer caso, nos encontramos ante el paradigma político más negativo que imaginarse quepa, del anarquismo más pedestre como símbolo absoluto de la negación misma del orden político democrático. Esta perspectiva, por lo que respecta a la visión más negra de la República por parte de sus opositores más firmes, podemos verla ejemplificada no sólo en los sectores más ultramontanos de la derecha española, como es lógico, y en el revisionismo neofranquista por ella alimentado sino también en hispanistas reconocidos, como el citado profesor Stanley G. Payne, que se empecina en tratar de sancionar con su autoridad historiográfica una pretendida literatura historiográfica completamente banal. En el caso más benévolo la idea y el concepto de República, la institucionalización de la libertad, nos remitiría indefectiblemente a la discrepancia permanente, al griterío o a la algarabía más insoportables, a la incapacidad innata del español para organizar políticamente la convivencia al amparo de instituciones democráticas. Consecuentemente tan perversa forma de Estado debería de ser erradicada definitivamente de la memoria colectiva y descartada como ideal político ya que, en su seno, anida «el huevo de la serpiente» de un régimen político que iría simplemente contra natura no aspirando sino a la implantación del caos.
LA EVOCACIÓN LITERARIA DEL FELIZ ALUMBRAMIENTO
Y sin embargo, en 1931, la República, era considerada como la pócima mágica que habría de sanar todos los seculares males de la patria. La II República española, en el momento de su proclamación, despertó las más fervientes esperanzas de numerosos sectores de la ciudadanía. Por fin los españoles mismos estaban dispuestos a construir su propio futuro sin intermediarios ni mediadores que interfirieran sus libres designios. Han quedado plasmados en miles de páginas centenares de brillantes testimonios de ello, pero no nos referiremos aquí a los historiográficos sino a algunos de los literarios más significativos entre los que resulta muy difícil seleccionar los más ilustrativos. La monarquía había quemado definitivamente sus últimos cartuchos y algunos de sus más destacados prohombres se habían pasado o se pasaban al campo republicano. Se abrían ante los españoles un considerable buen número de expectativas. Parecía que, por fin, un pasado sombrío de secular abandono, de miseria general, de injusticia y de incultura, podía quedar atrás ante el empuje renovado y entusiasta de la voluntad popular.
La República vivió una auténtica explosión de buen periodismo dispuesto a dar testimonio fiel de los nuevos tiempos y proliferaron en consecuencia excelentes reportajes de escritores ya consumados y de muchos otros que rápidamente alcanzarían gran notoriedad. Algunos eran bien conocidos, como Julio Camba, Agustí Calvet «Gaziel», Josep Pla o Manuel Chaves Nogales, cuyos escritos han superado la barrera del tiempo[10]. Cada uno dio su particular testimonio, Camba, un clásico del periodismo derrochando siempre su irónica claridad; Gaziel con su lúcida perplejidad; Pla con su veracidad, escepticismo, sabia y cachazuda ironía, como no podía ser de otro modo, y Chaves Nogales, con la singularidad de sus escritos especialmente interesantes por tratarse de artículos de opinión.
Es decir, la República se benefició de la confluencia en el periodismo de tres grandísimas generaciones de creadores literarios: la del 98, la del 14 y la del 27. Hoy disponemos de una bibliografía inabarcable sobre lo que justamente se ha llamado la «Edad de plata» de la cultura española. En lo que aquí respecta, es decir, en la visión que de la política manifestaron en la prensa los más destacados representantes de las generaciones literarias mencionadas, resulta obligado remitir a la espléndida obra de Javier Gutiérrez Palacio que nos ofrece una información al respecto verdaderamente exhaustiva[11]. Se dijo, y con no poca razón, que la República fue sobre todo un régimen de intelectuales, escritores, profesores y maestros. Y, ciertamente, abundan los testimonios de ellos, como es natural, dado el considerable esfuerzo que hizo la República por dignificar la enseñanza. Muchas cosas nacieron con el feliz alumbramiento del 14 de abril de 1931 que despejó el camino soñado hacia la modernización política, económica, social y cultural del país. Sobre todo las esperanzas.
De entre la infinidad de testimonios de reporteros españoles y extranjeros, convertidos a su vez en escritores, y que glosaron el cambio de régimen y escribieron al respecto, merecen ser destacados entre tantos posibles dos. Uno extranjero, y otro español. Los del británico Henry Buckley y el catalán Josep Pla pensamos que, a falta de mayor espacio, pueden ser suficientemente ilustrativos.
Henry Buckley era un destacado periodista que se encontraba en España desde 1929 y permaneció en ella hasta el final de la guerra como corresponsal de The Daily Telegraph. Trabajó para la agencia de noticias Reuters durante la II Guerra Mundial. Casado con una española, catalana, regresó a España donde vivió hasta su muerte. Nos dejó un libro sobre aquellos años cruciales que apenas podía consultarse en algunas bibliotecas especializadas y que ha sido recientemente reeditado por su hijo, el profesor Ramón Buckley, que se ha ocupado personalmente de ajustar adecuadamente el original de su padre[12]. El interés de su testimonio se acrecienta por varias razones: ser testigo principal de los hechos que relata, la claridad de su escritura y su condición de católico, pero inequívocamente republicano, doble circunstancia que dota a su testimonio de un particular interés.
La noche del 13 de abril se encontraba en las puertas del Palacio Real, apenas acompañado de otro periodista español. «La noticia allí aquella noche no era lo que pasaba, sino justamente lo que no pasaba». El rey y compañía veían tranquilamente una película en la recién inaugurada sala de proyección. El bullicio general del pueblo contrastaba con el silencio y la soledad del rey al que en aquella gélida noche apenas acompañaban en las puertas de palacio «un periodista español y un despistado periodista británico». La falta de apoyo a la monarquía resultaba abrumadora. A juicio de Buckley fue precisamente el efecto sorpresa que produjo el resultado de las elecciones Municipales del 12 de abril lo que facilitó el cambio pacífico de régimen. Cambio que no se había producido tras unas elecciones legislativas que hubieran tenido que ajustarse a los plazos legales con lo que habrían «dado tiempo a que las fuerzas de la reacción y el feudalismo se prepararan y organizaran». En contra de la serenidad del monarca que jalearon en su momento periódicos como ABC a juicio de Buckley era «pura inconsciencia». «El rey era totalmente ajeno a la realidad de su país», no obstante entendió que era él quien catalizaba el rechazo popular y se quitó de en medio con rapidez y discreción. A las cuatro de la tarde del 14 de abril Niceto Alcalá-Zamora al frente del Gobierno provisional se plantó ante las puertas del Ministerio de la Gobernación y clamó para la historia: «¡Abran en nombre de la República!» Los guardias obedecieron y Alcalá-Zamora subió hasta la planta principal en volandas mientras los madrileños cantaban en la calle: «No se han marchado, ¡les hemos echado!» Pero, como el mismo Buckley observa era más apariencia que otra cosa. Se celebraba el fin del feudalismo, pero «el feudalismo, que había dejado caer a don Alfonso porque ya no era útil, seguía tan fuerte como antes…», testimonio que por venir precisamente de un observador británico, católico, casado con una española y afincado en España adquiere una singular relevancia.
Aquella mañana del 14 de abril amaneció tranquila en la capital de España. Madrid se fue animando a lo largo del día, como nos cuenta otro testigo de excepción, no precisamente revolucionario, el escritor y periodista Josep Pla, que se había trasladado a la capital para narrar para su periódico, La Veu de Catalunya, el órgano de la Lliga de Cambó, un periódico conservador pero de signo inequívocamente catalanista, cómo un país deja de ser monárquico y empieza a hacerse republicano. Toda una revolución. Había llegado esa misma mañana y nos dejó un dietario del primer año del nuevo régimen[13]. Algo verdaderamente importante estaba ocurriendo —nos dice— pues nada garantiza, sino todo o contrario, que vayan a caer las grandes columnas de ese templo inmóvil (la monarquía), pues tiene el soporte del Ejército, de la Marina, de los grandes propietarios, de la Iglesia, del capital, de las clases medias, del pueblo… y, sin embargo, a primera hora de la tarde se izaba la bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones enfrente del Banco de España. Empezó a fluir gente hasta saturarse el cruce de la calle de Alcalá con el paseo de la Castellana. Se oyen las notas de La Marsellesa y algunos cantan el Himno de Riego. Una monarquía —que según había oído decir en el café, escribe Pla—, duraba quince siglos, «ha caído como un peso muerto, que se desploma, minada por todas partes, por la altura y por la base. Nada ha resistido, y en ese sentido es algo sensacional». Ciertamente la República había venido y, como la célebre primavera de los versos de Antonio Machado, nadie sabía cómo había sido.
El poeta Rafael Alberti nos ha legado una preciosa narración autobiográfica en la que nos cuenta cómo recibieron él y su recién amada el advenimiento de la II República[14]. El poeta no era precisamente un conservador. Se encontraba en aquel mismo Cádiz de 1812, «cuya inalcanzable estampa azul, se hallaba ahora estremecido de punta a punta por un viento de republicanismo». «Republicana es la luna, / republicano es el sol, / republicano es el aire, / republicano soy yo», cantaba el poeta henchido de juvenil entusiasmo. Por entonces escribe: «Cuando tú apareciste, / penaba yo en la entraña más profunda / de una cueva sin aire y sin salida.(…). Porque habías al fin aparecido».
Pero esos versos no se refieren a la República recién aparecida sino a su amada María Teresa León de la que acababa de enamorarse fervientemente, como ella de él, lo que hacía de cualquier acontecimiento extraordinario, como la proclamación de un nuevo régimen político, todo un suceso dotándolo de una luminosidad fuera de lo habitual. Coincide esta circunstancia personal con el alborear del nuevo régimen lo que confiere a tal alumbramiento una luz ciertamente deslumbrante.
Pero de pronto cambió todo. Alguien, desde Madrid, nos llamó por teléfono, gritándonos:
—¡Viva la República!
Era un mediodía rutilante de sol. Sobre la página del mar, una fecha de primavera: 14 de abril.
Sorprendidos y emocionados, nos arrojamos a la calle, viendo con asombro que ya en la torrecilla del Ayuntamiento de Rota una vieja bandera de la República del 73 ondeaba sus tres colores contra el cielo andaluz. Grupos de campesinos y otras gentes pacíficas la comentaban desde las esquinas, atronados por una rayada «Marsellesa» que algún republicano impaciente hacía sonar en su gramófono(…).
La República acababa de ser proclamada entre cohetes y claras palmas de júbilo. El pueblo, olvidado de sus penas y hambres antiguas, se lanzaba, regocijado, en corros y carreras infantiles, atacando como en un juego a los reyes de bronce y de granito, impasibles bajo la sombra de los árboles.
El poeta vuela a Madrid y le propone a Margarita Xirgu convertir sus romances de Fermín Galán en una obra de teatro sencilla y popular. Quería conseguir «un romance de ciego, un gran chafarrinón de colores subidos como los que en las ferias pueblerinas explicaban el crimen del día». El estreno fue un auténtico escándalo. Aparecía una virgen con fusil y bayoneta calada pidiendo a gritos la cabeza del rey y del general Berenguer, así como el cardenal Segura, borracho, soltando latinajos. Hubo garrotazos y gritos, entusiastas defensores y aguerridos detractores que anunciaban la profunda quiebra social que se haría explícita apenas cinco años después…
Nuestro centenario Francisco Ayala, recién casado entonces y llegado de Berlín, se lanzó a la calle en cuanto se produjo el 14 de abril para dirigirse a La Granja El Henar donde hacían tertulia él y sus amigos. La excitación de la gente era muy grande, proliferaban en las solapas las cintas con los colores de la tricolor republicana que se izaba en edificios públicos y en algunos balcones. «La bandera que bordara Mariana Pineda salió a ondear por todas partes, y se impuso —digámoslo así— por sí misma. ¡Cuánto habría de pelearse en lo sucesivo alrededor de esa bandera!» Constataba igualmente Ayala el entusiasmo desbordante que produjo la proclamación de la República, así como la movilización de voluntades y de ambiciones que con ella se suscitaron entre los intelectuales[15].
La escritora Josefina Aldecoa nos ha dejado un vivido y hermoso testimonio novelado de la alegría con que los maestros recibieron al nuevo régimen[16]. Simbólicamente la protagonista, Gabriela López Pardo, maestra de profesión, se pone de parto en el pueblo «a las cinco de la tarde y las campanas empezaron a sonar a las ocho». ¿Por qué sonaban las campanas? «En esto entró Ezequiel y se me vino a la cama y me cogió la mano entre las suyas, que temblaban y me dijo: “Ha llegado, Gabriela, ya está aquí”». Y mientras se retorcía de dolor sin saber de qué se le estaba hablando… «Viva la República», se oyó gritar fuera. Y en seguida: «Viva, viva…». «Mi hija se abría camino en este mundo, se instalaba llorando en nuestras vidas. Faltaba poco para las doce de la noche de aquel día que nunca olvidaré».
La autora asocia así el nacimiento de una nueva vida, llena de esperanzas, la de su hija, al de la República, un régimen que iba a empezar por dignificar la vida del maestro y que a pesar de todos sus avatares necesariamente habría de permanecer muy firmemente arraigado en sus corazones.
El testimonio de Constancia de la Mora (Connie para la familia) tiene un particular interés por lo que significa de ruptura con el viejo orden del que provenía por sus apellidos y que se plasma en las propias discusiones y enfrentamientos familiares que relata. Es un testimonio relevante y singular a través del cual se aprecia, más allá de cierto sectarismo propagandístico de la nueva fe política asumida, una verdadera pasión por la justicia, un ansia de libertad que contribuye poderosamente a ennoblecer todo el relato[17].
El 14 de abril de 1931, a las tres de la tarde, en un taxi camino de su casa, al pasar por la plaza de la Cibeles pueden contemplar ella y el conductor como en el balcón central del edificio de Correos y Telégrafos de Madrid se colocaba una tricolor, «la bandera amarilla, roja y morada de la República». Abandonan el taxi los dos para fundirse con las multitudes que van incrementándose como por encanto. Su tío Miguel es nombrado ministro de la Gobernación. «Sin desórdenes y sin sangre España se había transformado en República». La nieta de Antonio Maura vivió aquellas momentos con ingenuo entusiasmo. Su testimonio es un excelente reflejo de la ruptura política y personal que vive el país y de una mujer de la alta sociedad que asume unos nuevos valores de los que hasta entonces, como ella misma confiesa, había estado completamente alejada. Rompe con su primer matrimonio de conveniencia y se casa con Hidalgo de Cisneros, que será jefe de la Aviación republicana, aportando así un doble testimonio de aquella experiencia revolucionaria mutuamente compartida y de indudable interés memorialístico.
El recuerdo permanente de la II República del que el escritor Eduardo Haro Tecglen hacía gala continuamente resulta especialmente significativo, pues es una de las pocas excepciones que pueden esgrimirse de reivindicación permanente de aquel régimen. Gustaba de usar el ordinal pues así alimentaba la esperanza de que llegara una III aunque él, escéptico siempre y ya entrado en años, fuera consciente de que moriría sin poder ver hecho realidad semejante sueño. El mismo título de su narración resulta ilustrativo[18].
El sentimiento de lo republicano (y la noción dentro de ese conjunto) es el de una aspiración de libertades (no hay libertades: hay aspiración a ellas, como sucede con la democracia, con la felicidad o con otros elementos equívocos de nuestras vidas contemporáneas; me temo que de las futuras de los otros. Pero es importante que aspiremos a) y el de un conocimiento respetuoso del mundo y de los demás. Es también una estética: algo más que una política[19].
En su particular evocación del feliz acontecimiento en el que concentra toda humana posibilidad de felicidad personal, Haro Tecglen, cita a Antonio Machado: «Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano». Hay que decir que fue profesor suyo en el Instituto madrileño «Calderón de la Barca». A la rememoración nostálgica de la infancia perdida añade unos versos de Luis de Tapia que explicitan sus nunca disimuladas posiciones políticas antimonárquicas: «¡Ya es triste cruzar España / cuando es flor todo el país! / ¡Cuando en fecundos olores / florecen todas las flores / menos las flores de lis!»[20]. Aquel 14 de abril, cual Mariana Pineda en su corazón, su madre sacó de debajo del colchón la bandera republicana que había cosido. Una bandera que alimentó y congregó tantos espíritus por lo que resulta…
extraño, ligeramente cómico, que se quiera prohibir el pasado: una paranoia que movilizó grandes esfuerzos de censura y represión para conseguirlo.(…) Sentir pudor y miedo ante la rememoración de esos colores es un síntoma grave de su estado de mala conciencia: incluso por el partido que ayudó a alzarla el catorce de abril[21].
Nunca se curó el niño republicano de aquella herida de la infancia que, de tan profunda, mantuvo abierta hasta su mismísima muerte.
Resulta de particular interés la evocación familiar y personal que el conocido psiquiatra Carlos Castilla del Pino realizó en la primera entrega de su biografía que mereció el IX Premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias[22]. Entre otras poderosas razones porque mantiene muy vivo su recuerdo y por la potente inteligencia y sensibilidad con que nos transmite aquellos acontecimientos tan intensamente vividos y que habrían de suponer un auténtico revulsivo en su familia pues, su padre, era monárquico y justo aquel 14 de abril había adelantado su regreso del casino antes de lo habitual «ante la alarma que habían producido los resultados conocidos a media tarde». «La vida social se enrareció y para nosotros comenzó una etapa de tensión» pues, al fin y al cabo, la República «iba ligada, desde la perspectiva de la familia Castilla, a una cierta falta de clase, a una tendencia a la populachería». Aquella experiencia histórica golpeó especialmente a su familia pues unos sufrieron primero la represión de los «rojos» y otros, sufrieron después la de los llamados «nacionales», como el mejor paradigma del horror de una guerra civil que tan fielmente queda plasmado en las sabias palabras de Manuel Azaña en su discurso en el Ayuntamiento de Valencia el 21 de enero de 1937, en el sentido de que en una guerra civil «no se triunfa personalmente sobre compatriotas», pues todos pierden algo, incluso los vencedores.
Efectivamente, la instauración de la República no fue recibida con el mismo entusiasmo en todas partes. A la desconfianza y natural prevención con que se recibió la noticia en una familia más o menos monárquica como la de Castilla del Pino hay que sumar el rechazo manifiesto que se produjo en otros sectores sociales.
Dentro de los testimonios negativos, que no fueron pocos, sobre la proclamación de la República antes de que empezaran a aflorar y a manifestarse tantos problemas y conflictos, más o menos latentes, como los que se habían venido incubando, el de Rafael Salazar Soto, «reportero político» de la Editorial Católica que fuera subdirector de Ya resulta igualmente ilustrativo. No se anduvo por las ramas y desde el primer momento se dedicó a «hundir el bisturí en el tumor nacional que fue la Segunda República española», según la acertada descripción del autor del epílogo, Pedro Gómez Aparicio, que le escribió a Salazar sobre sus recuerdos republicanos[23]. Efectivamente el incisivo reportero evoca así el acontecimiento.
Un acontecimiento que el pueblo quiso festejar jubilosamente, como merecía su significado y trascendencia. ¿No habían usurpado los reyes la Casa de Campo? Pues vamos a la Casa de Campo, sin pérdida de tiempo, a tomar posesión de lo que fue siempre nuestro. Y hacia allí marcharon miles de hombres y mujeres entre cánticos y gritos soeces, sin gracia y sin ingenio. Aquella «toma de posesión» resultó algo inenarrable. Se talaron árboles, se pisotearon setos, se destrozaron plantas, se volcaron automóviles y las cubiertas de otros vehículos fueron acuchilladas. ¡Reinaba la alegría por doquier! Acababa de proclamarse la República, y el pueblo soberano podía hacer lo que le diese la republicana gana[24].
Los sepultureros de la República se aprestaron desde el primer momento a socavar sus débiles cimientos sin la menor contemplación al amparo de las libertades democráticas recién instauradas. No dieron el menor cuartel. La «real» gana de las poderosas fuerzas de la tradición era vilmente usurpada por la «republicana» gana del pueblo soberano al que se le venía hurtando secularmente una mínima instrucción en los valores cívicos propios del ciudadano ansioso de servir a su República.
Fue una época en la que nadie provisto de una pluma dejó de dar testimonio de su experiencia. Muchos intelectuales así lo hicieron y gracias a ello disponemos de sus interesantes opiniones para hacernos una idea cabal de la intensidad con la que se vivieron sobre todo los primeros momentos del régimen. Fueron muchos los intelectuales que plasmaron en artículos, reportajes y libros los sucesos y cuestiones más candentes de los primeros años republicanos. Pío Baroja, Jacinto Benavente, Julián Besteiro, Concha Espina, Blas Infante, Luis Jiménez de Asúa, Salvador de Madariaga, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Ramón J. Sender, Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán, etc, etc., nos dejaron sus reflexiones sobre el compromiso intelectual, la cuestión regional, la reforma agraria, el papel del socialismo democrático, el de los intelectuales mismos, etc., etc., en aquellos esperanzados años en que aún era todo posible y nada estaba predeterminado[25].
Efectivamente, se han hecho infinidad de análisis retrospectivos insistiendo sin el menor fundamento en que la Guerra Civil fue inevitable. Salvo la muerte, no creemos que nada más esté previamente determinado. Si fue inevitable es que en el período inmediatamente anterior, los años republicanos, se produjeron las causas «determinantes» que inevitablemente habrían de generar el conflicto civil. ¿Cuáles? Creer a estas alturas en semejante género de determinismos es cuestión más metafísica que materialista aunque, paradójicamente, abunden en ella no precisamente historiadores «marxistas» entusiastas del materialismo histórico como metodología más adecuada al análisis de los procesos sociales. Tal es una falacia en la que aún se insiste pero suficientemente tratada por la historiografía contemporaneísta que ha arrojado una numerosa bibliografía al respecto lo suficientemente concluyente y convincente como para negar semejante predeterminación. Por otra parte, puesto que se escribe desde el presente y sabemos lo que ocurrió, aunque resulte una simpleza, es relativamente frecuente por facilón deducir de ello que necesariamente tuvo que ocurrir lo que ocurrió. Sobre la misma base pudo perfectamente haber ocurrido lo contrario y así poder decir que también ocurrió inevitablemente.
Pensar que pudiera producirse una guerra civil en España, aún en vísperas de desencadenarse ésta, resultaba una idea ciertamente incongruente. Dicha idea queda perfectamente reflejada en la conversación que establecen dos adolescentes amigos, Luis y Pablo, en la obra de Fernando Fernán-Gómez, por la que obtuvo con todo merecimiento el premio Lope de Vega del Ayuntamiento de Madrid en 1978. Nos referimos, obviamente, a Las bicicletas son para el verano (1984). Arranca significativamente la pieza precisamente en la ciudad universitaria, que en breve será uno de los lugares donde habrán de entablarse algunos de los más feroces combates de la Guerra Civil. Luis le dice a su amigo Pablo: «¿Te imaginas que aquí hubiera una guerra de verdad?» Y Pablo le responde: «Pero ¿dónde te crees que estás? ¿En Abisinia? ¡Aquí qué va a haber una guerra!» Luis, apostilla: «Bueno, pero se puede pensar». A continuación Pablo le expone sus razones de porque tal no es posible en España[26]. La incongruencia es aún mayor en tanto que Luis será del bando de los vencidos y Pablo de los vencedores. La guerra no sólo divide lo que antes estaba unido quebrando una incipiente amistad sino que tal circunstancia, la victoria o la derrota, tener o no tener avales, ésa sí, habrá de ser absolutamente determinante para ambos.
Si traemos aquí a colación Las bicicletas… siendo como es una obra centrada en la guerra es porque, como bien recoge Haro Tecglen en su introducción, en ella «se recoge continuamente el sentido de las aspiraciones del grupo de personajes que pierden esta ocasión histórica: cambiar de vida y cambiar la vida». Y que toda esa presencia queda perfectamente resumida en la frase final de la pieza cuando don Luis le dice a su hijo Luis: «Sabe Dios cuándo habrá otro verano[27]».
EL MANIFIESTO OLVIDO DEL CINE
El cine ha sido muy olvidadizo a la hora de evocar o rememorar la II República. Son muy escasas las películas que se ocupan de su memoria, no existe filmografía que evoque la vida cotidiana de los años republicanos antes de la guerra o que sitúen en aquel contexto histórico determinadas historias. Incluso aquéllas que lo hacen no contienen una defensa o reivindicación explícita del régimen y sus circunstancias políticas que apenas aparecen en un segundo cuando no tercer plano de la trama. Las consecuencias terribles que devinieron tras su violento asalto por los militares sublevados, es decir, la propia Guerra Civil, y las trágicas circunstancias que de ello se derivaron, han empequeñecido cuando no prácticamente disipado su memoria. Por otra parte, la bibliografía específica sobre el asunto tampoco es excesiva con la excepción de los libros de José María Caparros [28] y muy poco más[29].
La producción cinematográfica de la época era muy escasa dada la débil estructura industrial de España. Por otra parte la proclamación de la República coincide con el tránsito del cine mudo al sonoro y la filmación de películas no empieza a remontar hasta 1932 alcanzando su momento culminante en 1935 en que se realizan apenas 37. Las películas de más éxito del momento fueron La verbena de la paloma (1935) de Benito Perojo y Nobleza baturra (1935) y Morena Clara (1936) de Florián Rey, pero ninguna de ellas, ni otras, reflejan el espíritu de los nuevos tiempos ni muestra explícitamente la nueva situación política que inauguraba la proclamación de la República. Apenas se explotan los valores castizos y populares (toros, zarzuela, sainetes, etc.). La película más audaz entonces fue Nuestra Natacha (1936) basada en la obra homónima de Alejandro Casona del liberal Benito Perojo cuya producción no desentonaba del cine que se hacía entonces fuera de España.
La película más significativa de los nuevos tiempos de libertades que la II República inauguraba fue un documental. Nos referimos a Las Hurdes (1933) del genial Luis Buñuel en la que mostraba descarnadamente una de las zonas más subdesarrolladas de España. El proyecto lo impulsó el mismo Buñuel de la mano de unos cuantos amigos anarquistas y comunistas. Se trata de un auténtico documento desde el punto de vista antropológico, sociológico, cultural e histórico, que resultó molesto hasta para el mismo régimen que prohibió su exhibición aunque la rescató el gobierno del Frente Popular y que se ha convertido en un clásico del cine documental.
La Guerra Civil, como es lógico, determinó una fractura de la cinematografía y cada bando se centró en transmitir sus propios valores a través del cine de propaganda. Valores liberales o tradicionales, progresistas o conservadores, revolucionarios o contrarrevolucionarios, defendiendo posiciones defensivas, constitucionales, populares en un caso, y militaristas, tradicionales, franquistas o nacionalistas en el otro. Como es natural, habida cuenta del resultado de la guerra, la temática republicana y la mera posibilidad de arrancarla de la demonización a que el régimen franquista sometió a la República, tuvieron que esperar a la recuperación de las libertades tras la muerte de Franco para poder ofrecer una visión que no fuera el mero trasunto de un enfoque puramente simplista y maniqueo de los años republicanos.
Se pudo así producir un discurso alternativo al hasta entonces establecido sobre la propia Guerra Civil o el franquismo o determinados temas considerados tabú por el franquismo pudieron salir al fin a la luz. Se produjo un inevitable proceso de recuperación de la memoria que ya resultaba imparable y se filtraba por cualquier resquicio en una sociedad abierta ansiosa de tener acceso a otras visiones de su propio pasado. Tales testimonios, paradójicamente, no lo eran de la República misma, un régimen que en definitiva apenas duró cinco años (1931-1936), como en una especie de acuerdo tácito de que mejor sería olvidarse de aquellos años que «inevitablemente» desembocaron en la Guerra Civil (1936-1939). Pero ¿quiénes se ocuparon principalmente de semejante fracaso? Ciertamente se ha ido produciendo una cinematografía sobre estas cuestiones que dista de ser exhaustiva aunque ha generado un sinfín de películas ambientadas en la guerra o en la posguerra que han contribuido a la formación del imaginario colectivo sobre el período 1936-1975 pero, como decimos, apenas nada sobre los años única y exclusivamente republicanos (1931-1936). Incluso las películas que pudieran mostrar un trasfondo más genuinamente referido a los años de la República apenas lo hacen incidentalmente para enlazar retrospectivamente con la Guerra Civil, que es el tema estrella, a pesar de que como hemos venido insistiendo, no sea en absoluto exhaustiva la filmografía que aborda semejante temática.
Ni la versión cinematográfica de Las bicicletas son para el verano (1984) de Jaime Chávarri (fiel adaptación de la obra teatral de Fernando Fernán-Gómez), ni Belle Époque (1992) de Femando Trueba, ni siquiera la Lengua de las mariposas (1999) de José Luis Cuerda, pueden considerarse en sentido estricto películas sobre la República y apenas apuntan a los años de esperanza que supuso su instauración. Son siempre la antesala de lo que viene a continuación y verdaderamente importa: la guerra, pero nunca independientemente o al margen de ella. No obstante lo cual la película de Cuerda, basada en uno de los relatos (A lingua das bolboretas en el original gallego) del libro de Manuel Rivas ¿Qué me quieres amor?, por el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa en 1996, consiguió un extraordinario éxito de público, tanto por la eficaz labor de su director como por el guión adaptado de Rafael Azcona por el que obtuvo un merecido premio Goya.
La película puede considerarse en cierto modo emblemática de lo mejor del espíritu que alimentó la proclamación de la República al hacer del maestro, don Gregorio (un extraordinario Fernando Fernán-Gómez) del niño protagonista, Moncho («gorrión», un también estupendo Manuel Lozano), todo un símbolo, todo un referente del mejor sueño republicano brutalmente tronchado por la guerra con el mérito añadido de que su protagonista no es consciente de lo que se está «cociendo» a su alrededor: la conspiración que llevó a la sublevación militar y a la Guerra Civil.
Don Gregorio resulta en cierto modo arquetípico del maestro hijo de la Institución Libre de Enseñanza que quiso dignificar la República: culto honesto, sensible, curioso, abierto y entregado a los niños, plenamente consciente de su importante responsabilidad social educadora sin darse cuenta al mismo tiempo —¿cómo habría de dársela?— de que tan noble labor despertara recelos insospechados que alimentaban el resentimiento de las poderosas fuerzas de la reacción. El niño es una víctima inocente de unas dolorosas circunstancias que dotan aún de un mayor dramatismo a las desgarradoras imágenes con que concluye la película. Don Gregorio es un hombre ingenuo aunque coherente con las ideas liberales que profesa y sin embargo un ser frágil ante la tosquedad pueblerina que le rodea. Un hombre ya maduro, próximo a la jubilación, al que apenas le ha sido dada la oportunidad de alimentar la esperanza de sus sueños más deseados y que, en su discurso de despedida de la docencia, hace finalmente explícitos cuando lucidamente dice:
El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro, si conseguimos que una generación, una sola generación crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro.
En ese momento ya empiezan a deslindarse claramente dos campos y sectores cada vez más enfrentados: republicanos y antirepublicanos. No porque no lo estuvieran ya de antes, sino porque las circunstancias internas (pérdida de las elecciones) y externas (auge de los fascismos) empezaban a hacer más verosímil el enfrentamiento. Pero los sectores más radicales de ambos «bandos» ya habían fracasado en 1932 y en 1934. Nada estaba escrito en julio de 1936. Cuando se llevan a don Gregorio para ser fusilado en una camioneta con otras víctimas propiciatorias no se trata de un lamentable error. Las pedradas del niño son irresponsables e inocentes pero sus asesinos sabían muy bien a quien fusilaban y porqué lo fusilaban. Fusilaban a un maestro como símbolo de tantos otros. «Ajustician» a un «envenenador del alma popular» (José María Pemán, dixit), es decir, a un profesional de la enseñanza de la nefasta idea de pensar con libertad.
CONCLUSIONES
Tal pretendió, efectivamente, la República: instaurar la libertad…, y consolidarla, después de lo cual ya sería muy difícil poder cercenarla. Pero la libertad de unos (de todos) resultó insufrible para otros sólo dispuestos a defender su propia libertad. Muchos problemas hasta entonces no resueltos y otros que se mantenían soterrados surgieron a la superficie con el establecimiento de las libertades y no hubo tiempo suficiente para enseñarlas y encauzarlas adecuadamente.
Si algún recuerdo queda de la República en nuestra memoria colectiva es el de su tópica simplificación: sobrevalorada por unos, demonizada por otros, y simplemente ignorada por los más. Lo que es evidente es que su proclamación despertó un gran fervor colectivo y alimentó las legítimas esperanzas de buena parte de la sociedad española de la época. Suscitó también una considerable prevención en otros importantes sectores del país profundamente arraigados en los valores más tradicionales que representaba la monarquía que, agotada y desgastada por su propia impericia, había tenido que arrojar la toalla al rincón de la historia. La República no dejó indiferente probablemente a casi nadie, al menos en 1936 cuando llegó el momento de la verdad: defenderla hasta la muerte o erradicarla para siempre de la historia.
La literatura y el cine desempeñan un papel clave a la hora de fijar el imaginario colectivo de un pueblo. El hecho de que la reivindicación de la memoria democrática, y por tanto de la republicana, después de treinta años de la muerte de quien asumió la responsabilidad de borrarla de la historia, y con un gobierno de mayoría socialista, no sea más intensa y cueste tanto encauzar su justa reivindicación, se debe en parte, a nuestro juicio, precisamente a esa debilidad memorialista pues la numerosa bibliografía al respecto, propia de especialistas, no puede colmar el evidente hueco que la literatura, y especialmente el cine, distan de colmar.
La leyenda negra de la República se corresponde con la visión negativa que los enemigos de la misma, de la democracia, han tenido siempre del libre ejercicio de las libertades por parte del pueblo soberano. Así ha ocurrido desde la más antigua de las repúblicas que se conocen. En Roma, como nos recordaba Maquiavelo en sus discursos, se pretendió dar la imagen de una república de continuos «tumultos», «alborotadora» y «llena de confusión»:
Creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad de Roma, se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron (…)[30].
El ejercicio continuado y persistente de la demagogia deformando, ampliando, exagerando o incluso inventando hechos que jamás se produjeron, y sacando de su contexto, extrapolando y elevando a categoría los que sí tuvieron lugar, generando con ellos desconcierto, inseguridad y crispación en la ciudadanía, buscando por todos los medios posibles la caída del gobierno correspondiente o la desestabilización del sistema político, no supone ninguna novedad política. De hecho tenemos ejemplos tan evidentes que de tan próximos nos impiden ver más allá. Las que son radicalmente distintas son, como diría un buen marxista, «las condiciones objetivas», es decir, la estructura real de la sociedad. El ruido empieza a ser ensordecedor pero tratar de comparar la coyuntura republicana de 1936 con la actual de España de 2006, como se empeñan en hacer algunos periodistas, revisionistas y sus voceros mediáticos, es una auténtica tergiversación de los hechos que los historiadores no deben dejar de denunciar con toda firmeza. Semejante práctica, que reiterada o persistentemente cuestiona los poderosos intereses establecidos, apunta en última instancia a implantar un gobierno fuerte o autoritario que imponga el orden y restrinja las libertades conquistadas. Se trata de una técnica política tan vieja como el mundo desde que el hombre empezó a organizarse políticamente.
Nihil novum sub sole, dijo el sabio Salomón con la suficiente perspicacia y lucidez como para prevenirnos de ciertas recurrencias y, al mismo tiempo, poder actuar en consecuencia para defendernos no menos sabiamente de ellas con los medios políticos más adecuados y eficaces. Medios que el Estado de Derecho y la Constitución garantizan sobradamente sin necesidad de tener que apelar de nuevo a «salvadores de la patria», es decir, a vendepatrias. Por ello, la memoria republicana, resulta especialmente ilustrativa y digna de permanente rememoración porque el sueño de la libertad no desaparece jamás de los espíritus verdaderamente libres.