Los prisioneros revolucionarios de Stalin[622]
15 de enero de 1936
Las cartas y documentos recientemente publicados por los camaradas Tarov y Ciliga han servido para estimular un enorme interés por la represión a los combatientes revolucionarios a manos de la burocracia soviética. A dieciocho años de la Revolución de Octubre, en una época en que, según la doctrina oficial, el socialismo es una realidad «definitiva e irrevocable» en la URSS, aquellos revolucionarios enteramente consagrados a la causa del comunismo que no reconocen el dogma de la infalibilidad stalinista sufren años de cárcel, encierro en campos de concentración, trabajos forzados, tortura física cuando resisten, fusilamiento en casos de intentos de evasión reales o ficticios, o bien, son conducidos deliberadamente al suicidio. Cuando cientos de prisioneros, en protesta contra las condiciones intolerables, recurren al terrible método de la huelga de hambre, la burocracia los somete a alimentación forzada y luego los coloca en situaciones aún más horribles. Cuando ante la falta de otros medios de protesta, algunos revolucionarios se cortan las venas, los agentes de la GPU, es decir los agentes de Stalin, «salvan» sus vidas para demostrarles con renovada brutalidad que en verdad no tienen salvación alguna.
En medio de este panorama horrible, la crónica del camarada Ciliga introduce un elemento sumamente trágico. Ciliga era uno de los dirigentes de la sección yugoslava de la Comintern. En otras circunstancias, al surgir diferencias entre los dirigentes de un partido se hubiera recurrido a la discusión, al congreso extraordinario y en casos extremos, a la ruptura. No sucede así en la Comintern. La camarilla de Moscú envía sus instrucciones al Comité Central de la sección nacional. Este a su vez le solicita a Moscú que lo libere de la Oposición. Stalin ordena a los oposicionistas que se trasladen a Moscú y, tras un intento sumario de «convencerlos», ordena su arresto, incomunicación y exterminio físico por distintos medios. Entre los cientos de fusilados por su «participación» en el caso Kirov —que en la mayoría de los casos no tuvieron nada que ver— se encuentran varios militantes de la Oposición de Bulgaria y otros países. Así, el derecho de asilo para los refugiados revolucionarios está condicionado por el compromiso de renunciar al derecho de opinión independiente. El llamado a Moscú para una «conferencia» resulta, una y otra vez, una trampa traicionera. Si el «criminal» escapa, encarcelan a su esposa, hija o hijo. En estos casos, los métodos de los agentes stalinistas coinciden con las mejores tradiciones del gangsterismo norteamericano.
Los partidos que se autotitulan Comunistas, no sólo disimulan estas canalladas sin precedentes de los señores Mariscales y Supermariscales —canalladas en las que participan directamente los dirigentes de algunas secciones de la Comintern—, sino que, para colmo, la prensa de la Comintern trata de atribuirlas a las propias víctimas. Porque, vean ustedes, no se trata simplemente de militantes de oposición, bolcheviques que se rebelan contra las arbitrariedades de Stalin y contra la degeneración patriótica de la Comintern. No; no cabe duda de que son «terroristas», participantes en un complot contra la sagrada persona del Líder o de uno de sus mariscales, en fin, agentes del espionaje extranjero, lacayos de Hitler o del Mikado. A Zinoviev y Kamenev los cogieron en flagrante delito: criticaron (¡en privado!) el ritmo aventurerista de la colectivización, que condujo a la destrucción insensata de millones de personas. Si el caso hubiera estado en manos de un auténtico tribunal proletario, los aventureros-colectivizadores sin duda hubieran dado con sus huesos en la cárcel. Pero el tribunal de Stalin y Iagoda condenó a Zinoviev y Kamenev a diez años de presidio por… ¡un acto terrorista en el que no participaron, ni hubieran podido participar!
Hasta hace apenas dos años la prensa socialdemócrata, laborista y sindical difundía ávidamente todas las noticias, reales y ficticias, de los crímenes de la burocracia soviética, con el fin de desprestigiar a la Revolución de Octubre en su conjunto. En la actualidad, se ha producido un viraje de ciento ochenta grados, al menos en Europa. La política del «frente único» social-patriota se ha trasformado en la conspiración de silencio recíproco. En los países donde no existe frente único debido a la poca importancia de los partidos comunistas, las organizaciones reformistas prefieren no reñir con la cúpula del Kremlin, que al inscribir en su bandera la defensa de la Liga de las Naciones y de la patria democrática, se encuentra muchísimo más cerca de aquéllos que de los internacionalistas revolucionarios perseguidos. La «defensa de la URSS» es la justificación piadosa del silencio con respecto a los crímenes de la burocracia stalinista.
Corresponde mencionar aquí la categoría especial de los «amigos» profesionales del Kremlin: intelectuales en busca de un ideal dorado, escritores que descubren las ventajas de la Editorial del Estado, abogados ávidos de publicidad y, por fin, los meros aficionados, atraídos por los viajes gratuitos y los banquetes de aniversarios Luego, estas personas, que en su mayoría son parásitos, trasmiten hacendosamente por los cuatro rincones del globo los inventos e insinuaciones que los agentes de la GPU susurran al oído de los «amigos» durante los heroicos banquetes en honor de la Revolución de Octubre. ¡Bástenos mencionar el indigno papel que cumple un escritor tan destacado como Romain Rolland!
Sin embargo, la confraternidad entre la cúpula de la degenerada Comintern y la cúpula de la Segunda Internacional empieza a provocar una reacción saludable. Un número creciente de obreros de vanguardia empieza a abrir los ojos. Los ejemplos de «moral socialista», tales como arrastrarse en el polvo ante los «líderes», la adulación bizantina, la creación de castas de coroneles, generales y mariscales «rojos», el culto reaccionario a la familia pequeñoburguesa, la resurrección del árbol de Navidad: todo esto obliga a los obreros conscientes de todos los países a preguntarse hasta qué grado habrá llegado la degeneración del estrato dominante de la Unión Soviética. Sobre este terreno del despertar de la conciencia crítica caen hoy los informes sobre los crímenes brutales perpetrados por la burocracia contra los revolucionarios que ponen en peligro sus sacros privilegios y se obstinan en repudiar el evangelio según Dimitrov, Litvinov y la Liga de las Naciones.
Las filas de los «criminales» engrosan constantemente. En el curso de la última purga en el partido dominante en la URSS (últimos meses de 1935), a partir de lo que se deduce de los datos oficiales hubo entre diez y veinte mil «trotskistas» expulsados. Por regla general, los expulsados pertenecientes a esta categoría son arrestados de inmediato y sometidos a las condiciones que imperaban en los campos de trabajos forzados del zar. ¡Es necesario llevar estos hechos a conocimiento de la clase obrera del mundo entero!
Es cierto que aún en el presente encontramos en el movimiento obrero occidental no pocos activistas que se plantean con honestidad la pregunta: ¿no perjudicará a la Unión Soviética este tipo de denuncias? ¿No existe el peligro de que, al vaciar la bañera, arrojemos el bebé junto con el agua? Sin embargo, estos temores no tienen base alguna en la realidad.
La denuncia de las brutalidades que los stalinistas perpetran contra los revolucionarios, ¿puede perjudicar a la Unión Soviética ante los ojos del mundo burgués?
Todo lo contrario: toda la burguesía, incluidos los guardias blancos en el exilio, ven en la ofensiva stalinista de exterminio contra los bolcheviques-leninistas y otros revolucionarios la mejor garantía de «normalización» del régimen soviético. La prensa capitalista seria y responsable del mundo entero aplaude unánimemente la lucha contra los «trotskistas». ¡Que nadie se extrañe! Litvinov, junto con los representantes de la reacción mundial, integra la Comisión de Ginebra para la lucha contra el «terrorismo[623]». Aquí no se trata, desde luego, de combatir el terror gubernamental contra los obreros revolucionarios, sino de combatir al vengador individual que dispara contra el tirano con o sin corona. Es sabido que los marxistas siempre rechazaron y rechazan implacablemente el método del terror individual. Pero eso jamás nos impidió solidarizarnos con Guillermo Tell contra el déspota austríaco Gessler. En cambio, la diplomacia soviética discute ahora con los Gesslers la mejor manera de exterminar a los Tells. Al participar en la persecución internacional a los terroristas, Stalin complementa del mejor modo posible su propia persecución a los bolcheviques. Es evidente que nuestras denuncias sólo servirán para aumentar la confianza que Stalin les merece a la Liga de las Naciones, al gobierno de Estados Unidos, e inclusive a Hitler.
Tampoco tenemos por qué temer a la burocracia obrera reformista de los países burgueses. Los burócratas reformistas conocen perfectamente bien los actos de la represión stalinista, pero desde hace dos años los silencian deliberada y maliciosamente. Sea como fuere, nuestras denuncias no disminuirán la estima que León Blum, Otto Bauer, Sir Walter Citrine, Vandervelde y compañía sienten por la burocracia soviética; se trata de una amistad interesada, dirigida en primer término contra el ala izquierda, revolucionaria.
Por último, están las masas trabajadoras. La mayoría de los obreros son partidarios sinceros y honestos de la Unión Soviética, aunque no siempre saben expresarlo en la acción. Para las masas resulta difícil orientarse en este problema porque los aparatos burocráticos, elevados por encima de ellas, las engañan constante y hábilmente. De manera que el problema se reduce al siguiente interrogante: ¿Tenemos el deber de decirles la verdad? Para un marxista, plantear este interrogante es hallar la respuesta. La revolución no necesita amigos ciegos ni aliados con los ojos vendados.
Los obreros, no son niños. Son capaces de apreciar al mismo tiempo las conquistas colosales de la Revolución de Octubre y la pesada herencia histórica que se ha coagulado sobre su cuerpo, bajo la forma de una horrenda úlcera burocrática. ¡Un revolucionario que teme decirle a las masas lo que sabe, es un inútil! Dejemos la duplicidad para los patriotas del parlamento, los idealistas de salón y los curas. ¿Acaso los «Amigos de la Unión Soviética» y otros filisteos no dirán que nos movemos sobre la base de consideraciones maliciosas de tipo «fraccional», incluso «personal»? Por supuesto que sí. Pero, por suerte, todavía no nos hemos desacostumbrado a considerar a los filisteos y a su opinión pública con absoluto desprecio. No se puede preparar el futuro embelleciendo el presente. Para ser leales a la Revolución de Octubre debemos denunciar sin piedad y, en caso de necesidad, cauterizar sus llagas. La mentira es un arma de la clase poseedora. Hoy también es un arma en manos de la burocracia soviética. Los oprimidos necesitan conocer la verdad. Los obreros deben saber toda la verdad respecto de la Unión Soviética para que los acontecimientos próximos no los tomen desprevenidos.
Debemos difundir a los cuatro vientos, a través de todas las publicaciones honestas, las noticias sobre las viles represiones que sufren los revolucionarios proletarios honestos en la Unión Soviética. Por eso, nuestra tarea principal e inmediata es: aliviar la suerte de las decenas de miles de víctimas de la saña burocrática. Debemos ayudarlos por todos los medios que surjan de la situación y que brinde nuestro deseo ardiente de salvar a los heroicos combatientes. Si cumplimos esta tarea, ayudaremos a los trabajadores de la Unión Soviética y del mundo entero a dar un paso más en el camino de su emancipación.