18: El canto de los lirrs
18
El canto de los lirrs
Mientras el sol tocaba con su rojo disco el horizonte occidental, Magnus elevó la cansada voz para unirse a los lirrs en otro más de los morbosos cánticos de estos animales. Los saurios lo rodeaban por todas partes, erguidos sobre las patas traseras y con las espinosas colas bien extendidas para mantener el equilibrio de sus pesados cuerpos cubiertos de escamas. Al cantar, hinchaban los pliegues del cuello en magníficos abanicos y abrían las bocas hasta tal punto que parecían ser todo garganta rosa y colmillos.
Magnus llevaba cantando con la jauría lirr desde que se le habían acercado trotando a través del campo poco después del mediodía. Al principio, el cantor del viento esperó que lo confundieran con un árbol y siguieran adelante. Por desgracia, las ramas que habían surgido en la parte superior de su cuerpo empezaron a temblar de miedo y lo delataron. Uno de los lirrs se acercó y hundió las zarpas en el tronco.
En ese momento, Magnus comprendió que la jauría acabaría por devorarlo, pero, decidido a no morir sin presentar batalla, había partido el cráneo de la criatura con uno de sus enormes puños. El resto de la jauría regresó al instante y se puso a dar vueltas a su alrededor, bramando a todo pulmón las horripilantes notas de su canción de caza. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de unirse a ellos.
La táctica había funcionado bien, pues su voz tenía la versatilidad suficiente para duplicar las notas de su lamento fúnebre. Los saurios habían continuado girando en torno a él, no muy seguros de si se trataba de una presa, un árbol o alguna especie de curioso lirr. No obstante, el tiempo que Magnus conseguiría mantener a raya a los depredadores tenía un límite, y el cantor del viento sabía que no tardaría en alcanzarlo. Ya comenzaba a notar cómo la voz se le quebraba, afónica, y sabía que esta le fallaría por completo antes de que finalizara la noche.
De improviso, con gran alivio para Magnus, los lirrs dejaron de cantar. Simultáneamente, todos ellos se dejaron caer a cuatro patas y se volvieron hacia el este con un brillo de avidez en los ambarinos ojos. Al cabo de un instante, se alejaron juntos dando saltos. El cantor del viento los siguió con la mirada y vio que habían ido a atacar a una figura solitaria que regresaba de la Torre Primigenia. Desde tan lejos, y en la escasa luz del crepúsculo, Magnus no estuvo muy seguro de si se trataba de Sadira o de Rhayn.
—¡Cuidado! —aulló—. ¡Lirrs!
La advertencia llegó demasiado tarde, pues los animales habían alcanzado ya a su presa. Se lanzaron sobre la mujer y sus afilados colmillos se cerraron sobre su garganta mientras las largas uñas le desgarraban el abdomen. Las frondosas ramas de Magnus se estremecieron horrorizadas y el cantor del viento intentó desviar los ojos desprovistos de párpados, pero, inmovilizado como estaba por el tronco, no pudo volverse lo suficiente para no ver lo que sucedió a continuación.
Para su sorpresa, el ataque de los animales no derribó a la mujer. Esta se limitó a dejar de andar y ellos resbalaron, arañando y mordiendo, por su cuerpo. En cuanto los lirrs volvieron a estar en el suelo, cambiaron de táctica y atacaron las piernas de su presa en un intento de hacerla caer.
La lejana figura dirigió una mano hacia el sol que se ponía. Cuando la retiró, todo su cuerpo refulgía con una luz roja. Pateó a los voraces lirrs con los pies, en un intento de obligarlos a marcharse y no tener que utilizar la magia; esta acción dio a entender a Magnus que era Sadira, pues ningún elfo habría tratado a los reptiles con tanta amabilidad.
Al ver que los lirrs no aprovechaban su acto de clemencia, la hechicera hizo un gesto con la mano en dirección a ellos, y un brillante relámpago rojo surgió de debajo de la palma. Magnus quedó deslumbrado, y, cuando los puntitos de luz que danzaban en sus ojos desaparecieron, descubrió que los animales habían desaparecido. A pesar de lo poderosa que ya era Sadira antes de penetrar en la torre, el cantor del viento se dio cuenta de que regresaba ahora con sus poderes aún más intensificados.
La hechicera avanzó tranquilamente hacia Magnus como si nada hubiera sucedido, y este no tardó en poder ver los reflejos de sus ambarinos cabellos reluciendo bajo la luz del atardecer. El rostro, sin embargo, permaneció envuelto en sombras hasta que estuvo casi junto a él.
Cuando por fin se encontró lo bastante cerca como para que él pudiera verla bien, el cantor del viento no pudo evitar una exclamación de sorpresa. En los lugares donde la habían arañado los lirrs no se veía el menor rasguño; pero no fue la inmunidad a las heridas lo que sorprendió más al cantor del viento. Aunque seguía tan hermosa como siempre, su piel se había vuelto de un color negro azabache, y sus ojos no tenían ahora pupilas y brillaban como ascuas encendidas. Cada vez que exhalaba, una bocanada de vapor negro surgía de sus labios, que habían cambiado de color para hacer juego con el azul de sus ojos.
—¿Qué sucede, Magnus? —preguntó Sadira, dirigiéndole una afectuosa sonrisa—. ¿No te gustan las mujeres de negro?
—Mientras sigas siendo Sadira, no me importa —respondió el cantor del viento con una mueca nerviosa.
Sus palabras hicieron aflorar una sonrisa a los labios de la hechicera.
—Soy yo… más o menos —dijo. Su expresión se entristeció y añadió—: Lamento tener que decirlo, pero Rhayn no regresará.
El cantor del viento asintió en silencio; luego tragó con fuerza y repuso:
—No pasa nada. Tampoco iba a ir con ella a ninguna parte. —Sacudió las ramas para dar más énfasis a sus palabras.
Sadira permaneció en silencio unos instantes.
—A lo mejor te gustaría venir conmigo, entonces… —ofreció al cabo.
—No te burles de mí —contestó Magnus—. Ya será bastante difícil contemplar cómo te alejas.
—No me burlo —aseguró Sadira.
Y, dando un paso al frente, empezó a arrancar ramas del cuerpo del cantor del viento.
—¡Me haces daño! —protestó Magnus, intentando apartar los brazos de la hechicera. Ante su asombro, descubrió que no podía. No era que fuesen muy fuertes; simplemente no cedían ante sus esfuerzos—. ¡Detente!
Sadira siguió arrancando, desgarrando incluso ramas grandes de su cuerpo como si se tratara de simples brotes.
—Supongo que quieres pasarte el resto de tus días con hojas por toda tu espalda… —comentó mientras arrancaba la última rama.
—Ese es el aspecto que tiene un árbol —respondió el cantor del viento, contemplando con tristeza el montón de ramas que ella había arrojado alrededor de su tronco.
—Sí, pero tú no eres un árbol —replicó Sadira, colocando las manos sobre el tronco—. Eres un elfo… más o menos.
Magnus sintió en el interior del tronco un extraño hormigueo, justo en el lugar donde antes estaban sus piernas. Intentó mover los pies y notó que los músculos respondían a sus órdenes, aunque la parte inferior de su cuerpo permaneció encerrada en una envoltura de madera.
—Prepárate —advirtió Sadira—. Esto te dolerá.
—¿Qué vas a…?
El tronco de Magnus estalló en llamas. El cantor del viento gritó con todas sus fuerzas, lanzando un sonoro y resonante aullido que retumbó por todo el terreno. Por un momento, se revolvió enloquecido, semiasfixiado por la acre humareda mientras intentaba apagar con las manos el fuego que consumía su parte inferior. Un dolor insoportable se apoderó de todo su cuerpo, y pensó que Sadira había decidido que sería más humanitario matarlo que dejarlo allí, solo e inmovilizado.
Entonces sus piernas se liberaron y cayó al frente, a los pies de la hechicera.
—¿Cómo lo hiciste? —jadeó mientras se pasaba las manos por las piernas, todavía humeantes.
—Un legado del pueblo de las sombras —dijo la hechicera, extendiendo una mano hacia el cantor del viento—. Entre otras cosas, he obtenido bastante control sobre casi todas las formas de magia.
Magnus aplastó las orejas contra la cabeza con expresión de duda.
—¿Qué tonterías…?
—No son tonterías —afirmó Sadira.
Para demostrarlo, tiró de la enorme mole del cantor del viento para levantarlo del suelo, y este se alzó como si pesara menos que una criatura. Boquiabierto, Magnus contempló los brazos de la muchacha con franco asombro.
—¡Posees la fuerza de un semigigante! —exclamó.
—No es fuerza —explicó Sadira—. Se trata del sol. Mientras se encuentra por encima de la línea del horizonte, estoy impregnada de su poder.
—¿Así que te has convertido en una sacerdotisa del sol?
—No —respondió Sadira, negando con la cabeza—. Las sombras me lo explicaron así: el sol es la fuente de toda vida. Toda la magia procede de la energía vital, tanto si se extrae de plantas como si se extrae de animales. Los hechiceros obtienen su energía mística de las plantas, el dragón de los animales y, a partir de ahora, yo obtendré la mía del sol…, la fuente más poderosa de todas.
Magnus siguió mostrándose dudoso.
—¿El pueblo de las sombras hizo esto por ti? —inquirió—. No tiene mucho sentido que las sombras sepan tanto sobre el sol.
—¿Quién podría saber más sobre la luz? —preguntó a su vez Sadira—. Sin luz, no puedes tener sombra.
En lugar de responder, Magnus ladeó las orejas al frente y miró por encima del hombre de la hechicera.
—Hay algo ahí —susurró.
Sadira se volvió justo en el momento en que una figura envuelta en una túnica surgía de detrás de un arbusto, unos cincuenta metros más allá. Incluso desde aquella distancia, la hechicera pudo distinguir que las enrojecidas aletas de la nariz olfateaban el aire llenas de odio, y que los bulbosos ojos estaban clavados en su rostro. La figura levantó una mano y apuntó hacia ella.
La hechicera apartó a Magnus de un empujón que lo lanzó por los aires en un amplio arco.
Los labios de Dhojakt se movieron mientras pronunciaba su conjuro. La figura resplandeciente de un búho apareció sobre su cabeza y se lanzó veloz hacia Sadira. En el sitio donde debían haber estado los ojos, el mágico animal tenía llamas de color naranja, y, en lugar de zarpas, un par de chisporroteantes rayos.
Sadira no intentó siquiera evitar el ataque; permaneció inmóvil y dejó que el ave se abalanzara sobre ella desde lo alto. Cuando el ave de presa la tuvo a tiro, lanzó sobre ella una lluvia de chispas y llamas; las plateadas zarpas crepitaron impotentes contra su piel mientras los ojos lanzaban oleadas de luego que se deslizaron sobre su cuerpo sin el menor efecto. Sadira permitió que el ataque continuara unos instantes; luego colocó la mano sobre el cuerpo del ave, y empezó a absorber energía de él, de la misma forma en que siempre la había obtenido de las plantas cuando quería lanzar un hechizo. Los ataques del búho cesaron, y su cuerpo empezó a empequeñecer hasta no quedar nada de la mágica rapaz.
Mirando en dirección a Dhojakt, Sadira giró la mano hacia abajo y expulsó la energía. Mientras esta regresaba al suelo del que había salido, la muchacha avanzó hacia el príncipe.
—Me preguntaba qué habría sido de ti, príncipe —gritó.
A su espalda, Magnus se incorporó y la siguió a prudente distancia.
—¿Qué haces? —susurró a la muchacha—. Salgamos corriendo… al menos hasta que perdamos de vista la torre. Si nos produce el menor rasguño…
—¡No lo hará! —siseó Sadira.
Dhojakt no retrocedió ante su avance.
—Tuviste suerte en la Roca Hendida —dijo—. Tardé bastante en liberarme; especialmente porque la roca de la gruta me impedía utilizar magia.
—Esperaba haber acabado contigo —respondió ella, deteniéndose a pocos pasos del príncipe. Magnus dio un rodeo para colocarse a un lado, teniendo buen cuidado de mantenerse a distancia—. Esta vez lo haré.
—No lo creo —repuso el príncipe, sin prestar atención al cantor del viento—. Sólo porque no me atreví a seguirte al interior de la torre no quiere decir que no pueda matarte ahora.
Sadira levantó una mano para recoger energía para un hechizo, pero lo pensó mejor y dejó caer la mano de nuevo al costado. Quería averiguar más cosas sobre por qué Dhojakt había tenido miedo de seguirla al interior de la Torre Primigenia.
—Eres un mentiroso —afirmó Sadira—. Si no tenías poder suficiente para ir a la torre, tampoco tienes poder suficiente para herirme ahora.
El comentario no provocó la enojada respuesta que la hechicera esperaba. En lugar de ello, Dhojakt le dedicó una confiada sonrisa.
—No era que careciera de poder suficiente para ir a la torre. Pero ¿de qué habría servido perseguirte hasta donde se encuentran los enemigos más acérrimos de mi padre? Habría estado tan ocupado luchando con ellos que no habría tenido tiempo para matarte.
—Ni tú ni tu padre tenéis motivos para ser enemigos del pueblo de las sombras… o de mí —dijo la hechicera, desconcertada por la predisposición del príncipe a hablar. Nunca le había parecido el tipo de persona que perdía mucho tiempo conversando con el enemigo, y no le gustaba que lo hiciera ahora—. Después de todo, el dragón es tan enemigo de tu padre como del pueblo de las sombras.
Estas palabras arrancaron una sonora carcajada de la garganta del príncipe.
—¿Qué te hace creer eso?
—Incluso a tu padre no debe gustarle tener que pagar el impuesto cada año —contestó Sadira.
—No, pero lo hace de buena gana —rio por lo bajo Dhojakt. Dirigió una rápida mirada en dirección oeste, donde el disco solar se encontraba ya medio hundido en el horizonte. Volvió a clavar los ojos en Sadira y añadió—: Creía que las sombras te lo habrían dicho: mi padre ayudó a crear al dragón.
Estaba claro que el príncipe había hecho este comentario con la intención de sobresaltar a Sadira, y lo había conseguido. Por fortuna, la hechicera no quedó tan aturdida como para que se le escapara el significado de la rápida mirada de Dhojakt en dirección al sol. Intentaba entretenerla hasta que anocheciera, lo que sugería que había deducido la naturaleza de sus nuevos poderes; y eso sólo podía significar que conocía muy bien la Torre Primigenia.
—Lo que afirmas es imposible —replicó—. Fueron los campeones de Rajaat quienes convirtieron a Borys en el dragón…
—Y, cuando terminaron, cada uno reclamó para sí una de las ciudades de Athas, y se convirtieron en los reyes-hechiceros —terminó el príncipe—. Mi padre era Gayard…
—Exterminador de Gnomos —añadió Sadira, reconociendo el nombre citado por Er’Stali.
—Sí —respondió Dhojakt mientras volvía a mirar al oeste.
Sadira no se molestó en seguir su mirada, pues ya había oído suficiente. Por increíble que pareciera que los campeones pudieran sobrevivir durante tantos siglos, lo que el príncipe contaba tenía sentido. Explicaba todo lo que sabía sobre la torre, la buena disposición de los reyes-hechiceros para pagar el impuesto exigido por el dragón, y el motivo por el que su padre lo había enviado para impedir en primer lugar que ella consiguiera llegar a la torre.
Decidiendo que ya había averiguado del príncipe todo lo que necesitaba, la hechicera alzó una mano en dirección al sol. Por la lentitud con que le llegó la energía, comprendió que más de la mitad del disco solar se había hundido tras el horizonte.
—¡Cuidado! —chilló Magnus.
Apenas había acabado de hablar el cantor del viento cuando Dhojakt flexionó sus dos docenas de patas y saltó hacia adelante. Mientras descendía sobre Sadira, el príncipe proyectó por entre los labios las óseas mandíbulas y fue en busca de la garganta de la hechicera; esta permitió que las venenosas mandíbulas se cerraran alrededor de su cuello y retrocedió un único paso, impelida por el pesado cuerpo de Dhojakt al chocar contra ella. Durante un instante, ambos se encontraron cara a cara; una leve sonrisa brilló en los labios de Sadira mientras esta sentía cómo las venenosas pinzas intentaban en vano perforar su carne.
Finalmente, Sadira bajó la mano que había mantenido alzada hacia el sol.
—Deberías haberme escuchado —dijo—. Te advertí que eras demasiado débil para hacerme daño.
La hechicera golpeó violentamente las costillas de Dhojakt con los filos de ambas manos. Se escucharon una serie de crujidos ahogados; luego las mandíbulas del príncipe soltaron su cuello, y el aliento brotó de los pulmones de este en un agónico rugido. La parte humana del torso se dobló con violencia hacia atrás, y la parte posterior de la cabeza chocó con fuerza con el propio caparazón de cilop.
Dhojakt giró en redondo para huir, pero Magnus salió corriendo de entre los matorrales y agarró los segmentos posteriores del príncipe. Tras afianzar los enormes pies en el suelo, el cantor del viento cerró los brazos alrededor del forcejeante cuerpo de Dhojakt y no lo soltó.
—¡Rápido, Sadira! —jadeó Magnus—. ¡El sol casi se ha ocultado!
Sadira miró por encima del hombro y vio que el cantor del viento tenía razón. Tan sólo se veía una fina media luna sobre la línea del horizonte.
Con las patas traseras, Dhojakt arañó enloquecido los brazos que lo inmovilizaban. Al comprobar que sus garras no conseguían desgarrar la gruesa piel del cantor del viento, giró sobre sí mismo e intentó atacar a Magnus con las mandíbulas. Sadira se colocó entre ambos y apartó las pinzas de un manotazo.
—Suéltalo, Magnus —ordenó—. No quiero que resultes herido ahora que no tardará en oscurecer.
—No te preocupes por mí —dijo el cantor del viento—. Si consigue escapar…
—¡No lo conseguirá! —aseguró Sadira, manteniendo la palma extendida en dirección a la media luna solar cada vez más estrecha—. ¡Suéltalo!
Magnus hizo lo que le ordenaba. Tal y como esperaba la hechicera, Dhojakt intentó huir inmediatamente, pero ella lo sujetó por un brazo y le impidió moverse. Con la mano Ubre, Sadira extendió un único dedo refulgente en dirección a la cabeza del príncipe.
—¡Espera! —gritó este.
—¿Por quién la tomas, por una idiota? —se burló Magnus.
—No, claro que no —repuso Dhojakt—. Pero hay algo que debe saber antes de atacar al dragón. Después de que te lo diga, mátame si quieres… pero escúchame primero.
Sadira dirigió una ojeada al sol. No era más que una pequeña línea cuya luz roja temblaba indecisa en el nebuloso cielo.
—Intenta ganar tiempo —advirtió Magnus.
—No —dijo el príncipe, mirando a Sadira—. Incluso a pesar de lo poderosa que te has vuelto, jamás matarás al dragón; pero, al enfrentarte a él, puedes estar poniendo a Athas en peligro.
Sadira detuvo el dedo cuando estaba casi a punto de tocar al príncipe.
—Explícate… ¡y habla rápido!
—El dragón es poderoso, pero no tan poderoso como siete reyes-hechiceros —declaró Dhojakt—. Pregúntate a ti misma por qué han pagado el tributo durante tantos milenios.
La hechicera apoyó el dedo contra el rostro de Dhojakt. El príncipe aulló de dolor, y el aire se llenó al instante con el hedor de la carne quemada.
—No tengo tiempo para acertijos —siseó la muchacha.
—Lo hacen porque el dragón es el protector de Athas —explicó el príncipe—. Necesita el tributo para seguir teniendo el poder suficiente para mantener bajo llave un gran mal.
—¿Qué mal? —lo apremió Sadira.
Dhojakt negó con la cabeza.
—No puedo decirlo… ni siquiera para salvar la vida.
—¡Ahora, Sadira! —aulló Magnus.
—¿Quién? —volvió a apremiar la hechicera, apretando el dedo otra vez contra el rostro de Dhojakt—. ¿El pueblo de las sombras?
El príncipe gritó de dolor y se arrojó al suelo. Al momento, matas de retama y tallos de algodoncillos empezaron a marchitarse a su alrededor.
El resplandor del dedo de Sadira empezó a desvanecerse, y las últimas luces rosadas del atardecer se extendieron por el cada vez más oscuro cielo como una sábana de fuego. Dhojakt giró en redondo con las pinzas extendidas, y moviendo ya los dedos para lanzar el hechizo.
—¡Muere, profanador! —chilló Sadira.
Mientras hablaba, escupió una nube de negros vapores por la boca. Los vapores se extendieron por encima de la figura agachada del príncipe; luego se solidificaron en forma de fina neblina y se posaron sobre él como una negra mortaja. Del interior surgió el chisporroteo de un hechizo fallido. Mientras el lóbrego manto absorbía todo el calor del cuerpo de Dhojakt, se escucharon una serie de escalofriantes chillidos, y, cuando el último destello del atardecer hubo desaparecido del firmamento, todo lo que quedaba del príncipe nibenés era una sombra sobre la hierba.
Magnus se acercó a Sadira.
—¿Por qué no esperaste un poco más para matar a esa criatura? —la increpó, señalando con la mano el lugar donde había caído Dhojakt—. Aún tenías al menos otro medio segundo.
—Siento haber esperado hasta el último momento —se disculpó la hechicera. A medida que anochecía, su piel perdía el brillo de ébano y se aclaraba hasta recuperar el acostumbrado tono cobrizo—. Pero el riesgo valía la pena.
—¿Por qué? —inquirió Magnus agitando las orejas, incómodo ante los cambios que se producían en el aspecto de Sadira.
—Dhojakt tenía razón: no estoy lista para matar al dragón —respondió la hechicera—. Pero sí estoy lista para impedir que saquee Tyr. Ahora conozco sus puntos flacos.