11: Una marcha repentina

11

Una marcha repentina

Sadira notó cómo alguien le quitaba la capa que había estado utilizando como manta; luego una mano áspera empezó a tirar de su vestido. La muchacha abrió los ojos y se encontró con Huyar inclinado sobre ella sujetando un arrugado pedazo de tela azul empapada de sangre. Detrás de él se veía a una docena de elfos con los verdes rayos del amanecer cayendo sobre sus hombros. Dos de los guerreros sostenían entre ambos el cuerpo sin vida de Gaefal.

—¿Qué es lo que haces? —inquirió Sadira, intentando sentarse.

Huyar la obligó a tenderse otra vez sobre el banco, agarró el vestido y colocó junto a él el pedazo de tela. El olor a sangre reseca inundó la nariz de la hechicera.

Un nudo de terror se formó en el estómago de Sadira.

—¡Apártate de mí! —aulló, empujando la mano del elfo.

—¡Es el mismo color! —chilló Huyar, apretando el andrajo ensangrentado contra el rostro de Sadira.

—¿Y eso qué? —quiso saber Magnus. Se abrió paso por entre los elfos situados detrás de Huyar y arrancó al enfurecido elfo del lado de Sadira—. Déjala en paz.

—Encontré esta tela en la herida que mató a mi hermano —explicó Huyar, levantando el pedazo de ropa para que Magnus lo pudiera ver.

Sadira agarró su morral y se puso en pie, temiendo tener que hacer uso de la magia para defenderse.

Sin soltar a Huyar, el cantor del viento tomó el pedazo de ropa y lo colocó frente a uno de sus negros ojos.

—Esta tela está tan manchada de sangre que es imposible decir de qué color es.

—Hay azul en los extremos —dijo Huyar. Señaló el vestido de Sadira—. El mismo azul que ella lleva ahora.

—He visto un millar de túnicas de este color —repuso Magnus quitándole importancia.

El cantor del viento hizo intención de introducir la ensangrentada tela en el bolsillo, pero Huyar se la arrebató y volvió a acercarse a Sadira.

—Entonces veamos si concuerda con el pedazo roto de su cuello —anunció, estirando el pedazo.

—Concuerda —respondió Sadira al comprender que no haría otra cosa que levantar sospechas si intentaba evitar que Huyar comprobase el desgarrón—. Pasaba junto al barrio de los bardos cuando vi a ese joven que salía tambaleante por la puerta —explicó, señalan-o a Gaefal—. Me detuve y vendé su herida, pero murió de todas formas.

—Rhayn y yo la encontramos no muy lejos de allí —corroboró Magnus, frunciendo el hocico de dientes prominentes en lo que podría haberse tomado por una sonrisa de aprobación.

—Lo que lamento es no haberlo reconocido como un Corredor del Sol —añadió Sadira—. Os habría hablado de él antes.

—¿Qué crees que estaría haciendo Gaefal en el barrio de los bardos? —preguntó Magnus, soltando por fin a Huyar—. ¿No nos ha advertido siempre Faenaeyon que dejemos en paz a los bardos?

La estratagema del cantor del viento casi funcionó. Los guerreros empezaron a discutir los motivos que el joven podría haber tenido para penetrar en lugar tan peligroso. Incluso Huyar cayó en un pensativo silencio.

Por desgracia, el guerrero llegó a una conclusión equivocada.

—Sólo existe un motivo por el que Gaefal habría desobedecido a su jefe —declaró, mirando con ferocidad a Sadira—. Te perseguía, de modo que lo mataste.

—No sabes que eso sea cierto —objetó Magnus.

—Tampoco sé que sea falso —replicó Huyar, avanzando hacia Sadira mientras llevaba la mano a su daga—. No aceptaré la palabra de Lorelei.

Magnus sujetó la muñeca del elfo y le impidió sacar el arma.

—¿Habéis visto alguna arma en mi cinturón? —inquirió Sadira, tirando de la vacía funda que colgaba de su cintura—. Perdí mi daga mucho antes de ayudar a los Corredores del Sol a cruzar el cañón de Guthay. Si maté a tu hermano, ¿qué utilicé?

—Eres una hechicera —contestó el elfo—. Podrías haber utilizado magia.

—Cierto, pero eso me parece una herida de cuchillo —terció Rhayn, descendiendo de la escalera—. ¿Por qué insistes en culpar a Sadira?

—¿Sadira? —repitió Huyar, confuso—. ¿De qué hablas?

—De nuestra invitada —explicó Rhayn—. Justo antes de que la capturásemos, Magnus la oyó hablar con un muchacho de la Alianza del Velo. Su auténtico nombre es Sadira, Sadira de Tyr.

Sadira maldijo para sí. Sabía que Rhayn intentaba desconcertar a Huyar y salvarle la vida, pero la hechicera habría preferido que se hiciera sin revelar su identidad al resto de la tribu.

Huyar contempló a Sadira anonadado, y un murmullo de asombro surgió de los guerreros reunidos a su espalda.

—¿Tú eres la hija de Faenaeyon…, la que mató a Kalak?

—Soy la hija de Barakah de Tyr y de vuestro jefe —concedió Sadira, contemplando meditabunda a su dormido padre—. Aunque, después de que me abandonó a una vida de esclavitud, no estoy muy segura de que Faenaeyon tenga el derecho de llamarme hija.

—Lo que Faenaeyon reclama es suyo —repuso Huyar—. Pero eso no me da un motivo para creerte. A lo mejor tu amigo de la Alianza del Velo tenía una daga.

En Tyr, ningún Templario de la Justicia del Rey habría aceptado la lógica del elfo, pero cada vez resultaba más claro que Huyar no buscaba la verdad sino un chivo expiatorio.

—No maté a tu hermano, pero ya veo que de nada sirve que te lo diga —declaró Sadira, deslizando una mano al interior de su morral—. Así pues, atácame ahora u olvida el asunto.

—No soy ningún estúpido —replicó Huyar a la vez que dirigía una inquieta mirada a la mano oculta de la hechicera—. Pero no permitiré que la muerte de mi hermano quede sin venganza.

—Nadie te pide que lo hagas —intervino Rhayn—. Pero no eres tú quien debe decir a quién se debe castigar. Faenaeyon es el jefe… ¿O lo has olvidado?

—No lo he olvidado —repuso Huyar. Hizo una señal a uno de los elfos inclinados sobre el cuerpo sin vida de Gaefal—. Despierta al jefe, Jeila.

El guerrero, una mujer con una maraña de cabellos castaños y tres anillos de hueso perforándole una aleta de la nariz, hizo una mueca a espaldas de Huyar, pero no obstante fue hasta su jefe y, tras colocar una mano a modo de prevención sobre la empuñadura de la daga de este, lo sacudió por los hombros.

—Faenaeyon —llamó en voz baja—, te necesitamos.

El jefe profirió un gruñido de indignación, y sus párpados se alzaron para mostrar un par de pupilas vidriosas. Luchó por enfocar el rostro de la mujer y por un momento pareció como si fuera a conseguir salir de su sopor. Luego lanzó un sonoro gemido, como si fuera víctima de un gran dolor, y volvió a dejar caer la afilada barbilla sobre el pecho. Sus vidriosos ojos permanecieron abiertos y mirando al vacío.

—Sigue borracho —informó Jeila.

Huyar sacudió la cabeza y fue hasta su padre.

—No lo creo —dijo, colocando una mano bajo la camisa del jefe.

—¿Está muerto? —preguntó otro guerrero.

—No, pero está enfermo. Su corazón apenas palpita, y su piel está fría como la noche —respondió Huyar; tras apartar la mano de su padre, el elfo se volvió hacia Sadira—. Me pregunto cuántas otras tragedias traerá tu regreso con los Corredores del Sol…

—Yo no soy responsable de la glotonería de Faenaeyon, si es eso a lo que te refieres —replicó Sadira—. Me robó el vino, ¿recuerdas?

—Huyar, di lo que piensas o quédate callado —añadió Rhayn—. Únicamente un cobarde da a entender lo que tiene miedo de declarar en voz alta.

—Ella tiene razón —asintió Magnus—. Sadira es la huésped de Faenaeyon, y harás bien en recordarlo.

En un principio Sadira pensó que ambos la defendían porque los había ayudado, pero no tardó en ocurrírsele una explicación mejor. Intentaban socavar la influencia de Huyar sobre el resto de la tribu para que a Rhayn le fuera más fácil maniobrar hasta el puesto de nuevo jefe.

Tras contemplar enfurecido a Rhayn durante un buen rato, Huyar siseó:

—No soy ningún cobarde. En cuanto a la «invitada» de Faenaeyon, le ha lanzado un hechizo.

—¿Con qué propósito, Huyar? —inquirió Sadira, haciéndose cargo de su propia defensa.

Huyar se le acercó y no se detuvo hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.

—¿No me dijiste ayer que tenías tus propios motivos para regresar con nosotros?

—Eso dije —concedió Sadira.

—Creo que regresaste para hechizar a Faenaeyon —concluyó Huyar—. Para obligarnos a llevarte a la Torre Primigenia.

Rhayn dirigió una mirada de soslayo a la figura aletargada del jefe.

—Lo que sea que le pase a Faenaeyon, no está hechizado —afirmó—. Si tuvieras algo de sentido común, te darías cuenta.

—¿Y tú qué sabes? —replicó el guerrero—. Tú no eres más que una embaucadora.

—Tengo conocimientos suficientes para ponerte en tu lugar —escupió Rhayn—. Aunque no necesito la magia para eso.

Huyar avanzó hacia su media hermana apretando los puños con rabia. Magnus se colocó entre ambos, impidiendo oportunamente a Rhayn que cumpliera su amenaza.

—¡Somos miembros de la misma tribu! —rugió—. Actuad en consonancia.

Aunque Magnus fingía hablar a ambos, sus negros ojos estaban vueltos sólo hacia Huyar.

Antes de que Huyar pudiera responder, un joven guerrero se precipitó en la sala procedente del piso superior.

—¡Vienen las templarías!

Huyar hizo una señal a los guerreros que rodeaban el cuerpo de Gaefal.

—Entretenedlas, y ocupaos de los kanks —ordenó. Mientras los elfos corrían escaleras abajo, Huyar miró a Sadira y gruñó—: No me sorprendería enterarme de que esto también es culpa tuya.

—Lo que deberíamos hacer es sacar a la tribu de esta torre, no preocuparnos de por qué están aquí las templarías —elijo Rhayn y se precipitó escaleras arriba—. Vamos.

Huyar se echó el cuerpo de su hermano sobre la espalda y la siguió.

—¿Adonde van? —preguntó Sadira—. ¡Quedaremos atrapados!

Magnus meneó la cabeza.

—Los elfos siempre pueden correr —dijo al tiempo que salía en seguimiento de los otros dos Corredores del Sol.

—¡Esperad! —llamó Jeila—. No consigo que Faenaeyon se ponga en pie. Tendremos que llevar…

Un ruido sordo sacudió la torre, interrumpiendo a la mujer en mitad de la frase. El ruido fue seguido de un momento de aterrador silencio; luego los gritos de elfos heridos empezaron a dejarse oír procedentes del piso de abajo. Magnus se lanzó hacia la escalera.

—Veré si puedo ayudar —anunció—. Subid a Faenaeyon arriba con los otros.

El cantor del viento apenas si había alcanzado el umbral cuando el zumbido de una docena de arcos al ser disparados resonó en la parte inferior de la escalera. Magnus levantó un brazo para protegerse los ojos, y lanzó un gruñido cuando una andanada de flechas repiqueteó contra su gruesa piel. Ante la sorpresa de Sadira, no cayó. En lugar de ello, se sacó las flechas del cuerpo a manotazos entre gritos terribles, igual que podría hacerlo un hombre normal tras ser atacado por un enjambre de avispas.

La hechicera se acercó a Jeila y pasó uno de los brazos de Faenaeyon sobre su hombro. Mientras arrastraban el cuerpo inerte del jefe por el suelo oyeron rugir de rabia al cantor del viento, y Sadira vio cómo la punta de una lanza de agafari rebotaba en su nudoso codo. Entonces el guerrero levantó en vilo a una templaría aterrorizada y la arrojó escaleras abajo. La mujer fue a estrellarse contra una hilera de otras mujeres que la habían seguido de cerca, y todas ellas cayeron rodando por los peldaños. Magnus abrió la enorme boca e inició una profunda balada de guerra que hizo que latiera con fuerza el corazón de Sadira y avivó la sed de venganza en su espíritu.

Una explosión ensordecedora silenció al cantor del viento y lanzó por los aires su corpulenta figura. Magnus chocó contra el extremo opuesto de la habitación, se golpeó la cabeza contra la pared, y resbaló hasta el suelo en medio de un estrépito de piedras sueltas. A pesar del chamuscado círculo visible en la parte central de su pecho, Magnus sacudió la cabeza para despejarla; luego apoyó los enormes brazos con fuerza a ambos lados y, tras recoger las piernas bajo el cuerpo, empezó a incorporarse lentamente.

El cantor del viento estaba ya casi de pie cuando las rodillas se le doblaron. Cayó con gran estrépito sobre el suelo y no se movió, la barbilla apoyada sobre el pecho y el negro de los ojos tornándose gris.

De nuevo se escucharon en la escalera voces nibenesas y el choque de las sandalias sobre la piedra. Ella dejó que el brazo de Faenaeyon resbalara de su hombro.

—Vamos —dijo, sacando el puñal de acero del cinto del jefe—. Hemos de dar tiempo a la tribu para que escape. —Entregó su propia daga, hecha de hueso, a la hechicera.

Sadira dejó que la daga cayera al suelo.

—Contenlos unos instantes —rogó mientras buscaba sus ingredientes para hechizos—. Tengo un modo mejor.

Jeila asintió y saltó en dirección a la escalera. Tras esquivar un violento mandoble de la espada de obsidiana de la primera templaría, abrió en canal el brazo que la sujetaba. La elfa devolvió a su atacante de una patada al hueco de la escalera y, con la mano libre, se apoderó de la espada que caía.

Mientras Jeila luchaba contra la siguiente pareja de templarías, Sadira moldeó un pedazo de parafina en forma de pequeño cubo y, tras reunir la energía necesaria para un hechizo, lanzó la cera por encima del hombro de Jeila y pronunció el conjuro. La parafina estalló en una fina neblina y se extendió por todo el hueco de la escalera. Al cabo de un instante, se congeló en forma de gel transparente y sepultó a las templarías.

Las nibenesas intentaron en vano liberarse, pero los brazos y piernas se agitaron a cámara lenta entre la viscosa masa. Jeila retrocedió y contempló divertida cómo los rostros de las templarías se tornaban morados a medida que aparecían los primeros síntomas de asfixia.

Sin perder tiempo en tales frivolidades, Sadira se acercó a Magnus y lanzó otro conjuro. Cuando el cuerpo del cantor del viento se alzó del suelo, lo sujetó del brazo y tiró de él en dirección a la escalera.

—¡Jeila, trae a Faenaeyon, y date prisa! —gritó Sadira mientras iniciaba el ascenso—. Ese tapón no durará eternamente.

La elfa deslizó la daga y la espada en su cinturón y, agarrando al pesado jefe por los sobacos, empezó a arrastrarlo mientras seguía a Sadira. Cuando alcanzaron la mitad de la escalera, ambas mujeres se encontraban ya sin aliento; aunque Magnus flotaba en el aire, no resultaba fácil para una mujer de la estatura de la hechicera tirar de una mole tan grande por la empinada pendiente.

Al acercarse al final de la escalera llegó hasta ellas el confuso parloteo de voces elfas procedentes del piso superior. Jeila se detuvo y miró hacia lo alto.

—La mitad de la tribu debería haberse marchado ya —jadeó—. Algo va mal.

—No lo descubriremos hasta que lleguemos allí —resolló Sadira sin detener su ascensión.

Jeila iba a seguirla cuando del pie de la escalera les llegó un repiqueteo de zarpas sobre la piedra. Sacando fuerzas de flaqueza, Sadira arrastró a Magnus hacia arriba a la carrera.

Jeila no fue tras ella. Depositó a Faenaeyon en el suelo y empezó a descender.

—Las contendré ahí abajo. Ve a conseguir ayuda y regresad a buscar a Faenaeyon —dijo mientras sacaba espada y daga.

—¡No! —chilló Sadira, deteniéndose en el último escalón—. No parecen templarias.

La advertencia llegó demasiado tarde. En la curva de la escalera apareció en ese momento la cabeza de Dhojakt, y Sadira lo contempló boquiabierta, pues estaba cubierto de pegajoso cieno desde la coronilla de su casquete hasta la punta de la redondeada barbilla. A juzgar por las apariencias, se había abierto paso a la fuerza a través del lodazal mágico de la hechicera; algo que ni siquiera un gigante habría conseguido.

Sadira empujó a Magnus al otro lado de la abertura de la puerta, e inició los preparativos para otro hechizo. Al mismo tiempo, Jeila se lanzó sobre Dhojakt, blandiendo la espada contra su cuello e intentando hundirle la daga en los oscuros ojos.

El príncipe ni se molestó en interceptar el ataque: se limitó a desviar el rostro de la daga y permitió que la espada le golpeara el cuello. Sin producir la más leve herida en la piel de Dhojakt, la hoja de obsidiana se rompió en mil pedazos, mientras que la daga de acero tampoco obtenía mejores resultados pues rebotó en la mejilla sin producir más que un ligero arañazo bajo el ojo.

Llevada por el ímpetu del salto, ella fue a aterrizar justo delante del príncipe, con los ojos abiertos como platos. Levantó la daga para volver a atacar, pero Dhojakt lanzó un brazo contra ella y tres de sus delgados dedos le atravesaron la garganta. El puñal se le escapó de las manos y se agarró al brazo del príncipe, quien, como sin darle importancia, arrojó a la elfa por encima del hombro y echó a correr escaleras arriba.

Mientras Dhojakt pasaba ruidosamente por encima del cuerpo inconsciente de Faenaeyon, Sadira lanzó un tubo de madera tallada sobre los escalones y pronunció una retahila de palabras místicas. Con un gran estruendo, el hueco de la escalera se estiró hasta alcanzar una longitud inverosímil; de improviso el príncipe y el padre de la hechicera fueron a parar tan lejos que apenas si se los veía.

La muchacha dio media vuelta, sin dejar de escuchar cómo el lejano tintineo de las zarpas de Dhojakt iba aumentando de volumen por el mágico túnel. Por el momento, había conseguido retrasar al príncipe, pero sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que él —y cualquiera de las templarías que lo hubieran seguido a través de su primera trampa— cayeran de nuevo sobre ella.

La hechicera penetró en el tercer piso, donde la escalera iba a terminar en una sala redonda. Seguramente en una época anterior la habitación había estado dividida en compartimientos más pequeños, ya que todavía atravesaban el suelo en diferentes lugares las bancadas de piedra de paredes desaparecidas mucho tiempo atrás. Ahora era un único desván enorme, repleto de fragmentos de cerámica, jirones de tela de cáñamo y huesos de animales pequeños.

Los Corredores del Sol habían atado media docena de cuerdas a las vigas del techo, pero no habían lanzado los extremos por las ventanas de la torre. En su lugar, se dedicaban a disparar flechas contra alguien situado abajo. Sadira encontró a Rhayn y a Huyar juntos, uno a cada lado de una puerta que se abría al vacío; un par de contrafuertes de piedra era todo lo que quedaba de un antiguo balcón.

—¡Marchémonos! —les gritó Sadira mientras se acercaba a ellos—. Dhojakt viene pisándome los talones.

—Tú primero —invitó Huyar, indicando con la mano a Sadira que pasara delante.

La hechicera miró al exterior, hacia la avenida que bordeaba la muralla exterior del mercado elfo. En medio de la calle, justo debajo de la torre, había una compañía de semigigantes nibeneses que, para defenderse de las flechas de los Corredores del Sol, sostenían sobre sus cabezas los escudos de madera a modo de improvisado techo.

Sadira extrajo un puñado de azufre en polvo de su bolsa.

—Ordenad a vuestros guerreros que dejen los arcos y lancen sus cuerdas cuando yo lo diga —dijo—. Y haced que alguien traiga a Magnus; yo despejaré el camino para nuestra huida.

Mientras Rhayn transmitía las instrucciones, la hechicera se volvió hacia Huyar.

—Necesito un poco de agua.

El elfo hizo como si no la oyera y escudriñó la habitación con expresión preocupada.

—¿Qué les ha sucedido a Jeila y a Faenaeyon?

—Jeila está muerta, y Faenaeyon, en poder de los nibeneses.

Huyar cerró una mano alrededor del brazo de Sadira.

—No te salvarás de esa forma —rugió—. No te irás hasta que Faenaeyon esté a salvo.

—Fuiste tú quien lo dejó abajo, no yo. Yo intenté ayudarlo —replicó Sadira, soltándose de un tirón de la mano del guerrero—. Y, si no me traes el agua que necesito, abandonaré a los Corredores del Sol aquí para que se enfrenten a la cólera de Dhojakt. Me resultaría más cómodo si no tuviera que salvar a toda tu tribu aparte de a mí misma.

Huyar la miró con ferocidad durante un momento; luego se volvió y le arrebató un odre a un guerrero situado cerca de él. Sadira abrió las manos y le indicó que vertiera agua sobre el azufre; una vez que el polvo se hubo convertido en barro amarillento, la muchacha lo lanzó por la ventana y pronunció su encantamiento.

En lugar de caer al suelo, la bola de barro quedó suspendida en el aire y de ella empezó a surgir una neblina amarilla que se fue extendiendo lentamente. Abajo, en la calle, empezaron a sonar los murmullos preocupados de los semigigantes, acompañados por las admoniciones de sus jefes para que se mantuvieran firmes en sus puestos. Sadira dejó que la nube se extendiera hasta cubrir a toda la compañía.

Rhayn regresó junto a ellos con dos enormes bolsas colgadas a la espalda y tirando de la flotante figura de Magnus.

—¡Rápido! Dhojakt ya está aquí, seguido de una compañía de templarías.

—Tormenta —dijo Sadira, agitando la mano en el exterior.

La nube estalló con un potente trueno y una exhibición de dorados relámpagos, y un torrente de fuego cayó sobre los semigigantes en forma de llameante diluvio. Los escudos con que se cubrían se disolvieron en un sudario de humo, y en cuestión de segundos el aire se llenó con el malévolo olor de la carne quemada. Los semigigantes retrocedieron tambaleantes, dejando tras de sí un reguero de humo mientras sus alaridos de agonía resonaban por las callejas como un viento aullador.

Sadira aguardó unos instantes a que la tormenta de fuego se apagara, y gritó:

—¡Lanzad las cuerdas!

Media docena de sogas salieron disparadas por las ventanas y, casi antes de que sus extremos tocaran los adoquines del suelo, los primeros elfos empezaban a descender ya por ellas hasta la calle. Sadira se dirigió a la cuerda que colgaba del hueco del inexistente balcón, pero Huyar la apartó de un empujón.

—No antes de que se haya ido el último Corredor del Sol —le espetó, indicando con la mano a una fornida mujer de frente muy arrugada que pasara delante.

Para no retrasar las cosas discutiendo sobre el asunto, la hechicera optó por hacerse a un lado y esperar junto a Rhayn. La mitad de la tribu había abandonado ya la habitación con las bolsas de sus objetos personales colgadas a la espalda. No obstante, considerando que era más sensato estar preparada para enfrentarse a Dhojakt, Sadira recogió un poco de arenilla del suelo y preparó un nuevo conjuro.

Cuando lo hubo hecho, miró por encima del cuerpo de Magnus y preguntó:

—¿Ensayáis a menudo esta clase de huidas?

Rhayn meneó la cabeza sin apartar la vista del hueco de la escalera.

—Jamás practicamos —respondió—. Hacemos esto tan a menudo que no hay necesidad.

Sadira escuchó el repiqueteo de las patas de Dhojakt y proclamó en voz alta su conjuro al tiempo que lanzaba el polvo de su mano en dirección al sonido. Una furibunda tormenta de arena se desató en la boca de la escalera, y se precipitó por el negro agujero con tal violencia que toda la torre se estremeció. Aunque resultaba imposible escuchar ningún grito por encima del fragor del viento, la hechicera sabía que aquellos que hubieran quedado atrapados en medio de la furia e la tormenta estarían gritando como locos mientras el abrasivo remolino de arena les arrancaba la carne a jirones.

—¡Eso debería detenerlo! —chilló Rhayn.

La elfa apenas si había acabado de hablar cuando Dhojakt surgió de la escalera. La expresión del príncipe no mostraba ninguna señal de que sintiera el arañar de la arena sobre la piel; muy al contrario, mantenía el cuerpo perfectamente erguido, como si la feroz ventisca no fuera para él más que una brisa.

Sadira volvió la cabeza hacia las cuerdas y vio que todavía quedaban varios elfos esperando descender por cada una de ellas. Incluso aunque consiguiera situarse en fila, jamás conseguiría alcanzar la calle antes de que Dhojakt cayera sobre ella.

Los negros ojos del príncipe escudriñaron la habitación por un momento y luego se posaron en la hechicera. Cuando empezó a avanzar hacia ella, una pareja de guerreros elfos corrió a interceptarle el paso, no tanto por Sadira —de eso ella estuvo segura— como para proteger a Huyar y a los otros elfos que todavía no habían descendido por las cuerdas.

Los guerreros blandieron sus espadas de hueso y golpearon a Dhojakt con tanta fuerza que el ruido de sus golpes resultaba audible por encima del rugido de la ventisca mágica de Sadira. La hoja de una de las armas se partió a la altura de la empuñadura y salió despedida por el suelo, mientras que la otra rebotó como si hubiera golpeado contra una piedra.

El príncipe ni aminoró el paso. Colocándose entre los dos elfos, acabó con uno de un puñetazo al corazón, hundiendo el puño hasta la muñeca en el pecho del guerrero. Al otro lo mató de una forma más latina; extendiendo el brazo por detrás de la espalda del alto elfo, pasó la mano por delante para agarrarlo por la barbilla y, con un violento tirón del brazo, le partió el cuello a su víctima, cuyo cuerpo lanzó a un lado antes de continuar su inexorable avance en dirección a Sadira.

—¡Suéltalo, Rhayn! —chilló la hechicera al tiempo que sujetaba la muñeca de Magnus y tiraba del cantor del viento en dirección a la puerta del balcón—. A menos que quieras aprender a volar.

—¡Me arriesgaré contigo! —respondió Rhayn, dirigiendo una atemorizada mirada a Dhojakt.

Huyar y los demás elfos situados frente a la abertura se apartaron rápidamente ante la enorme masa de Magnus. Sadira y Rhayn empujaron al cantor del viento fuera de la torre y luego se lanzaron sobre su inmenso pecho. En un principio, empezaron a descender con rapidez, pero su descenso se volvió más lento tras los primeros metros y planearon en dirección a la chamuscada calle más o menos de forma controlada.

—Limítate a sujetarte bien —advirtió Sadira—. Todo saldrá bien.

—No lo creo —contestó Rhayn, mirando en dirección a la torre.

Sadira estiró el cuello y, ante su consternación, descubrió que ella y Rhayn descendían mucho más despacio que los elfos por las cuerdas. Huyar ya había saltado a una de las cuerdas y había descendido más que ellas.

Pero esto no era lo que más preocupaba a Rhayn. Dhojakt estaba de pie en el umbral de lo que había sido un balcón y apuntaba un delgado dedo en dirección a ellas. Mantenía la palma de la otra mano vuelta hacia abajo, y Sadira a duras penas consiguió discernir el brillo de la energía mágica que fluía hacia su cuerpo.

—¡No! —exclamó—. ¡No me digas que es un hechicero!

Rhayn no tuvo oportunidad de contestar. Dhojakt pronunció su conjuro, y la magia que Sadira había utilizado para hacer levitar a Magnus se esfumó; el cantor del viento se precipitó hacia la calle, con Sadira y Rhayn aferrándose desesperadamente a sus brazos.

Magnus fue a estrellarse contra el cuerpo carbonizado de un semigigante muerto. La hechicera escuchó el repiqueteo de las costillas del guarda al partirse, y luego una brutal sacudida zarandeó sus propios huesos; un grito de dolor dejó sin aire sus pulmones, y la conmoción le enturbió el cerebro. Se sintió rebotar fuera del cuerpo del cantor del viento, pero apenas si se dio cuenta cuando chocó contra los adoquines a su lado. Percibió un nauseabundo olor acre, una lluvia de ceniza negra, y una explosión de dolor inimaginable.

Sadira no perdió el conocimiento. Permaneció lo bastante despabilada para ver cómo un par de elfos que huían se agachaban para recoger el cuerpo de Rhayn. Unos cuantos más se detuvieron para agarrar a Magnus y arrastrar al pesado cantor del viento a lugar seguro. La tarea de ayudar a la hechicera recayó en uno de los últimos rezagados, una elfa embarazada de ojos verdes.

Al intentar levantar a Sadira, la mujer lanzó una ahogada exclamación de dolor y se sujetó el hinchado vientre.

—No puedo levantarte —dijo, agarrando las muñecas de la hechicera—. A lo mejor podré arras…

—Sigue adelante —repuso Sadira, sacudiendo la cabeza. La muchacha sabía que, si no podía incorporarse por sí misma, la embarazada elfa arriesgaría su vida con muy pocas posibilidades de salvar la de Sadira—. Estaré bien.

La mujer no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sin mediar otra palabra, dio la vuelta y se perdió de vista.

Sadira se arrodilló con un supremo esfuerzo. Todo el cuerpo protestó por el tormento al que lo sometían, pero no se detuvo; apoyó las puntas de los pies bajo el cuerpo y se puso en pie. Por unos instantes, consiguió mantenerse erguida.

Entonces un dolor abrasador le recorrió las piernas, como si tuviera las venas llenas de fuego en lugar de sangre. Perdió el control de sus músculos y volvió a derrumbarse sobre los adoquines.

Sadira no se permitió ni un segundo de autocompasión, y de inmediato recurrió a arrastrarse por la calle impulsada sólo por las manos; no se atrevió a mirar atrás, por temor a descubrir a Dhojakt lanzándose sobre ella como un ave de presa para llevársela.

Al cabo de unos metros de arrastrarse de esta guisa, la hechicera comprendió que jamás escaparía así. Su única esperanza era lanzar otro hechizo y esperar que Dhojakt no pudiera disiparlo. La hechicera introdujo la mano en su bolsa.

Un pie cubierto por una sandalia le inmovilizó el brazo contra el suelo.

—No hay tiempo para eso —dijo una voz conocida.

La muchacha levantó los ojos y se encontró con el juvenil rostro de Raka inclinado sobre ella. Aunque un lado de su mandíbula estaba moteado con las costras de una quemadura reciente, tenía más o menos el mismo aspecto que la última vez que lo había visto.

—¡Escapaste! —jadeó Sadira, encantada.

—Ayer, al menos —respondió el joven, agarrándola por debajo de los brazos—. Hoy puede que no tengamos tanta suerte.

Sadira siguió su mirada hasta la torre. Dhojakt descendía por la pared de cabeza, sujetándose con facilidad a las grietas de la roca merced a las afiladas garras de sus dos docenas de patas.

La visión trajo nuevas fuerzas a las piernas de la hechicera y consiguió incorporarse lo suficiente para deslizar un brazo sobre el hombro de Raka. El joven la condujo al interior de una de las estrechas callejas por las que habían huido los Corredores del Sol, pero, en lugar de seguir a los elfos hacia el corazón de la ciudad, penetró en una casucha medio derrumbada.

—¿Qué haces? —inquirió la hechicera.

—Mi maestro me dio también algo para ocultarnos del príncipe —explicó él mientras extraía un pequeño plato de cerámica de su bolsa de monedas—. Esto hará que pierda nuestro rastro durante un tiempo y nos dará una posibilidad de escapar.

—Entonces me buscabas —conjeturó Sadira—. Imagino que esto no es precisamente un encuentro casual.

—Así es —confirmó Raka, colocando el plato sobre el suelo—. Después de que desapareciste de la Plaza del Sabio, hicimos vigilar las entradas del Palacio Prohibido. Cuando vimos que Dhojakt lo abandonaba esta mañana con una compañía de templarías y otra de semigigantes, supimos que te encontraríamos sólo con seguirlos.

—¿Entonces la Alianza me ayudará? —preguntó Sadira, esperanzada.

—Todo lo que seamos capaces —afirmó Raka. Pasó la mano sobre el plato y murmuró una orden; el disco se fundió con el suelo y desapareció de la vista—. Pero no tanto como te gustaría. No podemos llevarte a la Torre Primigenia.

—¿Por qué no?

Raka la tomó del brazo y la condujo por entre las ruinas de la casucha.

—Porque ignoramos dónde está. Por lo que sabe mi maestro, únicamente los elfos la han visitado… e, incluso entonces, sólo los más valientes se han atrevido a intentar ese viaje. Puede que no exista más que una docena de guerreros en el mercado elfo que conozcan su ubicación. Intentaremos ayudarte a encontrar uno, pero no queda mucho tiempo. Hemos averiguado que las ciudades del norte enviaron sus impuestos al dragón hace muchas semanas, mientras que la Oba de Gulg reúne ya a sus esclavos en estos momentos. Mi maestro cree que eso significa…

—Que el dragón se dirige del norte al sur —concluyó Sadira—. Tyr está después de Gulg, lo que deja Balic para el final.

Raka asintió y ayudó a la hechicera a trepar por la pared trasera de la choza.

—Te quedan quizás unas tres semanas para detenerlo.

—En ese caso no puedo perder el tiempo buscando un guía —decidió Sadira, mirando en dirección a la torre en la que su padre había sido capturado—. Pero conozco a alguien que puede llevarme allí; siempre y cuando me ayudéis a rescatarlo de las manos del príncipe.

—Haremos todo lo que podamos —prometió Raka.

El ahogado repiqueteo de los pies de Dhojakt resonó a través de la casucha. Raka sonrió y se llevó una mano a los labios. Al cabo de un instante, un siseo terrible se dejó oír al otro extremo de la choza, y un chorro de chispas verdes salió disparado hacia el cielo. Dhojakt rugió enfurecido, y casi de inmediato el aire se llenó de un hedor tan horrible que Sadira no pudo evitar una sensación de náusea.

—Ya está —dijo Raka—. Ahora estarás a salvo… Al menos el tiempo suficiente para abandonar esta parte de la ciudad.