5: Un trato

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Un trato

—¡Eh, tú, la del otro lado! —gritó una voz de hombre—. ¡Despierta!

Las palabras llegaron hasta Sadira a través del abismo, y resonaron en su cabeza con angustiosa claridad. La voz era grave, con una cierta verbosidad que irritó la susceptibilidad de la hechicera y despertó una inmediata aversión por el que hablaba.

—¿Estás viva?

Sadira abrió los ojos y se encontró mirando de frente al llameante disco solar. Unas punzadas terribles le acuchillaron los ojos, y su visión se desintegró en un surtidor de luz roja. Cerró los párpados con fuerza otra vez, pero el dolor no desapareció.

La cabeza de la hechicera no estaba tan malherida, pero un dolor sordo le atenazaba el brazo, y le dolía toda la columna vertebral. El rostro le escocía como si la hubieran abofeteado, y notaba la piel tirante y quebradiza. De los muslos hacia abajo, las piernas eran víctimas de una terrible picazón como si tuviera un millar de agujas hundidas un centímetro en la carne. Incluso la garganta y la lengua le dolían, inflamadas como estaban por la falta de agua.

Sadira giró la cabeza y volvió a abrir los párpados, esta vez obligándose a mantenerlos abiertos. Para sus doloridos ojos, el otro lado del cañón continuó siendo una masa borrosa, pero, de todos modos, podía ver que había un grupo de personas, probablemente alguna caravana, cerca de los frontones del puente que ella había destruido.

Sin hacerles caso, la hechicera se concentró en su propia situación. Todavía estaba tumbada allí donde se había desplomado tras su combate contra Nok, en el mugriento hollín que ella había creado al profanar la tierra. El brazo herido se había vuelto de un morado oscuro, y estaba tan hinchado que casi tenía el mismo grosor que su hombro; los cortes, por su parte, con una costra de sangre seca y del desagradable polvillo negro, estaban inflamados y rezumaban pus.

Una ahogada exclamación de horror afloró a la reseca garganta de Sadira, cuando sus ojos descendieron más abajo de la cintura. Varias enredaderas leñosas habían brotado del cráter en el que había perecido Nok; se trataba de unas plantas grotescas y retorcidas, arrolladas en una masa enmarañada y cubiertas de sucias hojas negras que tenían la misma forma que las de un roble. Las plantas habían trepado por el rocoso suelo hasta donde ella yacía, para luego enroscarse a sus piernas con sus zarcillos y hundir con fuerza los dentados pinchos en su carne.

La muchacha sacudió la cabeza, con la esperanza de que se tratara de una pesadilla. No la había perseguido una tribu de halflings, se dijo; tampoco había matado a Nok, y su bastón no había sido destruido. No tardaría en despertar en el campamento de Milo y descubriría que todo aquello había sido una alucinación producida por la especia que se utilizaba en el broy nibenés.

—¡Eh, tú, la de ahí! —insistió la voz verbosa.

Sadira volvió a mirar al otro lado del cañón. Esta vez, su visión estaba clara, y vio una forma alta y delgada de cabellos plateados. Detrás de ella, desperdigados por las duras arenas de la carretera de las caravanas, había un centenar de figuras altas. Docenas de kank se apiñaban a ambos lados del camino, forrajeando en las matas de dorados arbustos de sal esparcidos aquí y allá sobre la roja arena.

—¡Elfos! —masculló Sadira con voz asqueada—. Esto es peor que una pesadilla.

Sin prestar atención al elfo que la había llamado, Sadira encontró el extremo de una enredadera y tiró, arrancando con ella media docena de púas de su piel. Lo lamentó al momento. El resto de las plantas retrocedieron, hundiendo los pinchos con más fuerza y provocando en sus piernas un dolor insoportable.

Las enredaderas se retiraron hacia el cráter, arrastrando a la hechicera con ellas. Entre alaridos, Sadira intentó liberarse a patadas, pero sus esfuerzos no consiguieron otra cosa que hacer que los pinchos se clavaran aún más. Se aferró a una roca cubierta de hollín y consiguió mantenerse inmóvil, pero las plantas siguieron con su retroceso, abriendo largas brechas en su carne, y finalmente se dejó ir.

Negros vapores se elevaban siseantes del interior del cráter, susurrando el nombre de la hechicera: Sadira.

—¿Nok? —chilló ella.

Extendió la mano atrás y agarró su morral, justo antes de que este quedara fuera de su alcance. Inmovilizando la bolsa de tela bajo el brazo hinchado, introdujo la otra mano en el interior y rebuscó por todas partes hasta encontrar una pegajosa bola amarilla; entonces arrojó la bolsa a un lado y volvió la palma en dirección al suelo.

Tardó un tiempo precioso en reunir la energía que necesitaba, pues todas las plantas a su alcance estaban muertas. Tuvo que concentrarse en la zona situada más allá del terreno ennegrecido, en los cactus que apenas habían sentido su contacto antes; pero, incluso cuando encontró lo que necesitaba, la energía vital no fluyó suavemente a través del corrompido terreno y tuvo que usar toda su fuerza de concentración para evitar que se disipara en el hambriento suelo.

Cuando Sadira reunió por fin el poder que precisaba, las enredaderas ya habían conseguido arrastrarla a pocos metros del agujero, en cuyo siseante aliento se percibía el olor a mohosa putrefacción del bosque. La hechicera arrojó la bola amarilla al interior del cráter y pronunció las palabras de su conjuro, con la esperanza de poder sobrevivir a lo que sucediera después.

Durante unos instantes, la muchacha continuó resbalando hacia el cráter, arañando y aferrándose a las sucias rocas en un vano intento de detener el movimiento. Entonces un ensordecedor rugido surgió del interior del agujero y un cono de fuego salió despedido hacia el cielo. Lenguas de fuego describieron un arco por encima de la cabeza de Sadira, para luego lamer el suelo cerca de donde había ido a caer su morral y proyectar un resplandor naranja sobre las rocas que la rodeaban. Un calor abrasador le quemó la espalda, y su nariz se llenó del olor de cabellos chamuscados, pero la hechicera no se quejó, ya que las enredaderas se aflojaron, y dejó de sentirse arrastrada hacia el cráter.

Un descomunal vítor llegó hasta ella desde el otro lado del abismo, como si todo aquello lo hubiera hecho para divertir a los elfos. Sadira miró a la otra orilla y los vio agitar las lanzas en el aire.

—Sucios ladrones —murmuró.

Se volvió de nuevo para mirar al cráter. El humo de su bola de fuego se alzaba todavía del agujero en negros jirones que transportaban con ellos unas pocas hojas de roble carbonizadas. La mayoría de las enredaderas habían quedado reducidas a líneas de ceniza, aunque aún quedaba una retorcida masa de fibras ennegrecidas arrollada a las piernas de Sadira.

Gimiendo de dolor, la hechicera empezó a arrancarse las espinas de estas enredaderas de la carne. Cuando por fin quedó libre, se incorporó con un gran esfuerzo y recogió el morral; luego dio media vuelta y se alejó tambaleante tan rápido como le fue posible.

—¡Eh, mujer! ¿Adonde vas? —gritó el elfo—. ¿No es tu kank este de aquí?

Sadira hizo como si no lo oyera y siguió adelante. La última vez que había escuchado a un elfo había sido poco antes de la liberación de Tyr, cuando un granuja embaucador llamado Radurak se ofreció a ayudarla a escapar de un de par de los guardas del rey. Al final, el elfo le robó el libro de conjuros y la vendió como esclava. Así pues, no veía ninguna razón para pensar que en esta ocasión fuera a ser muy diferente.

—¡Detente! —gritó el elfo, y la voz resonó por todo el cañón—. Sólo queremos ayudar. —Su voz no sonaba como si desease ayudar; a Sadira más bien le pareció enojada.

Al ver que Sadira no obedecía, el elfo realizó su súplica definitiva.

—¡No te costará nada!

La hechicera no le prestó atención, ya que, aunque a menudo afirmaban lo contrario, los elfos jamás ayudaban a nadie gratis. Continuó sendero arriba unos cuantos pasos más; luego dio un traspié y cayó de rodillas.

—¡Mujer! —aulló el elfo, sin intentar ya ocultar su irritación—. Nos damos cuenta de lo sucedido. Huellas de halflings por todas partes, un zángano de carga con una lanza clavada en el tórax, tus piernas hechas trizas, tu brazo del color de un pajarito recién nacido. Necesitas ayuda… y pronto.

Sadira miró en dirección al elfo y entrecerró los ojos, asombrada ante la agudeza visual del hombre. Ella apenas si podía distinguir el color de sus cabellos; sin embargo, él podía verla con tanta claridad que era capaz de detallar sus heridas. Había oído decir que la visión de los elfos de pura raza era muy aguda, pero jamás habría creído que lo fuera hasta ese punto.

Como la hechicera no hizo ningún movimiento para levantarse o contestar, el elfo continuó:

—¡Te salvaré si me transportas al otro lado!

Sadira frunció el entrecejo, intrigada por cómo podría saber el elfo que ella podía hacerlo. Pero, cuando miró a su alrededor, la respuesta saltó a la vista. Por la extensión de terreno que había ennegrecido, resultaba evidente que, en sus esfuerzos por escapar de los halflings, había utilizado al menos un hechizo poderoso para destruir el puente. Así pues, a los elfos no les parecería irracional suponer que una hechicera de tal poder pudiera hacer levitar a uno de ellos hasta el otro lado del precipicio.

Tras meditarlo unos instantes, Sadira decidió aceptar la oferta. Desde luego era posible que el elfo quisiera traicionar la palabra dada e intentar aprovecharse de ella, pero eso no importaba demasiado en aquel momento. Fueran cuales fuesen sus intenciones, tenía razón en una cosa: sin ayuda, ella no tardaría en morir. La hechicera se puso en pie y empezó a abandonar la zona de terreno muerto.

—¿Qué es lo que te sucede? —chilló el enojado elfo—. ¿No hablas la lengua de los comerciantes?

Sadira no intentó siquiera gritar una explicación, pues sabía que las palabras no conseguirían salir de su inflamada garganta. En lugar de ello, agitó el brazo en la dirección a la que se dirigía, indicando una zona donde todavía crecía gran número de cactus entre las piedras.

El elfo y su tribu finalmente comprendieron. Mientras ella avanzaba dando tumbos, ellos imitaron su avance, moviéndose por las dunas que bordeaban el lado opuesto del cañón. Sadira necesitó varios minutos para recorrer la corta distancia que la separaba del terreno sin profanar, pero por fin llegó al lugar en el que la vida vegetal no mostraba ninguna señal de la destrucción que la hechicera había provocado.

Sadira depositó su morral en el suelo, sacó de él un pequeño pergamino y lo arrolló. Sosteniendo el tubo sobre los labios, lanzó uno de sus hechizos más sencillos.

—Ata una cuerda a una flecha y dispárala sobre el cañón —musitó; el pequeño esfuerzo le causó un dolor terrible a su reseca garganta.

El elfo desvió la mirada de donde se encontraba Sadira al lugar donde la voz había sonado a su lado, y luego habló con sus compañeros. Uno de ellos no tardó en regresar con una flecha sujeta a un rollo de bramante y la disparó al otro lado del precipicio. El proyectil chocó contra el suelo unos metros más allá de Sadira, quien rápidamente lo recuperó antes de que la cuerda, que empezaba a hundirse en el cañón, lo arrastrara con ella, y arrolló la cuerda de trenzada fibra vegetal a una roca.

Hecho eso, volvió a acercar el rollo de pergamino a sus labios.

—Sujeta tu extremo de la cuerda —susurró—. Y trae agua.

El elfo asintió y envió a dos de sus acompañantes al lugar donde se encontraba el rebaño de kanks. Al poco rato regresaron con un jarro de cerámica que entregaron a su portavoz. Sadira encontró extraño que transportaran algo tan precioso como el agua en un recipiente tan fácil de romper, pero pronto dejó de lado sus recelos al considerar el tamaño de la jarra. Era tan grande que el elfo tenía que utilizar ambas manos para transportarla. Al parecer, quería estar seguro de que ella tuviera gran cantidad de agua para beber.

—¡Estoy listo! —aulló.

Sadira preparó su siguiente conjuro; fabricó un pequeño lazo con una tira de cuero y lo lanzó en dirección al elfo al tiempo que pronunciaba su mística frase. El lazo desapareció, y el elfo se elevó del suelo. Sadira fue hasta la cuerda y tiró, haciendo que el hombre cruzara el precipicio como si no pesara nada.

El elfo llegó junto a ella, con una mueca autoritaria en el rostro. Era un hombre de gran tamaño, que sacaba más de dos cabezas a Sadira. La ligera chilaba que le cubría el cuerpo no disimulaba su pecho fornido, y los gruesos antebrazos que surgían de las mangas de la túnica poseían poderosos músculos. La plateada melena le caía sobre la espalda en una despeinada cola que dejaba totalmente al descubierto las afiladas orejas. Incluso según los patrones que regían a los de su raza, las facciones del hombre eran singularmente enjutas y afiladas, con cejas muy puntiagudas, una nariz tan fina como la hoja de una daga, y una barbilla afilada. La hechicera se preguntó si no estaría enfermo, ya que tenía la piel blanquecina y los grises ojos enmarcados por negros círculos de agotamiento.

Cuando el elfo puso el pie sobre terreno sólido, se dejó oír el tintineo de una gran bolsa llena de monedas de metal, oculta bajo sus ropas. Sadira tuvo la impresión de que el hombre transportaba sobre su persona una fortuna considerable. Una mirada de desconfianza centelleó por un instante en los ojos del elfo, y la muchacha comprendió que su expresión había traicionado su asombro. Rápidamente bajó la mirada.

—Gracias por tu ayuda —dijo, esperando que su sonrisa no revelaría lo incómoda que se sentía en presencia del elfo.

Este le devolvió el gesto, aunque su sonrisa no pareció en absoluto sincera.

—Los hombres de mi tribu son tus servidores —dijo, con una reverencia tan profunda que se derramó un poco de agua por la boca de la jarra. Los grises ojos del elfo parecieron a punto de saltar de sus órbitas—. ¡Por el sol, soy muy descuidado!

Intentó recoger lo que había derramado balanceando hacia abajo la parte inferior del recipiente y empujando la abertura bajo el hilillo de líquido que caía, pero lo único que consiguió fue golpearlo contra una piedra, lo que abrió un enorme agujero en la jarra y derramó todo su contenido en el suelo. Sadira saltó hacia adelante y arañó la húmeda arena en un intento por salvar unos pocos tragos de agua.

Todo lo que la hechicera obtuvo fueron arañazos en los nudillos. Levantó los ojos hacia elfo.

—¡Lo hiciste adrede! —dijo con voz áspera, casi incapaz de extraer las palabras de la inflamada garganta.

—¿Por qué tendría que hacer tal cosa? —inquirió el elfo con expresión dolida—. El agua es demasiado preciosa. ¡Es como si arrojara mi plata al interior del precipicio! —Agitó el brazo libre en dirección al abismo.

—También podrías arrojarte tú mismo a su interior —observó Sadira con amargura, arrebatándole la jarra de las manos—. Conozco bien a los elfos. Quieres algo de mí y, hasta que lo consigas, seguirás sufriendo «accidentes» con el agua que necesito.

—¿Es ese modo de hablar a su salvador? —protestó el elfo con el entrecejo fruncido.

—Todavía no me has salvado —respondió Sadira.

La muchacha se llevó la jarra a los agrietados labios y echó la cabeza hacia atrás. Unos pocos restos de agua, gotas adheridas a las paredes interiores, resbalaron por su garganta.

—Pero lo haré —dijo el elfo, dirigiéndose al borde del precipicio—. Tenemos mucha agua al otro lado.

—¿Y cómo la traerás aquí? —preguntó Sadira mientras arrojaba la rota jarra al abismo.

El elfo le dedicó una amplia sonrisa que dejó al descubierto dos hileras de dientes grises.

—Quizá podrías traer hasta aquí a uno de mis guerreros…

—Y luego otro, y otro después de este, hasta que haya hecho pasar a toda la tribu —concluyó Sadira.

—Eso sería muy amable por tu parte —asintió el otro.

—Olvídalo. Hoy sólo me quedaban fuerzas para pasar a uno, y ese eres tú. Si no hubieras desperdiciado el agua, mañana podría haber sido capaz de traer hasta aquí al resto de la tribu.

—Vamos, seguro que puedes…

—No puedo volver a utilizar ese hechizo hasta mañana —afirmó Sadira, torciendo los agrietados labios en una sonrisa sarcástica—. Pero, como puedes ver, habré muerto bastante antes.

La sonrisa del elfo se esfumó.

—¿Estoy atrapado aquí?

—En absoluto —repuso Sadira, e indicó con el brazo al otro lado del abismo—. Eres libre de marcharte cuando quieras.

El elfo estudió a la hechicera con una mueca de desconfianza; luego se apartó del borde y dio un salto en el aire. Cuando volvió a caer al suelo, sonrió y agitó un largo dedo acusador en dirección a la muchacha.

—Eres una mujer muy valiente para hacer chistes en un momento como este —dijo al tiempo que se arrodillaba junto a ella—. Déjame ver tus heridas.

Sadira dejó que examinara la destrozada pierna.

—Estas no están tan mal —comentó, señalando las heridas de las espinas; luego desvió su atención al brazo—. Pero esto… —Dejó la frase sin acabar y meneó la cabeza.

De pronto el elfo alzó la mano y, tras apartar la mano de Sadira que le impedía actuar, desató el cinturón que ella había ceñido alrededor de su brazo. Un dolor insoportable se apoderó de toda la extremidad al recuperar esta la circulación, y la sangre empezó a rezumar de los cortes. Chillando de dolor, Sadira apartó violentamente a su atormentador.

—Dame el cinturón —ordenó, extendiendo la mano.

—Tu brazo necesita sangre o morirá —respondió el elfo. Se incorporó y arrojó la tira de cuero al cañón.

—¿De qué sirve tener un brazo vivo, si en una hora me habré desangrado hasta morir? —gruñó Sadira.

—¿De qué sirve vivir una hora, si el brazo te matará en una semana? —replicó el otro. Estudió el brazo lacerado de la hechicera un poco más, e inquirió—: ¿Estás segura de que no puedes traer a una persona más desde el otro lado del cañón?

—Estoy segura —mintió Sadira.

A pesar de su sed y sus heridas, la hechicera consideró más sensato completar las negociaciones antes de utilizar más magia.

—Lástima —dijo el elfo, sacándose la chilaba. Debajo, llevaba un ancho cinturón del que colgaban varias pesadas bolsas de monedas, una funda que contenía una daga de acero, y su taparrabos—. En mi tribu hay un cantor del viento que posee poderes curativos. Quizá debiera haberlo enviado a él primero.

—Pero eso no habría sido un negocio prudente —terminó Sadira por él.

—No me di cuenta de que tu situación fuera tan desesperada —repuso el elfo, encogiéndose de hombros.

Se acercó a ella, sacudiendo la enorme chilaba que sostenía por las mangas. No muy segura de sus intenciones, Sadira extendió la mano para coger su morral, pero su atormentador avanzó rápidamente para impedírselo y colocó uno de sus grandes pies sobre la bolsa.

—¿Por qué tienes tanto miedo? —preguntó, el labio fruncido en una mueca que quizás intentaba que fuera una sonrisa. Con exagerada cortesía, colocó la chilaba sobre los hombros de la muchacha de modo que cubriera la zona de piel que la andrajosa capa dejaba al descubierto, y tiró de la capucha para taparle la cabeza—. Debes resguardarte del sol. Vivirás más.

—¿Para que pueda traer a tu tribu a este lado?

—Sólo deseamos ayudar, pequeña. —El elfo dirigió una triste mirada al otro lado del precipicio—. Claro está que podría hacer mucho más si mi gente estuviera con nosotros.

La hechicera estudió al elfo unos instantes. El fornido cuerpo estaba lleno de marcas de cuchilladas, y existían también otras imperfecciones más desagradables. Si había sobrevivido a tantas heridas, sospechó que el elfo le decía la verdad sobre su curandero.

Pero, a pesar de saber eso, Sadira no acababa de decidirse a hacer un trato. El conjuro que tendría que utilizar era uno muy complicado que exigía más energía de la que podía obtener sin destruir otra gran extensión de terreno, y no estaba segura de estar preparada para cometer otra vez tal acción. Su mentor la había castigado a menudo por llevar sus poderes de hechicería hasta el límite, pero, hasta su enfrentamiento con Nok, Sadira jamás había recurrido a una intencionada y masiva degradación de la tierra.

Aunque la hechicera creía que en el anterior caso la respaldaba el hecho de haber tenido que salvar la vida, la situación actual no era tan clara. Nok había constituido un peligro inminente, pero la amenaza ahora no era tan inmediata. Si recurría a la magia del profanador para salvarse de una posible muerte, ¿no la utilizaría sólo por simple conveniencia la próxima vez?

Sin embargo, su única otra elección era morir; aunque, si tenía en cuenta las dificultades y penalidades que experimentaría durante su búsqueda de la Torre Primigenia, y las pocas posibilidades de sobrevivir sin su bastón mágico, quizá sería mejor aceptar su destino ahora. Pero, si lo hacía, mil ciudadanos de Tyr morirían con ella, y mil más cada vez que el dragón regresara. Tyr no sería diferente de lo que había sido durante el reinado de Kalak.

Sadira no podía dejar que sucediera.

—¿Qué harás si no puedo hacer pasar a tu tribu a este lado? —preguntó con la mirada fija en los ojos del elfo.

—Hay un sendero que desciende al cañón de Guthay desde ambos lados —respondió el elfo señalando al oeste—. Está sólo a tres días de carrera, pero a las bestias que viven en su fondo les gustan nuestros kanks.

Sadira, que recordaba el nauseabundo olor que su montura había despedido al resultar herida, hizo una mueca de repugnancia.

—Nada podría comerse un kank.

—Todas las criaturas sirven de comida a otras. Esa es la ley del desierto.

Convencida ya de que no había otra forma de traer al cantor del viento hasta su lado del precipicio sin lanzar su hechizo, Sadira decidió cerrar el mejor trato posible a cambio de sus servicios.

—Tu curandero se ocupará de mí hasta que esté bien.

—Hecho —aceptó el elfo.

Sadira alzó una mano.

—Me facilitarás grandes cantidades de agua y comida.

—Desde luego —asintió él—. Somos buenos anfitriones.

—Y me acompañarás hasta la Torre Primigenia.

El elfo la estudió durante un buen rato.

—Eres astuta —dijo por fin—. Me gusta eso.

La hechicera contestó a su halago con una mueca.

—¿Qué respondes? ¿Me llevarás allí o no?

—No, claro que no —repuso el elfo con una sonrisa satisfecha—. Los dos sabemos que, si accedo a tal cosa, no puedes confiar en que mantenga ninguna otra promesa.

Un terrible pensamiento cruzó por la mente de Sadira.

—¿Por qué no? —exigió—. La torre es real, ¿no es cierto?

—Totalmente —contestó el elfo, enarcando una de sus arqueadas cejas ante la pregunta de la muchacha—. Pero sólo un loco…

—En ese caso debes llevarme allí —lo interrumpió Sadira, respirando más tranquila—. A menos que prefieras arriesgar tus kanks en el abismo.

—Despeñaría a mis kanks por el precipicio antes de acercarme voluntariamente a la Torre Primigenia —aseguró el elfo—. ¿Por qué quiere alguien tan bello visitarla?

—Eso es cosa mía —respondió Sadira—. ¿Por qué le tienes tanto miedo?

—Si no lo sabes, no tienes derecho a ir allí —replicó el elfo con evasivas; luego miró al otro lado del precipicio, donde aguardaba su tribu—. Pero te llevaré a Nibenay. Con suerte y plata, encontrarás un guía allí.

Sadira asintió, convencida de que no conseguiría nada mejor del elfo.

—Necesitaré mi libro de conjuros —dijo, señalando el morral—. Y un par de horas de tranquilidad.

—En ese caso, será mejor que tapemos tus heridas —decidió el elfo, al tiempo que rasgaba un par de tiras de tela del borde de la destrozada capa de la hechicera.

* * *

Cuando Sadira estuvo lista para lanzar su hechizo, el sol descendía ya en dirección a los escarpados picos que se alzaban en el oeste. Con voz reseca, musitó al elfo que ordenara a los suyos que se alinearan cerca del borde del cañón. Tendrían que estar preparados para moverse con rapidez en cuanto ella lo dijera.

Una vez que el elfo hubo transmitido sus instrucciones, Sadira volvió la palma de la mano hacia el suelo, pero, antes de extraer la energía que precisaba, se giró hacia el hombre y dijo:

—Cuando termine aquí, no quedará más que ceniza y roca en la ladera. Si la profanación enoja a tu tribu, confío en que serán lo bastante sensatos como para no demostrarlo.

—El desierto es enorme, y hay mucho forraje en otras partes —repuso él—. Además, mi tribu comprende la hechicería. Mi propia hija sabe algo de ese arte.

—Bien —asintió Sadira—. Odiaría tener que haceros a vosotros lo que les hice a los halflings.

—Entre amigos, no hay necesidad de amenazas —replicó el elfo, entrecerrando los ojos.

—Entre amigos, no las haría.

Sadira extendió los dedos y empezó a extraer la energía que necesitaba. La ladera no tardó en quedar cubierta de cactus marchitos y ennegrecidos. Incapaz de presenciar la destrucción que ocasionaba, la hechicera cerró los ojos y concentró sus pensamientos únicamente en extraer hasta la última gota de energía del terreno. Cuando había lanzado el hechizo para destruir el puente de Nok, se sentía demasiado aterrorizada y asustada para percibir sus emociones, pero, en esta ocasión, carecía de tal aislamiento. Simplemente se sentía sucia.

El flujo cesó por fin. Sadira se sentía a la vez agotada y revigorizada, con el cuerpo hormigueante de energía vital robada. Abrió los ojos y apuntó con el dedo al otro extremo del cañón mientras pronunciaba las palabras del conjuro. Un círculo negro apareció en el vacío frente a la tribu elfa.

—Diles que salten —jadeó la hechicera.

Retrocedió del borde del precipicio y se dejó caer de cuclillas, el morral apretado con fuerza contra su pecho. No veía más que puntitos negros ante sus ojos, y se sentía como si estuviera a punto de vomitar.

—¿Cómo sé que no se trata de un truco? —exigió el elfo.

Sadira levantó la cabeza y agitó una mano en dirección a la ennegrecida escarpadura.

—¿Crees que habría hecho esto sólo para matar a unos cuantos elfos? —chilló—. El portal no durará mucho. ¡Diles que salten!

El elfo hizo lo que le ordenaba, y el primer guerrero penetró en el negro círculo. Cuando apareció en el lado del cañón donde se encontraba Sadira, el resto de la tribu lanzó un sonoro vítor. En cuestión de minutos, ya estaban empujando a sus reacios kanks al interior del círculo, para luego, a medida que los aterrorizados animales reaparecían al otro lado del abismo, empujarlos ladera arriba. Un elfo se acercó y se detuvo junto a Sadira, que contemplaba la procesión por entre semicerrados párpados, demasiado agotada para preguntar cuál era el cantor del viento.

No mucho después, la hechicera sintió que le arrebataban el morral de los brazos. Abrió los ojos de golpe y se encontró cara a cara con una mujer alta de rasurados cabellos rojos. La elfa poseía una gran belleza, con una nariz regia, boca pequeña y bien dibujada, y ojos rasgados tan profundos y brillantes como zafiros. Líneas de sinuosos músculos le cubrían las largas piernas y brazos, y la cintura de su esbelto cuerpo era increíblemente delgada y fina.

Junto a ella se encontraba una criatura imponente que pertenecía a una de las nuevas razas. Tenía dos piernas y dos brazos, pero allí terminaba todo su parecido con algo remotamente elfo. La nudosa piel era moteada y ligeramente semejante a la de un reptil, e iba cambiando ante los ojos de Sadira, para pasar del rojo amarronado de la arena del otro lado del valle al negro profundo del profanado suelo. Las extremidades del hombre-bestia eran tan gruesas y redondeadas como los árboles de pharo, y cubiertas de amplios músculos. Como pies, tenía enormes almohadillas con tres dedos bulbosos, cada uno terminado en una afilada uña de un blanco marfileño; las manos eran lo que más llamaba la atención por su tamaño, con cuatro dedos como troncos de árbol y un pulgar achaparrado.

El rostro de la criatura era todo hocico, con una enorme boca sonriente llena de arriba abajo de dientes finos como agujas. Los ojos estaban colocados uno a cada lado de la cabeza, de modo que podían mirar de frente o a lados opuestos según escogiera. Justo detrás de tales gigantescas órbitas tenía un par de expresivas orejas de forma triangular, en aquellos momentos vueltas a los lados en señal de alivio.

—Soy el cantor del viento Magnus —se presentó, hablando con una voz sorprendentemente suave. Señaló con una voluminosa mano a la mujer elfa que lo acompañaba—. Esta es Rhayn, hija del jefe Faenaeyon.

—¡Faenaeyon! —gruñó Sadira, buscando con la mirada al alto elfo que había ayudado a cruzar en primer lugar.

Las orejas de Magnus giraron al frente, curiosas.

—Pensé que ya os habríais presentado mutuamente —dijo.

—¿Significa algo para ti el nombre de mi padre? —quiso saber Rhayn, estudiando con más atención el rostro de Sadira.

—He oído el nombre antes —respondió la hechicera al tiempo que negaba con la cabeza—, pero seguramente se trataba de otra persona.

—No es muy probable —replicó Rhayn—. A los elfos se les da un nombre de acuerdo con la primera cosa interesante que hacen después de aprender a correr. En nuestra lengua, Faenaeyon significa «más veloz que el león». ¿Cuántas criaturas supones que sobreviven para llevar tal nombre?

—No muchas —concedió Sadira.

Al darse cuenta de que probablemente acababa de conocer al padre que la había abandonado a una vida de esclavitud, la hechicera sintió un terrible nudo en el estómago.

—Así pues, ¿qué es lo que has oído sobre Faenaeyon? —preguntó Rhayn.

—Antes de que se autorizara la hechicería en Tyr, era conocido como alguien que vendía ingredientes para hechizos —contestó Sadira, decidiendo que sería más sensato guardar su secreto.

—Eso describiría a la mitad de los elfos de la ciudad —dijo Rhayn.

Al ver que Sadira no ofrecía más explicaciones, la elfa dirigió a Magnus una mirada desconfiada; luego se quitó un gran odre que llevaba colgado del delgado hombro y lo pasó a Sadira. La falta de costuras y la forma bulbosa del recipiente indicó a la hechicera que aquello había sido en una ocasión el estómago o la vejiga de alguna bestia del desierto. Tras abrir con avidez el gollete, la muchacha tomó un buen trago de agua, incapaz casi de apartar la vista del rostro de su padre.

Sadira se sintió sorprendida ante las emociones que sentía. Desde luego que existía rabia y odio. Una buena parte de ella deseaba arrojarlo contra el suelo y, tras revelarle su identidad, abandonarlo bajo el abrasador sol para que muriera solo y hecho una piltrafa. Otra parte de ella, menos homicida pero igual de vengativa, quería contarle cómo ella y su madre habían sufrido durante aquellos años, y, en venganza por lo que habían tenido que soportar, cegarlo y dejarlo sordo para que experimentara en carne propia lo que era sufrir.

El tercer aspecto de sus sentimientos era lo que más confundía a Sadira. Una parte de ella no odiaba en absoluto a su padre. En lo más profundo de su ser, se sentía asombrada de tenerlo frente a ella; hasta ahora, siempre había sido algo abstracto y lejano, un enigma cuya irreflexiva crueldad le había provocado a ella toda una vida de dolor. Ahora la hechicera sentía simple curiosidad por él. Deseaba averiguar qué clase de hombre era, y si alguna vez había intentado enterarse de lo que había sido de Barakah y de la criatura que aún no había nacido.

Tras un buen rato de dejar correr el agua tibia del odre de Rhayn por su garganta, Sadira apartó el gollete de sus labios.

—Mil gracias —dijo al entregarlo de nuevo a la mujer que, sin lugar a dudas, era su hermana.

—Permíteme que vea esas heridas antes de que reanudemos la carrera —le rogó Magnus arrodillándose junto a la hechicera.

Mientras los gruesos dedos del cantor del viento manipulaban torpemente los vendajes del brazo de la muchacha, Faenaeyon abrió su morral y empezó a examinarlo.

Sadira se puso en pie de un salto con la palma de la mano sana de cara al suelo, lista para absorber energía para un conjuro.

—¡Ciérralo! —exigió.

Acobardada, Rhayn se apartó de Sadira.

—No intentes detenerlo —le advirtió en un susurro—. No vale la pena.

—¡Deja mi morral en el suelo! —insistió Sadira, avanzando hacia su padre.

El elfo siguió revolviendo la bolsa, sin apenas levantar la mirada.

—¿Por qué? ¿Me escondes algo?

—Teníamos un acuerdo —le recordó Sadira—. Te dije lo que sucedería si no lo respetabas.

Faenaeyon sacó el portamonedas de la muchacha del interior del morral.

—Dije que mi tribu te conduciría a Nibenay —respondió, sarcástico—; no te dije cuánto te cobraría.

Arrojó el morral a los pies de Sadira, y se alejó con el portamonedas de la joven todavía en la mano. La hechicera se lanzó en pos de su padre, al tiempo que empezaba ya a absorber la energía para el conjuro que lo mataría.

Magnus rodeó la cintura de Sadira con uno de sus enormes brazos y la levantó del suelo a la vez que cerraba su propia mano sobre la mano de ella.

—¿Es que estás tan loca como él?