9: El barrio de los bardos
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El barrio de los bardos
Sadira huyó al interior del callejón, dejando a Dhojakt en la plaza. Una vez que hubo alcanzado la protectora oscuridad del túnel, se detuvo y gritó a las sombras:
—Te debo la vida. ¿Adonde ahora?
Nadie respondió. Detrás de la hechicera se escuchó el sonido de nuevos repiqueteos de patas, y al volver esta la cabeza descubrió que Dhojakt había conseguido liberar las manos. El príncipe se arrancaba la mágica malla del pecho como si se tratara de cuerda corriente mientras mantenía la nariz vuelta hacia ella, las ventanillas bien abiertas buscando en el aire su olor.
La hechicera se introdujo más en el túnel.
—¿Hola?
Al no recibir más respuesta que el apagado rumor de unos pies que corrían, Sadira decidió no perder más tiempo buscando al que la había rescatado y se lanzó a la oscuridad, sin aguardar ni el instante que se precisaba para que su visión elfa se pusiera en funcionamiento. Unos pasos más allá, llegó a una esquina y vislumbró luz que penetraba por el lado derecho.
Dobló la esquina a toda prisa y sintió una enorme mano nudosa que la sujetaba por la muñeca. Una figura grande y pesada se apartó de la pared del callejón y se recortó contra el final del túnel.
—¡Magnus! —exclamó Sadira.
—No voy a hacerte daño —fue la respuesta del cantor del viento.
Una figura más alta y delgada se apartó entonces de la pared opuesta.
—Le costaste a Faenaeyon mucha plata, y quiere que se la devuelvas —dijo Rhayn, blandiendo una daga de hueso—. Ha enviado a toda la tribu en tu busca.
Sadira dirigió una nerviosa ojeada a su espalda, en dirección a la Plaza del Sabio. Desde luego, no vio otra cosa que tinieblas, lo que sólo consiguió que sintiera más temor de la amenaza que pronto vendría tras ella.
—Faenaeyon no recuperará sus monedas, en especial si no salimos de aquí.
Sadira hizo intención de seguir adelante, pero Magnus la empujó hacia atrás, y Rhayn apretó la punta de su daga contra la garganta de la hechicera.
—No hasta que lleguemos a un acuerdo.
—¡No comprendes! —protestó Sadira—. El príncipe Dhojakt estará…
—Lo sé todo sobre el príncipe Dhojakt —siseó Rhayn—. ¿Quién crees que te ha salvado de él?
—¿Tú? —jadeó Sadira con incredulidad.
—Mis hechizos puede que no sean tan poderosos como los tuyos, pero sirven para el caso —asintió ella—. Ahora, tal y como has señalado hace un instante, me debes la vida. Me contentaré con un favor que te costará mucho menos.
—¿Qué quieres? —preguntó Sadira, atenta a cualquier sonido que indicara que Dhojakt había penetrado en el otro extremo del túnel.
—¿Recuerdas el asunto que discutimos en el Arroyo Plateado?
—El derrocamiento de Faenaeyon —respondió Sadira.
Rhayn asintió.
—¿Me ayudarás o prefieres regresar con el príncipe? Responde rápido. Dudo que tengas mucho tiempo para meditar.
—Lo haré —contestó Sadira—. Siempre y cuando me mantengas oculta de Dhojakt hasta que pueda tomar otras medidas.
Rhayn no apartó la daga de la garganta de la hechicera.
—¿Y no cambiarás de idea sólo porque Faenaeyon es tu padre?
—¿Cómo sabes eso? —inquirió Sadira.
Rhayn miró a Magnus, que agitó sus grandes orejas adelante y atrás.
—Del mismo modo que sabemos por qué tienes tanto interés en ir a la Torre Primigenia —respondió el cantor del viento—. ¿Harás lo que te pide Rhayn?
—Puede que la sangre de Faenaeyon corra por mis venas, pero él no es mi padre —dijo Sadira—. Os ayudaré; si Dhojakt no nos mata primero.
Rhayn hizo una señal de asentimiento a Magnus, y el cantor del viento condujo a Sadira fuera del túnel al trote. Rhayn se quedó atrás y sacó un frasco de líquido verde de la bolsa que llevaba colgada al hombro; abrió el tapón y vertió todo el contenido sobre el suelo donde habían estado detenidos los tres. Luego se reunió con los otros dos.
—¿Por qué hiciste eso? —quiso saber Sadira.
—Dhojakt conoce tu olor —explicó la elfa—. Esto impedirá que te siga la pista… y también la nuestra.
Hizo una señal a Magnus, quien las condujo a través de las callejuelas de la ciudad hasta un portal desmoronado que daba al mercado elfo. Esta zona de Nibenay había sido antiguamente un palacio enorme, y sus estropeadas paredes seguían decoradas con relieves de piedra que representaban una selva que no se parecía a nada que Sadira hubiese visto antes. En la parte inferior, cazadores desnudos armados con lanzas de puntas anchas acechaban a toda clase de animales malévolos, y en ocasiones incluso a mujeres de pechos desnudos, a través de una maraña de enredaderas y árboles floridos. Sobre las cabezas de los cazadores colgaban serpientes aletargadas, arrolladas a ramas bajas, y lagartos apáticos se aferraban a las zonas blandas de la corteza de los árboles. Por encima de esta selva, revoloteando de una rama a otra, se veían toda clase de aves de magnífico plumaje y tan gordas que parecía imposible que pudieran volar.
Los relieves no podían contrastar más con el penoso bazar que ahora ocupaba el pabellón exterior de la ciudadela. Con un desprecio total por el orden, docenas de tribus elfas habían montado sus tiendas de campaña de cáñamo y sus marquesinas de piel de lagarto. A dondequiera que volviera la mirada Sadira, elfos de mirada socarrona ladraban sus ofertas de cualquier tipo de mercancía, desde cactus hervidos en miel a niños enanos.
Con la imponente masa de Magnus abriéndose paso por entre la apiñada multitud, el trío se encaminó por entre el enloquecido bazar como podría haber hecho Sadira por los familiares salones de la mansión de Agis. Por fin cruzaron bajo otro portal que conducía a lo que antiguamente había sido el patio interior del palacio, y el parloteo del bazar elfo se transformó en un lejano zumbido.
Los terrenos de este pequeño pabellón estaban tan llenos de chozas de adobe que Magnus apenas si podía avanzar por la callejuela. Cada dos puertas se encontraba sentado un hombre apuesto o una mujer atractiva que extraían dulces notas de un laúd o de un sitar, a menudo acompañando la melodía con la experta voz de un trovador vagabundo.
No obstante los dulces sonidos, Sadira tenía que hacer grandes esfuerzos para no vomitar mientras se introducían más en el patio. El aroma agrio del broy rancio brotaba de cada puerta, y montones amorfos de porquería inundaban el bochornoso ambiente con el hedor de los desperdicios humanos.
Magnus se detuvo frente a un pequeño edificio decorado con calaveras humanas y el esqueleto de un roedor de seis patas tan grande como un halfling.
—Aquí es.
—Vigila a Sadira —indicó Rhayn.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó la muchacha—. ¿No es este el barrio de los bardos?
—Muy observadora —respondió Rhayn mientras se dirigía a la puerta—. En cuanto al motivo que nos ha traído aquí, no tardarás en comprenderlo.
Magnus cogió el brazo de la hechicera con su enorme mano y lo sujetó con fuerza.
—No te preocupes —la tranquilizó—. Rhayn sabe lo que hace.
A pesar de las palabras del cantor del viento, Sadira mantuvo una cuidadosa vigilancia de los alrededores. Los bardos tenían merecida fama de asesinos, y estaban tan versados en el arte de matar como en el canto y la poesía. Por las historias que le habían contado, estas gentes no vacilarían en asesinar a alguien por el solo motivo de poner a prueba una nueva técnica.
Rhayn regresó a los pocos minutos, acompañada por un semielfo de aspecto extraño con la piel tan blanca como el papel y una estrella tatuada sobre un ojo. El juglar sostenía entre las manos un pequeño tonel de vino, que depositó a los pies de Magnus.
—Una copa y vuestros problemas desaparecerán —dijo, dirigiéndose a Rhayn.
—¿Y el antídoto? —exigió Rhayn con la mano extendida.
—El precio era por el vino —repuso el bardo, dando media vuelta—. El antídoto es extra.
Rhayn hizo intención de sacar su daga, pero Magnus le sujetó el brazo y meneó la cabeza negativamente.
—Posees una bestia inteligente —comentó el juglar, volviéndose despacio para sonreír burlón a Rhayn—. Sólo un estúpido intentaría vencer a un bardo en su propio arte.
—No soy ninguna bestia —gruñó Magnus—. Y Rhayn no es ninguna estúpida. El precio que ofreció era tanto por el antídoto como por el vino.
El bardo dirigió una feroz mirada al cantor del viento, que enseguida cambió por una sonrisa fraternal.
—Vamos, amigo mío. Estamos hablando únicamente de otra moneda de plata. —Alzó un brazo con la intención de posar una mano amistosa sobre el hombro de Magnus.
El repentino cambio de hostilidad a buena voluntad provocó un escalofrío en Sadira. La muchacha volvió una palma hacia el suelo y hundió la otra en el interior de su morral en busca del bolsillo que contenía las bolas de azufre.
—Tócalo y habrá un agujero negro en el lugar en que estás tú y tu casa —advirtió.
El bardo apartó precipitadamente la mano del cantor del viento, y Sadira entrevió cómo una oscura aguja desaparecía entre dos de sus dedos.
—Muy observadora —dijo el hombre. Miró con atención las manos de la hechicera por unos instantes, y luego sacó muy despacio un frasco de hueso del bolsillo. El frasco estaba decorado con lo que parecían notas musicales—. Esto es suficiente para proteger a veinte de los vuestros del veneno. Dos gotas antes de beber contrarrestarán cualquier cantidad de vino, pero necesitaréis el doble de esa dosis si esperáis hasta que el veneno haya surtido efecto. —Entregó el frasco a Rhayn y pasó una palma abierta sobre el puño apretado de la otra—. Nuestra transacción ha concluido. Nada tenéis que temer si hacéis lo que os he explicado.
Tras esto, regresó al interior de su casa.
—Me parece que acabas de salvarme la vida —dijo Magnus volviéndose hacia Sadira—. Gracias.
—No hay de qué —respondió la hechicera, segura de que así había sido. Contempló el tonel con una ceja arqueada—. Pensaba que sólo ibais a incapacitar a Faenaeyon…
—Las serpientes poseen muchos tipos de venenos —replicó Rhayn, indicando al cantor del viento que recogiera el barril—. No todos son fatales.
Mientras se ponían en camino para abandonar el barrio, Sadira inquirió:
—¿Y exactamente qué es lo que quieres que yo haga?
—Muy poco —contestó ella—. Simplemente regresar a la torre con nosotros. Diremos que te encontramos con este tonel de vino…
—Ya te dije antes que no quiero cargar con las culpas —la interrumpió Sadira—. Eso es especialmente cierto ahora, puesto que no sé cuánto tiempo tendré que ocultarme con los Corredores del Sol.
—Nosotros no te culparemos, ni nadie lo hará —aseguró Rhayn—. Parecerá como si Faenaeyon hubiera bebido hasta atontarse y no se hubiera recuperado.
—¿Y esperas que crea que este veneno sólo afectará a tu padre? —preguntó Sadira.
—Tendrá el mismo efecto sobre cualquiera que lo beba, pero Faenaeyon es tan egoísta con su vino como lo es con su plata —explicó Rhayn. Levantó la pequeña botella del antídoto—. Además, es por eso que tengo esto. Si cualquier otra persona se toma un trago a escondidas, le daré esto antes de que nadie se dé cuenta de que ha sido envenenado.
Sadira se detuvo y extendió la mano para tomar el frasco de hueso.
—Yo guardaré el antídoto —declaró—. Si me traicionas, se lo daré a Faenaeyon, y tu plan no servirá de nada.
—No tienes nada que temer —declaró Rhayn, apartando el frasco.
Sadira siguió con la mano extendida y sin moverse.
—Acepté ayudarte y lo haré… pero no porque sea estúpida —insistió—. Me conviene permanecer con los Corredores del Sol durante un tiempo, pero no me involucraré en tu complot a menos que tenga una garantía.
—Después de lo que hiciste por Magnus, jamás dejaría que te sucediese ningún mal —afirmó Rhayn.
—¡Desde luego, no esperarás que me crea eso!
—Si yo fuera tú supongo que no lo haría —suspiró Rhayn entregando el frasco a Sadira—. Pero te lo advierto: si intentas traicionarnos, la tribu aceptará mi palabra y la de Magnus por encima de cualquier cosa que digas.
—Claro —respondió la hechicera y, dando media vuelta, emprendió rápidamente el camino para salir del barrio de los bardos, andando muy por delante de sus compañeros.
Al atravesar el portal que conducía al mercado elfo, la hechicera chocó con un joven elfo que acababa de doblar la esquina. El joven guerrero abrió la boca sorprendido, y se quedó mirándola como si contemplara al rey de Nibenay en persona.
—Perdón —dijo Sadira, apartándose.
El elfo agarró a la hechicera por el cuello del vestido, a la vez que alargaba la otra mano en busca de su daga. Sadira lo golpeó con fuerza en el arco del pie y se apartó bruscamente, dejando un largo pedazo de ropa en la mano del asombrado elfo.
—Déjame en paz —advirtió la muchacha.
El elfo sacó la daga y, con mucha cautela, avanzó cojeando hacia ella.
—¿Quién habría pensado que te encontraría tan cerca del campamento?
El rostro del joven guerrero, con su nariz aguileña y la mandíbula cuadrada, resultaba remotamente familiar a Sadira.
—¿Eres un Corredor del Sol? —preguntó.
—¿A cuántas otras tribus has robado? —replicó el elfo—. Ven conmigo. Faenaeyon quiere…
El joven calló a mitad de la frase y miró por encima del hombro de Sadira.
—¡Magnus, Rhayn! ¿Qué hacéis aquí? —inquirió. Sus ojos descendieron hasta el pesado barril que el cantor del viento sostenía—. ¿Dónde conseguisteis esto?
Un silencio incómodo siguió a sus palabras mientras Sadira esperaba a que sus compañeros respondieran. Cuando vio que tanto Magnus como Rhayn parecían demasiado estupefactos para responder, Sadira lo hizo por ellos.
—Como puedes ver —dijo, señalando a sus capturadores—, ya me habían cogido.
—¿Con un barril del barrio de los bardos? —se extrañó el joven, señalando el vino envenenado con su daga—. ¿Qué loco piensas que bebería eso?
Esta vez, ni siquiera a Sadira se le ocurrió una respuesta razonable. Sólo existía una cosa que pudiera hacerse con un barril del barrio de los bardos y desde luego el joven guerrero parecía darse cuenta de lo que era. Incluso aunque la hechicera afirmara que el vino había sido pensado para otra persona, Faenaeyon no lo bebería ahora.
Entonces Sadira recordó el antídoto que tenía en el bolsillo.
—No le pasa nada malo a este vino —aseguró—. A lo mejor te gustaría compartir un poco conmigo…
—No soy idiota —respondió el guerrero con expresión torva.
—Este vino no está envenenado, Gaefal, si es eso lo que piensas —dijo Rhayn, siguiendo la táctica de Sadira—. Yo también tomaré un poco.
—¿Cómo sabes que este vino se puede beber? —quiso saber el joven.
—Porque no lo compró aquí —explicó Magnus—. Vimos cómo lo compraba a los Alas Veloces.
—No vi vino en la tienda de los Alas Veloces. Y su campamento está al otro lado del mercado —objetó Gaefal, agitando el pedazo de tela que había arrancado del cuello de Sadira en dirección al otro extremo del patio—. ¿Por qué dejarla llegar hasta el barrio de los bardos si la descubristeis allá atrás?
El mismo joven comprendió entonces la respuesta a su propia pregunta y se quedó anonadado.
—Mentís —exclamó con voz ahogada a la vez que retrocedía—. No sé por qué ni lo que tramáis, pero mentís.
Se volvió y empezó a abrirse paso por entre la multitud.
—¡Gaefal, regresa! —aulló Magnus.
Al ver que el joven guerrero no tenía intención de obedecer, Rhayn sacó su daga y la lanzó. El arma fue a clavarse entre los omóplatos del joven, y se hundió hasta la empuñadura. El elfo lanzó un único grito y se desplomó de cara sobre las losas del suelo.
Unos cuantos gritos de asombro surgieron de la multitud, y enseguida la gente se escabulló del lugar tan rápido como pudo. En el mercado elfo moría alguien cada día y, si en esta ocasión resultaba ser un elfo, era más motivo de alivio que de preocupación.
Durante unos instantes, los tres permanecieron en el exterior del barrio de los bardos en completo silencio, con los ojos fijos en la inmóvil figura del muchacho. Finalmente, Magnus dejó que el barril resbalara de entre sus gruesos dedos y fuera a descansar sobre el suelo.
—¡Rhayn! —exclamó—. En nombre del viento de cieno, ¿qué has hecho?
—Impedir que nos denunciara, eso es lo que he hecho —respondió la elfa. Empujó al cantor del viento hacia el cuerpo inerte—. Ahora cúralo. Luego ya decidiremos qué hacer.
Sadira hizo intención de seguir a Magnus, pero Rhayn señaló el tonel.
—No pierdas eso de vista —ordenó—. Alguien podría robarlo.
La hechicera empezó a protestar, pero, cuando pensó en lo que podía sucederle al infortunado ladrón que robara el barril de vino envenenado, comprendió lo sensato de la orden de Rhayn.
La lírica voz del cantor del viento empezó a flotar sobre los adoquines, transportada por una suave brisa. Entonaba el mismo cántico curativo que había utilizado para curar las heridas de Sadira. Era una melodía sosegada y melancólica con un fondo de esperanza y bondad, y Magnus la reproducía de forma magnífica.
Antes de que pudiera darse cuenta totalmente de lo furiosa que estaba con Rhayn por atacar al joven, la hechicera descubrió que toda su cólera se desvanecía en la dulce melodía de la canción del curandero. En su corazón no había espacio para otras emociones que no fueran las que la música le exigía: compasión por el dolor del joven, y el deseo de soportar una parte de su sufrimiento.
La canción finalizó demasiado pronto. Sadira hizo rodar el pesado tonel hasta donde se encontraban Magnus y Rhayn. El cantor del viento estaba arrodillado en el suelo con el cuerpo inerte del elfo herido apoyado en uno de sus enormes brazos. Para taponar el agujero de la espalda de Gaefal había utilizado el pedazo de tela que el joven guerrero había arrancado del cuello del vestido de Sadira.
—¿Qué sucede? —preguntó Sadira—. ¿No puedes curarlo?
El cantor del viento clavó los oscuros ojos en su rostro y meneó la cabeza despacio.
—Ni los vientos nebulosos pueden hacer regresar a un hombre de entre los muertos. —Dirigió una rápida mirada a Rhayn, que contemplaba al muchacho con una expresión de incredulidad y horror—. Has ido demasiado lejos —le reprochó.
—No quería matarlo, pero no podíamos dejar que regresara al campamento y nos delatara —susurró Rhayn.
La elfa apartó los ojos del rostro del muchacho con un gran esfuerzo y estudió la zona. No se veían espectadores, pues los sensatos peatones de esta parte de la ciudad tenían a gala no interferir en los asuntos de otros. No obstante, los tres compañeros resultaban bastante evidentes, ya que, al evitar la zona, los transeúntes habían creado un notorio círculo vacío alrededor del cuerpo.
—Será mejor que nos vayamos —sugirió Rhayn—. Más pronto o más tarde aparecerá un templario.
Magnus asintió y depositó el cuerpo en el suelo. Devolvió a Rhayn su daga, cogió el barril y se dispuso a marcharse.
—¿Qué hacemos con Gaefal? —inquirió Sadira, incapaz de creer que Rhayn y el cantor del viento pudieran abandonar el cadáver en la calle.
—No podemos llevarlo de regreso al campamento —respondió Rhayn, yendo tras los pasos de Magnus hacia el centro del mercado.
Sadira permaneció junto al cadáver un poco más, preguntándose qué ceremonias ofrecerían normalmente los Corredores del Sol a sus difuntos. Por último decidió que, por lo que había averiguado de los elfos hasta ese momento, podría muy bien ser la costumbre el abandonarlos allí donde caían; de modo que dio media vuelta y marchó en pos de sus dos compañeros.
—Rhayn, no pienso ayudarte a convertirte en jefe si eso significa asesinar a gente inocente —dijo en cuanto los alcanzó.
Rhayn se detuvo y giró en redondo para mirar a la hechicera.
—¿Qué le importa a una profanadora la muerte de un elfo?
Esperando que su mirada no traicionara lo mucho que la habían herido las palabras de Rhayn, Sadira replicó:
—Puede que yo sea una profanadora, pero jamás he matado a uno de los míos.
Rhayn agarró a Sadira por el brazo.
—Tú no eres una Corredora del Sol —siseó—. A ti no tiene por qué importarte si muere uno de nosotros o todos. Le llevarás el vino a mi padre.
—No estés tan segura —replicó Sadira.
—¿Te gustaría que la Alianza del Velo descubriera que la legendaria Sadira de Tyr es una profanadora? —inquirió Rhayn, soltando el brazo de la hechicera—. ¿Y que creyeran que iba a delatarlos al rey de Nibenay?
—Me resultaría muy sencillo matarte —advirtió Sadira—. Probablemente debería hacerlo, teniendo en cuenta lo que dices.
—¿Y eso no te convertiría también en una asesina? —retrucó Rhayn. La elfa estudió a Sadira unos instantes, y luego le dirigió una sonrisa conciliadora—. Hagamos lo que hay que hacer y acabemos con esto —dijo—. Ño hay motivo para lanzarnos amenazas vanas.
—La mía no es una amenaza vana —repuso Sadira—. Te ayudaré con Faenaeyon, pero sólo mientras me convenga permanecer con los Corredores del Sol… y siempre que no haya más asesinatos.
—Entonces estamos de acuerdo —convino Rhayn—. Mientras ambas cumplamos con lo prometido, ninguna tiene que preocuparse por las amenazas de la otra.